miércoles, 28 de octubre de 2020

Dicen las ironías (Bonus track al ejercicio Nº 1)

 

Dicen las ironías

No sé si al tratar de escribir sobre ironía no estoy siendo, justamente, irónico. Una ironía no deja de tener la cualidad de reflejarse en sí misma, resultará entonces que será, a su vez, otra ironía. Es claro que una ironía, toda ironía, para ser tal deberá manifestarse en forma sutil. Es un producto, irónicamente hablando, de la inteligencia al igual que el humor, o más bien que la política (no los políticos). ¿Cómo la política?, resulta que la propia ironía es, digamos, irónica.

Ah, ¡echo de menos el sarcasmo! Sí, el querido sarcasmo tiene la lealtad de querer decir lo que dice. La ironía nos confunde con esa salva de dos significados opuestos al mismo tiempo. Uf, nos exige pensar, algo antiguo, algo fuera del confort del siglo XXI. La política es una ironía; recordemos que la ironía requiere inteligencia general y no sólo la orientada al propio beneficio (como la que detentan los políticos). Me he enterado de que se ha establecido un panel de expertos en ironía para ayudar a estos políticos a desentrañar las claves de la situación, esa gran generadora de ironías. Pero se da la irónica coincidencia de que ese panel de expertos, como irónicamente sabemos, no existe.

¡Qué pena que no tengamos un comité de expertos del sarcasmo! El sarcasmo es lo que necesitamos, directo, brutal, sin misericordias, repleto de sinceridad y exento del doble significado de la esquiva ironía. La ironía no deja de ser hipocresía elegante para mentes que se creen despiertas. Ese comité de expertos en la ironía, irónicamente inexistente, debería recomendar que se pongan obligatoriamente subtítulos como en las películas; así se traduciría el lenguaje irónico en frases complacientes para la gente. Es que la gente no entiende y allí radica el gran uso que de ella hacen los políticos. La ironía es desigualdad, discrimina, es sólo para unos pocos pijos ilustrados. También me gusta el cinismo, es maravilloso, total e invariablemente sincero. Es lo contrario de la ironía que no pone la cara, que es una estrategia para usar lenguaje indirecto. No penséis que soy listillo para ocultaros lo que quiero decir, realmente lo que aparenta (irónico, ¿no?), finalmente resulta en una ironía, ¿lo veis claro?

Os refiero mi ironía favorita: la “corrección política”. Tiene todo, no sólo el clásico doble sentido de la ironía literaria, sino que agrega en forma subyacente, más significados o, irónicamente, ninguno. Lo más evidente es que si es corrección no puede ser política y, si es política no puede ser correcta. Pero eso es demasiado obvio. Creo que estamos ante un maravilloso eufemismo con múltiples posibilidades de que termine en varias ironías, cada una detentando una verdad irrefutable: que todo es una ironía.

Para terminar, me declaro incapacitado para escribir sobre ironía, eso constituye la gran ironía de este texto. Lamento que llegarais hasta aquí; cuento con vuestra irónica indulgencia ya que poseo cuchillo de palo viviendo en casa de herrero y no dejo de tener los dientes que dios me dio a pesar de no comer pan. Uy, mezclé las palabras, muy anacoluto pero nada afasio, la ironía queda.  

“El mundo es una comedia para aquellos que piensan… (y una tragedia para los que sienten)” (Horace Walpole 1776)

Valencia, 28 de octubre de 2020.

martes, 27 de octubre de 2020

NIRVANA

 Hola buenos días, chicas y chicos. 

Feliz me siento hoy, como nunca. 

Este es un bonito curso el que comenzamos. Lo vamos a pasar genial todas y todos. Qué guapas y qué guapos estáis tras el verano. 

Las mascarillas os sientan fenomenal, os realzan la personalidad. En vuestra mirada atenta puedo comprobar el brillo de esas pupilas que expresan el apetito por aprender. 

Qué ordenada está el aula este año. La han dejado perfectamente cuadriculada con veinte mesas, en cuatro filas de a cinco, a distancia de metro y medio. Es de agradecer. Yo no lo habría podido diseñar mejor. No señor. Vamos, ni por casualidad. Esta  será, sin duda, una gran ventaja porque no nos vamos a distraer ni un segundo hablando con las compañeras y con los compañeros de grupo como el año pasado. 

Hablemos de los materiales. 

Los materiales este curso 2020/21 no los vamos a utilizar con lo cual los vamos a mantener como nuevos, no se van a deteriorar los xilófonos, ni se van a estropear los cables de los micros, ni hará falta comprar cuerdas para las guitarras. Así los tendremos en perfecto estado el próximo curso. 

Como llevamos la boca tapada este curso vamos a ejercitar el oído. Tema muy importante en nuestras clases de música. Así cuando yo cante tendréis que  agudizarlo. Cuando yo os pregunte la teoría también tendré que hacer lo propio. Será un esfuerzo mútuo. 

Por otro lado no tenéis que entregarme ninguna actividad en papel. ¿Os imagináis lo que podéis ahorrar a vuestras familias? Mucho dinero. Yo tampoco voy a tocar ninguna libreta, así que no os van a hacer falta.

Este nuevo sistema tan profiláctico, especial, hacendoso,  supercalifragilísticoespialidoso me atrevería a decir, ideado por nuestro gobierno, es de  mucho agradecer. Su previsión, perfecta organización y derroche de ayudas no tiene parangón en los anales de la educación contemporánea. Nunca he tenido en mi dilatada trayectoria como docente tantas ganas de enseñar. 

Por último, y por ello lo más importante. 

