martes, 25 de mayo de 2021

EL RIESGO DE ESCRIBIR

A las cuatro de la mañana se despertó como Will. Su nombre verdadero lo había olvidado. El de ficción resonó en su cerebro como ciertamente literario. Así le habían llamado las voces. En la ilusión nocturna había aparecido una caja llena de manuscritos con la letra apelotonada escrita a pluma, de tamaño diminuto y caligrafía exquisita. Los papelitos iban titulados en mayúscula y se podía leer PÁGINAS MATUTINAS.       

     Will o William (*) caviló sobre esos textos que su protagonista onírico había descubierto. Tal vez ese personaje fuera él mismo, un alter ego; ¿quién podría saberlo? Dedujo que eran los retales de un diario. Muchos de ellos habían sido escritos siguiendo el método Cameron. Otros sin embargo no constituían ejercicio alguno de escritura creativa. Todo esto lo sabía a ciencia cierta. El recuerdo era vívido.

      A esa hora de la madrugada, en medio de la oscuridad salió al balcón y contempló el paisaje desde el séptimo piso. Las palmeras, los adosados, el mar, la brisa, la cadencia infinita de las olas orquestadas por una aleatoria de Neptuno haciendo de John Cage. Sus ojos casi no podían abrirse. Los párpados, como dos cubrecamas desperezándose, no conseguían desenrollar las persianas de carne arrugada. Se agarró a la barandilla y percibió el cansancio en su cuerpo tras el paso de un tiempo eterno y enfermo que empezara a deslizarse como una babosa roja, carnosa, por una escalerita de palos y sogas hacia los terrenos movedizos de un espacio postpandémico. 

      Recordó del sueño que estos papeles habían sido escritos mecánicamente, sin abrir casi los ojos, tal y como estaba ahora. Algunos eran la transcripción de los últimos efluvios de una pesadilla, otros eran de recuerdos, sensaciones o estados de ánimo, plasmados con tinta negra casi sin levantar la pluma del papel. Los manuscritos se habían ido acumulando con el paso de los días, las semanas y los meses hasta contabilizar un par de años a juzgar por el volumen de papelitos. Era sin duda el trabajo de alguien que quería convertirse en escritor. 

      Entonces volvió a entrar en la estancia y buscó la cafetera que tenía en la cocina. El recipiente de cristal estaba medio lleno. Se calentó una taza de café y le añadió unas gotas de whisky Teacher’s que le había llegado por Amazon. En esos momentos todavía no recordaba su identidad. Iba dándose cuenta de que su objetivo en la vida era escribir. Recordó que había empezado a escribir una novela y que estaba aparcada. Recordó cursos online, fórmulas ‘express’ y ese exceso de información de cientos de clases seguidas, vomitadas como churros y lanzadas al buzón de su gmail y a su cabeza al mismo tiempo.

      Tomó un sorbo caliente y añadió más gotas de escocés. Su torrente de conciencia siguió fluyendo por los rápidos del seso. Le vino a la memoria otro libro que se leyó años atrás y que destripó como un científico haciendo anotaciones en su Moleskine de piel. Era “De qué hablo cuando hablo de escribir” de su idolatrado Haruki. ¿Cuándo se dio cuenta de que no estaba preparado para escribir una novela? Respuesta: al  confirmar que navegaba sin rumbo, a la deriva y sin forma humana de llegar a puerto por más entusiasmo y ganas que le pusiera. Fiel a su forma de ser –eneagrama tipo siete– no conseguía terminar las obras que empezaba. Su entusiasmo inicial se tornaba oscuridad. 

      La decisión estaba tomada. Escribiría primero historias cortas, o muy cortas. Muchas, muchas. Las primeras escritas de un tirón, las siguientes retocadas y cambiadas hasta saberse satisfecho, con todo tipo de temas y personajes.   De estilo fresco, desde las entrañas, algo moderno, incluso pop, si me aceptáis la etiqueta y por supuesto con tintes de autoficción para no dejar la moda atrás. También decidió buscar concursos y se presentó a unos cuantos. Entonces sucedió lo que no se esperaba.

     Descubrió, a través de la escritura, sus deseos más profundos. Estos se habían ido plasmando en las páginas matutinas, en sus ejercicios de escritura creativa, en sus ridículos cuentos y en sus intentos de relato más inspirados. Se matriculó en un curso de escritura presencial y aumentó el caudal literario de su torrente creativo de la mano de B.B., su profesora. Empezó a publicar en un blog llamado “La lengua quema en la punta”. Manaba. Creyó en sí mismo por primera vez. A pesar de todo, el miedo le invadió.

      No os lo creeréis, mas lo que escribía en sus relatos se convertía en realidad. 

     Si escribía que su protagonista tenía arriesgados e intensos encuentros sexuales, esto mismo le sucedía al poco de haberlo escrito. Si escribía que sus personajes conseguían mucho dinero de forma inesperada, esto mismo le sucedía en forma de devoluciones de hacienda o ganando algún cuantioso premio de la lotería de Navidad. 

      Escribió sobre un ser maravilloso con quien se fugaba y ocurrió. Escribió sobre separación y se separó. Escribió sobre vivir solo junto al mar y un apartamento con vistas al Mediterráneo apareció en su vida. Escribió sobre la depresión y se deprimió. Escribió sobre la alegría, la felicidad, el goce de la vida y esto se produjo.

      Llegó a una conclusión. Más que una herramienta la pluma era un arma de gran calibre. Peligrosa y a la vez preciosa en sus manos. Volvió a escribir que podía perder y perdió. Escribió sobre escribir y se puso a escribir sin parar. Escribió sobre leer y no pudo parar de hacerlo. Entonces vació la caja de los escritos matutinos, los leyó todos y se asustó. Leyó sobre su vida, sobre la muerte, sobre el amor y el dolor, sobre la iluminación y la locura, sobre la salud mental y lo insano, sobre el universo y la nada, sobre la amistad y el aislamiento, sobre la música y el silencio absoluto. Escribir o no escribir, esa era la cuestión.

      Cuando terminó la lectura tomó otra determinación. Se despidió de ellos. Los metió en una bolsa de papel rígido de color marrón oscuro, la ató fuertemente por las asas para que nada pudiera escapar y la bajó a la calle. Se dirigió sin pensar a los contenedores. Pisó el pedal que abría una de las fauces de esos devoradores de pasado y decidió no darles tregua ni reciclado evitando el depósito de cartón y optando por los desechos biológicos para no volver a ver ni transformados esos residuos orgánicos en toda su vida. Ahora se anda con cuidado con lo que escribe porque ya sabe que la escritura es un acto de magia y la magia existe. La realidad surge de la nada. Se crea. Lo que se escribe es génesis. 

      Tomó los últimos sorbos de café con alcohol del que cura las heridas profundas y rellenó el vasito prescindiendo del café. Se acercó a la estantería. Abrió al azar el libro de Cameron y leyó:

“Al escribir estamos describiendo y decidiendo la dirección que toma nuestra vida”; página 160; El Camino del Escritor, Curso de escritura creativa por Julia Cameron. 

      Tomó de un trago su última medida espirituosa, y se preparó para destruir el manuscrito que acababa de redactar y pensó: ”Prefiero no arriesgar pues muero por ser escritor”

     A pesar de esos pensamientos y antes del sacrificio lo tecleó por completo en el editor de su club de escritura y le dio al botón de publicar de la plataforma online.

(1243 palabras arriesgadas)

* Will: voluntad, deseo / William: Will I Am: Voluntad Soy…Deseo Soy 


https://clubdeescritura.com/convocatoria/el-libro-de-los-alumnos-del-taller/leer/7935241/el-riesgo-de-escribir/

Si queréis adelgazar, escribid

 Historias pegadas al gotelé, no fui consciente, pero ahí estaban. Papá me las contaba todo el tiempo, durante el baño o arropado en la cama. Tenía libros que no había abierto, frases esperándome. Aventuras tras recelosas páginas olvidadas por un mundo nuevo: los pokemons. Es lo que hay. Es inevitable.

Es curioso cómo funciona el tiempo. Es oblicuo o es una serpiente, pero nunca recto. A veces, muerde tan fuerte que te devuelve bajo tierra, al subsuelo. En mi caso, fue tras un amor. Fui poeta. Poeta instrumentalizado por los deseos de un amor de 15 años. De ahí, al cementerio. Al cementerio marino de Paul Valéry, o eso decía mi padre. No te llamas Pablo Valero por casualidad, hijo, me decía riendo.

