martes, 10 de noviembre de 2020

Vita Suite Sinfonía

 



Vita Suite Sinfonía 




Me llamo Enrique como mi padre. Enrique José en el DNI. José para diferenciarme. Quique para los amigos. Unos cuantos años antes de separarme, Celia, mi hija, tenía unos quince o dieciséis. Sus amigas y amigos con los que salía todas las putas noches de aquel calurosísimo verano –tuvimos una de esas olas con temperaturas extraordinariamente altas– eran en su inmensa mayoría aspirantes a ministras y a ministros ya me entendéis. No pegaban palo al agua. Verdaderos “Ninis”. Yo les llamaba “Minis” por lo de aspirantes a ministro. 

Aquella noche no fue una excepción y me volvió a pedir lo de siempre.

–¿papá puedes llevarnos? Venga, por favor–me preguntó con voz angelical.

–¿con quién vas?–le pregunté.

–pues con mis amigas–respondió.

–no quiero sorpresas, ¿entendido?–mi segunda pregunta fue retórica, siempre las había.

–Ah y necesito cincuenta euros, le debo dinero a Tiza Roja–me soltó a quemarropa.

–¿Qué?, pero si ya te di tu paga, no me digas que te la has gastado.

–te lo devolveré, te lo juro–volvió a sonar aquella vocecita de no haber matado una mosca en la vida.

–¿quién coño es Tiza Roja?–le pregunté sulfurado.

–Un colega de Lorraine, de Mislata también, toca la trompeta ¿sabes? tranquilo, es un buen tío–mintió.

Para poneros en antecedentes. Un buen día este individuo pasó por el bar musical de su pueblo para pedir unas litronas. Sobre las sillas que estaban junto a la puerta se amontonaban varios estuches de instrumentos. Esa noche tenían ensayo los músicos. El bueno de Tiza Roja cambió de idea y en lugar de conseguir las cervezas agarró uno de los estuches como si fuera el suyo propio y se lo llevó directamente a casa con la naturalidad de un experimentado ratero. Al abrirlo vio que en su interior había un bonito objeto plateado. En realidad no distinguía un saxo de un clarinete y por supuesto no sabía lo que había robado. Buscó imágenes de instrumentos musicales en su móvil–hasta ahí llegaba su intuición– y descubrió la foto de un tipo negro tocando uno de esos. La foto era de Freddie Hubbard. En la portada del disco se podía leer Red Chalk. Puso dicho título en el traductor y obtuvo su nuevo nick. Desde entonces se hizo llamar Tiza Roja. 

Celia llamó a Lorraine y quedaron pronto para ir a pillar. Yo sabía que compraban alcohol como lo sabíamos todos los padres del planeta Iberia. Algunas madres incluso compraban personalmente vodka y ginebra prémium a sus hijas, pensaban que así por lo menos lo que fueran a beber sería de calidad óptima. Yo siempre me negué a esta práctica. Simplemente no podía evitar que fueran de botellón. Que se apañaran. 

  Quedamos a las doce de la noche. Saqué el coche del garaje. Fuera me esperaba el grupo de amigas. Parecían salidas de la película The Vampire Lovers de Roy Ward Baker. Esa noche se habían puesto de acuerdo y vestían de blanco como las vampiresas del largometraje de terror erótico.

Yo ya me sabía el camino a la Joy, también conocida como Oh! Valencia. Un antro en el sentido más cutre de la palabra. 

–Déjame que ponga yo la música papá, por favor, por favor, que queremos ir calentando motores en el coche, no nos cortes el rollo-me insistió mi hija.

–Lo siento, la música la pongo yo, ¿no os gusta Bitter Sweet Symphony? Seguro que no sabéis ni quién es Richard Ashcroft, menuda panda de indocumentadas–repliqué llenándome la boca.