En nuestras clases de música de este excitante curso, confirmaros que tampoco vamos a tocar ni a cantar, no tendremos actividad coral, ni ensayos de la bien estimada banda de jazz. Todo ello repercutirá en una satisfactoria sensación de reposo, una iniciática calma mental y un relax físico que ni los grandes meditadores del Tibet podrían soñar en sus viajes al Nirvana. 


lunes, 26 de octubre de 2020

Un as bajo la manga.


A Fred le gustaba fumar, beber y follar. Por suerte para él, esas tres cosas suelen ir de la mano cuando la noche reina en el cielo, ‹‹y hoy, hoy es viernes por la noche.››

 La odisea empezó como de costumbre, en el bar la luciérnaga. Fred carburaba motores en la barra del bar, sujetando un whisky en la mano izquierda, que le servía como contrapeso del Marlboro en su derecha. Eran las doce y media, cuando por la puerta, entró una mujer morena de escote pronunciado. Vestía el rojo, a juego con los labios. Unos labios carnosos que llevaban sellados todas las pasiones que Fred deseaba en el mundo. Éste, al verla llegar, dio una larga calada a su cigarrillo, iluminándose una llama que había nacido en sus ojos. El ruido de los tacones atrajo toda la atención del local. Daba la sensación de que aquellos pasos, de bombo grave, se convertían en música marcial, la cual, aprovechó aquella mujer para recogerse el pelo hacía un lado, mostrando su espalda desnuda, mientras liberaba un perfume de lilas y grosellas que conquistó el ancho del salón. Fred movido por el aroma, se acercó a ella y la invitó a un cigarrillo.

—Muchas gracias, aunque podrías haberme invitado a una copa -dijo la mujer.

—La invitaría señorita, pero es un poco pronto, todavía no nos conocemos  —le contestó Fred.

La mujer sonrió cálidamente, y Fred le devolvió la sonrisa con los ojos.

—¿Qué haces aquí? ¿Esperas a alguien? —le preguntó ella.

—Te estaba esperando a ti.

—¿A mí? —dijo apoyándose una mano en el escote y fingiendo asombro.

—A ti, o a alguien como tú. Vengo buscando... una aventura, o algo de diversión, y yo creo que tú tienes lo que busco —dijo Fred desnudándola con la mirada.

  —No te equivocas —le respondió ella—. Soy Rebeca.

  —Yo Federico, pero llámame Fred —le dijo sonriendo.

  —Bien, Fred —dijo exhalando el humo del cigarrillo—. Sé de un sitio que puede complacerte. —Rebeca deslizó una nota con una dirección apuntada hasta su lado de la barra.—  Allí te veo.

Fred bajó de su Seat Ibiza exprimiendo su cigarrillo mientras imaginaba a Rebeca en el marco de la puerta esperándole. Se debatía entre si prefería encontrarla desnuda o con el sugerente vestido rojo, cuando la puerta se abrió y en lugar de Rebeca, apareció un hombre gordo, de unos doscientos kilos y cara de orangután.

  —Tú no eres Rebeca —dijo Fred.

  —No. Soy su hermana gemela —contestó guiñándole un ojo.

  Antes de poder preguntar dónde estaba, Fred vislumbro una mesa adornada con un tapete verde y dos caras todavía más horribles que la del portero.

—Genial, pues ya estamos todos. Os presento a Fred —dijo Rebeca señalándole con la nariz—. Fred, estos son Pelé y Melé. Jugaremos los cuatro.

El primer pensamiento de Fred fue escapar de aquella habitación, pero su instinto chulesco y dominante le fundió a aquella silla. Aunque Fred no se acobardaba fácilmente, pidió su segundo whisky y se encendió su enésimo cigarrillo. Hundió los codos en la mesa y la mirada en los pechos de rebeca. La partida transcurrió como cabría esperar, Fred y Rebeca desplumaron a los otros contrincantes.

Fred iba por el cuarto whisky. Apostaba fuerte, y mentía como un perro. Ronda tras ronda, whisky tras whisky, Fred perdió su dinero, para después perder su coche y por último, su identidad.

—¿Por qué estás tan serio cariño? ¿No es lo que buscabas? Ha sido una gran noche.

Fred no supo que contestar. Rebeca se sentó sobre él a horcajadas, situándole sus pechos a escasos centímetros.

—¿Listo para otra aventura, mi amor? —le susurró.

 

Ironía 

El pasado mes de febrero supe, por un amigo, de una teoría con la que acababa de tirar por tierra todas las victorias y penurias de esta sociedad, algo que nuestros antepasados ya se preguntaban con cierta asiduidad: ¿Para qué estamos aquí? ¿Quién nos ha llamado? ¿Por qué no nos preguntaron antes?, etc.

Hasta hoy solo teníamos millones de teorías, de escritos, novelas y algunas películas de ciencia ficción, de contubernios entre poderes maléficos para llevar a la humanidad hacia un porvenir nada beneficioso y todo para seguir sin saber nada, bueno solo se sabía que no se sabía, la obviedad más absoluta.

¿Cuánto tiempo perdido para nada?

Según mi amigo este estudio ha revelado que pertenecemos a una especie de pequeños seres, exactamente redondos y que al deslizarnos producimos una fuerza que hace que la tierra produzca un movimiento constante.

¿Para qué? Dije

Al parecer este movimiento sirve para que el universo viaje hacia una constelación que nos libere de toda enfermedad e injusticia. Hacia un mañana más igualitario

Y ¿Cuánto tiempo han tardado en conocer este movimiento?

Según la noticia comenzaron en agosto del año 2015, es decir hace 35 años

¿Quieres otro café?