En el cementerio, la tinta se convirtió en tierra y el amor en herida. Las historias pegadas al gotelé quedaron desnudas y, a mi pesar, insuficientes. Hasta que llegó bravo como el toro, Miguel Hernández. Me dio voz y hablé su lengua. Con la lengua del toro lamía la sangre de mi herida. Me dio ira también, y fuerza y rabia y decisión. También me dio barba.

Bebí del biberón de los grandes de la historia, pero ninguno llenaba mi ancho pecho mejor de lo que lo hizo Miguel Hernández. El amor ya no fue un problema, pero lo fue la verdad, y la voz de Miguel se tornó caduca, afónica. Volvieron el silencio y las preguntas. Dejé de escribir.

Engordé de tanta pregunta. Si queréis adelgazar, escribid. Escribid hasta vomitar. Buscad el aliento que va del llanto a la náusea y derramadlo sobre el papel.  Mete el dedo en la llaga.

Llora.

Llora como puedas.

Llora a moco tendido por las verdades escritas aun sin ser dichas. Serás más valiente la próxima vez. La escritura doma el tiempo, agarrarlo por las riendas convertirá las derrotas pasadas en victorias. Harás justicia. Darás voz a los que no la tienen, o al menos, un grito de consuelo. Busca en las voces heridas. Todos tenemos una. Una herida honda e inarticulable. Una herida que oculta un secreto, un misterio, altamente protegido. Es el atracón nocturno, llegar siempre tarde, es el alcohol o una cajetilla de tabaco. Y una vez descubierto, no lo reveles. Mantenlo oculto porque no es tuyo, ni de otro, nos pertenece a todos. Sugiérelo. Suave como el silbido que precede a una serpiente. Marca sus limites con los dedos, entra dentro, sin prisa, como el sexo de una mujer. Bésalo. Pues, ¿Qué es un beso sino dos heridas que se cierran?

Vuelve otra vez al cementerio, a casa. Pinta las paredes del color de las grandes pasiones y desgracias que has aprendido. 

Cuéntalo.

Escribir o no escribir (alternativa un poco más seria al ejercicio nº9)

 

Escribir o no escribir, allí está la cuestión. (2.2)

“La lujuria de la escritura responde al deseo apasionado, es decir, a la necesidad vital de ésta…” *

Llegué al taller de escritura creativa un 1 de octubre de 2019. Un día con significado à la carte para mí, el Día Internacional de los Mayores. Un día significativo en otro sentido también, aquel de encontrar y encontrarme. Desde entonces persigo estar al día con las exigencias del taller, voy hurgando voy encontrando en mí lo que no sabía que podía estar, lo mismo en otros. Como en una simple frase, en una calle, en unos árboles, en el cielo a la puerta de la librería, en un aroma indefinido, en un sabor luminoso, en un sonido inaudible, en los comportamientos previsibles y no tanto de las personas reales o de las imaginarias, en las pasiones relatadas y que no se olvidan, en las propias emociones, en un simple encadenamiento de palabras que son como un password para apreciar un universo más rico. Tengo que expresarme, tengo que moderar mis emociones, tengo que hacerlas descifrables, admirar y denigrar todo y todos sin perder la alegría de crear mecanismos de comunicación, de transmitir y recibir.

“… la vejez, también ese vago autismo que el tiempo hace aflorar en quienes empiezan a vivir demasiado o son longevos por encima de las posibilidades razonables, acaban haciendo su efecto. [… es] ésta una escéptica lucidez final, como si todo se iluminase por última vez con una claridad diáfana antes de sumirse, o sumirte, en la cuesta debajo de la decadencia física e intelectual, del tiempo final y del olvido.” **

Puedo entender y compartir lo anterior, pero no es lo que siento hoy. Secretamente sabía hace tiempo que tenía sentimientos, emociones que sólo podía expresar con palabras. He desarrollado actividades dentro del arte, lo abstracto, aunque bello de la música, la imagen fotográfica, cercana a la percepción de esa lucidez final que menciona el autor, ambas me quedan cortas para expresar con contundencia lo que deseo. Poco a poco, voy adquiriendo conciencia de un renacer en mi percepción. El escribir adiciona valores, me sugiere imágenes, oigo sonidos, percibo ritmos, puedo trasladarlos todos juntos y sumados a una infinidad de descubrimientos, interés por los interiores propios y de otros, interés por los objetos, siento ahora esa urgencia por adelantarme esa cuesta debajo.

Renacer no sólo en la percepción, también en la tolerancia y en la aceptación. Renacer para descubrir lo que, casi, no hice por 77 años. Es desde aquel Día de los Mayores de 2019 una asignatura pendiente que pesa, y mucho, la encaro con coraje y arrojo. Una vez le preguntaron a Lorrie Moore qué acontecimiento de su infancia había contribuido más a que se transformara en escritora. La respuesta es bastante habitual en todos los verdaderos escritores, es la ensoñación, el sueño de escribir, una gran voracidad lectora, el amor por los libros. “… [estos hechos fueron] los más encantadores y formativos momentos de mi niñez.” Además, una de las condicionantes que la llevaron a ella, y a otros a ser escritores, fue la timidez para expresarse hablando, al hacerlo por escrito se expresaban mucho mejor: “Lo que es un inconveniente en la niñez se vuelve ventaja para la vida literaria.”

¡Qué hermoso, y qué afortunada ha sido Lorrie! Quienes no pasamos por esos formativos antecedentes deseamos igualmente expresarnos. Durante muchos años he acumulado múltiples experiencias, buenas y malas, hechos queridos u odiados, ilusiones y desilusiones, propias o de otros, amores y desamores a mansalva, pero por sobre todo he sufrido y gozado la alegría que al vivirlos me enriqueció. Por eso hablo de renacer, debo plasmar, recombinar el contenido de esas neuronas todavía cargadas de sensaciones y sentimientos para lograr transmitir vida, transmitir alegría. Coincidido con Borges, decía que todo lo que escribimos es autobiográfico, aunque sea fantástico y ficcionado, y se identifica con sus personajes: “…en mis relatos soy yo disfrazado y muchas veces también sin disfraz”. B. Blasco coincide: “Yo soy mis personajes”. Lorrie Moore establece algo distinto: “Yo nunca estoy escribiendo una autobiografía, me aburriría y el lector se aburriría también, esa escritura no va a ninguna parte. Uno tiene que imaginar, uno tiene que crear (exagerar, mentir, fabricar una tela entera de los parches que quedan) porque si no la cosa no aparecerá viva como arte”. Sin embargo, inmediatamente cuenta que aquello sobre lo que uno escribe lo toma de su inmediato mundo circundante o de lo que ha experimentado uno mismo o nuestros amigos … O sea, autobiografía en otras palabras. Y siento lo mismo, estoy de acuerdo con todos ellos.

Pero, ¿a qué viene todo esto? Retomo al concepto de encontrar y encontrarme. En esta carrera por ir desempolvando lo que queda de esas experiencias, las que uno necesita para exagerar, mentir, fabricar etc. según Moore, busco herramientas que suplan lo que tanto el talento como los antecedentes no se han dado en mí. Por eso debo renacer, debo tener la habilidad de expresarme más profundamente, debo evitar el discurso del stand-up escrito. Seguramente, lo no obtenido en mi niñez y temprana juventud en el sentido que expresa Lorrie Moore, podría transformarlo en un “asset in literally life” (trad: capital en vida literaria). ¿Por qué, entonces, no uso aquellas situaciones que marcaron mi memoria? Siendo muy niño fui repetidas veces a buscar a mi padre al bar de copas cercano a su trabajo, quería sacarlo del beberaje de caña (aguardiente) con pitanga que hacía junto a otros obreros amigos, esa atmósfera social, esa humanidad alejada del arte y la intelectualidad, esto sería hoy un verdadero “capital para la vida literaria”. Tampoco debería dejar de lado, menos que menos, a mi madre: “tu padre debería haber sido otro” me decía, éste y otros conceptos harían las delicias de cualquier sesión de psicología. Equipado en buena parte con estas dos fuentes podría suplir innumerables carencias que me han impedido llegar a escribir literariamente, quizá pueda producir algo. (Ver “No se me ocurre nada literario, y la nada es así”).

Finalmente, toda la cuestión se reduce a escribir y escribir y escribir un poco más y seguir escribiendo, o sea, a encontrar y encontrarme.