Llegamos en cuestión de quince o veinte minutos. Lo que duraron tres canciones de The Verve que puse directamente de Spotify

Hasta la una de la mañana no querían entrar. La estampa de la rotonda que daba acceso a la discoteca en el polígono industrial de Albal era también de terror. Un mar de adolescentes armados con botellas de alcohol. El desfile de coches de padres dejando a sus hijas era incesante. También había coches aparcados con las ventanillas bajadas y la música a toda ostia. La mezcla de las canciones de reguetón, en el mejor de los casos, y de trap le daba una cariz apocalíptico al párquin. Como un gran hormiguero desorganizado–perdón a las hormigas por la falta de respeto en la comparación–se hacinaban en supuestas colas de entrada al edificio.

–Déjanos aquí papá–me indicó Celia.

–Quedamos a las cuatro–aclaré.

–Ni de coña papá, ven a las seis, cierran a esa hora así que esperamos aquí, en este mismo sitio, ¿vale papi? Te quiero–me soltó la retahíla 

Se apearon todas del coche. Se despidieron de mí muy amablemente. Besé a Celia.

–Gracias Quique–me dijeron a coro.

Lorraine era la mejor amiga de mi hija y según me había contado mi mujer era una grandísima irresponsable. Digamos que estaba pasando por una fase de furor que le impedía decir no a cualquier tipo desconocido que quisiera follársela. Así, algunas noches, lo había hecho varias veces con distintos chicos. Un día incluso amaneció en un piso de un tipo de Benimámet al que por supuesto no había visto en la vida. Se asustó bastante. No lo suficiente como para dejar sus hábitos o colgarlos. La de monja no era su vocación.

Llamé a mi mujer y le dije que me iba a tomar una copa con Momparler a su apartamento de la playa, que no me esperase despierta. Me insistió en que no bebiera ni fumara y la tranquilicé. Era la noche de San Juan y mi amigo me había dicho que me pasara un rato por allí que habría fiesta. Llamé a Momparler a continuación y le dije que si le preguntaban algo que había estado con él toda la noche. 

–¿Vale hermano? –le dije en sentido figurado.

    En realidad no éramos hermanos. Putativos sí. Me entendió perfectamente. Di media vuelta al coche y me dirigí a casa de Desiré.

Tiza Roja solía envolver la farlopa que pasaba en papel de color rojo. Era ese tipo de papel de estraza que se usa para envolver regalos y por lo visto formaba parte de su márquetin al hacer la entrega de las dosis que le encargaban. Regalitos. En la Joy tenía muchas clientas. Se cuidaba mucho de vender exclusivamente a chicas. Ya había tenido más de un susto con algunos tíos que querían partirle las piernas y pensó que ninguna chica sería tan fuerte como para rompérselas.

–Tengo lo tuyo–apareció el mensaje de Tiza Roja en el WhatsApp de Celia.

–¿Dónde estas tío? Aquí hay un lío de peña que flipas.

–Sal al párquin, por la parte lateral de la Joy, tengo el coche aquí, así no nos puede ver la madera, te espero dentro–le contestó Tiza Roja.

–Vale, voy a ponerme el cuño, pero que sepas que me va a costar diez euros, son unos hijos de puta, te cobran por salir y volver a entrar.

–Lo sé, no te preocupes, te lo descuento.

Lorraine y las otras dos vampiresas ya estaban de lío y Celia no pudo dar con ellas antes de salir.

–Tías, estoy en el párquin, he quedado con Tiza Roja, no os vayáis sin decirme nada, ¿ok? Esperadme dentro, vuelvo en seguida–escribió en el WhatsApp del grupo “las perritas”.

No obtuvo respuesta.

Desiré vivía en Silla y era fotógrafa. Hacía trabajos en bodas y comuniones. Nos habíamos conocido por casualidad en una de esas últimas, la cena de comunión de una de las amigas de Celia. Teníamos algún amigo común que nos presentó. Yo le pedí su número por si necesitaba un reportaje del coro que yo dirigía en Valencia. Así fue como iniciamos nuestra relación. Al poco tiempo nos estábamos acostando de manera esporádica y sin compromiso. Esa noche habíamos quedado. Mi franja era limitada así que cuando llegué a su casa apenas disponía de tres horas. Me sirvió un Jameson con ginger ale y mucho hielo. A ella no le gustaba beber. Prefería un buen canuto de maría y una Heineken

–Hoy me ha dejado colgada mi novio ¿sabes? –me confesó

–¿y cómo ha sido eso?–le pregunté

–el muy cabrón me ha dicho que tenía una fiesta de San Juan en la playa con sus amigos y que sólo iban tíos–me contó con algo de enfado.