No, gracias

Por cierto ¿Qué nombre han puesto a la constelación?

Espera, lo apunté por algún sitio, aquí esta: weblueandmeryño278509ndin.

Interesante, sabiendo que pueden conocer tanto del mañana y hacía donde vamos, ¿te importaría darme la dirección para enviarles un correo.

¿Qué vas a preguntar, que te interesa?

Preguntarles, si saben ¿Cuándo el Atleti ganará la liga o tendremos que estar repitiendo el mismo partido cada año?

Amigo ese mañana es imposible de adivinar, no hace falta que les escribas, seguro que no tienen ni puta idea de lo que nos interesa.

90-60-90 (ejercicio Nº2: ironía)

 

90-60-90

Las cifras mágicas. Las mismas de Marilyn Monroe en su apogeo. Me pellizco, no puedo creerlo, me pregunto si será realmente así, ¿estaré soñando? Fotografío a Isadora, una chica 90-60-90 según dice ella misma: y por obra y gracia de Dios. Yo la creo, admiro la obra de Dios; sólo las diosas pueden tener esos 90-60-90 (exceptuado el imperio de la silicona).

La conocí al fotografiar un coro de cámara de estudiantes que dirige una amiga; estaba en la sección de contraltos.  Apenas noté su potencial le hablé para sugerirle, si le apetecía, que pasara por mi estudio para unas tomas individuales; le veía grandes posibilidades para modelar con sus generosos 1.75 m de altura y proporcionadas formas. Por esos días fotografiaba una colección de lencería y mallas de baño; no estaba conforme con las modelos que había enviado la agencia. Isadora bien podría ser quien refrescara las imágenes de ese trabajo. Claro, necesitaría alguna instrucción previa de modelaje, tarea que podía realizar mi asistente, quien había sido modelo, y yo mismo. Por años, mi pasión se ha centrado en la fotografía creativa de ballet y su entorno; debo reconocer, sin embargo, que la publicitaria es la que me da de comer.

Encuadrar a Isadora en el visor de mis cámaras me hacía sentir que comía una hamburguesa triple con beicon, queso azul, cheddar, pepinillos agridulces, huevo frito, mahonesa y bastante salsa barbacoa acompañadas de sabrosas patatas bravas. Las bailarinas llegaban, según mi memoria visual, táctil, sensible, fotográfica a unos 55-50-60 aunque nunca me preocupé por esas medidas. En el ámbito del ballet las cosas van por otro lado. Si alguien llega a integrar una compañía de danza es porque el exhaustivo entrenamiento ha hecho a su cuerpo así. Importa lo que una bailarina o bailarín logra realizar con esos músculos. Son centímetros cuadrados, cúbicos más bien, de terreno firme, duro en musculatura para poder realizar un grand jeté en tournant, una secuencia de pas de chat o un fouetté rond de jambe al tiempo de la música. Cuerpos sin excesos, sin grasas, cuerpos con propósitos, formas que resultan en medidas que el escenario transforma a la vista del espectador; todo aparenta ser diferente bajo los focos de luz. Sabía que Isadora no era una bailarina, yo seguía encandilado por esos 90-60-90. Razonaba, como para justificarme, que eran pensamientos meramente profesionales.

A la nochecita, vuelvo a mi casa al terminar la larga jornada de tomas y cuarto oscuro. Le comento a mi compañera, bailarina de ballet, el trabajo del día y la sesión de fotos con Isadora, la chica que había descubierto en un coro. Le conté, riendo, lo de los 90-60-90 y que había sido la propia joven, plenamente consciente de su atractiva figura, quien lo había dicho con orgullo, hasta quizá con cierto sarcasmo por saberse siempre observada. Le aclaré, bromeando, que no le había tomado ninguna medida para verificar sus afirmaciones. Luego cenamos, yo mismo había cocinado una brótola maître d’hôtel con una guarnición simple de patatas y boniatos que quedó superlativa, la regamos con abundante Cabernet Franc Rosé D’Anjou, cerramos con amaretti di Saronno, Sambuca siciliana y ristretto. Finalmente nos vamos a dormir. Entonces, en un momento lleno de ternura, de miradas invitantes, de sugerentes movimientos, de caricias prolongadas, de silencioso deseo, sus húmedos y apasionados labios susurran en mi oído:

Less is more”, ¿verdad?

La entrevista de trabajo

 

«Ya soy demasiado viejo para esto», me repetía, sentado en la sala de espera. Cuando entré en el despacho del jefe de recursos humanos, este, un hombre joven, impecablemente trajeado, me resultó vagamente familiar.

—Disculpe, venía por la entrevista de trabajo.

—Pase, Arturo, no sea tímido, estamos entre amigos. Cuando vi su nombre entre la lista de aspirantes no me lo podía creer —le miré extrañado, no conseguía ubicar a aquel personaje—. ¿No me recuerda? Claro, es natural, hace mucho tiempo que no nos vemos. Sin embargo, yo sí que me he acordado mucho de usted. Llevo tantos años queriendo darle las gracias por su nota… Si no fuera por ella, estoy seguro de que no habría logrado llegar hasta aquí –dijo golpeando orgulloso su mesa con las palmas—. De hecho, no solo la guardé, sino que la he traído. He pensado que le gustaría verla.

Me tendió un trozo de papel doblado, aunque lleno de arrugas. Parecía que alguien lo hubiera tirado a la basura para luego arrepentirse y rescatarlo. Extendí el escrito con cuidado. No cabía duda, era mi letra.

—Léala, léala por favor —dijo en tono condescendiente.