Valencia, 24 de mayo de 2021.

Notas:

*   Francisco Brines, de una entrevista reciente

** A. Pérez Reverte en XL Semanal

"No se me ocurre nada ..." Bonus track (sentido y escrito en plena reclusión del 2020)

Este texto sería justamente a la inversa de lo que debíamos hacer como deber: no encara el "por qué escribo" sino el porqué "no escribo". Fue hecho de un tirón, sin pausa, sólo tuve que ver al final el título de los relatos de Hemingway que no recordaba, todo está tal cual vino a mi mente en ese momento del encierro. Algunos compañeros que estuvieron en el curso anterior puede que hayan perdido preciosos minutos leyéndolo. No fue un ejercicio encargado, fue como un grito desesperado a ver si se me ocurría algo, os informo que sigo igual ... 

No se me ocurre nada literario, y la nada es así:

No veo porqué relatar el camino de vuelta a casa luego de 20 años de penurias de navegación 
sorteando ataques bestiales e inclemencias mayores que las bíblicas. No pienso en mundos diferentes y terroríficos de plantas carnívoras con iniciativa propia. No lucho para salir de laberintos intelectuales perseguido por tristes monstruos indescriptibles. No me veo transformándome en una piedra consciente viajando por el espacio infinito. No logro pensar que mis extremidades son como las patas de un insecto barrigón y abominable. No siento necesidad de contar sobre seres deformados y mutilados que encontramos en la aventura de la vida, o de la de la muerte. No quiero contar de mi perro acompañándome en una camioneta en un largo viaje porque no tengo ni perro ni camioneta. No resbalo por las laderas de montañas a mundos apartados, mundos aislados donde se cumple aquello de que el tuerto puede ser rey. No conozco ningún boxeador ni jockey para que me pase el dato y le pueda jugar al oponente y tener jugosas ganancias. No conozco a ningún torero para admirar su figura en el ruedo y su miseria borracha y mezquina en la cantina. No tomaré todos los gintonics necesarios para ver más allá de 700 rinocerontes. No podré ir a la gran fiesta de los publicitarios de McDonald’s porque no tengo un Datsun tuneado. No puedo negarme a revisar escritos como me lo pide el jefe porque no tengo jefe y hago lo que me place. No me gusta que se quemen los libros porque son caros y si no se leen bien se pueden reciclar para papel higiénico. No conozco a ninguna dama antigua que pasee su perrito y pueda describir. No recuerdo un discurso, aquel donde evitaría mencionar a Shakespeare, para recitar en un baile de Dublín porque nunca estuve allí. No soy heroinómano a pesar de no haber sido un niño querido ni ninguna droga me ha amado excepto la ambición de saber más leyendo.

No me surgen episodios con ninfas lésbicas. No imagino escenas con centauros homosexuales. No necesito saber de las experiencias angustiosas de jóvenes desfloradas. No veo lolitas en mi entorno, tampoco pederastas. No conozco depravados necrofílicos. No sé de galanes cinematográficos que me relaten sus orgías múltiples. No soporto el olor que produce el humo del cannabis para adentrarme en ese universo popular de neuronas carcomidas. No soporto a los borrachos que podrían trasladarme a ese mundo de alucinaciones al que llegan en sus delirios. No puedo beber más de dos o tres medidas de whisky sin vomitar, aún sosteniendo la firme voluntad de alcanzar sueños etílicos que me hagan percibir algo fantasioso. No oigo en mi ilusión auditiva una sonata de violín y piano de Beethoven porque el violinista está muerto y no toco el piano desde hace 66 años.  No encuentro en el gris de la multiplicidad de sombras ese hilo erótico que alimente mi creatividad esquiva.  

Vuelvo al silestone de la cocina. Una pila de platos y cacharros que he acumulado desde ayer esperan, tal cual paciente enfermo en dispensario público. Esperan a que les llegue ese turno que podrá liberarlos de indecibles impurezas. Pero no son los platos que se liberan sino yo quien se libera unos veinte minutos de la carga mental de dudar. Voy aprendiendo que pasar la aspiradora y luego la fregona por todo el piso es una acción asimismo liberadora. Me libera de saber que el ordenador espera que lo teclee uniendo letras, luego palabras, a su vez formando frases y luego párrafos para armar capítulos en una obra que tenga sentido o, que no tenga ninguno. A veces, como dejaba claro Jerzy Kosinski en Desde el jardín, más importa lo que lectores, críticos y comunicadores establezcan como sentido que lo que el generador del pensamiento ni siquiera imagina que ha querido decir. Así, mientras espero que escurran platos, platillos, tazas, pocillos, cubiertos, cucharones, espátulas, ollas, cazos, sartenes y mi querido wok me pongo a no escribir nada. La nada es algo interesante pues da para pensar a pesar de no ser nada. No quiero recordaros todo lo que se ha escrito sobre la nada a más de ésta, mi reciente contribución para agregar nada a la nada. Quizá todo sea como decía mi tío gallego, el Ing. Enrique Fraga Cancela al definir la nada:

“Solo es un cuchillo sin mango al que le falta la hoja.”

Mario A. Navarro. Valencia, 1 de mayo de 2020.

Para refrescar la memoria sobre lo que cito y en el orden escrito de punto a punto ortográfico:

La odisea (Homero), The Day of the Triffids (John Wyndham), La casa de Asterión (Jorge L. Borges), A Space Odyssey (Arthur D. Clarke), La metamorfosis (Franz Kafka), A Farewell to Arms y Metralla (Ernest Hemingway-Jesús Zomeño), Travels with Charley (John Steinbeck), The Country of the Blind (Herbert G. Wells), Fifty Grand (Ernst Hemingway), The Undefeated (Ernest Hemingway), Setecientos millones de rinocerontes (Manuel Vilas), Westward the Course of the Empire takes its Way (David F. Wallace), Bartleby the Scrivener: A Story of Wall Street (Herman Melville), Farenheit 451 (Ray Bradbury), La dama del perrito (Anton Chéjov), The Dead (James Joyce), La memoria del alambre (Bárbara Blasco).

Miles de relatos y films, otros miles de relatos y films, decenas de relatos y series de televisión, Lolita (Vladimir Nabókov), decenas de relatos y algún que otro film, cientos de relatos y muchos films, miles de relatos, muchos más miles sumados a films y dramas, mi propia experiencia, La sonata Kreutzer (Lev Tolstoi), Cincuenta sombras de Grey (Erika Leonard Mitchell o sea E.L. James).

Nota: He tratado de mantener los títulos en el original según el idioma en que los leí.

lunes, 24 de mayo de 2021

El afán de la letra

EL AFÁN DE LA LETRA


Un día, de pronto, recordaré el tacto de las páginas del libro, del primero, del libro seminal (o eso creeré, que era el seminal, porque la memoria, siempre, es un campo de ficciones). Entonces ya habrá ocurrido todo, del libro seminal habrá crecido lo demás, igual que las lentejas en un tarro de algodones, todo de tallos verdes, amarillos, bien peinados; pero lo recordaré, porque a los escritores les gusta relamerse, entenderse, autorizarse, recrearse en la poética melosa de lo propio, inventarse lo que son (no en vano es este, sí, un oficio de impostores). El caso es que está allí, el libro germinal, en las manos de mi padre, dentro de un sobre ocre, con esa tapa dura, satinada, de colores. Podré casi tocarlo, de cómo está de vivo el recuerdo en mi memoria, con ese papel grueso, todo lleno de solapas, un mundo desplegable: un león por aquí, un abejorro allá, la serpiente hace sssss, el gusano se esconde. Mi padre olía a coche, a un aire concentrado, a tapicería antigua, a trabajo en la ciudad. Y me traía un libro a la casa del campo, uno cada semana. Puntuaba el verano con una lluvia fina de libros de colores que eran como lentejas, con esa ilusión parda de ir a los algodones. Y entre los algodones se irá arrullando el libro. Yo dormiré con él, lo tocaré de noche, me clavaré sus puntas, le arrancaré solapas, me iré así convirtiendo al martirio de la letra, en esas noches frescas del verano en el campo. Ya sabré que en la letra (lo entenderé después) hay la lenteja dura y hay también el milagro escolar de los brotes.

