A mos redó - Na Jordana
Los veo, ¿me veo?, casi todas las mesas de la terraza
ocupadas, son vecinos del barrio, aquí es raro ver turistas. Estoy bajo la esplendorosa
luz del mediodía mediterráneo de Valencia, no dudo de los colores, percibo y me
percibo. Ancianos descoloridos, desesperanzados, descolocados, pieles
amarillentas, pieles grisáceas, pieles blancuzcas, un andador, varios bastones,
señoras de la posguerra que no parecen haber pasado hambre. Miro y me miro.
¿Ya eligió?, sí, de
primero alubias con estofado, está más bien fresco, no vendrán mal unas calorías
adicionales; pescadilla con ensalada como
segundo, pero que sea a la plancha, no puedo comer harinas, que no me la
rebocen, porfa. ¿Para beber? Una copa … ¿de blanco?, No, no, tinto, por favor.
Recuerdos, deseos, algunos imposibles, otros inalcanzables, muchos secretos,
otros imaginados. Somos septuagenarios octogenarios.
Una joven, una escultura viviente de Afrodita, atraviesa la
acera donde está la terraza. Mi vecino, cabellos largos, ni blancos ni negros ni
siquiera grises, brotan como maleza pobre en una cabeza que no llega a calva, son
pocos, están desarreglados, igual que sus patillas, se me antojan del color de
la paja seca. El mesero se acerca para tomarle el pedido. Tráeme una de esas, Manolo, señala con un gesto de su cabeza a la
joven que se aleja caminando insinuante, su short ultracorto ventila alguna
porción de glúteos. Ensalada de la casa
primero, sin sal, ¿verdad? ¡Ostras, me conoces bien!, luego la pechuga con
verduras también sin sal, ¿una doble? Sí, sí, ya que no tenéis triple.
Tiene recuerdos, ilusiones, alegrías que existieron ¿recuerdo, me ilusiono?
Somos septuagenarios octogenarios.
Algunas señoras ocupan otras mesas, hay alegría en ellas. Yo
estoy solo, recibo la alegría que ellas profesan, la contagian. ¿Otra vuelta? Hombre, claro, ¡qué esperas! Y
no olvides traer más olivas. Hay certeza, definición, los hombres de la
mesa acompañan con sonrisas, ellas, las septuagenarias octogenarias llevan la
voz cantante. Me siento abrumado, me siento a la vez más vivo. Trato de dibujar
en mi imaginación, ¿cómo serían estas señoras 50 o 60 años atrás? Seguramente como
la joven que pasó hace unos minutos; quizá usaran otra ropa, pero con esa misma
actitud de convencimiento, igualmente desafiantes, igualmente hermosas. Ellas
tuvieron, yo tuve, ilusiones, deseos, relaciones íntimas, relaciones ocasionalmente
non sanctas, amor físico a escondidas, placeres y arrepentimientos, los secretos
de la vida que todos llevamos, ¿podemos vivir de recuerdos? Quizá estemos hechos
sólo de eso. Somos septuagenarias octogenarias, septuagenarios octogenarios.
Detecto panzas atávicas, son panzas de cerveza, panzas criadas
con devoción, panzas cultivadas con el placer a corto plazo del rubio pan
líquido, panzas que ahora quisiéramos que no existieran, como no queremos tampoco
la hipertensión, pero, ¿cómo no vamos a aceptar chorizos, jamón serrano,
ibérico, morcillas, beicon, panceta, queso curado, o aún semicurado, ¿cómo
podría haber sobrevivido sin esos alimentos del goce, de la alegría del alma? Las
patatas bravas y bravísimas, las tortillas de seis huevos, las anchoas de
salazón, el bacalao disecado con sal y sol; arròs a banda, arròs del senyoret,
arròs amb fessols i nap, arròs al forn, arroz negro, arroz meloso, infinidad de
paellas. Hay panzas y barbas, barbas que no se deciden a serlo, como los escasos
pelos entregrises que quedan al no afeitarse un par de días, como las
abundantes inevitables esparcidas manchas que decoran los rostros, como los
vasos aún con restos de la cerveza, como mi copa de tinto que casi acabé. Somos
restos de lo queda en la comida de la vida, somos septuagenarios octogenarios,
Los veo, y me veo. Sin embargo, todos sentimos fervorosamente
la juventud. Hace tiempo, unas cuantas décadas ya, nos parecía que la padecíamos,
no que la viviéramos, la juventud era un tramo de vida a evitar, no sabíamos
cómo hacer para que se terminara pronto. Brotaban una o más, pústulas
repugnantes, nos aparecían entusiastas, hasta con fervor, y se instalaban en nuestras
caras, queríamos erradicarlas, extirparlas, borrarlas cuanto antes. Pero las
perdimos viviendo, somos septuagenarios octogenarios.
Nunca nos sentimos como septuagenarios octogenarios, aún en
este instante. Es que la mente permanece la misma, aún desgastada y cansada no
nos lo muestra. Nos cuesta movernos, nos cuesta caminar, nos cuesta ver, nos
cuesta oír, nos cuesta digerir, nos cuesta orinar y nos cuesta creer que no
podemos hacer el amor físico; nos cuesta reconocer que ya nos hemos bebido la
poción de la vida que nos correspondió, también a aquellos que recibimos cañas
dobles y copas abundantes, sólo nos quedan las propinas. La memoria puede ser
confusa, los sentimientos no. A los desengaños los tratamos en pasado pretérito,
fueron. Somos septuagenarios octogenarios.
Parece que le ha gustado
la comida, caballero, ¡ha dejado el plato limpio!, ¿postre o café?, tenemos flan
de queso con salsa de arándanos o con dulce de leche, hay tiramisú, todo casero,
los preparamos aquí mismo. Ah… tráeme el flan con dulce de leche. Siento como
si de un despertar erótico se tratara, es lo que evidentemente se da entre la lujuriosa
pastosidad del flan y la contundencia psicoterapéutica sanadora saciadora* del
dulce de leche. Pienso, es como antes, como siempre; sólo una vez, listo, me
sentiré bien, es mi régimen, el que trata bien al alma. Somos septuagenarias
octogenarias, septuagenarios octogenarios, estamos en Valencia.
*No se acepta en el Scrabble
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