Querido Fermín:

Como usted bien sabe, esta empresa se queda pequeña ante su gran talento. El trabajo que ha desempeñado durante estos meses ha sido impagable. Nos gustaría tener en nómina a más trabajadores como usted, pero somos un pequeño negocio y no podemos permitirnos las retribuciones que sin duda merece. Lamentablemente  nuestra empresa es demasiado humilde para una persona de su perfil. Por ello, y con el fin de no entorpecer el gran futuro que le espera, nos vemos obligados a prescindir de sus servicios.

Atentamente,  Arturo.

Al acabar, aquel antiguo becario del que tan solo guardaba un tenue recuerdo, me hizo un gesto para que le devolviera la nota.

—Bueno, no sé qué decir —balbuceé.

— No hace falta que diga nada amigo Arturo. Hoy estoy sensible y no me gustaría acabar emocionándome. Vayamos al grano. En cuanto al empleo que viene a solicitar, no tiene por qué preocuparse. Ya nos conocemos, y sería imperdonable que esta humilde empresa dejara escapar a un hombre de su experiencia, recorrido y del que guardo tan buen recuerdo. Como es obvio, tengo que entrevistar al resto de candidatos, pero es un mero formalismo. No se despegue del teléfono porque, con toda probabilidad, en unas horas, o puede que días, le llamaré para comunicarle que el puesto es suyo. De todas formas, permítame un consejo: por si acaso, no rechace todavía las múltiples ofertas que sin duda tendrá en la recámara.


martes, 13 de octubre de 2020

Xénia o la gran ley.

 

Ni si quiera al decirle que debía bajar a cenar conseguí sacarle de su letargo, por tanto, y como estaba cansada, le puse sobre los hombros el chaquetón de piel de oso para que no se enfriase y me metí en la cama. Menuda noche me esperaba con aquel bruto a punto de morir de una hipotermia, pero el caso es que me dormí y lo hice durante toda la noche. Lo primero que hice al despertar, fue lanzar una mirada al cazador que continuaba petrificado. Pero cuando penetró el primer rayo de sol por la ventana, se levantó, crujiéndole los músculos como una rama seca, como si el calor del sol le hubiese liberado de una cárcel de hielo. Se acercó a mí para observarme detenidamente. No me dirigió ni media palabra, ni si quiera una mueca, nada. Sus ojos eran como dos pozos negros de incertidumbre amenazándome. Acto seguido, se irguió dolorosamente, como si fuese una escultura cobrando vida, y desapareció por la puerta. Salí tras él, movida por la curiosidad y el miedo. Lo encontré tumbado boca abajo en el suelo. Se había desmayado.

A la mañana siguiente apareció en la cocina, parecía un muerto viviente pero al menos no era simplemente un muerto. Me asustó no haberle escuchado bajar, ni percibir su presencia de ninguna manera, aunque debo reconocer que todo aquello solo hacía que aumentar mi curiosidad. Intenté establecer conversación, pero lo único que hizo fue comerse los huevos fritos que había cocinado acompañados de una barra de pan de cuarto. Lo devoró sin pestañear. Aquellos ojos negros me gruñeron algo que no sé cómo entendí.  “Más” me dijo, bueno, me rugió. Yo obedecí, no por miedo, más bien diría que obedecí por un hechizo. Su sombra proyectaba una magia que me indicaba que no era humano. Al darle el plato me agarró la mano. Fue tan rápido y tan firme que di un bote de casi tres palmos sobre el suelo. No podía evitar mirarle, nos contemplábamos en un silencio encarnado, de sustancia palpable, que me agitaba el corazón con más fuerza que una ventisca, pero yo solo oía un ensordecedor ruido, como si con la mirada hubiera llenado mi mente de ensueños. Aquel ser se limpió los restos de huevo de los bigotes con su propia barba y las palabras salieron de su boca. En realidad no hablaba, no sabría cómo explicarlo; su voz era música, como el canto de una sirena; cálida, envolvente e ineludible, pero yo le entendí a la perfección. Me cantó una canción acerca de Xénia, la gran ley. Xénia era la ley de la hospitalidad, que daba cobijo a los errantes y castigaba a quienes les negaban amparo. Recuerdo la canción como si hubiese sido ayer, a pesar de que hace más de cuatrocientos años desde que la escuche. Fue la canción más bella que escucharé jamás, aunque su belleza no era dócil ni melosa, sino amenazante, era como una ráfaga ígnea violenta, igual que la marea frente a la roca, o el rayo contra el almendro.

Aquella canción me cambió la vida. Ya no queda nada de aquella anciana que sufría de sus pulmones. La música me los había devuelto, junto a mi juventud y mi vigor, y aquí me hallo, contando historias a mis semejantes hasta que él me reclame, para que no olviden nunca la verdad que esconde una canción, o una historia, o aquello que sabemos y hemos decidido dejar de creer.

(acabo de darme cuenta al leer vuestras entradas que la temática era de obsesión. Mis disculpas, no he hecho ni puñetero caso. NO ha sido intencionado)

Lo que persiste

 

-          - Acompáñela doctor, que hace años que no lo ve -Escuché decir a mi hermana por lo bajo.

Me contaron después que yo había nacido en el mismo hospital. Un edificio color blanco- sucio. Entrando ese olor, el olor a apósitos y alcohol a muerto y desinfectante. Una recepción. Batas blancas por todos lados. A la izquierda la puerta de la terapia intensiva.

Yo tenía los ojos abiertos pero no veía nada, era como si toda la sala estuviera llena de humo, niebla del mal presagio.  Cuatro años sin verte papá. Me encontré preguntando al médico si me ibas a poder escuchar. “Acompáñela doctor” quedó resonando como un eco.