Más tarde, en el colegio, trabajaré los brotes, despacio, con cautela, con calidad de orfebre. Será la agricultura obstinada de la letra, los cuadernillos verdes todos llenos de marcas de lápiz y de migas de goma de borrar. Caligrafía verde. Vendrá el rito de paso del grafito a la tinta, el placer iniciático del bolígrafo azul, los misterios adultos del mundo del bolígrafo para quien dominara los aperos del brote: el premio de la tinta, el gozo de la tinta. Un maestro orgulloso te impone, para siempre, el afán de la tinta. 

Descubriré un día los cuadernos de cuadros. De todos los tamaños, no importa: son los cuadros. La cuadrícula amiga que me abraza la letra: las vocales, un cuadro; las consonantes, dos: el rabo de la pe, el lazo de la ele, el trazo de la te. Y llenaré la casa de páginas con cuadros y pequeñas virutas del papel que se queda dentro del gusanillo.  Aprenderé las cartas: me estrenaré, quizá, con mensajes furtivos a la mujer que limpia en casa de mis padres; alguna profesora encontrará en su bolso una hoja de cuaderno plegada hasta lo mínimo. Luego, más adelante, no sabré lo que dicen aquellas cartas párvulas. Adquiriré más tarde consciencia del poder inmenso de las cartas, pero en ellas habrá, ya siempre, la memoria entusiasta de los cuadros, la terca voluntad de la letra ceñida a su medida exacta. Ya no será en cuadernos, porque después vendrá la máquina Olivetti cuando cumpla los doce, el ordenador de mesa cuando entre al instituto, el tiempo del portátil en la universidad. Pero siempre la letra obstinada, la medida: en la cinta, en la tecla, en el fondo magnético de la pantalla blanca. Entenderé después que el cuadro se ha quedado clavado en mi conciencia y adquiere dimensiones que ya no son de espacio: que la letra es de tiempo, también, tan poliédrica. Me quedará ya siempre la servidumbre trágica del ritmo de la letra y escribiré al dictado de un metrónomo sádico.

Escribiré, ya, sí. Escribiré diarios (“empiezo este diario”), cuentos (“Tom está triste”). Escribiré con tizas una rayuela bíblica en el ladrillo hidráulico de casa de mi abuela (“si quieres encontrarme sigue la flecha, abuela”). Mucho más tarde ya, cuando los brotes sean larguísimos, maduros, cuando transcurra el tiempo, releeré los cuentos (Tom siempre acaba muerto), recordaré a mi abuela pasando la fregona por todas las baldosas, la espalda amontonada después de las jornadas eternas de mercado cargando chirimoyas, pavías, aguacates. Y pensaré en la letra como en esa corriente del río que recoge limo de minerales, el río que se nutre con la piedra del lecho: la letra va tomando materia de las cosas que nombra en el camino. Quedan en mi conciencia, con troquelado léxico, los suicidios de Tom, el yugo del sexismo. Y tendrán que volver. Después. Como un castigo.

Llenaré una carpeta azul de poesía. Haré sonar las gomas (clas, clas) cuando la abra, como para invocar al joven mendigante que se fustiga (clas). Descubriré el poder hiriente de la letra. Dentro de la carpeta guardaré mis poemas y toda la piel pálida de mi antebrazo llena de cortes de suicida. Después la tiraré.

Escribiré mi nombre en un triste formulario de la universidad. Ordenaré carreras. No sé por qué motivo me apuntaré con letra redonda en Medicina (así, con la mayúscula: aún no habré perdido el respeto a la mayúscula): quizá porque yo quiero conocer el misterio del cuerpo y escribirlo. Durante cinco años, o seis, me volveré un amanuense gris. Y el río de la letra arrastrará colgajos de piel de los cadáveres, el calcio de los huesos, la urea del riñón, el líquido grumoso dentro de las probetas, la bomba de protones. Llenaré carpesanos y cajas con apuntes baldíos, desmembrados. Me opacarán la letra. Toda esa tinta yerma será un borrón larguísimo en mi afán de escribir: me habrá borrado el brillo, arrasará los brotes. Pero algo quedará, de eso, en la simiente pequeña de la letra: un aliento anatómico, un latido de órgano, un lamento cutáneo.

Engañaré al tedio maquinal del apunte y escribiré, a veces, historias en los márgenes. Escribiré un relato de amor homosexual y lo presentaré a un concurso de cuentos de la universidad. Y mi protagonista, por supuesto, tendrá la fiebre del suicidio. Me lo devolverán (tres copias a una cara, grapado en una esquina) todo lleno de marcas de lápiz, de tachones. Una amonestación. Lo guardaré debajo de los apuntes tristes de neuroanatomía. Pero una de las copias la leerá mi padre, se la daré así, con las marcas de lápiz, toda llena de sombras, de interrogantes grises, lo mismo que mi vida sentimental: tachada. Nunca me dirá nada, la guardará en su mesa maciza de trabajo. Se guardará mi grito entre dos mil sentencias.

...

viernes, 21 de mayo de 2021

"Día Internacional del Té" - Orwell y el té - Hace años hice esta nota informativa (y nada literaria, sorry ...)

 

Una rica taza de té (por George Orwell): Mis comentarios y recomendaciones.

Nota que se publicó por primera vez el 12 de enero de 1946 en “The Evening Standard” de Inglaterra. (La versión original en inglés se muestra al final de esta nota).george_orwell_poses_in_this_undated_photo_at_an_unknown_location_george_orwel-xlarge_trans_nvbqzqnjv4bquecw2dhsa4dhccnifuybze309rgownce-l9nfyf6wyw

Si uno busca “té” en el primer libro de cocina que se nos viene a la mano probablemente no encontremos ni siquiera que es mencionado; a lo sumo hallaremos unas pocas líneas de instrucciones elementales que no dan reglas sobre varios de los puntos más importantes.

Esto es curioso, no solamente porque el té es uno de los principales puntales de civilización en este país así como en Irlanda [Eire escribe Orwell, N. del T.],  Australia y Nueva Zelanda, sino porque la mejor manera de prepararlo está sujeta a violentas discusiones.

Cuando examino mi propia receta para la taza perfecta de té, encuentro no menos de once importantes puntos. Quizá en dos de ellos vamos a tener un consenso casi total, pero en por lo menos otros cuatro serán marcadamente controvertidos. Aquí van mis once reglas, cada una de ellas la considero como una regla dorada:

Primero de todo, uno debe usar tés provenientes de la India o Ceylan. El té chino tiene virtudes que no deben ser despreciadas hoy en día  – es económico , y uno puede beberlo sin leche – pero no hay mucho estimulo en él. Uno no se siente más sabio, más corajudo o más optimista luego de tomarlo. Todo aquel que haya usado esa reconfortante frase ‘una rica taza de té’ está queriendo decir, de té indio.

Segundamente [así se expresa Orwell, N. del T.] el té tiene que ser hecho en pequeñas cantidades – o sea, en una tetera. El té que se sirve desde un jarrón [N. del T.: urn en el original] es siempre insípido , mientras que el té del ejército , hecho en un caldero tiene gusto a grasa y blanqueador. La tetera debe estar hecha de porcelana o terracota. Las teteras de plata o peltre inglés [Britanniaware, N.del T.] producen té inferior y las esmaltadas son aún peor; sin embargo una tetera de peltre [pewter en inglés, N.del T.] lo que es una rareza hoy, no está tan mal.

Terceramente, la tetera debe ser calentada de antemano. Esto es mejor si se pone en la repisa inferior de la estufa [hob en el original, N.del T.] que por el habitual método de llenarlo de agua.

Cuarta regla: el té tiene que ser fuerte. Para una tetera que lleve un litro  y que la vamos a llenar hasta el borde, seis cucharas de té colmadas es aproximadamente lo correcto. En tiempos de racionamiento, esto no es una idea que se pueda concretar todos los días de la semana, pero sostengo que es mejor una taza de té fuerte que veinte débiles. Todos los verdaderos amantes del té, no sólo gustan del fuerte sino que cada año que pasa lo gustan aún más fuerte, algo que está reconocido en la ración extra que se le da a los pensionistas de mayor edad.

En quinto lugar, el té tiene que ser colocado directamente en la tetera. Nada de coladores, bolsas de muselina u otros elementos que aprisionen el té. En algunos países las teteras tienen unos coladores colgados bajo el pico para atrapar las hojas que salgan a las que supone dañinas. Realmente uno puede tragar las hojas del té en cantidades considerables sin ningún efecto maligno, y si el té no está suelto en la tetera nunca podrá llegar a una infusión correcta.