–Puede que luego te llame–le dije.

–¡Qué va! Seguro que se buscará algo con sus amigotes, algo de pago.

–Joder, cómo está el nivel de los jóvenes, en mi época había más seducción y flirteo hasta que caía algo. Ahora no hay espera–me atreví a sentenciar.

Nos desnudamos e hicimos el amor apasionadamente.

Celia no contestaba ni a las llamadas ni a los whatsapps de Virginia, mi mujer.  

Como madre era de las sufridoras en casa. Cuando salía nuestra hija no podía conciliar el sueño hasta su regreso. Siempre pensaba que le habría podido pasar lo peor. Entonces sonó mi móvil. Era ella. Mi mujer.

–¿Puedes estar pendiente por favor? A ver si se emborracha y se queda por ahí tirada, o le hacen algo–me dijo por teléfono. 

–Todo está bien, no te preocupes, estoy aquí con Momparler, llevo el móvil cargado y ahora luego la llamo–intenté tranquilizarla.

–No sé cómo puedes mantenerte impasible, desde luego que no estamos hechos de la misma pasta. No puedo dormir ¿sabes? Le he llamado y no me lo coge. Le he escrito varios mensajes y tampoco me contesta. ¿Qué pasa, que te da igual esto? Eres un padre ausente ¿sabes? No te importa nuestra hija, pasas de todo, sólo te importa tu coro de mierda y tus ensayos. Eres un puto egoísta. Me tienes harta ya. Luego te llamo otra vez–me soltó Virginia de un tirón sin dejarme hablar.

–Yo también te quiero cariño–le dije y colgué.

Después de vestirnos, Desiré me sirvió otro Jameson y ella se fumó un canuto.

Al llegar al párquin Celia localizó el coche de Tiza Roja, abrió la puerta como si entrara en su habitación de casa y se aposentó en la parte delantera derecha. La música estaba muy alta.

–¿Qué estas escuchando, tío?–le preguntó ella.

–Es Freddie, nana, mi nuevo ídolo, ni Bad Bunny ni ostias, Freddie Hubbard–le replicó–trompetista de jazz, un master .

–Me vas a decir que ahora te has aficionado al jazz, ya te vale.

–Estoy aprendiendo a tocar la trompeta, se me da de puta madre. Ya sé tocar la escala de do, me pongo tutoriales de youtube ¿sabes Celín?.

–No me llames así, ¿por qué me dices Celín, tío? ni se te ocurra, ¿tienes eso?

–Te invito yo, pinto dos, una para cada uno.

–Guay–dijo ella.

Tiza Roja sacó su tubito metálico dorado y lo dejó en la bandeja de la guantera. Tenía también un vaso de cubata con vodka con limón y una tablilla como las que se usan para poner el sushi, de pizarra negra. Sobre ella colocó la cocaína.

–¿Has traído la pasta de lo del otro día?–preguntó Tiza roja.

–Sí pesado, sí, aquí tienes tus cincuenta pavos–contestó Celia y le entregó un billete de los grandes.

Tiza Roja preparó las rayas. Celia cogió torpemente el tubito y esnifó media. Luego él se hizo la suya en dos esnifadas, una por cada orificio nasal. Se pusieron cómodos y hablaron de los efectos que producía la droga y de cuánto tardaba en subir. De por qué se le llamaba la madera a la poli, Tiza Roja sabía que era por el color marrón de los uniformes a principios de la democracia. Ella no estaba acostumbrada a la coca, a decir verdad era la segunda vez que lo hacía. Como ella se había dejado la mitad de la suya se la esnifó él la que quedaba. Después le dio unos lametones a la bandejita que quedó reluciente como una patena.