-Médicamente te tendría que decir que no, pero la realidad es que parece que sí escuchan - Los dos parados en el pasillo frente a la puerta de la habitación.

Entré y miré todas las camas. No estabas. Si estabas. Ahí, en la primera de la izquierda. Te habían sacado la medalla de San Expedito, el santo de las causas desesperadas al que tanto le rezabas. No eras vos. Si eras vos.  

Papi. Me quedé mirándote y de a poco te fui adivinando. Te fui reconociendo. El cueco de tus ojos, los lunares de tus brazos, esos que tantas veces encontrábamos antes de dormir en los míos. Papá. Sabía que tenía que llorar pero no podía, no pude hasta muchos años después. Ese día, ahí al lado de tu cama, se me instaló una tormenta de arena en la garganta. Mi cuerpo se volvió de piedra papá, un desierto vacío inexplicable. Te miré los pies, estaba torcidos, doblados hacia afuera. Tan sólido parece el cuerpo, tan rápido se arquean los huesos. Llamé a la enfermera. Quería cuidarte y no sabía cómo. Teníamos tan poco tiempo papá. Le dije a la enfermera que tenías la piel de la espalda muy roja, que te curara, que te enderezara los pies para cuando salieras. Me dijo que si y agachó la cabeza, porque ella sabía más que yo. Te hablé, papá. Por fin te dirigí una palabra. No se qué dije. Vi gotear el agua por el costado de tu ojo cerrado, vi a la lágrima encausarse por los pliegues de tu cutis cansado. Volví al hospital los cuatro días siguientes. El último te puse música con un discman prestado, “cuando ya nadie te nombre” de ese folklorista que te gustaba tanto.

Cuando me fui del hospital el ultimo día, miré hacia atrás. El edificio parecía un monstruo gigante con lucecitas de navidad. Era octubre.

La fuente

A simple vista, no tiene nada de especial. Es una más de las cientos que el ayuntamiento instaló por todos los parques de la ciudad en los ochenta. Un cilindro gris calle con una inclinación fotografiable accionado por una palanca azul oleaje. Nadie alabaría su diseño, pienso que pasa tan inadvertida que la mayoría de la gente sería capaz hasta de tropezarse con ella sin darse cuenta. Bueno, no lo pienso, lo sé. Pasó el jueves 16 de diciembre de 1999, justo un minuto antes del mediodía. Por esa época, todavía no se caminaba con el cuello en cuña y los ojos absorbidos por pantallas. Los accidentes eran mucho más inesperados, más entrañables. Solo en esa fecha registré hasta cinco. Fue un día fantástico.

Anoche me aseguré de programar la alarma para despertarme a tiempo de acompañar a la barrendera que suele rellenar su botella hasta el desborde y desayunar un larguirucho bocadillo. Una barrita de cereales apisonada, eso es todo lo que ha ingerido hoy. Ha retomado la dieta. Lo intuía. Sabía que iba a merecer la pena madrugar. Además, el paseador de perros se ha adelantado. Me habría perdido a esas juguetonas criaturas salpicando con sus colas, inconscientes, rechupeteando la boquilla común, refrescándose gracias al agua con sabor a esponja usada (o, por lo menos, así la han calificado los obreros del edificio contiguo). No habría podido comprobar la mejora en la cojera del podenco canario, ni lo estridente de las nuevas correas del dúo de spaniels. Menos mal.


Aguanta. Tiene que estar a punto de llegar. Siento que ya se me han escapado el desayuno y la comida, he resistido las presiones internas y los calambres, la ausencia prolongada de acción. No se me puede escapar su visita. Aparece periódicamente, aunque sin seguir un patrón exacto, arrastrando un carro de la compra lleno de garrafas vacías. Con paciencia, recolecta litros y litros al ritmo del tacaño chorrillo, mientras combina miradas al suelo con largas miradas al vacío. Al terminar, siempre le hace una especie de reverencia, un gesto de agradecimiento por su servicio, por su predisposición. Si viene, la jornada habrá sido perfecta.


Sigue sin aparecer. En su lugar, se acerca una cuadrilla cargada de herramientas y cansancio. Al principio, no se atreven a tocarla. La rodean, observan su anatomía urbana. El estudio se me hace interminable. Sin avisar, desenfundan alicates, destornilladores, martillos, picos y tijeras de un tamaño desproporcionado. ¿Pero qué pretenden? Golpes, aporreos metálicos, estiramientos, rebotes. Una pausa para rehacer la estrategia de ataque. Retoman el asalto. Derribo definitivo. Entre todos, la alzan a modo de imagen divina y se marchan en procesión. 


No puede ser. Se la han llevado.

El bocadillo que cambié por la inmortalidad.