La sexta norma: uno debe llevar la tetera a la caldera [pava o “tetera” como dicen en Colombia, N. del T.] y no al revés. El agua debe de estar realmente hirviendo en el momento en que impacta al té, lo que significa que deberíamos mantener la caldera sobre el fuego mientras se vierte el contenido. Algunas personas sostienen que se debe usar solo agua hervida una vez pero nunca he notado que cuando se vuelve a hervir haga alguna diferencia.wp_20160407_22_35_03_pro

En séptimo lugar, luego de hacer el té, uno debe revolverlo, o mejor aún, darle a la tetera una buena sacudida dejando que las hojas se asienten luego.

Octavamente  [como escribe Orwell] uno debe beber el té en una buena taza de desayuno [lo que llamamos jarro o “mug”, N.del T.] o sea la de tipo cilíndrico, no la plana de poca altura. La taza de desayuno lleva más cantidad y en la del otro tipo nuestro té estará medio frío ya antes de empezar a beberlo.

La novena norma: hay que sacarle la crema a la leche antes de usarla para el té. Aquella leche que es muy cremosa dará un gusto desagradable al té.

En décimo lugar, uno debe verter el té primero en la taza. Este es uno de los puntos más contradictorios de todos; sin lugar a dudas en cada familia británica hay probablemente dos escuelas de pensamiento en este asunto. La escuela de poner la leche primero puede esgrimir argumentos bastante fuertes, pero mantengo que mi propia convicción es incontestable. Esto es que al verter el té primero y revolver mientras se agrega la leche uno puede regular exactamente la cantidad de ésta mientras que de la otra manera podemos poner demasiada.

Por último, el té, al menos que uno lo tome al estilo ruso, debe ser bebido sin azúcar. Sé que estoy en una minoría en esto. Aún así pienso: ¿cómo se puede ser un amante del té y destruir su sabor poniéndole azúcar? Sería igualmente razonable ponerle pimienta o sal. El té debe ser amargo, al igual que la cerveza que también debe ser amarga. Si se lo endulza uno ya no tiene el sabor del té pero el del azúcar, se podría hacer una bebida muy similar disolviendo azúcar en agua caliente sola. Algunas personas pueden contestar que no les gusta el té en sí mismo, que solo lo beben para calentarse y sentirse estimulados, y que necesitan el azúcar para sacarle el gusto a té. A esta gente desorientada les digo: prueben de tomar té durante, por ejemplo, una quincena y es muy improbable que luego quieran seguir arruinando su té azucarándolo.

Estos temas no solo son el único motivo de controversia que surgen en conexión con beber té, pero son suficientes para mostrar cuán sutil se ha vuelto esta práctica. Hay asimismo la misteriosa etiqueta social relativa a la tetera (¿porqué se considera vulgar beber en el platillo, por ejemplo?) y mucho se puede escribir acerca de los usos subsidiarios de las hojas de té, como ver fortunas, predecir el arribo de visitas, alimentar a conejos, curar quemaduras y barrer la alfombra. Vale la pena poner atención en detalles como calentar la tetera y usar agua que esté realmente hirviendo al hacerlo, para estar seguro de aprovechar plenamente nuestra ración de veinte buenas, fuertes tazas de esas dos onzas [56 g] que, bien manejadas, representan.

Hasta aquí la nota de George Orwell en mi traducción (de la que me responsabilizo totalmente incluso por las palabras inexistentes en la RAE o sea la Real Academia Española. Afortunadamente los ingleses no tienen lo mismo y pueden inventar lo que se les antoja).

Y ahora vayamos a mis comentarios sobre este artículo del genial Orwell (y también sobre cómo beber té).

Como vemos, esta nota fue escrita poco después de terminada la Segunda Guerra Mundial. El Reino Unido y toda Europa sufrían aún escasez de comida, el té estaba racionado. Como es bien conocido, el té era, similarmente al mate en Argentina, Paraguay, el sur de Brasil y Uruguay, un estimulante, una forma de calentarse, eran días de posguerra, no había calefacción. Pero, por sobre todo, un reconfortante estímulo y  un “disimulador” del hambre. Soy un apasionado bebedor de té y tengo que admitir que estas características, no por las inevitables razones que sufría el Reino Unido en esos años, son elementos altamente reconfortantes, si se me permite esta palabra, para el organismo.

Tengo que discrepar con varias de las reglas/instrucciones/consejos del Sr. Orwell, famoso por su siempre vigente novela Mil Novecientos Ochenta y Cuatro y La Granja -Animal Farm, quien escribió este inusual artículo con el fin de ayudar a aquellos hambrientos y congelados ciudadanos británicos. Dicho sea de paso, su verdadero nombre era Eric Blair, se dice que trabajó, entre otras cosas, para el servicio secreto de Su Majestad (MI5/6) pero eso no es tema para esta nota. Señalaré párrafo a párrafo mis comentarios siguiendo exactamente el mismo orden que le da a sus reglas. Usaré números y no sus simpáticas firstly, ésta no suena mal, pero traducir sixthly, seventhly y así sucesivamente queda bastante raro!

1 – Es verdad: los tés de Ceilán (hoy Sri Lanka) y los de las regiones de Assam y Darjeeling en los Himalayas indios son de óptima calidad. Algunos otros tés se han ido sumando a esta primera liga de  productores de calidad como los de Kenya y Rwanda. No olvidemos que el té, Camellia Sinensis, es un arbusto nativo sólo de la China y de una particular región en la India en las laderas de las montañas de Assam en la frontera con China, todas las otras regiones lo importaron de éstas. Hasta avanzada la mitad del siglo XIX los grandes y exclusivos productores (así como bebedores) de té eran los chinos. Los británicos, cuya realeza y aristocracia ya lo consumían, empezaron a importarlo en grandes cantidades cuando la Revolución Industrial necesitó de sus efectos para paliar hambre y frío entre los obreros a partir de fines del siglo XVIII. Lo cambiaban por opio que plantaban en India, y que era para consumo casi exclusivo de los chinos. Este intercambio de opio por té duró hasta que los ingleses pudieron robar el secreto de plantarlo y cosecharlo en sus propios dominios a través de la East India Company especialmente partes de la India del norte y Ceylan. La nefasta compañía de Las Indias fue quien contrató a un botánico/aventurero de película de nombre Robert Fortune, se hacía pasar por mandarín y no me explico cómo no han hecho una película sobre este personaje aún. Cuando los chinos se dan cuenta de los estragos que estaba haciendo el opio en su población lo prohíben, en venganza los ingleses se meten de lleno en las infames “guerras del opio” (dos de ellas y con el ejército privado de la compañía, o sea la East India Company!) hasta que ganaron a los chinos y volvieron a canjear opio por té.

2 – No discrepo ni tengo necesidad de señalar nada, es claro como las memorias de la muy reciente guerra están presentes. La capacidad máxima de una tetera no debe sobrepasar los 2 litros (8 tazas normales asumiendo que llevan 250cc). Las mejores son aquellas de arcilla roja, lamentablemente muy frágiles, y que vienen de la zona de Bradell Woods en Stoke-on-Trent (Staffordshire, GB). Allí nació la industria cerámica inglesa en el siglo XVII. Estas teteras tienden a mantener el té caliente por más tiempo que las de loza o metal, su forma redonda hace que el movimiento del té sea más fluido.wp_20160407_22_37_05_pro

3 – Estoy totalmente de acuerdo con el Sr. Orwell. De todos modos tengo que admitir que el girar la tetera es parte de la ceremonia. Vean mis recomendaciones al final de esta nota.

4 – Bueno, 6 cucharadas de té colmadas quizá sea demasiado. La vieja regla de una cucharada por cada taza y una para la tetera (rasa) es adecuada. Depende asimismo del tipo de té que se use.

5 – Puede ser que el Sr. Orwell tenga razón pero no es nada común tragarse las hojas del té, aún sin ser un hecho peligroso. Tiene razón al señalar que algunos coladores/filtros aprisionan las hojas y no permiten que se expandan. Si tienen forma de bola usemos los más grandes para que el té se sienta “cómodo”.

6 – Otra vez más, de acuerdo con Orwell. El agua para hacer el té, especialmente té negro, debe de estar en su punto de ebullición, cuando borbotea y no cuando ya hirvió y dejó de burbujear … O sea hirviendo no hervida!

7 – Agitar: también lo veo como parte de la ceremonia o el procedimiento si les gusta más.  Creo que es necesario que el té sea suavemente movido un poco, no agitado, para que se mezcle bien.