–Yo ya voy ciega tío, ¿no me pegará un subidón de esos to’ chungos? ¿no?–le preguntó 

–Tranqui, está todo bajo control–dijo él.

–¿Cuántas rayas salen de un gramo?–le preguntó ella.

–Unas quince, más o menos, depende de lo tochas que te las prepares.

–Pues a nosotras nos salieron unas treinta la semana pasada del gramo que te compramos, ja, ja, pero las pintábamos finísimas, ya sabes, y éramos cuatro tías a repartir. Por cincuenta pavos está bien, nos sale a menos de dos euros la raya.

–Yo la vendo a sesenta pero a vosotras más barata–le aclaró él.

El tema Red Chalk sonaba en estéreo por los altavoces del Ford. La trompeta de Hubbard con sus trémolos inconfundibles producía una atmósfera de excitación y paranoia dentro del vehículo.

–Estás muy buena ¿sabes?–le dijo él.

–Sí claro, con estas pintas que llevo, hoy nos hemos disfrazado en plan Ibiza party, ha sido idea de Lorraine, ponernos de blanco todas–contestó ella.

–Vamos un ratito a mi casa y escuchamos un poco de música, la que tú quieras.

–Corta el rollo tío, estoy de fiesta con estas, me están esperando dentro–dijo Celia con la voz más alta.

–Venga no seas estrecha, pegamos un polvo aquí mismo–le propuso Tiza Roja con una expresión salvaje en la cara.

–Ni lo sueñes tío, me largo–dijo Celia tajante.

Entonces Tiza Roja bajó los seguros con el botón del cierre centralizado de su destartalado Ford Fiesta y se abalanzó sobre ella besándola en los labios.

–Aparta guarro–le gritó Celia e intentó abrir la puerta del coche con ímpetu.

–No intentes escapar, venga que sé que te va a gustar–le soltó Tiza Roja con una mueca lasciva.

–Abre la puerta ahora mismo gilipollas–gritó ella.

El tipo sujetó los brazos de Celia que sin apenas fuerza no pudieron desasirse de su agresor que deliraba agresivamente. Ella comenzó a gritar más fuerte. Él le bajó la falda y la ropa interior y se puso encima en el asiento del copiloto. Ella gritó aún más para que parase, decía no una y otra vez. Lloraba, gritaba e intentaba librarse de ese monstruo. Intentó agarrarle la polla pero no pudo y se vio impotente ante el violador que además la golpeó varias veces en la cara para que se callara mientras perpetraba su fechoría. Tras dejarla inconsciente abrió la puerta del coche y la dejó en el suelo. Acto seguido se dio a la fuga a toda velocidad.


A las seis de la mañana yo estaba ya esperando en la rotonda, dentro del coche. La mayoría de padres regresaban a por sus hijas. Y esperaban dentro de sus coches como yo. Puse la radio. Sintonicé las noticias. Saqué una manzana y la pelé con mi navaja suiza. Me comí los cuatro trozos que recorté tras quitarle la parte central de la pepitas. Se hicieron las seis y media y Celia no aparecía. No contestaba ni las “Minis” tampoco. Tenía los móviles de todas ellas. Seguí en el interior del coche escuchando un programa de deportes que estaban repitiendo de la noche anterior. Hablé con mi mujer varias veces. Ella seguía esperando como todas la noches de aquel fatídico verano. Con la verborrea del presentador me quedé dormido. A las siete me despertaron las señales horarias con sus seis pitidos inconfundibles, el último más largo, y me di cuenta de que estaba amaneciendo. El espectáculo dantesco se repetía. Esta vez como la parada de los zombies. Ahora no parecían hormigas, parecían gusanos saliendo de un estercolero. Me recordó un documental de National Geographic sobre orugas. Bajé del coche y encendí otro cigarrillo. Pensé en mi hija. No fumaba nunca delante de ella. Me fumé varios antes de que aparecieran a las ocho de la mañana. Lorraine y sus amigas llevaban agarrada por los brazos a Celia que casi no podía andar. Tenía la cara llena de magulladuras. Casi balbuceando me lo dijo con un llanto roto.