Hace muchos años que conozco a Toni, fuimos compañeros en el instituto. No éramos íntimos, eso era casi una utopía tratándose de aquel muchacho desaliñado, siempre dispuesto a proclamar ante quien le brindara un momento que no perecería jamás, que su obra le haría inmortal, pues mientras alguien es recordado jamás llega a estar del todo muerto. Tras el periodo escolar perdimos el contacto y no volví a saber nada de él hasta hace unos meses. En aquella ocasión lo encontré apoyado en la barra de un bar, libando despacio un ginger ale con ginebra. Me costó reconocerle y decidí quedarme un rato observándole para cerciorarme de que aquella meditabunda figura era la de Toni. Resulto serlo o, al menos, lo que quedaba de él. Se hallaba ajado y flaco, con arrugas como trincheras surcándole el rostro, marcas producidas por esa partida de ajedrez que jugaba contra la gran igualadora y que, al parecer, se había tornado una guerra sucia y descarnada. No tardamos en recordar viejos tiempos y ponernos al día, así pude comprobar que seguía obsesionado con escapar de la parca, en una carrera que, visto su aspecto, parecía acercarlo a ella de forma prematura. Me confesó que llevaba años detrás de las musas, escribiendo obras sin alma que luego destruía. Me miró con ojos vidriosos, no sé si fruto de la rabia o el alcohol y, jurándome que lo había intentado, lamentó no poder cumplir aquella promesa que me hiciera tanto tiempo atrás. Yo, por miedo o vergüenza, fingí no acordarme, obligándole a rememorar la mañana donde me explicó que no solo los grandes autores eran inmortales, también lo eran sus obras y por ende sus personajes. Como solía ocurrir, aquel día no se había traído bocadillo de casa y me ofreció, a cambio de mi almuerzo, convertirme en uno de los protagonistas de su gran obra. Según me hizo notar, un poco ofendido por mi falta de memoria, me brindó la misma promesa que hacían todas las religiones a cambio de tan solo un poco de pan con queso. Nuestras veladas en aquel tugurio se volvieron habituales. Sin embargo, la otra noche lo noté distinto, exultante. Me confesó que había encontrado la forma de enrocarse, de eludir al destino por muchos años, puede que para siempre. No será por mi obra, pero cuando algo no se puede lograr por lo civil se tiene que hacer por lo criminal, creo que fueron sus palabras. Luego me dio una llave y una dirección, añadiendo que si no volvía a saber de él allí encontraría un libro, el único que no había podido destruir, pues por alusiones me pertenecía. Había faltado a su palabra y por ello, a modo de compensación, me dejaría leerlo, siempre que me comprometiera a quemarlo una vez hubiera acabado. Dicho esto pagó mi cuenta y se marchó, dejándome aquel obsequio que olía a despedida. A la mañana siguiente, cuando todos los diarios abrieron con el asesinato de nuestro joven monarca no necesité leer la noticia. Sabía quien había lo había matado.

lunes, 12 de octubre de 2020

DE TENERTE EN MIS BRAZOS MUSITANDO PALABRAS DE AMOR



Hola Karlochy te envío audio porque no tengo tiempo de escribir. Nada, que hasta que no me cuentes por qué no me contestas los whats no voy a poder dormir y lo sabes. Quiero tu resumen del día. Todo. Por cierto tu me gusta no me ha aparecido en ninguno de mis posts. Los he estado revisando cada cinco minutos desde que me desperté hasta ahora y no pienso dormirme hasta ver el tuyo. Por algo eres mi novio, vamos digo yo que tendrás que ponerme likes ¿no? 

Para los que no me conocéis me llamo Catalina y tengo diecinueve. Sólo hago cinco publicaciones diarias en insta. Frase del día, mi foto del día, recomendación del día, mi post compartido del día y la noticia del día. No soy una influencer, aún. Lo seré pronto. En youtube tengo cinco canales. Cuento con más de 13000 subscriptores. En todos ellos soy Cathy Beauty, mi alter ego básica. A ver, dependiendo del canal modifico el nombre, en plan, que acople con el contenido. Todas mis compras las efectúo en Amazon Prime y subo los videos como Cathy Beauty Unboxer. El canal que más beneficios me reporta es How to be a champion mother. Yo voy a ser madre sí o sí, lo tengo clarísimo, como sea y con Karlochy o sin él, ja ja, de paso que me preparo para ese futuro cierto explico cómo hacerlo en mi canal. Cuelgo videos que molen, bien preparados, bien iluminados, con guiones bien escritos, titulación llamativa, imágenes impactantes, links interesantes e información precisa. La música la compongo yo misma con mi Garage Band, normalmente con pianos eléctricos y unas strings. Siempre minimalista. No puedo ni quiero perder un segundo de mi tiempo. Hay tanto por hacer que sería irresponsable por mi parte tomar un respiro. Simplemente me parece inmoral no hacer nada. Me da vértigo pensar en la posibilidad de quedarme quieta. El aburrimiento me abomina. Leo cinco libros a la semana. Uno de ellos ha de ser de corte feminista para nutrir mi canal Cathy Beauty in Purple. Dos novelas: un bestseller y otra underground a ser posible de la Beatnik Generation y otros dos libros sobre la Nueva Era y la Salud para mi canal Cathy Inner Beauty. El quinto libro es siempre, en plan, político, social, un ensayo o incluso una tesis doctoral. Me encanta leer tesis doctorales en pdf, a ser posible en ingles.

Karlochy, no me vale que no has tenido tiempo para responderme, me vuelvo loca, me afecta que no me pongas al menos un like en mis publicaciones. Pasas de mi. Te cagas. Así en plan me hago el despistadillo pero sé que me estas ocultando cosas. Dime ¿a que tengo razón? ¿a que ni te has leído mi insta? ¿a que no has visto mi último video? ¿por qué no me has comentado la receta macrobiótica? ¿acaso estas de acuerdo con lo que he criticado en face? porque no me has dado la razón. Bien que te gusta que te ponga corazoncitos en tu muro. Bueno ya hablamos luego que tengo que hacer otra publicación y leer un par de artículos en Scribd, revisar mi muro en face, escribir unos whats, componer la banda sonora para mi próximo youtube video de Cathy Beauty in the Kitchen, ah y se me olvidaba cari, estoy empezando a escribir un libro en plan, ensayo sobre la obsesión, si sabes de alguna persona obsesionada con algo me lo comentas quizás me pueda inspirar alguna línea de investigación.