8 – Puedo detectar razones derivadas de su ocupación como escritor y periodista para recomendar un jarro de desayuno (mug) en lugar de una auténtica taza de té de paredes más finas y boca que se ensancha con respecto a la base. Tal taza requerirá que se la llene con más asiduidad y también tener la tetera bien cerca de ella. No se enfriaría pues se bebería rápido pues no lleva mucho contenido, se rellena enseguida con té caliente desde una tetera mantenida caliente con un cubre-tetera de lana o similar – un “tea cozy”.

9 – Totalmente correcto

10 – Este párrafo es objeto de airadas y violentas discusiones como señala el propio Orwell, sucede tanto en Gran Bretaña como en todo el mundo. Vean mis recomendaciones al fin de esta nota.

Para terminar, sería un simpático “eleventhly” (onceavamente), dice que el té debe beberse sin azúcar.  Para respetar y disfrutar de su sabor, tiene un 100% de razón. Por supuesto, menciona que beber el té al estilo ruso es una excepción. Los llamados tés de Caravana Rusa son muy agradables para tomarlos en la tarde; yo los bebo sin endulzar. Estos tés, generalmente chinos con un algo de ahumado admiten un poco de azúcar sin perder el sabor. Asimismo, les refiero que he probado los tés locales en Egipto y Turquía (chai o tchai pero que son típicos Orange Pekoe en mezclas con otros) y se llevan muy bien con el azúcar; ya que los hacen especialmente fuertes y concentrados.

Y ahora mis propias recomendaciones para preparar un correcta “cuppa” , el slang británico para una “taza de té” donde, no se menciona la palabra “tea”.

Reconozco que me estoy internando en un territorio difícil y muy discutido. ¿Cómo es posible que alguien, que no es ni británico, ni chino, ni árabe, ni turco, ni indio, pueda escribir sobre té. ¿Acaso admitiríamos a un francés o indonesio que escriba sobre mate? De todos modos creo que el té es bastante más universal que el mate. Quizá sea la pasión o el anhelo irrefrenable por meterse en escenarios difíciles y el desafío intelectual que eso conlleva… en fin, vayamos al punto por el cual el artículo del Sr. Orwell, tan bien y decididamente, nos lleva a sentir la necesidad de una “cuppa”, una taza de té:

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Primeramente debemos tener el té que vamos a beber. Solo hablaré de té negro o sea té de hojas fermentadas de Camellia Sinensis. Asumo que usaremos hojas sueltas (té en hebras y ver punto 9 más arriba) . Una vez que el agua está hirviendo verter un poco en una taza donde previamente pusimos el colador/bola de modo que el agua apenas cubra el mismo. Dejamos que accione la infusión por unos 20 o 30 segundos nada más (también mojo antes las hojas en la bola con agua fría para que se expandan). Este pre-té de 20/30 segundos tiene más del 80% de la cafeína/teína y las impurezas así como algo de la amargura inicial, aquella que no es muy agradable.  Este pre-té se elimina. Les refiero ahora mi acción, quizá un poco inusual: uso esta primera taza para calentar la tetera, la dejo unos segundos y la descarto! Este procedimiento traerá como consecuencia un té ligeramente más suave, pero al que le habremos sacado entre un 60 y 85% de la cafeína! El sabor no sufrirá y hasta nos gustará más al habernos deshecho de las impurezas y sabores vegetales demasiado amargos.

En segundo lugar (o segundamente como escribe Orwell) recalentemos el agua nuevamente hasta que esté borboteando y la vertemos en la tetera precalentada donde ya está el té purificado y descafeinado.  Dependiendo del tipo de té negro, mantenemos la infusión por unos 3 o 4 minutos y sacamos el colador/bola fuera del líquido. Es este el momento para rotar la tetera suavemente y que la bebida se torne homogénea.

En tercer lugar: finalmente llega el momento de llenar su “cuppa”! Y aquí me meto en la famosa controversia de la leche. La mayoría de los tés negros no saborizados (como ejemplo les menciono el muy popular y exquisito Earl Grey, el que jamás se debe tomar con leche). Como señaló antes el Sr. Orwell, hay que sacarle la crema a la leche si la tuviera, agregaría sabores propios que desvirtuarán el té. Hoy en día, y con la producción de lácteos altamente industrializada, casi toda la leche viene ya sin crema; aún así recomiendo usar la de tipo parcialmente descremada. La crema de la leche entera alterará y esconderá el verdadero sabor del té.

A este párrafo lo voy a llamar tres y medio! Tienen todo que ver con el tema de la leche en el té y la famosa discrepancia respecto a si tiene que ir antes o después de verter el té. Los mejores argumentos para poner la leche primero es que el té está casi hirviendo  y entonces cocinaría la leche cambiándole el gusto. La verdad es que he encontrado que no le cambia el gusto pues el té ya bajó unos cuantos grados en la tetera y no afecta esta poca leche. La vieja y bien establecida tradición de los británicos de poner primero la leche se debe en realidad a un hecho práctico y no tan ampliamente admitido o conocido: el té negro solo mancha, tiñe muchísimo las tazas; cuando se le vierte sobre la leche se va mezclando y ya no tiñe más! Simple y real; prueben lo que les digo y verán que no me equivoco. 

Ahora el cuarto punto: usen siempre un calienta-tetera (tea cozy) aún en verano. Si no lo consiguen pidan que alguien de la familia les teja uno hecho con restos de lana de oveja (no sintética!); la de acrílico no sirve, no conserva bien el calor. Ahora a disfrutar esa “cuppa”, la “taza de té”!

Finalmente algunas consideraciones sobre la producción de nuestras queridas hojas de té en el mundo. La mayor parte del té consumido en las grandes mercados de occidente: la Unión Europea y EE.UU. viene de países como la India, Sri Lanka, Kenya, Rwanda, Uganda, Tanzania, China (aunque aquí casi todo va al mercado interno). Otros lugares como Brasil, Argentina y Turquía producen tés que son consumidos mayormente esos mismos lugares. En la India, sus dos grandes zonas exportadoras de té, Assam y Darjeeling, son de las más apreciadas en el mundo. Sin embargo, ostentan algunas de las más patéticas condiciones de trabajo de sus recolectores y demás trabajadores en la cadena de producción. Estos campesinos, los que hacen posible nuestro disfrute al tomar una taza de té, son de hecho, y en mi humilde opinión, trabajadores esclavos en pleno siglo XXI. Recomiendo leer artículos, ver documentales y otros elementos de información de la BBC en radio y TV sobre “The real cost of a cuppa” (El verdadero costo de una taza de té). Luego de un futuro y posible viaje a la región todo este tema será objeto de una nota específica y bien ampliada.

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Para terminar, y como hago generalmente, les paso unas recetas de escones (scones), un buen acompañamiento para cualquier “cuppa”!

La sencilla (ingredientes):

Tres tazas de harina de uso general, 1/2 taza de azúcar blanca, 4 o 5 cucharaditas de té de polvo de hornear, 1/2 cucharada de sal, 3/4 taza de manteca no salada, 1 huevo batido, 1 taza de leche entera

  • Calentar el horno a 200ºC, enmantecar una hoja de hornear
  • En un bols grande combinar harina, azúcar, polvo de hornear, sal y huevo. Mezclar hasta que esté uniforme y luego poner la masa en una superficie enharinada y amasar un poco
  • Amasar la pasta en rollos de unos 2 o 3 cm. Cortar en cuñas o piezas redondas (con un vaso de paredes finas) y coloquémoslas en la superficie de hornear enmantecada.
  • Hornear por 15 minutos o hasta que estén doradas

Una receta más compleja:

  • A los ingredientes básicos de la receta anterior agreguemos otro huevo y crema simple (half & half) o crema rusa. Entonces pongamos (no todo junto) pasas de uva, almendras en lascas, raspadura de naranja, chocolate en chips y, porqué no, vainilla y canela para dar otros gustos!

Y ahora, disfruten de esa taza de té!

Aquí está el original en inglés de la nota de Orwell en el periódico The Evening Standard:

A Nice Cup of Tea

By George Orwell

Evening Standard, 12 January 1946.
If you look up ‘tea’ in the first cookery book that comes to hand you will probably find that it is unmentioned; or at most you will find a few lines of sketchy instructions which give no ruling on several of the most important points.

This is curious, not only because tea is one of the main stays of civilization in this country, as well as in Eire, Australia and New Zealand, but because the best manner of making it is the subject of violent disputes.