–Me han violado, papá.

Con lágrimas en los ojos y maldiciendo al hijoputa que hubiese hecho semejante crimen llevé a mi hija al hospital para que la reconocieran y que los médicos pudiesen curarle las heridas y tranquilizarla pues se hallaba en estado de shock. Cuando llamé a Virginia  para decirle lo que había pasado casi le da un desvanecimiento. Mientras se ocupaba de Celia me fui a poner la denuncia a la comisaría. No sabía qué hacer, si matar a las “Minis” o irme por mi cuenta a la caza del violador. Opté por lo segundo. Pero por dónde podía empezar. Llamé a Momparler y le dije que necesitaba su pistola. Se asustó mucho al oírme hablar así. Mi furia era la de un búfalo herido por la flecha de un piel roja. Antes de marcharme a recoger el arma hablé con Lorraine y con las otras “Minis”. Confesaron que Celia había estado con un tal Tiza Roja de Mislata. 

La pistola de Momparler no era un arma reglamentaria en realidad pero lo parecía. Se trataba de una pistola de aire comprimido de balines. Una réplica de las que fabrican de verdad en Hartford, Connecticut. Un Colt. La recogí. Pensé que los asesinos suelen volver al lugar del crimen y quizás los violadores también pudieran hacerlo. Me dirigí con mi coche al polígono industrial. Llegué en quince minutos y ya no quedaba nadie. Ni una sola persona, ni un solo coche. Era un mar de vasos de cubata, botellas de cristal, bolsas de plástico, restos de papel, colillas y demás desperdicios humanos bajo el sol de junio. Entonces decidí ir directamente a Mislata. Aparqué el coche y anduve por sus calles durante horas tratando de que se produjera el milagro de encontrarme con Tiza Roja cara a cara. Pregunté en los parques, quioscos, baretos de mala muerte y nada. Estaría escondido, pensé, en su casa. Las “Minis” me aseguraron que no tenían ni idea de dónde vivía ni cuál era su verdadero nombre o apellido. Me senté en un banco de la alameda central que atraviesa Mislata de norte a sur. 

Esperé. 

Me pregunté en qué había fallado todos estos años. ¿Había sido un mal padre? Me castigaba con la idea de no haber podido cuidar de mi hija, de no haber sido capaz de protegerla, de ser realmente una mierda de padre, un padre despreocupado. 

Estaba exhausto pero tenía una corazonada. De alguna manera iba a dar con él. Seguí esperando varias horas. Me seguí martirizando con pensamientos de culpabilidad. Acabé el paquete de tabaco. Se estaba haciendo de noche. Pensé en regresar a casa. Fue entonces cuando escuché unas notas desafinadas. Venían de lo alto. Salían de un balcón. Me dirigí hacia el lugar desde donde salían esos berridos emitidos por una especie de tubería sonora. A escasas callejuelas localicé la vivienda. Los sonidos ahora eran más nítidos. Parecían de un estudiante que repasara una escala, un principiante, pero mucho peor que eso. Menudo cretino, pensé. Entonces recordé que Celia me había dicho que Tiza Roja tocaba la trompeta y se me iluminó la mente. Tenía que ser él. Aproveché que una vecina entró en el portal. 

–Buenas noches–la saludé.

–Hola buenas–contestó ella a mi saludo.

–Soy el profesor de música del chico de la trompeta–improvisé como si el mismísimo diablo me dictara las palabras justas para conseguir mi objetivo.

–¿En qué puerta vive? es que no lo recuerdo–pregunté a la mujer.

–¿Rafaelito? En la puerta 25, el sexto piso–dijo ella confiada.

–Muchas gracias señora–le dije.

Subí los seis pisos como si me fuera la vida en ello. Las notas de la escala seguían saliendo de la trompeta como una serie disonante inclasificable. Inspiraban venganza. Me detuve delante de la puerta. Respiré profundamente y la golpeé con el puño tres veces. Luego grité.

