lunes, 30 de noviembre de 2020

1º parte de la espera

Un soplo de viento me empuja suave adentro de la estación, es un presagio, quizá, una señal para darme ánimos. ‹‹Los dioses están de mi lado, llego pronto, tendré que esperar››. Aprovechando el impulso del viento, me deslizo hasta las escaleras mecánicas que me arrastran hacia mi destino sin esfuerzo.

Sonrío.

La estación brilla ante mí. La luz del sol, al impactar contra el duro metal, pudo librarse de sus colores y fecundar toda la terminal. Siempre me ha gustado pensar que un día soleado es un día en el que llueven gotas de colores, como si los rayos de sol fueran los pintores de un paisaje de hierros, tornillos y cables. La luz se extiende infinita desde el horizonte hasta mis pies, al igual que las vías, y siento en el pecho una mano cálida, no es, sino, la férrea voluntad de la humanidad por llegar a cualquier parte, por conquistar cualquier espacio, por alcanzar sus límites.

Las escaleras mecánicas se derraman sobre el mármol de color negro que me da la bienvenida. Siento que simplemente con el soplo del viento puedo desplazarme por toda la estación sin tomarme la molestia de andar. ‹‹¿Quién necesita usar los pies cuándo puede flotar?››. En el centro de la estancia, se alza un pequeño jardín que, a pesar de su modesto tamaño se erige alto hasta el techo acristalado de una cúpula que necesita que le pasen un trapo por encima. Junto al jardín, encuentro un asiento libre que me estaba esperando, el viento me deja sobre él, y se eleva en hondas hasta la cúpula agitando todas las hojas de las viejas plataneras, silenciosas testigos del pasar del tiempo. Frente a mí está el panel que informa sobre las salidas y las llegadas. Trenes con destinación a: Madrid-20:30, o eso me parece leer, creo que necesito gafas. A ambos lados de la estación, el barullo de la gente se hace más presente, allí descansan las tiendas y los restaurantes, donde puede distraerse uno, evadirse. La estación está a rebosar, unos vienen, otros van, todos preocupados, todos inmensos en sus laberintos, pero aunque no lo quieran, todos esperan.

 Me sorprende cómo el ser humano siempre va con prisa a cualquier sitio, la gente cree que se les agota el tiempo, y lo busca donde sea que esté, debajo de las piedras, en los relojes de sus muñecas o dentro de sus carteras, pero siempre necesitan encontrar más, y lo que más me maravilla, es que lo necesitan para llegado el momento, esperar durante más tiempo. Hay en la cafetería un león en forma de hombre, de traje y corbata por melena, rugiendo al camarero porque está demasiado caliente el café y no puede perder tiempo esperando a que se enfríe. Pobre león, no sabe que no hay mayor enemigo que el tiempo. El café, el ajetreo de la vida y las conversaciones son espadas quebradas en la lucha contra el tiempo. El tiempo es invencible. Y no podemos escapar de él, no importa cuánto corra y luche el león, sus garras serán humo y cenizas. Nos atrapará con su cadena y nos devolverá a donde pertenecemos, a la espera, nos atará con sus hierros a la roca para que, instante tras instante, nos devore el hígado el cuervo negro, y seamos una esfinge que espera en el desierto hasta el encuentro con su deseo.

sábado, 28 de noviembre de 2020

Escena de sexo en 2057 (bis fuera de programa: ejercicio Nº3)

Escena de sexo en 2057

Hace muchos años que llevamos los EECA (Embedded Electronic Communications Assistant), están implantados en nuestros cuerpos. Estos dispositivos subcutáneos nos conectan con la Central AI (Central Artificial Intelligence). Es un banco de mega-macro-híper data que no sólo guarda la información de cada habitante, tiene archivado, asimismo, todo el conocimiento científico del mundo. No hace mucho los EECA comenzaron a operar en nanobandas, el protocolo 9G. Esto es una verdadera revolución.

Yo soy afortunada, ya tengo insertado el nuevo dispositivo. Dispone de una tecnología donde la Central AI puede interactuar con mi sistema nervioso y así comunicarse directamente al cerebro. Modifica las respuestas del organismo ante enfermedades, es algo maravilloso. Virus y bacterias se combaten con órdenes neurológicas desde los EECA 9G; establecen la correcta reacción de elementos naturales de protección del organismo como células T, leucocitos y demás. Por otro lado, al interactuar con el sistema nervioso, puede producir efectos y sensaciones en el individuo sin necesidad de estímulos externos. Ha resultado un generador de negocios muy importante para las empresas proveedoras del servicio; a los usuarios del EECA 9G les ofrecen adquirir programas de placer que les aportarán sensaciones como las que producen sus cerebros al disparar neurotransmisores. Pronto se desmantelará la red de distribución de estupefacientes del Estado, el operador 9G de cada región podrá proporcionar a los usuarios, por un costo moderado, los mismos efectos de las drogas. Mantener el control será más fácil; el ciudadano consumirá tranquilo, las empresas de apps de placer lo tienen claro: “un usuario inutilizado no genera caja”. Les cuento todo esto para que entiendan mi experiencia sexual clásica con un chico que me atrae mucho.

Se trata de Justin (desde que se ha establecido el inglés como lengua vehicular global los nombres anglófilos son muy populares). Quedamos en salir, compré una app que se llama HPS (Have Perfect Sex), permite tener orgasmos controlados: el EECA envía impulsos al sistema nervioso para que se produzcan en el momento justo. Me gusta que Justin esté aún en 8G, no podrá recibir instrucciones neurológicas para disparar su sensación de placer; dependerá mucho de lo que yo haga. Debido al uso que hago del HPS podremos lograr orgasmos analógicos juntos.  

Siempre hemos querido hacer el amor a dos. Él es algo old fashioned, tradicionalista, no acude mucho a los centros de SSF (Solo Self Pleasure) o los muy populares SSWR (Safe Sex With Robots). Estamos deseando probar los métodos analógicos, aquellos que se practican desde la prehistoria. He comprado la opción de recibir música sincronizada al acto sexual. Elegí en la lista de antiques: llegaré con la culminación del último movimiento de la segunda sinfonía de Brahms, un compositor del siglo XIX que está recomendado con 4,1 estrellas.

Intimo ahora con Justin, tiene un cuerpo perfecto. Sus padres se hicieron estudios en AI Genetics para seleccionar los genes ideales antes de concebirlo. No resultó una opción económica, pero engendraron un chico robusto y bien parecido. Justin, como todos los de su edad, ha asistido a sesiones de sexo SSP y SSWR; fueron pocas y sin fanatismo. Tiene una gran curiosidad, quiere experimentar cómo sería tener sexo a dos, lo se acostumbraba en el pasado.

Estamos en uno de los love dens (cuevas de amor) de la ciudad, no hay muchos. Nos presentamos a la hora prevista, no hay personal, cámaras biométricas ocultas toman nuestros datos, también nos debitan los costos. La habitación es grande y simple, no tiene casi muebles. La decoración se debe seleccionar de un catálogo de escenarios virtuales (está incluido en el precio). Elegí el de las islas del archipiélago San Andrés en el Caribe. Allí residen aborígenes que aún usan 6G y no tienen EECA; perfecto para nuestro experimento sexual analógico.

Justin pidió al robot del room service un cocktail sintético (viene con alcohol auténtico): es el “Flowers of Desire” (tiene 5 estrellas), contiene pleasure enhancers, elementos químicos para mejorar la experiencia sexual. Yo me ordené la sensación de un negroni (3,5 estrellas) desde la pestaña de “Flavours of the Past”. Hay una gran diferencia entre nosotros: Justin, al usar todavía 8G, debe beberlo para gozar el efecto del Flowers of Desire. Yo, en cambio, puedo lograr lo mismo del negroni con sólo pagar el adicional en la app; mi EECA 9G reproduce neuralmente la sensación del cocktail sin necesidad de beberlo. Un gran avance que fomenta la democratización del placer en la población global. Cualquiera puede acceder a ello mientras tenga un EECA 9G y saldo para debitarlo, cuesta una fracción de la versión en líquido.

En todos los love dens hay reproductores holográficos láser, multiplican nuestros cuerpos en imágenes 3D tomadas desde los más diversos ángulos. En un extremo de la escenografía virtual hay una ventana con películas de porno vintage de los 20 y 30. Nos reímos mucho con esas torpes pretensiones de éxtasis de los protagonistas. Era la época del 5G y del 6G, mucho antes de que se implantaran los EECA.