When I look through my own recipe for the perfect cup of tea, I find no fewer than eleven outstanding points. On perhaps two of them there would be pretty general agreement, but at least four others are acutely controversial. Here are my own eleven rules, every one of which I regard as golden:

  • First of all, one should use Indian or Ceylonese tea. China tea has virtues which are not to be despised nowadays — it is economical, and one can drink it without milk — but there is not much stimulation in it. One does not feel wiser, braver or more optimistic after drinking it. Anyone who has used that comforting phrase ‘a nice cup of tea’ invariably means Indian tea.
  • Secondly, tea should be made in small quantities — that is, in a teapot. Tea out of an urn is always tasteless, while army tea, made in a cauldron, tastes of grease and whitewash. The teapot should be made of china or earthenware. Silver or Britanniaware teapots produce inferior tea and enamel pots are worse; though curiously enough a pewter teapot (a rarity nowadays) is not so bad.
  • Thirdly, the pot should be warmed beforehand. This is better done by placing it on the hob than by the usual method of swilling it out with hot water.
  • Fourthly, the tea should be strong. For a pot holding a quart, if you are going to fill it nearly to the brim, six heaped teaspoons would be about right. In a time of rationing, this is not an idea that can be realized on every day of the week, but I maintain that one strong cup of tea is better than twenty weak ones. All true tea lovers not only like their tea strong, but like it a little stronger with each year that passes — a fact which is recognized in the extra ration issued to old-age pensioners.
  • Fifthly, the tea should be put straight into the pot. No strainers, muslin bags or other devices to imprison the tea. In some countries teapots are fitted with little dangling baskets under the spout to catch the stray leaves, which are supposed to be harmful. Actually one can swallow tea-leaves in considerable quantities without ill effect, and if the tea is not loose in the pot it never infuses properly.
  • Sixthly, one should take the teapot to the kettle and not the other way about. The water should be actually boiling at the moment of impact, which means that one should keep it on the flame while one pours. Some people add that one should only use water that has been freshly brought to the boil, but I have never noticed that it makes any difference.
  • Seventhly, after making the tea, one should stir it, or better, give the pot a good shake, afterwards allowing the leaves to settle.
  • Eighthly, one should drink out of a good breakfast cup — that is, the cylindrical type of cup, not the flat, shallow type. The breakfast cup holds more, and with the other kind one’s tea is always half cold before one has well started on it.
  • Ninthly, one should pour the cream off the milk before using it for tea. Milk that is too creamy always gives tea a sickly taste.
  • Tenthly, one should pour tea into the cup first. This is one of the most controversial points of all; indeed in every family in Britain there are probably two schools of thought on the subject. The milk-first school can bring forward some fairly strong arguments, but I maintain that my own argument is unanswerable. This is that, by putting the tea in first and stirring as one pours, one can exactly regulate the amount of milk whereas one is liable to put in too much milk if one does it the other way round.
  • Lastly, tea — unless one is drinking it in the Russian style — should be drunk without sugar. I know very well that I am in a minority here. But still, how can you call yourself a true tealover if you destroy the flavour of your tea by putting sugar in it? It would be equally reasonable to put in pepper or salt. Tea is meant to be bitter, just as beer is meant to be bitter. If you sweeten it, you are no longer tasting the tea, you are merely tasting the sugar; you could make a very similar drink by dissolving sugar in plain hot water.Some people would answer that they don’t like tea in itself, that they only drink it in order to be warmed and stimulated, and they need sugar to take the taste away. To those misguided people I would say: Try drinking tea without sugar for, say, a fortnight and it is very unlikely that you will ever want to ruin your tea by sweetening it again.

These are not the only controversial points to arise in connexion with tea drinking, but they are sufficient to show how subtilized the whole business has become. There is also the mysterious social etiquette surrounding the teapot (why is it considered vulgar to drink out of your saucer, for instance?) and much might be written about the subsidiary uses of tealeaves, such as telling fortunes, predicting the arrival of visitors, feeding rabbits, healing burns and sweeping the carpet. It is worth paying attention to such details as warming the pot and using water that is really boiling, so as to make quite sure of wringing out of one’s ration the twenty good, strong cups of that two ounces, properly handled, ought to represent.

(taken from The Collected Essays, Journalism and Letters of George Orwell, Volume 3, 1943-45, Penguin ISBN, 0-14-00-3153-7)


martes, 11 de mayo de 2021

LA AUTOFICCIÓN

 Serge Dubrosky:

la autoficción son una serie de acontecimientos reales

https://cvc.cervantes.es/ensenanza/biblioteca_ele/publicaciones_centros/pdf/budapest_2013/14_faix.pdf

https://elcuadernodigital.com/2018/01/11/autoficcion/


los diarios se liberan del corsé de la estructura literaria

lo importante es la personalidad, la voz del que escribe

la época queda reflejada

impide que olvidemos

Iñaki Uriarte  DIARIOS: 

https://www.pepitas.net/sites/default/files/libros/primeras_paginas/uriarte%201999-2003%20CUARTA%20primeras.pdf

LAS MEMORIAS

es una parte de la biografía de alguien, de una época de la vida de alguien



Autoficción esotérica

 

No creo que pueda olvidar nunca mi primera sesión de espiritismo. Éramos cuatro personas en una casa antigua. En un pueblo del interior. Una noche de San Juan. Bueno, cuatro personas participando y una señora mayor sentada en un sofá sin hacer ni decir nada en particular. Sobre la mesa, el abecedario completo en círculos de papel, recortados de forma irregular. Coronándolos, dos trozos de mayor tamaño, en ellos se podía leer SÍ y NO.

Me sorprendieron los semblantes serios de los otros. Yo no podía reprimir una sonrisilla nerviosa y la necesidad de bromear sobre lo que estábamos a punto de hacer, pero pronto, los bailes de luces y sombras que una vela proyectaba sobre aquellos rostros impasibles, me hicieron comprender que no era ni el momento ni el lugar para el humor.

Uno de ellos, alto y barbudo, se alzó para dar inicio al ritual. Con un andar pausado, comenzó a trazar un círculo en torno a todos los presentes, sosteniendo un cirio y murmurando letanías. Anunciando,  a quien estuviera al otro lado, que había abierto una ventana entre dos mundos, un portal a través del cual seres de diferentes planos podían comunicarse con nosotros. Se sentó. Nos miramos y, despacio, extendimos nuestros dedos sobre un vaso de cristal situado bocabajo en el centro del tablero.

Invocaciones en voz profunda, llamadas sin respuesta y,  poco a poco, el vaso empezó a moverse muy lentamente, desplazándose apenas unos milímetros. Casi se podía oír su chirrido sordo al moverse por la madera. Contuve la respiración unos segundos y luego… nada.

—Por favor, solamente tenéis que rozar el dedo, si alguien lo apoya será él quien mueva el vaso— bramó el barbado que antes había abierto el portal.

Obedecimos apenas acariciando la superficie, ya tibia, con nuestras yemas. Transcurridos unos minutos, la copa comenzó a moverse muy, muy despacio. Seguro que alguien lo está moviendo otra vez sin darse cuenta. Sin embargo, los círculos se fueron acelerando. Se movía  con furia, frenando en seco sobre las letras, afirmando y negando nuestras preguntas de forma inconexa. Me están tomando el pelo, esto es una farsa. Costaba seguir su ritmo y, al final, todos fueron levantando el dedo. Una vez se te escapaba la copa, era imposible volverla a recuperar. Me pareció una proeza que, usando un solo dedo, alguno de los presentes fuera capaz de mover el vaso con tanta velocidad y precisión. ¿Cuál de ellos sería? ¿O están todos conchabados? De pronto, el vello de mi brazo se erizó y una sensación fría e incómoda recorrió mi espalda cuando descubrí que, sobre el cristal, ya solo se encontraba mi mano y este seguía acelerando mientras trazaba espirales entre las letras de la mesa danzando mensajes.

Escuché un ventilador encenderse a mi espalda y, súbitamente, el vaso se detuvo. Me giré conteniendo la respiración. ¿Qué podía haber ocurrido?

Al volverme vi que la mujer había decidido combatir el calor de junio encendiendo aquel aparato. Rápidamente, el hombre de la barba volvió a levantarse, cerró el círculo y dimos la sesión por terminada.

Varios días más tarde, leyendo sobre ocultismo, descubrí que a los espíritus les producen rechazo los aparatos eléctricos y que, el velo que separa nuestros mundos nunca es tan liviano como en las noches de San Juan.