–Abre Rafael.

–¿Quién me llama?–preguntó Tiza Roja con sorpresa.

–Soy el padre de Celia–contesté sin dudar. 

Mi intención no era descubrirme. Una fuerza sobrenatural guiaba mis actos. Era yo fuera de mi quien me manejaba. 

–¿Qué quiere?–preguntó él.

–He venido a matarte, ya lo sabes–contesté sin pensar como si no fuera yo mismo quien hablara.

–Yo no he hecho nada, ella fue la culpable–se excusó él.

–Tengo una pistola–le aseguré.

–Está usted loco–dijo él.

–Abre, Tiza Roja, voy a borrarte del mapa, hijo de puta–le dije en tono amenazante.

–No pienso abrir–replicó él con nerviosismo.

–Estoy llamando a la policía, así que tú mismo, si no quieres abrir, esperaremos los dos a que vengan a arrestarte–le grité.

– Aunque también puedes saltar por el balcón si tienes cojones para intentar escapar. Yo te espero aquí por si quieres abrir y acabamos antes, te disparo, te mato, me quedo tranquilo, tu te vas para el otro barrio y yo iré a la cárcel en tu lugar–añadí.

Entonces se produjo un silencio. 

Esperé. 

Al no oír nada pensé que estaba intentando escapar. Se habrá visto acorralado, pensé. Salí a la calle. Miré hacia el balcón del sexto piso. En efecto, Tiza Roja se había descolgado por la canaleta de la fachada y estaba intentando trepar al balcón de la finca contigua. Entonces saqué la pistola de aire comprimido, miré hacia lo alto y le apunté entre las piernas. Era ya de noche y en ese barrio no había gente por la calle. Disparé varios tiros que llegaron certeros a impactar entre las ingles de Tiza Roja. Los balines fueron entrando por las perneras y la bragueta de sus pantalones. Las bolitas entraban como avispas mordedoras, una tras otra. El dolor de los impactos lo desequilibró y no pudo aguantar sujeto por más tiempo. El golpe de su cuerpo al caer sobre la acera de la calle fue como el de un macetero que se desploma desde una terraza azotado por la fuerza huracanada del viento. La cabeza y el cuello se fracturaron en el acto. Sonó un crujido seco como el de una sandía al abrirse en dos mitades. Del bolsillo del tipo salió un tubito metálico dorado.



ANOTACIONES DEL RELATO SOBRE LA ESPERA.

 Situación/presentación:

Un hombre está sentado en un banco de una estación de metro. Aparentemente quieto, estático. De aspecto lánguido, cansado, con ojos grises y perdidos, e inmerso en sí mismo. La estación está vacía, en silencio, a pesar de los ruidos provenientes del subsuelo. Un temblor que agita la tierra anuncia la llegada de dos metros que inundan la estancia como un ola sobre las rocas. Los trenes parten, casi simultáneos, hacia su próximo destino. El ruido metálico y estridente de las ruedas del tren devora y arroja almas a voluntad y sin discreción. Hay quienes prefieren las escaleras de toda la vida, nunca viene mal ejercitar un poco los músculos para despertarse por fin, otros prefieren mantener ese letargo el máximo tiempo posible y escogen subir por las mecánicas, son aquellos que esperan que el propio camino les guie hacia su destino. Unos suben, otros bajan, unos duermen en vida, otros nunca han dormido, algunos hablan con sus compañeros de viaje, otros esquivan hábiles conversaciones cotidianas sobre el mal tiempo que lleva haciendo durante días, o si este año el valencia ganará la liga. Pero todos, de alguna manera u otra, todos esperan.