Propuse a Justin olvidar nuestras experiencias con los SSF y SSWR. Seguimos los comportamientos de la gente que vivía sin EECA, como los de las películas de porno vintage de la escenografía. Nos resulta emocionante, practicamos lo que vemos en esas imágenes: el juego sexual previo. Es muy excitante, eso no se da en los SSWR. Elegí recibir música sincronizada para esta etapa: el andante de la séptima sinfonía de Beethoven (3.6 estrellas), un extra que bajé de antiques. Creo que está mejor que 3.6, quizá 4.5, pero no llego a 5 porque es un poco larga. Resulta muy adecuada, no culmina con un final apoteósico, lo hace suavemente. Justin está encantado, yo lo guio de acuerdo a mi intuición y lo que tenía estudiado. Me pide más y más juego sexual, veo que se regocija con los hologramas de nosotros dos en tiempo real. Cuando recibo el comienzo del allegro final de la segunda de Brahms sé que es el momento de ir a por todo, así llegaremos juntos al éxtasis. Logro trasladar la música que siento (literalmente) a sonido amplificado, llena la habitación (es un extra muy económico). Justin puede acompañarme en el mismo tren de placer. No quiero que se apresure, la app que compré incluye controladores de emoción, mi orgasmo coincidirá con los acordes finales del allegro. Me maravillo de poder ir llevando a Justin hasta su clímax a mi ritmo. Llegamos a éxtasis simultáneos, nos abrazamos fuertemente. Logramos una perfecta comunión, ha sido la conjunción de la magia del sexo analógico y el sistema 9G que hace que nuestras vidas sean tan disfrutables.

Estoy encantada con esta app, le daré 5 estrellas, agregaré una entusiasta recomendación para los extras de música antique sincronizada. Pondré como título: “HPS: la app perfecta para las usuarias 9G que deseen experimentar sexo analógico”.

Valencia, 24 de noviembre de 2020.


Un poco de sexo (en el agujero del donut)

 La alambrada rota 

 

Cuando ocurrió aquello, llevaba  sólo un par de meses dirigiendo ese centro de menores. Quedaba lejos de la ciudad, pero no le incomodaba desplazarse. El trayecto era agradable: sesenta kilómetros de carretera comarcal, entre pinares. Aprovechaba para escuchar las noticias en el coche, o buena música. Aquel trayecto, sin apenas tráfico, era un pliegue confortable en la rutina, un recoveco suave entre lo áspero de las jornadas duras en el centro y el pulso criminal de la ciudad. En ese espacio manso del vehículo podía congraciarse con su cuerpo, huir del tiempo urgente de la agenda, de los problemas crudos con los chicos, de esa maraña trágica de infancias.  


Salió con cierta prisa del trabajo porque tenía hora en el dentista. Olvidó la chaqueta en el perchero (de aquello se dio cuenta algo más tarde) y no hizo apenas caso de su tripa, que ya entonces pedía cierto alivio. Conforme dejó atrás los almendrales (el centro había sido en otro tiempo convento capuchino y aún quedaban vestigios de un extenso latifundio) el vientre ya no pudo resistirse y no hubo más remedio que escucharlo. En un punto concreto del camino dejó la carretera a sus espaldas y entró por una pista sin asfalto, en un paraje de pinar tupido. De allí mismo, algún día, había visto salir un coche con vidrios tintados, e imaginó que habría alguna zona donde parar con calma. Apenas unos metros por delante se abría un claro breve entre los árboles, de modo que aparcó y salió del coche. Sacó algo de papel de la guantera  y ni cerró la puerta, por la prisa.  Buscó un lugar propicio para el gesto, que ya iba realizado de camino: las manos despasándose la hebilla, los dedos deslizando la bragueta, los brazos empujando la cintura del pantalón vaquero muslo abajo. De pronto, una descarga de presente. Quizá fue la  postura, que le daba una nueva perspectiva de la escena, tal vez fuera el alivio de su vientre, que dejó libres al resto de sentidos. El caso es que se abrieron, de repente, los diques de la percepción y pudo tomar consciencia plena de un ambiente que hubiera preferido que siguiera por siempre en la penumbra de los pinos. El suelo, allá donde mirara, estaba todo lleno de desechos. Un ojo poco atento quizá hubiera pasado por alto aquel detalle, pero esa alfombra blanca de despojos la componían sólo dos especies. Despistaba, tal vez, lo heterogéneo de tamaños y formas que adquirían, la mezcla de colores, la abundancia de marcas y de aspectos diferentes. Confundía, también, que los estados de descomposición eran variables, según el tiempo que llevaran en el suelo, o la incidencia del sol y la humedad en el papel de váter o en el látex. Según también la carga secretora que contenían o que los mojaba tomaban una forma o la contraria, duraban más o menos en la tierra. Aquella materia se perdía en un punto entre lo orgánico y lo plástico: un manto de condones y de clínex que rebasaba el margen de la náusea. Del mismo componente estaba hecho el espacio que pisaba en ese instante, un punto entre lo orgánico y lo trágico: un claro entre los pinos que era todo menos claro (precisamente claro), una frontera turbia (lo veía desnudo y en cuclillas como estaba, con el papel higiénico en la mano, en mangas de camisa en pleno invierno): una orilla moral y geográfica quebrada en ese punto, en un boquete abierto en plena verja del centro de menores.  Allá donde acababan los almendros estaban las orillas de la infancia, los bordes perforados de la infancia. Un margen en penumbra donde el mundo manchaba con sus manos a los chicos.  


Después de aquello duró muy poco tiempo en ese centro. Mandó que reparasen la alambrada y limpiasen los restos del negocio. Pero algo se tensó a partir de entonces. Los chicos lo retaban con desprecio, como si les hubiera arrebatado algún derecho propio o pertenencia. Todo intento por aclarar aquello en la consejería de menores fue vano, o desoído, o silenciado.  No pudo comprender las transacciones que había en ese claro entre los pinos, pero quedó marcado para siempre por la impresión del margen, del boquete. Por la alambrada rota de la infancia.

martes, 24 de noviembre de 2020

Escena de sexo

 El recibimiento es siempre cálido, como si llegaras a una cena familiar después de haber pasado mucho tiempo fuera de casa. Una vez revelada la contraseña, las puertas se abren y la sonrisa de Max se traga todas las preocupaciones: abrazo de hermano mayor, conversación de cuñado sobre lo mal que jugaron anoche los paquetes del primer equipo—“¡Hasta nuestras chicas podrían haber ganado ese partido, joder!”— y consejos financieros de padre previsor. Cuando los aplastantes brazos de Max se despistan durante un milisegundo, me escurro para caer, sin apenas darme cuenta, en los arenosos pechos de Lotta que, de alguna manera, recogen la mirada de una madre decepcionada, el amor incondicional de una abuela y los achuchones avasalladores de unas tías lejanas. Con el rebufo maternal, arribo a la cabina que me suelen tener dispuesta. Me anclo al sillón. Recostado, espero el inicio de escenas más que conocidas.  Esta vez he pedido dos: altas, altísimas, lucen pelucas obscenamente artificiales y una expresión que navega entre el placer y el agravio. Últimamente no ando muy motivado, así que pensé, por pura lógica, en doblar estímulos. Tras el cristal, empiezan a ejecutar contorsiones y gestos coreografiados. La estancia cuenta con un panel, una especie de menú que permite a los clientes convertirse en directores: tus fantasías a golpe de botón. Tú pulsas, ellas representan. Opto por los “Azotes cariñosos”, seguidos de los “Mordiscos con lengua” combinados con un “Desnudo integral”, mientras me acaricio con rabia por encima del pantalón. Siento que no funciona. Aumento la presión de mi mano, que ya busca el contacto con su propia carne, y pulso “Contra el cristal”. Mi cuello y mis piernas se alargan, la nuez parece a punto de salírseme del cuello, mis ojos imantados al techo negruzco. Cuando recobro mi forma, las chicas ya han desaparecido. No hay botón de “Despedida hogareña”. Salgo a la calle sin recibimiento alguno y echo a andar hacia el trabajo. 

Relato erótico

 

Me estaba esperando. Su cuerpo, apenas cubierto por una bata semitransparente,  descansaba recostado en el cabecero de la cama. Fui acercándome a ella muy despacio, no quería sobresaltarla.  Rocé mis labios sobre su vientre, apenas una caricia, pero suficiente como para notar que su piel estaba tibia, como si acabara de llegar de la calle o llevara demasiado tiempo desvestida en el frío de aquella habitación.

Mientras mi boca recorría cada uno de los valles y montes de su figura blanca, casi translúcida, no pude evitar sentir agradecimiento. No estábamos pasando una buena época y, sin duda, aquel gesto era un intento de volver a encauzar nuestra relación.

Le besé fuerte, buscando la pasión que cada día me costaba un poco más sentir. Hice un esfuerzo por ignorar su olor corporal, le hacía falta una ducha, pero siempre me he considerado un caballero y no pensaba dejar que ningún gesto o movimiento delatara que lo había percibido.

Recorrí sus afilados pechos, con el dorso de la mano, trazando curvas y circunvalaciones para, finalmente, entretenerme en el vello de su pubis. Última etapa  con destino a su sexo. No pude evitar sentirme decepcionado, parecía que todo iba tan bien que casi esperé sentirlo húmedo y receptivo. Pero fue en vano. Resignado, abrí el cajón de la mesita de noche. Allí guardaba el lubricante, mi fiel aliado durante los últimos meses. Solía picarla diciéndole que ya se estaba haciendo vieja, que eso antes no le pasaba, pero en realidad estaba convencido de que la causa de aquella sequedad no es que ella estuviera mayor, sino que lo estaba yo.