Ejercicio Obsesión

 

Utopía vs. Obsesión

Totalmente de acuerdo con un pensamiento de Camus; decía que todo lo que sabía de moral lo aprendió jugando al futbol, yo también.

Hora y media a la semana es más que suficiente.

Tampoco tengo razones para abandonar el deporte. La verdad es que he seguido practicando por los mismos motivos que muchos lo dejaron, es decir por las señoritas y la cerveza.

Nunca comprendí a los que se empeñan en hacer lo difícil fácil, es posible que su militarismo, activismo o sectarismo les hagan decir semejante pensamiento antinatural. Estoy del lado de los que piensan que no hay nada más difícil que lo difícil

Amar el sufrimiento, disfrutarlo de verdad, disfrutar sufriendo, disfrutar del disfrute de sufrir como diría cualquier necio: disfrutar disfrutando.

Entiendo señor su admiración por esa perturbación anímica por esa idea fija que determina una actitud; que ha dejado de ser un buen jugador.

No le encanta jugar, lo que le encanta es el esfuerzo realizado para perder y/o ganar, no es lo que más importa, lo que importa es el esfuerzo que se realiza para intentar mejorar en comparación con otro.

A mí, sin embargo, no me interesa perder, ni ganar, ni empatar ni el esfuerzo en conseguir esta trinidad, lo que me interesa es jugar, saber jugar sin reglas fijas. A veces, me gusta perder y saber que pudiendo no he hecho ningún esfuerzo en ganar. Otras veces, creo que las más, tiro la toalla y digo: este juego hoy no me interesa, no sigo, paro y me voy. Es posible que alguna vez perdiendo, hubiera querido ganar, no lo niego. Pero al no ponerme reglas en el juego solo deseo conseguir la meta – física del que nunca llegará.

domingo, 11 de octubre de 2020

Dientes (ejercicio nº 1, tema: obsesiones)

 


Dientes (ejercicio No.1, tema: obsesiones)


Los dientes, sus dientes, esos dientes; dientes que son ahora como una marca de agua en mi cerebro. Dientes que se convierten en el fondo de mire lo que mire, escuche lo que escuche, saboree lo que saboree, olfatee lo que olfatee, toque lo que toque. Aún aparecen allí con sólo pensar, son como guardianes de mis neuronas. Están siempre, sus dientes, esos dientes. Grabados, esculpidos e inevitables en mi mente. Me atrajeron desde la primera vez, los vi hace unos meses. Están magistralmente dimensionados, matemáticamente distribuidos, son armoniosamente blancos, inmaculadamente virginales. Quizá la proporción áurea se creó en el Big Bang a partir de dientes como esos.

Los veo cuando me muestra una sonrisa con el marco perfecto de sus labios serviciales. Sonrisa socarrona e ingenua, inteligente y maravillada, una sonrisa hecha a mi medida, una sonrisa hecha para ofrecerse plenamente, una sonrisa para regalarme sus dientes inigualables

Adoro que me hable. Oigo sus dientes modulando palabras. Me mira con su boca, se entreabre para incitarme. Ríe, y me siento cerca del éxtasis al percibirlos: húmedos, sensuales, invitantes, adorables, indiscutiblemente perfectos. Creo que le atraigo. No me cabe duda; sé interpretar el lenguaje de esos dientes siempre expresivos, rodeados por una ávida sonrisa.

Me decido. La veo ya desde cierta distancia. Me voy acercando. Una enorme pasión me invade. Siento que debo ir a por todo. Finalmente llego y le hablo triunfal, apasionado, ensimismado, concentrado, entusiasmado, ilusionado, enfático, rebosante de amor por esos dientes:

“¡Qué bonitos dientes tienes!” pronuncio con seguridad. Enseguida tiemblo expectante ante su posible respuesta. Entonces, desde detrás de la mampara de acrílico y a través de su mascarilla me dice:

“Gracias, son € 18,25, ¿quieres una bolsa? Siguiente por favor”

Salir de viaje

 

 

     Mañana me marcho de viaje en este largo fin de semana de otoño que apenas pinta nubes ni colores amarillos.

   Ya arreglé el armario de los zapatos. Los de verano en sus cajas, apilados en los estantes altos. Quité el polvo de los zócalos, acumulado en ese ir y venir diario, y ordené las esponjas de autobrillo.

   La cocina quedó bien limpia también. La encimera, la campana y el armario desastre de las fiambreras que se resisten a tener una posición, a conservar sus tapas que acaban confundidas sin remedio entre el cajón de las patatas y las botellas de agua.

   La mesa del estudio está despejada de tickets de compra, de listas, de notas, de contraseñas apuntadas sin destino claro. En su sitio el cargador, los pares de gafas y el archivador de documentos varios por arreglar durmiendo en la espera.

   El baño lo último. Ni un pelo, ni una gota de cal y abundante lejía en el inodoro para su efecto noche.

   Hago las dos últimas llamadas por teléfono y me aseguro que conservan el número de la residencia donde dejé a Book esta mañana.

   Estoy tan cansada que sé me costará dormir. No importa. Mañana al amanecer, cuando ocupe mi asiento en el autobús me sentiré otra, aliviada. Cerraré los ojos y me perderé en un mapa de imágenes nuevas y pasajeras.

   Si me ocurre algo, si no regreso, quien entre en mi casa lo encontrará todo limpio y en orden.