Personaje:

La estancia volvió a quedar prácticamente vacía, el tiempo se llevó toda alma hacia sus adentros, como acostumbra hacer. Menos aquel hombre del banco, que seguía en la misma posición, con la misma mirada, todavía perdida. Lucía inerte, inmóvil, como una estatua griega, quizá en cierta forma, había alcanzado la inmortalidad. Tras varios intentos fallidos del mundo por devolverle a la vida con su aliento, el hombre comienza a razonar. Su vente es oscura y difusa, al igual que las gentes del andén, sus pensamientos van y vienen por doquier sin detenerse en nada concreto. Pero como si de una gárgola se tratara, aquel hombre poco a poco liberaba a su corazón de la piedra. Despertaba poco a poco de aquel ensueño en el que estaba, su memoria que estaba fundida en la roca, se liberaba de su prisión. El calor que lo había devuelto al reino de los vivos no era otro que la esperanza de reencontrarse con su amor perdido.

Conflicto:

Utilizaré varios flashbacks para explicar el pasado del personaje y la relación con su amor. Es una relación ordinaria, típica, propia, la que todos hemos tenido alguna vez, o la que hemos deseado tener. El protagonista está sumergido en esta situación de estabilidad, pero sufre un tremendo golpe: Su amada ama a otra persona. (Aún no tengo claro cómo va a darse el desarrollo del conflicto, es decir, no sé cómo se tomará el protagonista esta noticia, si romperá la relación, si ella aún sigue amándole y/o mantienen una relación abierta, ni idea.) El asunto es que el protagonista cuenta una historia de amor que se ha visto dañada, y él pretende enmendarla. Lo que él  y el lector desconocen, es que esto ya sucedió hace 40 años, aquel hombre lleva esperando cada día la llegada de su amada, aquel hombre lleva 10 años congelado en el tiempo debido al Alzheimer que padece, y cada día, el tiempo le devuelve a su amor, que baja del tren para llevarlo a casa. 

Notas: La mujer que baja del tren y lo recoge no tiene por qué ser la mujer de la historia de amor. Podría serlo, pero también podría ser su hija, u otra mujer que conoció posteriormente.

Los flashbacks van a ir intercalados por descripciones y acciones en el andén, que intercalarán y se mezclarán con la historia de amor de manera simbólica. 

La idea es explicar que todo el mundo espera, da igual que lo haga consciente o inconscientemente, da igual que lo haga de manera literal, como hace el protagonista, o  que queme el tiempo de espera con algún entretenimiento. Lo importante del protagonista es que ha convertido su espera, en algo tanto psicológico como físico. Ha derrotado al mismo tiempo, a la vida misma, pues ha superado la cadena de causalidad que rige el mundo, y por tanto, de cierta manera, se ha hecho inmortal.

Otra idea/estructura para la historia con espera: "Mi padre tenía 61 años"

 

Mi padre tenía 61 años (Estructura para relato con ESPERA)

 

PRELUDIO

[Aclaración: es una continuación, con cierre, del relato “Mi padre tenía mala suerte”. Lo usaría en parte y editado para que la situación del hijo y su relación con el padre que agoniza sea comprensible]

a)      De estructura: reproduzco la última estrofa de “E lucevan l’stelle”, el aria final de Tosca de Puccini, la que canta Mario Cavaradozzi antes de ser fusilado.

b)     El padre tiene un enfisema pulmonar con aneurisma de aorta. Todo mal, fumador empedernido, un solo pulmón. Quedó internado en la Sociedad Española de Socorros Mutuos de Montevideo hace 4 días. Está solo en ese cuarto, el otro paciente se fue hace un día. El protagonista lo acompaña desde hace una hora mientras la mujer del moribundo, su madre, no irá hasta la tarde.

c)      De estructura: Inserto una anécdota de una semana anterior a la internación [cuando pide que lo dejen conducir su camioneta pickup]

d)     De estructura: Inserto además una breve referencia de la hermana (ausente) del protagonista, datos que no están en “Mi padre…” pero que serán fundamentales para entender la vuelta de tuerca final [el XXXXX].