Me desvestí envuelto en aquellas dudas y sintiendo cómo la presión de mi entrepierna comenzaba a disminuir. Ahora no amigo, no me falles tú también. Unas gotas de lubricante y un ligero masaje manual dispersaron mis temores. Ya estaba listo de nuevo para la acción.

Unas gotitas más para ella y, sin más preliminares, me dispuse a penetrarla. Siempre he pensado que una de las partes más placenteras de echar un polvo es esa primera penetración, cuando tu miembro es abrazado con fuerza por un orificio prieto que, inevitablemente, acaba dilatándose y dando paso a un baile muy agradable pero más monótono.

Cerré los ojos y me esforcé en captar aquella sensación, aislándola del roce de cuerpos y el quejido de los músculos poco ejercitados.

En aquel momento un golpe sonó en la puerta y todo se volvió confuso. Antes de poder hacer nada, alguien me derribó hincándome una rodilla sobre la espalda e inmovilizándome contra el suelo. Un zumbido atronaba en mi cabeza. Perdí el conocimiento y al despertar…

      —¿Qué estáis haciendo?

La presión apenas me dejaba respirar. Alcé la cabeza y ví cómo unos hombres con casco y uniformes azul oscuro la cogían y empezaban a meterla en una bolsa. No podía ser, debía de haber un error. Se dirigían a mí a voz en grito pero no lograba entender nada.

      —¿Qué hacéis? Dejadla ir ¿Por qué la metéis en esa bolsa? Cariño, por favor diles algo, diles que paren. ¿Por qué no hablas? Tienes que estar dormida. Por favor dejadla, no le pasa nada, solo está dormida. Cariño, ¿Por qué no les dices nada? Dejadla en paz.

Solo está dormida

Solo está dormida

Solo está dormida

 

"Las lágrimas": ejercicio Nº3 corregido con sugerencias del taller


Las lágrimas (3)

 

Conocí a Tatiana al tomarle fotografías para su book, intervenía ocasionalmente en avisos publicitarios, las agencias se lo exigían. La invité a salir, empezamos a vernos. Jamás hablábamos de otra cosa que no fueran películas, libros, ballet, música, teatro, temas sociopolíticos del momento; nunca de sexo, tampoco de amor. Nos acompañábamos con gusto, el sexo lo practicábamos con alegría y devoción. ¡Y cómo!, abundaba la ternura, las exploraciones profundas, no existían tabúes. Nos maravillábamos con nuestras sensaciones, nunca las comentábamos, las gozábamos.

Olores, pulsaciones, respiraciones, todo adquiría mayor dimensión en el confort oscuro y tibio debajo del cobertor. El tacto servía para reconstruir la memoria visual de nuestros cuerpos, éramos ciegos reconociendo un mundo nuevo. No dejé un centímetro cuadrado sin explorar, Tatiana tampoco. Eran territorios a descubrir: cuellos, orejas, cabellos, espaldas, pechos, ojos, pestañas, axilas, labios, lenguas, dientes, dedos de pies. A su nariz perfecta, que había fotografiado de perfil, la mapeaba con mi boca. Nuestras manos eran inquietas. Su pubis invitante, mi pene orgulloso, la redondez de glúteos tentadores, la perfección de pechos armónicos, su cintura ajustada que señalaba el comienzo de caderas generosas, mis músculos discretos pero fuertes, sus hombros redondeados, los míos angulosos, piernas y pantorrillas suaves y contorneadas invitaban a recorridos de reconocimiento; los suyos eran volúmenes que había iluminado muchas veces para mostrar la perfección en las fotos de blanco y negro del book. Nos transformábamos en agrimensores ciegos, usábamos nuestros cuerpos sin limitaciones, resultaban mejor que teodolitos y cintas métricas. Extendíamos así el limitado sentido de la vista, captábamos ahora la emoción. No era sólo un juego de exploración, había territorios de valles, montes, ríos y bosques a conquistar. Nuestros cuerpos ágiles, nuestros músculos dinámicos, nuestra pasión por sentir profundamente lo auténtico nos impelían a un ballet cuya coreografía era el juego del deseo, su regisseur el placer.

Ese domingo habíamos salido en mi moto enduro. Cruzamos a campo traviesa un extenso parque nacional cubierto de pinos sobre suelo arenoso. Con Tatiana en la Yamaha el paseo resultó mejor: más tracción en la rueda trasera por el peso del acompañante, toneladas de adrenalina, una explosiva acumulación de deseos. Al volver, aprovechamos para tomar una merienda tardía y simple, nos supo a gloria: té, tostadas, mantequilla y mermeladas. Nos sentíamos exultantes, hasta llegamos a comentar que el fin de la dictadura se olfateaba cercano en ese 1983. Nos invadía un entusiasmo imparable, nos sentíamos de maravilla. Abrazos desesperados, seguidos de besos en un crescendo prolongado. La nochecita se volvía fría en aquel mayo austral. Nos cubrimos para entibiarnos. Volvimos a explorarnos con intensidad, sin apuro. Llegamos al éxtasis, apoteósico. El paseo en la enduro nos había aportado goce infantil y primitivo y el rico té, hidratado nuestros cuerpos. Sobrevino otra embriagante experiencia sexual, estábamos en la cima del mundo.

Entonces, veo que Tatiana derrama lágrimas. No era la primera vez. No me había animado a preguntar antes; nuestra vida sexual se explicaba en la acción, en los propios hechos, en aquellas experiencias al máximo; sin palabras. Embriagado de alegría, me animé a mencionar sus lágrimas. Me respondió con esta reflexión:

“Lloro de rabia. Lloro al recordar que, aun profundamente enamorada de alguien, jamás en toda aquella relación logramos estar como nosotros hoy y, siempre. Sin embargo, yo sé que no estoy enamorada de ti y creo que tú tampoco de mí. Somos unos grandes compinches, unos hermosos compinches*. Nunca hemos tenido una discusión, logramos llegar a extremos de placer y confianza como pocos. Quizá el amor necesite no llevarse tan bien”.

Valencia, 19 de noviembre de 2020

 

·      *Nota: “compinche” en el Río de la Plata tiene, principalmente, el significado de amigo de diversión, camarada, confidente, compañero “del alma”. En otros lugares de Latinoamérica se refiere más a cómplice en un delito.


lunes, 23 de noviembre de 2020

El señor de la ceniza

Abro la puerta del ascensor y la dejo pasar, porque quiero parecer un caballero. Entramos en el ascensor más pequeño del mundo y huelo en sus ojos un aroma salvaje. Me mira, me mira con ojos de gato. Tanta pasión me asusta. Y bajo nervioso la mirada hacia sus pechos. Esto parece gustarle porque se abalanza sobre mí, clavándome garras y dientes.

Atravesamos a trompicones la senda hasta su cama, dejando tras de nosotros una muda de piel, sobre el frio suelo del apartamento, que parece ropa. Esta vez soy yo, quien la somete con la fuerza de un tigre bajo mis rayas. Respiro el calor pesado de su rojo cabello y se lo devuelvo a sus labios, encendido.  Mi mano se posa firme sobre su cuello y ella, suspira entrecortada un aliento de fuego, como si fuera un gran dragón que aguarda bajo su lecho un gran tesoro.

 El fuego me atrapa, me ensimisma en su violento baile y me devuelve a aquella noche donde me volví ceniza. Allí el fuego me lo arrebató todo, vi cómo se llevó mi casa, y la convirtió en un monstruo de humo, llamas y sombra.

Ella aprovecha mi descuido para ganarme la posición y serpentea por mi pecho como una culebra hasta mis pantalones, que me los arrebata con fuerza y maestría. Me mira dispuesta, y yo le sonrió expectante, y ella se convierte en una sábana roja que me abraza desde el vientre hasta las raíces, de las cuáles, nace un fulgor estelar que me la devuelve. Me devuelve su rostro, el olvidado, ese que no quiero ver, me devuelve sus pecas y su pelo negro como la muerte. Intento resistirme del recuerdo que escala hasta mi memoria, mientras yo, desciendo hasta los infiernos. En ellos quiero arder, unirme al fuego para que purgue mi alma y acabe con mis demonios. Aquí estoy bien, aquí se está caliente, sus gemidos ahuyentarán los gritos de horror de los vecinos, espantarán las sirenas de los bomberos que graznan como cuervos negros sobre su carne muerta. Asciende en mí, un torbellino ígneo de abrumador poder, que explota en meteoros por doquier, inundándolo todo de brea y alquitrán, pero en el fondo del torbellino, aún habita su rostro, el que no olvido, el rostro de mi mujer.

domingo, 22 de noviembre de 2020

Apartado 3 del relato y Sexo.