Alto deseo

 Alto deseo 


Me figuro, a veces, que mi cuerpo es una torre de alto voltaje, de esas que se ven en las afueras (cerca de nuestra casa hay una de ellas, justo donde terminan las parcelas de la urbanización, grande y ruidosa, la veo cada tarde cuando salgo a andar con nuestro perro, aunque él la evita). Imagino que mi cuerpo es esa torre y que dentro, o fuera, formando parte de él vive el deseo. Yo creo que el deseo es el zumbido omnipotente, grave, de esa torre que se ha vuelto mi cuerpo (aunque mi cuerpo poco tiene de torre, más bien es resbaloso, un cuerpo blando, una lombriz que repta al ritmo triste de ese rumor innegociable, sordo). Soy una torre de voltajes altos. Soy una torre entera de deseo. Me cuesta ya entenderlo de otro modo, entenderme de alguna otra manera. Intento comprender por qué caminos he llegado a hacer de mí quien soy ahora (otras veces me pregunto qué caminos no he tomado, si acaso he errado el rumbo, por qué motivo silba este deseo, atruena, en su frecuencia soterrada, qué puertas le he cerrado y qué ventanas, por qué lo he convertido en un latido constante que amenaza y no un canto, por qué senderos tristes y mezquinos llevamos al deseo que nos llega febril y en convulsiones pero mudo, y cojo, e hincado de rodillas en la culpa). 

Lo pienso, todo esto, mientras Carlos se aleja por la arena y va esquivando niños y toallas, bien moreno (que el sol de Baleares lo pone muy moreno a mi marido). Lo pienso y ya he empezado a descontarle minutos al paseo que le queda hasta volver aquí con los helados (vainilla para él, yo merengada). Me da tiempo a acercarme hasta las dunas. Hay un par de chavales que me miran. Quizá también lo escuchen: el deseo.

 

viernes, 9 de octubre de 2020

Confesión (extra, fuera de programa)

 

Confieso que (no) he vivido

No lo entendí en el momento. No quise demorar las presentaciones preguntando. Ignorante una vez más.  Escapé con artificio por la tangente: “olvidé que tenía que ser como un perfil de Tinder”. A casi tres años de estar viviendo en Valencia declaro que estoy lejos de poder dominar el castellano ibérico. Así, cuando oía que alguien iba a coger el autobús me decía: bien, que cada uno haga lo que quiera, pero … ¿follarse el autobús? Luego lo del tráfico, ¿tráfico de qué? Tráfico son drogas, personas, favores, influencias, mercancías; supe que era el tránsito de vehículos independientemente de lo que traficaran en ellos.

Con Tinder fue lo mismo. Calculé que sería algún tipo de guardería. Nosotros usamos la palabra Kindergarten, designa el sitio donde van los niños preescolares. Podía ser una variación de la palabra. Recordé tanatorio; cuando en los primeros días lo leía pensaba que era un error tipógrafo: sanatorio con su primera letra cambiada. Luego aprendí que eran casas mortuorias.

La suma de las mascarillas (barbijos en el sur) impidiendo la propagación no solo de "la cosa" sino de las frecuencias altas de la voz, aquellas que dan intelegibilidad al habla, más mi oído ya algo beethoveniano, y las distancias establecidas por la pandemia, me incliné por creer que era algún tipo de institución para pequeños. Por eso mencioné el chocolate Kinder que se da a los niños. Entonces mi presentación trató de oponer quién soy, al concepto de estar en un Tindergarten, fuere lo que fuere. Así me declaré no apto para asistir a los centros diurnos de mayores dada mi torpeza para jugar al dominó y prefiriendo asistir al taller avanzado de escritura. Confieso que estos talleres han sido lo más importante de mi vida posmusical (perdón RAE), muy lejos de una oportunidad para pasar el tiempo. Como manifesté hace un año: "creo tener muchas cosas para decir y quiero hacerlo, no sólo bien, sino con la mayor eficacia". No estoy aquí por ser mal jugador de dominó (en verdad soy bastante bueno!)

Ahora sé de Tinder. Si se me permite, haré mi presentación para nuevos participantes y viejos amigos como un perfil de Tinder, lo que pidió Bárbara:

“Madurito apetecible (eso cree...) con pancita sexi. Siempre opta por lo distinto y navega contracorriente. Muy dispuesto a aprender y probar TODO. Habla como si supiera pero, no lo toméis en serio, es inofensivo. Recomendamos anotarse con tiempo, hay una larga lista de espera: está limitado a dos por día”.

Mini relato: “Sólo dos por día”:

Nos vemos unos cuatro días por semana. No puedo evitar sus ojos de mirada ingenua y noble, suplicantes, profundos. Los encuentro desbordados, inundados por un tinte de oro viejo, insólito y atrayente. Desparrama sonrisas melancólicas. Yo las recojo todas; no hay desperdicio.

Me pregunta qué quiero. Me pregunta cómo lo quiero. Sabe que será como siempre. Así de amable es ella. Sabe que sólo puedo llegar a dos por día. Aprovecha para conversar en estas circunstancias; yo, sin embargo, pronuncio pocas palabras.

Mi corazón comienza a flojear; siento que se despedaza cada vez que nos vemos. Mi tensión sube inexorablemente después del segundo. A pesar de eso me atengo a lo clásico; ella también lo entiende: no me gusta el descafeinado.

Valencia, 7 de octubre de 2020.

A mos redó - Na Jordana (alternativa, hasta con 3 adjetivos, para el ej. Nº12)

  A mos redó - Na Jordana Los veo, ¿me veo?, casi todas las mesas de la terraza ocupadas, son vecinos del barrio, aquí es raro ver turista...