Deberes

 

Lo encontré sentado en la terraza de un bar de Cuenca. Volvía de Madrid, ciudad que recomiendo ni acercarse. Hay unos seres llamados madrileños que la habitan y no son nada agradables. Paré en una estación de servicio para estirar las piernas y olvidar el asqueroso gesto que Marta había dibujado en su cara cuando le mencioné que en mi vida me mudaría a ese pozo de ambición que llaman capital. Pues si quieres trabajar algún día, tendrás que ir. El dinero está allí. Todo está allí. Tienes que pensar a lo grande si quieres vivir a lo grande. Abrí el grifo para lavarme las manos, aunque, realmente, lo hacía para acallar las tonterías que Marta metía en mi cabeza. Me asombra la facilidad con la que cualquiera puede contaminarte, lo rápido que la mierda lo cubre todo, no importa los muros que alces, ni la lejía que uses, la mierda siempre gana, se arrastra y devora a su paso todo lo que en uno habita. Vertí agua sobre mi cara en un intento de sofocar el calor de mis mejillas. El sudor serpenteaba por mi frente mezclado con agua hasta la punta de la nariz. La mirada fija en mi reflejo. Las gotas golpeando el lavabo. Agarrado al mármol con todas mis fuerzas, con los dientes y la barba apretados, me deshacía ahogado ante mi propia imagen. ¿Cuándo cambió los sueños por la avaricia?

Zorra.

—Un café solo, del tiempo, por favor. —le dije al camarero.

—¿Del tiempo?¿Qué lo quieres a cuarenta grados?

Jajajaja, don comedias. Subnormal. Marta no pidió nada, simplemente sacó el móvil y desapareció entre las publicaciones de instagram.

—¿Has visto este outfit?—¿outfit, Desde cuando habla así?— te quedaría genial, cariño.

Antes muerto que ponerme zapatos un sábado. La rabia me corroía en una descarga a través de la mandíbula. El calor era aplastante, pero, en lugar de aplastar mi irritación, no hacía más que acrecentarla. Hubiera pegado al mismo sol si no fuera porque al levantar la vista, vi sentado en una silla metálica de sweeps a alguien exactamente igual a mi. No era un mero parecido no, era una copia idéntica de mi ser. La misma nariz pronunciada, la misma frente despejada, incluso la misma forma de derramarse sobre la silla. Pero, a pesar de todo el calor que hacía en cuenca, él no sudaba. Estaba entretenido leyendo un libro, lo sujetaba desde abajo, con una mano, una mano grande vestida de venas desveladas. Estaba solo. Cómodamente solo.

—¡Pablo!, ¿Podrías hacerme caso alguna vez? Siempre igual tío, solo existe tu puto mundo. Eres un egoísta.

Marta siguió escupiendo su veneno mientras él pagaba su café al camarero, y con diligencia, se marchó hacia el coche sobre el ardiente asfalto. Llevaba unas chanclas de dedo con la banderita de Brasil.

"Auto-ficción: Afterburner" (ejercicio Nº8 autoficción con algo fantástico)

 

Auto-ficción: Afterburner

Vine al mundo dentro de una familia muy grande, soy el simple, modesto, funcional, el frugal. No tengo pretensiones. No soy deportivo, menos aún voluptuoso, poseo la elegancia del humilde. Orgulloso por mi falta de glamur, por mi vocación de servicio. Siempre pronto para cumplir, perennemente fiel. Son las 11 de la noche, mi amigo está contrariado, vio a su novia con otro. Está desesperado, necesita embotarse, necesita olvidar. Lo llevo fuera de su ciudad. Llegamos. Hay farolas, esparcen una luz de sudario, proviene de sus lámparas de vapor de sodio. Un hálito siniestro intensifica la soledad militante del pueblo. En la bruma marina, en el aire salobre, hay un silencio espeso, contribuye a crear alienación. Esa luz espolvorea una fina capa de matiz naranja, inunda el pueblo de Plymouth, Ma. en Nueva Inglaterra. Mi amigo siente que todo lo abruma, que todo lo atrae, no logra abstraerse, su pena pesa mucho. Sigo conduciéndolo.

Lo transporto con placer, le transmito confianza, soy perpetuamente seguro. Doblo a la izquierda, doblo a la derecha, vuelvo atrás, continúo. No voy ni rápido ni lento, lo hago como mi fiel y burgués naturaleza permite. Doy vueltas a la manzana, tomo Main Street. No lo llevo a ningún lado. Nos envuelve un aura de irrealidad; estamos condenados a surcar a través de ese matiz estratosférico, omnisciente, ineludible e insondable, es más que la luz de vapor de sodio, es un universo diverso. Sigo conduciéndolo.

Recorro convencido un camino que no va a ninguna parte. Sobre mi derecha, agazapada cerca de la esquina, detecto una escultural Plymouth Fury Coupé. Es de 1957, color Sand Dune White. La impulsa un V8, 318CID, dos carburadores de cuatro bocas, ¡esos sí son músculos! Continúo por Main Street. La Fury arranca, ahora rueda siguiendo mi trayectoria. Mi marcha continúa impertérrita, sin acelerar, sin ralentizar, sin alterar la velocidad. Detrás de mí, la Fury ronronea, es su poderoso V8, sigue mi ritmo, noto que se va acercando poco a poco. No sé si me persigue, no me importa. Yo llevo a mi amigo, es un amo para mí, no voy a detenerme. Lo que deseo es llevarlo. Prosigo. No le pregunto qué razón tenía para estar a las 11 de la noche en Plymouth, Ma. Sigo conduciéndolo.

Dos coches circulan sumergidos en esa atmósfera enrarecida, podría engullirlos. Uno guía al otro, no hay destino. No nos dirigimos a parte alguna, sólo nos movemos. Mi amigo y yo, acompañados, seguidos, ¿perseguidos? Voy por Main Street, termina ya; si continúo salgo del pueblo. Doy una vuelta en U. La Fury me imita. Todo es igual. Todo está desierto. Todo invadido por la de luz de sodio, asfixiante, desbordante, oprimente, implacable, interminable, invencible, como antes, como recién, como ahora, como después. Sigo conduciéndolo.

Aspiro el aire salobre del mar, hay un puerto, no me importa, no iremos. Tampoco sé por qué ruedo, pero obedezco, no puedo detenerme. Es un designio irreversible, no existe razón, pero seguimos. Sólo circular y circular hasta ninguna parte. La Fury se adelanta, ahora está a mi lado, el habitáculo es profundamente negro, no se ve al conductor. Me empuja, me quiere sacar del camino, me choca en el costado. Freno repentinamente y ahora soy yo quien la embiste, le produzco deterioros notorios. Soy duro, soy simple, soy fuerte. Ella es glamur, es belleza, es atracción, es pura sensualidad. De pronto, comienza a agrandarse, desaparecen los daños que le causé, ahora se transforma en un tanque amenazador, sigue creciendo. Veo llamaradas saliendo por sus escapes. No tengo alternativa, uso el poco combustible que me queda para encender el afterburner*, la turbina zumba, llega a miles y miles de revoluciones, nos impulsa, nos eleva, surcamos ese manto naranja y húmedo que nos ahogaba, volamos hacia la dimensión de los eternamente inalcanzables, somos poderosos. La Fury queda atrapada en el suelo, sólo puede rodar, es terrenal, sigue en Main Street, es incapaz de volar pese a los abundantes corceles que habitan bajo su capot. Sigo conduciéndolo.

Mi destino es rodar, nuestra redención es circular. Él, mi amigo, no sabe hacia dónde va. Sigo conduciéndolo. 

Firmado: Ford Customline Tudor 1955 (6 cilindros, manual, color verde sea sprite, sin extras)

Valencia, 7 de mayo de 2021.

* Nota: El postquemador, conocido por afterburner, es un dispositivo que inyecta grandes cantidades de              combustible a una cámara de combustión externa en una turbina de reacción. Se usa en los                     motores de los cazas militares para proporcionar empuje adicional por cortos períodos de                         tiempo para ciertas maniobras de combate aéreo (dog fights) y despegues con carga alar grande              o pistas cortas.

A mos redó - Na Jordana (alternativa, hasta con 3 adjetivos, para el ej. Nº12)

  A mos redó - Na Jordana Los veo, ¿me veo?, casi todas las mesas de la terraza ocupadas, son vecinos del barrio, aquí es raro ver turista...