 

TRES

La primera vez que volé tenía 18 años. También fue adentro de un auto, un Fiat Duna azul. En esa época que los asientos de atrás se plegaran era casi un milagro de la tecnología. Se me vienen a la mente mi pueblo y las montañas, la cordillera desnuda por el verano. En mi vida han habido pocos milagros pero ese fue uno, que mi amigo se olvidara de dejarme las llaves de su casa. Y ella.

Si lo pienso bien la primera vez que la besé fue la única vez que he besado nunca. Quisiera volver a esa noche, que este asiento de piel se convierta de nuevo en el bordillo blanco de la jardinera de La Toldería, que la sorpresa de la química nos deje pasmados otra vez en esa burbuja que duró tan poco tiempo.

Fuimos por hamburguesas y vino a la tanguería donde nos habíamos conocido. No me acuerdo bien como llegamos a estar justo del otro lado del lago, con el pueblo de frente, como si una especie de milagro hubiera obrado para que el Duna pudiera pasar sobre las aguas. Creo que solo por ella hubiera sido capaz de creer en Dios.

Dimos vuelta los asientos con hambre, con sed, con los nervios en la sangre, en la lengua. Me quité la ansiedad junto con la camisa y la desnudé como supe, con la prisa del adolescente que era, con la intuición de la fiebre. Sus pezones duros se pegaron a mi pecho pálido patagónico y con eso se me deshizo el mundo. La burbuja de los besos voraces crecía, brillaba húmeda y viscosa entre sus piernas. Éramos dos pulpos colisionando en un festival de tentáculos y descargas eléctricas, éramos como esos dioses indios llenos de brazos y de ojos, llenos de bocas, cubiertos por una capa de sudor espeso, meciéndonos azules, impregnados, apretándonos la carne de los muslos, de la espalda, mordiéndonos el cuello, las orejas y el alma, gimiendo como dos gigantes heridos, como dos gladiadores, bailando al ritmo de un cardumen de peces. Se nos desbordaba el cuerpo en los dedos, se nos multiplicaban las vértebras, se nos volvían líquidos el amor y el asombro. Abandoné mi vida tibia en su vientre esa noche y no la recuperé jamás.

martes, 17 de noviembre de 2020

Borrador inconcluso de los personajes (por la espera) para El General

[Aclaración: son borradores parciales, por eso los [.....] en varios, de los distintos personajes que esperan el desarrollo de los acontecimientos reflejando sus personalidades]

El general (2, tentativa de desarrollo)

I – El manifiesto de Andrea

Soy Andrea Martínez. Tengo 14 años. Estoy en tercero del secundario del barrio de La Loma. Mi papá, Ernesto, es conductor de autobuses. Amelia, mi mamá, trabaja como asistente de enfermería en el dispensario del barrio. Tengo dos hermanos mayores, Fernando y Sergio. Fernando es un nerd, sólo le interesa estudiar física y matemáticas, dice que se ganará una beca para estudiar en la universidad Patrice Lumumba de Moscú. Sergio es distinto, siempre le gustaron temas de arte, tiene un cuerpo atlético y esbelto como yo, desde pequeño quiso ser bailarín. Ahora forma parte del ballet del Teatro Nacional “Libertad y Alegría”. Todos me dicen que debe de ser marica pero no lo es, tiene novia, bailarina también y piensa casarse pronto. Yo tengo un novio en el colegio, es Roberto Fraga, tiene 15, ya cursa cuarto. Me gusta bastante. Dice que será ingeniero calculista. Es alto y tiene buena pinta. Es un poco especial, juega ajedrez muy bien y está tratando de enseñarme backgammon, le parece que es más apropiado para jugar en pareja. Para mí, no hay como las damas. No salimos mucho pues a nuestra edad todo lo divertido está limitado. Tenemos discotecas para menores de 16 años (abren de 17 a 22h) pero son bastante aburridas; a él le parecen tontas. Hemos bailado temas lentos juntos, a veces muy juntos y me encantó. No llegamos más que a eso. Ambos sentimos querer ir a más pero no nos animamos. Mi compañera de clase, Susy, Susana Gómez, es muy distinta. Se viste llamativamente, usa su desarrollado cuerpo para abrirse camino con otros chicos y hasta con los profesores. Susy me comentó que cuando el profe de literatura, un tipo joven de lentes gruesos y chaqueta de tweed le había puesto una nota baja, se acercó al escritorio donde estaba sentado e inclinándose todo lo que pudo le preguntó la razón de su nota baja. Me confesó que previamente se había desprendido algunos botones de la blusa para lucir sus generosos pechos. El profesor no pudo evitar quedarse mirando, se turbó, se sonrojó. Luego, sus notas de literatura mejoraron. [...........]

II – Lo que cuenta Susy a Andrea
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Ay Andrea, qué te cambia, me preguntas. Te digo que es una cosa más, como aprender a andar en bici, una vez y ya está. Que duele, sí, duele. Que no sientes nada, que más bien sientes repulsión, también te lo acepto. Pero no puedes esperar a estar con quien realmente quieres y deseas para eso. Lo pasarás mal pues no sentirás placer; hasta puede que quien te lo haga te desagrade. Esa primera vez es como hace mi mamá cuando compra una sartén nueva: antes de usarla la unta con aceite y la calienta un poco. No le saldrían las cosas ricas que prepara si no la sometiera a ese proceso antes. Esto es igual. Sé que Pedro quedó enganchado conmigo pero a mí no me gusta, no quiero verlo más, lo elegí porque tenía experiencia. Fíjate que en cambio me encantó hacerlo con Fernando de 5to, ya probé varias veces, también me gustó con Miguel de 6to. 

Disfruto cuando me miran los tipos grandes, les clavo mi vista fijamente y se sienten totalmente aturdidos. Me causa mucha risa, no puedo ocultarla. Al general también lo miré fijo, sin pestañar, hasta con picardía. Se ve que es un tipo que sabe dónde está parado pues no percibí que se sintiera incómodo. Ya he pasado cuatro fines de semana en la quinta y siempre soy de las “elegidas”. He jugado al pool en El Casco, de igual a igual, yo con él ¡No me digas que no sé cómo manejar al general, ja ja! 


III – La madre le habla al padre mientras Andrea está en la quinta

“No sé por qué te pones así. La nena es grande ya, seguro que sabe mucho más de la vida que nosotros a esa edad. No me digas que es una niña. Ahí tienes a Susy, su compañera de clase, los padres tienen acceso a las tiendas para extranjeros. Helena, la madre, me dijo que Abel, su marido, esperaba poder comprar un Niva 4x4. Y nosotros ni un Lada tenemos.

Cuántas veces te dije que con tu actitud no vamos a progresar nunca. ¡Mírate!, hace 25 años que eres chófer de autobús y sigues igual, ni siquiera has adelantado a encargado de línea, y ni hablemos de ser supervisor. Claro, siempre discrepando y llevando la contraria al SUNT, raro es que sigas trabajando. 
¡Mira si trascendiera lo que has dicho que el General! Lo has catalogado de degenerado por invitar a niñas a la quinta presidencial. ¿y si alguien se entera? A él le gusta la juventud y sabe cómo mantener felices a las próximas generaciones. A todo le encuentras el lado malo. Además, si es o no un degenerado, no es nuestro problema.
 
El problema es que con tu actitud yo tengo un trabajo de mierda como asistente de limpieza en la clínica y tú sigues manejando los mismos autobuses desde hace 25 años. Me tengo que contentar con la porquería de “Fragancia de Olas” cuando Helena alterna entre Chanel Nº5 y First de Vanclefyarpels, no sé pronunciar esas palabras difíciles, pero me lo hizo oler el otro día y era sensacional, muy fresco y juvenil. Y tú, tomas aguardiente “Orgullo Criollo” con CocaCola porque es intragable, mientras Abel disfruta whisky escocés Caballo Blanco. 

No sé cómo te preocupas tanto de la niña, si supieras lo que es ser mujer. Es sufrir como sufro yo por tener que aguantar tus delirios de libertad y democracia. La democracia sería que tú tuvieras un Lada como el de Abel y yo los perfumes franceses Chanel, las cremas Vichy y Orlane, los rouges Maybelline, el hidratante Shiseido, el Absolu Rouge de Lancôme, los delineadores de ojos Diorshow, la lencería de Victoria’s Secret, las gafas RayBan como las que usa el general y pañuelos Ralph Lauren. Eso sería la democracia y libertad auténtica con la que tanto te llenas la boca. 

Me tienes harta; eres poca cosa, eres un miedoso. Tanto has hablado que has terminado por inculcarle esas ideas inservibles a tu hija menor, siempre llevándonos por el lado impráctico de la vida. Los varones se van salvando, están en una onda diferente, uno salió estudioso, el otro artista y está en lo que le gusta. ¿Qué nos pasaría si cuando está en la quinta, Andrea sale a decir algunas de las estupideces que tú le has estado metiendo en la cabeza? [.....]

IV – Reflexiones de Roberto en el entrenamiento pre-militar

Yo soy Roberto, curso 4to. Tengo 15 años. Cuando estaba en segundo vi a Andrea y me gustó, ella recién entraba al instituto. Tiene una figura esbelta, más alta que otras estudiantes, casi tanto como yo que mido 1.75. Andrea no estaba para las tonterías que hacían las otras niñas. Ella parecía muy centrada en sus estudios, ya se perfilaba como una patinadora muy buena. Se entrena todos los días y por eso llegó al equipo Nacional Juvenil de Patinaje Artístico. Fue muy sorprendente y hermoso cómo pasó de ser una niña alta a tener formas muy atractivas en su segundo curso. Yo soy tranquilo, me gusta observar y pensar. Juego al fútbol pero no soy bueno. Donde sé que soy bueno es en el ajedrez. Estoy en el equipo del liceo y competimos con otros institutos. Se me da bien, me apasiona, es cuestión de concentrarse y pensar. He tratado de enseñarle a Andrea, ella no hace más que mover bien las fichas pero no es capaz de adelantar pensamientos. Es demasiado buena para imaginar estrategias que perjudiquen al adversario. Le he querido enseñar backgammon pero tampoco funcionó, ella no quiere ir más allá de las damas. Salimos a pasear mucho, charlamos de todo un poco. Ella está muy informada de cuestiones de historia, política y sociología. Yo soy bueno con las matemáticas y el dibujo, me gusta la ingeniería pero entiendo lo que ella me explica. Menos mal que yo la quiero y comprendo, dice cosas que si no fuera que habla conmigo le traerían grandes problemas. Siempre cuestiona al general, yo la entiendo pero prefiero olvidar lo que me dice. Hemos ido a bailar también, ¡uy! qué divino es sentirla cerca, muy cerca realmente. Nos besamos muchas veces, puedo decir que fue ella quien me enseñó. Fue hermoso. Me dijo que había practicado besándose el dorso de la mano. Ahora, mientras estoy en el entrenamiento pre-militar, me gustaría tenerla cerca. 

Sé que le ha tocado ir a la quinta presidencial. Me da miedo, ella es tan espontánea. Espero que le vaya bien, se dicen cosas horribles del general. Mientras Andrea mantenga la boca cerrada y no empiece con sus críticas sociopolíticas va a estar bien. Además, a pesar de lo que se dice, sé que el general es un gran estratega, un auténtico jugador de ajedrez. Sé que lo practica a muy buen nivel en su quinta. No hará nada que lo perjudique, ni a él ni a su régimen. Por algo está donde está hace tantos años. Mis compañeros no entienden esto, lo aman o lo odian. Yo, sin embargo, trato de pensar cuáles serían sus próximos movimientos, como al jugar ajedrez. Confío en eso, en la inteligencia de él y en el amor de Andrea hacia mí. Igualmente me imagino que el general, si puede, se va a aprovechar de la situación. Como en el ajedrez, dependerá de los movimientos del otro y controlará su riesgo.

V – Segundo manifiesto de Andrea mientras la espera se acorta

Ya estoy en la puerta de El Casco. Vine con Alba, la niña de 2do y Laura, la de cuarto de mi colegio. Hay tres niñas más, son de otros institutos que vinieron acompañadas de su monitora. La nuestra es muy simpática, nos dijo que la íbamos a pasar de maravilla, que éramos muy afortunadas por ser de las “elegidas”. A pesar de las cosas que me decía mi papá no creo que el general sea lo que dicen, no hay más que verlo para darse cuenta de que es un ser excepcional. Tan apuesto, tan distinguido y un gran deportista. Claro, no quisiera que sucediera nada anómalo. Por suerte nuestra monitora, Beatriz, una chica bastante joven, unos 30 años, es muy bondadosa y lindísima, es profesora de educación física. Dijo que nos acompañaría en El Casco, así nos sentiríamos más tranquilas. Me da confianza, no sé por qué se hablan tantas cosas de las monitoras, yo no noto nada. 

Lo que me contó Susy es un poco diferente, estuvo en el cuarto de juegos sola con el general; tuvieron varias partidas de pool, Susy es muy buena con tacos y bolas. Las otras chicas que ya habían estado en ese cuarto miraban películas junto a las monitoras. Bueno, Susy es, Susy. Nunca me quiso contar más allá de las partidas de pool. Me dijo embobecida que el cuarto del general tiene una estufa de leña enorme que mantienen prendida aún en verano, ponen el aire acondicionado fuerte para compensar. Frente a la estufa hay pieles de osos blancos y otros animales salvajes. Está tapizado de cuadros históricos y tiene una biblioteca enorme. Caminó descalza sobre esas pieles y se sintió como en las nubes. Sentí ganas de hacerlo yo también. En la mañana del domingo tienen el desayuno en El Casco, todas las chicas estaban muy felices luego de una velada tan divertida, habían conocido al general de cerca. Las monitoras las acompañaron, el general se acercó a beber café con ellas. 
   
Qué suerte que está Laura entre las "elegidas", es muy inteligente; también capaz de tramar cosas muy divertidas. No es la mosquita muerta que uno pensaría al ser una alumna de su brillantez pero a ella le gusta divertirse manteniéndose, aparentemente, muy recatada. Cuando después de la cena nos llevan a conocer el cuarto de juegos veo que es aún más impresionante de lo que me había contado Susy. Ocupa casi toda la planta inferior que da al jardín [......]

VI - Epílogo por Andrea luego de la espera

¿Dónde estoy? ¡Qué dolor de cabeza que tengo! Pienso si será así como se sienten los héroes al culminar sus tareas libertadoras, sus mandatos sublimes para el beneficio de la humanidad. Llamo a mi papá repetidamente. De pronto se me aparece el [....]

ESTRUCTURA DE LOS ACONTECIMIENTOS DEL RELATO DE LA ESPERA.

PRESENTACIÓN: INT. Estación de tren — día.

Narrador protagonista. Tono tierno.

 

Santiago describe el ajetreo habitual de la estación. Unos vienen, otros van, pero todos esperan. Tras ubicar al lector en la estación y  describir el cambiante espacio de la estación, Santiago comienza a ensimismarse. Deja ver la razón por la que él espera. Su razón no es otra que coger un tren que le lleve hasta Aurora, la mujer de su vida, su gran amor. (primera espera).

ENAMORAMIENTO (1º Flashback).

Santiago recuerda cómo conoció a Aurora. Ambos jóvenes, ambos apasionados. Santiago está locamente enamorado de Aurora e intenta conquistarla con todo lo que tiene. Aurora por su lado siente  una tremenda atracción hacia Santiago que intenta contener en primera instancia, pues tiene pareja. Santiago no desiste en su intento (segunda espera) y cuenta con fantasía (literalmente) como tras infinitas muestras de puro amor, Aurora acepta sus sentimientos y con ellos a Santiago.

1º INTERRUPCIÓN DEL MUNDO EXTERIOR. 

El flashback se ve interrumpido por una niña que tropieza frente a él. La pequeña llora desconsoladamente porque se le han pelado las rodillas. Santiago hace ademán de levantarse a consolarla cuando aparece la madre de la niña. En un breve intercambio de palabras se da a entender que Santiago no tiene la edad que él piensa.

EL AMOR (2º flashback).

Santiago recuerda los mejores momentos de su relación con Aurora. Cómo recorrieron media noruega durante un verano entero, las tardes de los domingos, el cumpleaños de Ernesto (quién los presenta), donde Aurora se emborracha dando lugar a una escena cómica que Santiago relata con dulzura.

 2º INTERRUPCIÓN DEL MUNDO EXTERIOR

La estación se queda a oscuras por un apagón, tras un ruido estridente de hierros frotándose unos contra otros, llega un tren, iluminando parcialmente la estación. Las goteras estallan contra el suelo gris, al ritmo de la respiración del motor del tren. Santiago reflexiona sobre como la felicidad es un sentimiento que se vive en el pasado, y sobre como esperamos a que vuelve a suceder, a pesar de que nunca la atrapamos con los dedos. Santiago comienza a mezclar recuerdos, está triste.

DESENCUENTRO. (3º flashback).

Santiago recuerda la discusión que tuvo con Aurora. Ella quiere hijos, él no. Ella quiere que se muden a Londres, ¿Qué hace un agricultor que trabaja la naranja en Londres? Ambos se dan cuenta que sus caminos se separan, Aurora le dice a Santiago que lo esperará por siempre. (3º espera)

3ºINTERRUPCIÓN DEL MUNDO EXTERIOR Y FINAL.

La luz ha vuelto a la estación y junto a Santiago está sentado un hombre ciego a quién le precede su perro guía. El perro ladra a Santiago para llamar su atención. Santiago y el ciego hablan brevemente, pero es el perro quien contesta, ya que ladra y gime y aúlla para guiar al lector hacia la verdad acerca de la condición de Santiago.

Santiago relata como su amor por Aurora es lo que le ata a la felicidad. Es su hogar dentro de su memoria. Todo lo que comparte con ella le hace tremendamente feliz, pero es cuando no está con ella cuando Santiago percibe esa felicidad. Porque cuando somos felices estamos demasiado ocupados siéndolo y no es momento de preocuparnos acerca de que nos está haciendo ser felices. Cuando volvemos a estar a solas, analizamos los motivos de nuestra felicidad, y esperamos volver a tenerla. Tenemos la esperanza de volver a ser felices.

Tras la disertación de Santiago que dará sentido a su espera, el tren que está esperando llega a la estación, Santiago se levanta del banco con dificultad y se dirige hacia las puertas del tren, cuando de pronto, éstas se abren y sale una mujer que Santiago interpreta que es Aurora.

—Papá, estaba preocupadísima, llevo todo el día buscándote.

Santiago ignora completamente lo que su hija le está diciendo, sigue con su fantasía, su propio relato construido con el que lucha contra la realidad para preservar su felicidad y a sí mismo.

lunes, 16 de noviembre de 2020

Posible idea sobre el relato de la espera

 

El relato comienza con un hombre que pasea por una muralla al atardecer. Describe la ciudad que tiene a sus pies. No solo lo que ve, sino como era antes. Ahora es una ciudad decadente, medio destruida, abandonada a su suerte, pero por sus palabras descubrimos que no siempre fue así, que anteriormente era espléndida, grande y poderosa. Finalmente, nos damos cuenta de que está hablando de Roma y que esta sitiada, con su población muriéndose de hambre y al borde de la destrucción.

(Aquí había pensado que hablara de la ciudad como de un ser vivo, que pertenecía a los antiguos dioses, a un tiempo que ya no existe y que, conforme lo narra, probablemente nunca existió)

Durante el hilo de sus pensamientos, el protagonista se resiente de una vieja lesión que lo ha dejado impedido convirtiéndole a ojos del ejército, sus vecinos y amigos en un inútil. Pero, sin embargo, está realizando una guardia. Eso nos tiene que hacer ver lo desesperado de la situación. Probablemente cuente, de forma muy resumida, la historia de cómo se quedó lisiado hace unos años defendiendo Roma contra los mismos que hoy la asedian.

Ya ha oscurecido y pasa a observar las miles de hogueras que rodean la ciudad. Deja claro que al día siguiente atacarán y saquearán Roma por primera vez en 700 años. No hay nada que hacer, apenas quedan soldados en ella, incluso con los civiles que se han unido a la defensa, ni siquiera pueden defender todas las murallas. Si atacan estarán perdidos. Ahí reflexiona y pone en antecedentes al lector sobre cómo se ha llegado a esa situación, consecuencia de las nefastas decisiones del emperador que ha traicionado tanto a romanos como a bárbaros. Se siente abandonado. Él y todos los ciudadanos son una muñeca rota en manos del niño mimado que es el emperador.

Piensa en desertar, volver con su familia, pues ha logrado esconderla en un lugar relativamente seguro, pero eso significaría rendir Roma. No solo la ciudad, sino la propia idea de la civilización. Cree que si solo fuera por eso huiría, sería un cobarde, pero cumpliría la promesa que le había hecho a su esposa de volver si las cosas se ponían mal. Pero, hay algo más, por primera vez en mucho tiempo ha dejado de ser un tullido. Vuelve a ser un soldado romano, si huye estará dando la razón a todos los que lo han insultado y despreciado y puede que viva más tiempo pero tendrá que hacerlo sabiendo que no solo es un cobarde, sino también un inútil.

Amanece, parece que todo está preparado para el asalto y aún no ha podido decidir qué hacer. En el último momento decide regresar, volver con su esposa e hijos pero ya es demasiado tarde. No sé aun cómo o qué pero un evento le impide volver y los enemigos están asaltando las murallas. Solo le queda un camino.

ALEA IACTA EST.

El texto estará ambientado en el saqueo de Roma por los Godos en el  410 DC, y tendrá varias licencias históricas para hacerlo más literario, como el hecho de adelantar el ataque a la mañana en vez de hacerlo por la tarde, la presencia de un miliciano solo haciendo guardia en las murallas o la descripción de la ciudad, trastocada por la visión subjetiva y nostálgica del protagonista.

martes, 10 de noviembre de 2020

Vita Suite Sinfonía

 



Vita Suite Sinfonía 




Me llamo Enrique como mi padre. Enrique José en el DNI. José para diferenciarme. Quique para los amigos. Unos cuantos años antes de separarme, Celia, mi hija, tenía unos quince o dieciséis. Sus amigas y amigos con los que salía todas las putas noches de aquel calurosísimo verano –tuvimos una de esas olas con temperaturas extraordinariamente altas– eran en su inmensa mayoría aspirantes a ministras y a ministros ya me entendéis. No pegaban palo al agua. Verdaderos “Ninis”. Yo les llamaba “Minis” por lo de aspirantes a ministro. 

Aquella noche no fue una excepción y me volvió a pedir lo de siempre.

–¿papá puedes llevarnos? Venga, por favor–me preguntó con voz angelical.

–¿con quién vas?–le pregunté.

–pues con mis amigas–respondió.

–no quiero sorpresas, ¿entendido?–mi segunda pregunta fue retórica, siempre las había.

–Ah y necesito cincuenta euros, le debo dinero a Tiza Roja–me soltó a quemarropa.

–¿Qué?, pero si ya te di tu paga, no me digas que te la has gastado.

–te lo devolveré, te lo juro–volvió a sonar aquella vocecita de no haber matado una mosca en la vida.

–¿quién coño es Tiza Roja?–le pregunté sulfurado.

–Un colega de Lorraine, de Mislata también, toca la trompeta ¿sabes? tranquilo, es un buen tío–mintió.

Para poneros en antecedentes. Un buen día este individuo pasó por el bar musical de su pueblo para pedir unas litronas. Sobre las sillas que estaban junto a la puerta se amontonaban varios estuches de instrumentos. Esa noche tenían ensayo los músicos. El bueno de Tiza Roja cambió de idea y en lugar de conseguir las cervezas agarró uno de los estuches como si fuera el suyo propio y se lo llevó directamente a casa con la naturalidad de un experimentado ratero. Al abrirlo vio que en su interior había un bonito objeto plateado. En realidad no distinguía un saxo de un clarinete y por supuesto no sabía lo que había robado. Buscó imágenes de instrumentos musicales en su móvil–hasta ahí llegaba su intuición– y descubrió la foto de un tipo negro tocando uno de esos. La foto era de Freddie Hubbard. En la portada del disco se podía leer Red Chalk. Puso dicho título en el traductor y obtuvo su nuevo nick. Desde entonces se hizo llamar Tiza Roja. 

Celia llamó a Lorraine y quedaron pronto para ir a pillar. Yo sabía que compraban alcohol como lo sabíamos todos los padres del planeta Iberia. Algunas madres incluso compraban personalmente vodka y ginebra prémium a sus hijas, pensaban que así por lo menos lo que fueran a beber sería de calidad óptima. Yo siempre me negué a esta práctica. Simplemente no podía evitar que fueran de botellón. Que se apañaran. 

  Quedamos a las doce de la noche. Saqué el coche del garaje. Fuera me esperaba el grupo de amigas. Parecían salidas de la película The Vampire Lovers de Roy Ward Baker. Esa noche se habían puesto de acuerdo y vestían de blanco como las vampiresas del largometraje de terror erótico.

Yo ya me sabía el camino a la Joy, también conocida como Oh! Valencia. Un antro en el sentido más cutre de la palabra. 

–Déjame que ponga yo la música papá, por favor, por favor, que queremos ir calentando motores en el coche, no nos cortes el rollo-me insistió mi hija.

–Lo siento, la música la pongo yo, ¿no os gusta Bitter Sweet Symphony? Seguro que no sabéis ni quién es Richard Ashcroft, menuda panda de indocumentadas–repliqué llenándome la boca.

Llegamos en cuestión de quince o veinte minutos. Lo que duraron tres canciones de The Verve que puse directamente de Spotify

Hasta la una de la mañana no querían entrar. La estampa de la rotonda que daba acceso a la discoteca en el polígono industrial de Albal era también de terror. Un mar de adolescentes armados con botellas de alcohol. El desfile de coches de padres dejando a sus hijas era incesante. También había coches aparcados con las ventanillas bajadas y la música a toda ostia. La mezcla de las canciones de reguetón, en el mejor de los casos, y de trap le daba una cariz apocalíptico al párquin. Como un gran hormiguero desorganizado–perdón a las hormigas por la falta de respeto en la comparación–se hacinaban en supuestas colas de entrada al edificio.

–Déjanos aquí papá–me indicó Celia.

–Quedamos a las cuatro–aclaré.

–Ni de coña papá, ven a las seis, cierran a esa hora así que esperamos aquí, en este mismo sitio, ¿vale papi? Te quiero–me soltó la retahíla 

Se apearon todas del coche. Se despidieron de mí muy amablemente. Besé a Celia.

–Gracias Quique–me dijeron a coro.

Lorraine era la mejor amiga de mi hija y según me había contado mi mujer era una grandísima irresponsable. Digamos que estaba pasando por una fase de furor que le impedía decir no a cualquier tipo desconocido que quisiera follársela. Así, algunas noches, lo había hecho varias veces con distintos chicos. Un día incluso amaneció en un piso de un tipo de Benimámet al que por supuesto no había visto en la vida. Se asustó bastante. No lo suficiente como para dejar sus hábitos o colgarlos. La de monja no era su vocación.

Llamé a mi mujer y le dije que me iba a tomar una copa con Momparler a su apartamento de la playa, que no me esperase despierta. Me insistió en que no bebiera ni fumara y la tranquilicé. Era la noche de San Juan y mi amigo me había dicho que me pasara un rato por allí que habría fiesta. Llamé a Momparler a continuación y le dije que si le preguntaban algo que había estado con él toda la noche. 

–¿Vale hermano? –le dije en sentido figurado.

    En realidad no éramos hermanos. Putativos sí. Me entendió perfectamente. Di media vuelta al coche y me dirigí a casa de Desiré.

Tiza Roja solía envolver la farlopa que pasaba en papel de color rojo. Era ese tipo de papel de estraza que se usa para envolver regalos y por lo visto formaba parte de su márquetin al hacer la entrega de las dosis que le encargaban. Regalitos. En la Joy tenía muchas clientas. Se cuidaba mucho de vender exclusivamente a chicas. Ya había tenido más de un susto con algunos tíos que querían partirle las piernas y pensó que ninguna chica sería tan fuerte como para rompérselas.

–Tengo lo tuyo–apareció el mensaje de Tiza Roja en el WhatsApp de Celia.

–¿Dónde estas tío? Aquí hay un lío de peña que flipas.

–Sal al párquin, por la parte lateral de la Joy, tengo el coche aquí, así no nos puede ver la madera, te espero dentro–le contestó Tiza Roja.

–Vale, voy a ponerme el cuño, pero que sepas que me va a costar diez euros, son unos hijos de puta, te cobran por salir y volver a entrar.

–Lo sé, no te preocupes, te lo descuento.

Lorraine y las otras dos vampiresas ya estaban de lío y Celia no pudo dar con ellas antes de salir.

–Tías, estoy en el párquin, he quedado con Tiza Roja, no os vayáis sin decirme nada, ¿ok? Esperadme dentro, vuelvo en seguida–escribió en el WhatsApp del grupo “las perritas”.

No obtuvo respuesta.

Desiré vivía en Silla y era fotógrafa. Hacía trabajos en bodas y comuniones. Nos habíamos conocido por casualidad en una de esas últimas, la cena de comunión de una de las amigas de Celia. Teníamos algún amigo común que nos presentó. Yo le pedí su número por si necesitaba un reportaje del coro que yo dirigía en Valencia. Así fue como iniciamos nuestra relación. Al poco tiempo nos estábamos acostando de manera esporádica y sin compromiso. Esa noche habíamos quedado. Mi franja era limitada así que cuando llegué a su casa apenas disponía de tres horas. Me sirvió un Jameson con ginger ale y mucho hielo. A ella no le gustaba beber. Prefería un buen canuto de maría y una Heineken

–Hoy me ha dejado colgada mi novio ¿sabes? –me confesó

–¿y cómo ha sido eso?–le pregunté

–el muy cabrón me ha dicho que tenía una fiesta de San Juan en la playa con sus amigos y que sólo iban tíos–me contó con algo de enfado.

–Puede que luego te llame–le dije.

–¡Qué va! Seguro que se buscará algo con sus amigotes, algo de pago.

–Joder, cómo está el nivel de los jóvenes, en mi época había más seducción y flirteo hasta que caía algo. Ahora no hay espera–me atreví a sentenciar.

Nos desnudamos e hicimos el amor apasionadamente.

Celia no contestaba ni a las llamadas ni a los whatsapps de Virginia, mi mujer.  

Como madre era de las sufridoras en casa. Cuando salía nuestra hija no podía conciliar el sueño hasta su regreso. Siempre pensaba que le habría podido pasar lo peor. Entonces sonó mi móvil. Era ella. Mi mujer.

–¿Puedes estar pendiente por favor? A ver si se emborracha y se queda por ahí tirada, o le hacen algo–me dijo por teléfono. 

–Todo está bien, no te preocupes, estoy aquí con Momparler, llevo el móvil cargado y ahora luego la llamo–intenté tranquilizarla.

–No sé cómo puedes mantenerte impasible, desde luego que no estamos hechos de la misma pasta. No puedo dormir ¿sabes? Le he llamado y no me lo coge. Le he escrito varios mensajes y tampoco me contesta. ¿Qué pasa, que te da igual esto? Eres un padre ausente ¿sabes? No te importa nuestra hija, pasas de todo, sólo te importa tu coro de mierda y tus ensayos. Eres un puto egoísta. Me tienes harta ya. Luego te llamo otra vez–me soltó Virginia de un tirón sin dejarme hablar.

–Yo también te quiero cariño–le dije y colgué.

Después de vestirnos, Desiré me sirvió otro Jameson y ella se fumó un canuto.

Al llegar al párquin Celia localizó el coche de Tiza Roja, abrió la puerta como si entrara en su habitación de casa y se aposentó en la parte delantera derecha. La música estaba muy alta.

–¿Qué estas escuchando, tío?–le preguntó ella.

–Es Freddie, nana, mi nuevo ídolo, ni Bad Bunny ni ostias, Freddie Hubbard–le replicó–trompetista de jazz, un master .

–Me vas a decir que ahora te has aficionado al jazz, ya te vale.

–Estoy aprendiendo a tocar la trompeta, se me da de puta madre. Ya sé tocar la escala de do, me pongo tutoriales de youtube ¿sabes Celín?.

–No me llames así, ¿por qué me dices Celín, tío? ni se te ocurra, ¿tienes eso?

–Te invito yo, pinto dos, una para cada uno.

–Guay–dijo ella.

Tiza Roja sacó su tubito metálico dorado y lo dejó en la bandeja de la guantera. Tenía también un vaso de cubata con vodka con limón y una tablilla como las que se usan para poner el sushi, de pizarra negra. Sobre ella colocó la cocaína.

–¿Has traído la pasta de lo del otro día?–preguntó Tiza roja.

–Sí pesado, sí, aquí tienes tus cincuenta pavos–contestó Celia y le entregó un billete de los grandes.

Tiza Roja preparó las rayas. Celia cogió torpemente el tubito y esnifó media. Luego él se hizo la suya en dos esnifadas, una por cada orificio nasal. Se pusieron cómodos y hablaron de los efectos que producía la droga y de cuánto tardaba en subir. De por qué se le llamaba la madera a la poli, Tiza Roja sabía que era por el color marrón de los uniformes a principios de la democracia. Ella no estaba acostumbrada a la coca, a decir verdad era la segunda vez que lo hacía. Como ella se había dejado la mitad de la suya se la esnifó él la que quedaba. Después le dio unos lametones a la bandejita que quedó reluciente como una patena.

–Yo ya voy ciega tío, ¿no me pegará un subidón de esos to’ chungos? ¿no?–le preguntó 

–Tranqui, está todo bajo control–dijo él.

–¿Cuántas rayas salen de un gramo?–le preguntó ella.

–Unas quince, más o menos, depende de lo tochas que te las prepares.

–Pues a nosotras nos salieron unas treinta la semana pasada del gramo que te compramos, ja, ja, pero las pintábamos finísimas, ya sabes, y éramos cuatro tías a repartir. Por cincuenta pavos está bien, nos sale a menos de dos euros la raya.

–Yo la vendo a sesenta pero a vosotras más barata–le aclaró él.

El tema Red Chalk sonaba en estéreo por los altavoces del Ford. La trompeta de Hubbard con sus trémolos inconfundibles producía una atmósfera de excitación y paranoia dentro del vehículo.

–Estás muy buena ¿sabes?–le dijo él.

–Sí claro, con estas pintas que llevo, hoy nos hemos disfrazado en plan Ibiza party, ha sido idea de Lorraine, ponernos de blanco todas–contestó ella.

–Vamos un ratito a mi casa y escuchamos un poco de música, la que tú quieras.

–Corta el rollo tío, estoy de fiesta con estas, me están esperando dentro–dijo Celia con la voz más alta.

–Venga no seas estrecha, pegamos un polvo aquí mismo–le propuso Tiza Roja con una expresión salvaje en la cara.

–Ni lo sueñes tío, me largo–dijo Celia tajante.

Entonces Tiza Roja bajó los seguros con el botón del cierre centralizado de su destartalado Ford Fiesta y se abalanzó sobre ella besándola en los labios.

–Aparta guarro–le gritó Celia e intentó abrir la puerta del coche con ímpetu.

–No intentes escapar, venga que sé que te va a gustar–le soltó Tiza Roja con una mueca lasciva.

–Abre la puerta ahora mismo gilipollas–gritó ella.

El tipo sujetó los brazos de Celia que sin apenas fuerza no pudieron desasirse de su agresor que deliraba agresivamente. Ella comenzó a gritar más fuerte. Él le bajó la falda y la ropa interior y se puso encima en el asiento del copiloto. Ella gritó aún más para que parase, decía no una y otra vez. Lloraba, gritaba e intentaba librarse de ese monstruo. Intentó agarrarle la polla pero no pudo y se vio impotente ante el violador que además la golpeó varias veces en la cara para que se callara mientras perpetraba su fechoría. Tras dejarla inconsciente abrió la puerta del coche y la dejó en el suelo. Acto seguido se dio a la fuga a toda velocidad.


A las seis de la mañana yo estaba ya esperando en la rotonda, dentro del coche. La mayoría de padres regresaban a por sus hijas. Y esperaban dentro de sus coches como yo. Puse la radio. Sintonicé las noticias. Saqué una manzana y la pelé con mi navaja suiza. Me comí los cuatro trozos que recorté tras quitarle la parte central de la pepitas. Se hicieron las seis y media y Celia no aparecía. No contestaba ni las “Minis” tampoco. Tenía los móviles de todas ellas. Seguí en el interior del coche escuchando un programa de deportes que estaban repitiendo de la noche anterior. Hablé con mi mujer varias veces. Ella seguía esperando como todas la noches de aquel fatídico verano. Con la verborrea del presentador me quedé dormido. A las siete me despertaron las señales horarias con sus seis pitidos inconfundibles, el último más largo, y me di cuenta de que estaba amaneciendo. El espectáculo dantesco se repetía. Esta vez como la parada de los zombies. Ahora no parecían hormigas, parecían gusanos saliendo de un estercolero. Me recordó un documental de National Geographic sobre orugas. Bajé del coche y encendí otro cigarrillo. Pensé en mi hija. No fumaba nunca delante de ella. Me fumé varios antes de que aparecieran a las ocho de la mañana. Lorraine y sus amigas llevaban agarrada por los brazos a Celia que casi no podía andar. Tenía la cara llena de magulladuras. Casi balbuceando me lo dijo con un llanto roto.

–Me han violado, papá.

Con lágrimas en los ojos y maldiciendo al hijoputa que hubiese hecho semejante crimen llevé a mi hija al hospital para que la reconocieran y que los médicos pudiesen curarle las heridas y tranquilizarla pues se hallaba en estado de shock. Cuando llamé a Virginia  para decirle lo que había pasado casi le da un desvanecimiento. Mientras se ocupaba de Celia me fui a poner la denuncia a la comisaría. No sabía qué hacer, si matar a las “Minis” o irme por mi cuenta a la caza del violador. Opté por lo segundo. Pero por dónde podía empezar. Llamé a Momparler y le dije que necesitaba su pistola. Se asustó mucho al oírme hablar así. Mi furia era la de un búfalo herido por la flecha de un piel roja. Antes de marcharme a recoger el arma hablé con Lorraine y con las otras “Minis”. Confesaron que Celia había estado con un tal Tiza Roja de Mislata. 

La pistola de Momparler no era un arma reglamentaria en realidad pero lo parecía. Se trataba de una pistola de aire comprimido de balines. Una réplica de las que fabrican de verdad en Hartford, Connecticut. Un Colt. La recogí. Pensé que los asesinos suelen volver al lugar del crimen y quizás los violadores también pudieran hacerlo. Me dirigí con mi coche al polígono industrial. Llegué en quince minutos y ya no quedaba nadie. Ni una sola persona, ni un solo coche. Era un mar de vasos de cubata, botellas de cristal, bolsas de plástico, restos de papel, colillas y demás desperdicios humanos bajo el sol de junio. Entonces decidí ir directamente a Mislata. Aparqué el coche y anduve por sus calles durante horas tratando de que se produjera el milagro de encontrarme con Tiza Roja cara a cara. Pregunté en los parques, quioscos, baretos de mala muerte y nada. Estaría escondido, pensé, en su casa. Las “Minis” me aseguraron que no tenían ni idea de dónde vivía ni cuál era su verdadero nombre o apellido. Me senté en un banco de la alameda central que atraviesa Mislata de norte a sur. 

Esperé. 

Me pregunté en qué había fallado todos estos años. ¿Había sido un mal padre? Me castigaba con la idea de no haber podido cuidar de mi hija, de no haber sido capaz de protegerla, de ser realmente una mierda de padre, un padre despreocupado. 

Estaba exhausto pero tenía una corazonada. De alguna manera iba a dar con él. Seguí esperando varias horas. Me seguí martirizando con pensamientos de culpabilidad. Acabé el paquete de tabaco. Se estaba haciendo de noche. Pensé en regresar a casa. Fue entonces cuando escuché unas notas desafinadas. Venían de lo alto. Salían de un balcón. Me dirigí hacia el lugar desde donde salían esos berridos emitidos por una especie de tubería sonora. A escasas callejuelas localicé la vivienda. Los sonidos ahora eran más nítidos. Parecían de un estudiante que repasara una escala, un principiante, pero mucho peor que eso. Menudo cretino, pensé. Entonces recordé que Celia me había dicho que Tiza Roja tocaba la trompeta y se me iluminó la mente. Tenía que ser él. Aproveché que una vecina entró en el portal. 

–Buenas noches–la saludé.

–Hola buenas–contestó ella a mi saludo.

–Soy el profesor de música del chico de la trompeta–improvisé como si el mismísimo diablo me dictara las palabras justas para conseguir mi objetivo.

–¿En qué puerta vive? es que no lo recuerdo–pregunté a la mujer.

–¿Rafaelito? En la puerta 25, el sexto piso–dijo ella confiada.

–Muchas gracias señora–le dije.

Subí los seis pisos como si me fuera la vida en ello. Las notas de la escala seguían saliendo de la trompeta como una serie disonante inclasificable. Inspiraban venganza. Me detuve delante de la puerta. Respiré profundamente y la golpeé con el puño tres veces. Luego grité.

–Abre Rafael.

–¿Quién me llama?–preguntó Tiza Roja con sorpresa.

–Soy el padre de Celia–contesté sin dudar. 

Mi intención no era descubrirme. Una fuerza sobrenatural guiaba mis actos. Era yo fuera de mi quien me manejaba. 

–¿Qué quiere?–preguntó él.

–He venido a matarte, ya lo sabes–contesté sin pensar como si no fuera yo mismo quien hablara.

–Yo no he hecho nada, ella fue la culpable–se excusó él.

–Tengo una pistola–le aseguré.

–Está usted loco–dijo él.

–Abre, Tiza Roja, voy a borrarte del mapa, hijo de puta–le dije en tono amenazante.

–No pienso abrir–replicó él con nerviosismo.

–Estoy llamando a la policía, así que tú mismo, si no quieres abrir, esperaremos los dos a que vengan a arrestarte–le grité.

– Aunque también puedes saltar por el balcón si tienes cojones para intentar escapar. Yo te espero aquí por si quieres abrir y acabamos antes, te disparo, te mato, me quedo tranquilo, tu te vas para el otro barrio y yo iré a la cárcel en tu lugar–añadí.

Entonces se produjo un silencio. 

Esperé. 

Al no oír nada pensé que estaba intentando escapar. Se habrá visto acorralado, pensé. Salí a la calle. Miré hacia el balcón del sexto piso. En efecto, Tiza Roja se había descolgado por la canaleta de la fachada y estaba intentando trepar al balcón de la finca contigua. Entonces saqué la pistola de aire comprimido, miré hacia lo alto y le apunté entre las piernas. Era ya de noche y en ese barrio no había gente por la calle. Disparé varios tiros que llegaron certeros a impactar entre las ingles de Tiza Roja. Los balines fueron entrando por las perneras y la bragueta de sus pantalones. Las bolitas entraban como avispas mordedoras, una tras otra. El dolor de los impactos lo desequilibró y no pudo aguantar sujeto por más tiempo. El golpe de su cuerpo al caer sobre la acera de la calle fue como el de un macetero que se desploma desde una terraza azotado por la fuerza huracanada del viento. La cabeza y el cuello se fracturaron en el acto. Sonó un crujido seco como el de una sandía al abrirse en dos mitades. Del bolsillo del tipo salió un tubito metálico dorado.



A mos redó - Na Jordana (alternativa, hasta con 3 adjetivos, para el ej. Nº12)

  A mos redó - Na Jordana Los veo, ¿me veo?, casi todas las mesas de la terraza ocupadas, son vecinos del barrio, aquí es raro ver turista...