LA ESPERA 

[Considero que aquí está la espina dorsal de la historia. Quizá sea en 2da persona -le habla en voz alta- o como una conversación telefónica de la que se oye a una sola parte]

a)      a) Es temprano en la mañana de un jueves, el protagonista decide tomar un café con medialunas en el hospital antes de ir a acompañar a su padre. No lleva ningún libro, decide comprar el periódico para entretenerse mientras lo acompaña. Se sienta en la cama vecina que está libre. Empieza a recorrer el periódico. Llega el médico, es joven, de unos 35 años, apenas unos pocos más que él. Le dice que esté preparado pues su padre está cerca de colapsar, sucederá en pocas horas, quizá no llegue ni a una. Al retirarse el médico el protagonista deja el periódico, ahí comienza LA ESPERA. Mira a su semiconsciente padre, repasa en un flashback a alta velocidad los 33 años de su vida reflejados ahora en ese moribundo. Le habla, el padre parece que escuchara suspirando y abriendo los ojos, llega a mover los labios pero no dice nada [aquí va parte de su visión de lo que le ha tocado vivir como se insinúa en el texto de “Mi padre…” pero con más detalles del protagonista: hechos y suposiciones, detalles y nebulosas, incógnitas y certezas, reproches y agradecimientos] Revisa su conciencia, se pregunta por qué tienen ese rechazo mutuo; al fin y al cabo, el protagonista no le ha fallado ni traicionado nunca. Mira a la vida de su padre: frustración tras frustración, sueños inalcanzables, mucha bebida, poco hogar, mucho cigarrillo, ningún ejercicio, cero amor -o no- no sabe, cero comunicación –seguro- y siempre.

b)     b) Momentos finales de la agonía: aparenta una lucidez momentánea. Al protagonista le viene a la memoria el aria favorita de su padre (“E lucevan …”). Le recuerda al padre que cuando trataba de cantar, y tanto su mujer como su hija (madre y hermana del protagonista) lo callaban por no hacerlo con entonación perfecta (ellas tienen oído absoluto y perfecto y, no sólo el oído). Gustaba de la zarzuela, era fan de Caruso y Gardel pero sólo cantaba si no lo oía nadie. La inquisición tonal no perdonaba.

 ESCENA FINAL

a)       El protagonista ve que su padre se agita violentamente, intuye que es el final. Le toma la mano. Unos minutos después su padre se incorpora y con los ojos muy abiertos habla con claridad, dice: “XXXXX” y expira. Exactamente lo que el protagonista no quería oír.

REFLEXIÓN

a)       Aquí está el fin de LA ESPERA. Nada ha cambiado, piensa que ni al expirar, ni siquiera en el último atisbo de vida, llegó la redención que esperó de su padre. Hasta se habría conformado con un simple reconocimiento de su existencia. Entonces dice:

 “Soy fuerte. Gracias papá, gracias mamá. No necesito que me queráis. Sigo siendo un superviviente”.


ACLARACIÓN MUY MUY MUY IMPORTANTE:

Los conceptos que incluyo en este esquema de relato empezaron como un ejercicio propio y aislado allá sobre mediados del 2019. Quedaron inconclusos y sin revisar, lo llamé entonces “Un viaje por la vida”. En febrero de este año empecé con otro relato relacionado, se llama “Mi padre tenía 61 años” (lo uso parcialmente para este proyecto). Más tarde, cuando no encontraba nada que considerara de cierta solidez para el concurso de Fuentetaja del taller anterior, desarrollé una parte de “Un viaje…” como para armar el relato de “Mi padre…”.  Ahora resucito, con cambios y ampliaciones, aquel otro de febrero de este año. No sé si ha sido reciclaje o refrito; lo primero bueno, lo segundo no.

Resulta muy cercano a ciertas situaciones de “Dicen los síntomas” de nuestra querida Bárbara. Aprovecho para reafirmarle a esta amiga y brillante escritora que puede quedarse tranquila, no reclamaré por el “plagio”... Eso sí, discrepo con lo que le adjudica al padre de la protagonista de la novela cuando sostenía: “…Puccini hacía música para niños”. Esto, en boca de un aficionado a la ópera, por más insufrible que sea esa persona, es inverosímil …

¡Sin humor no se puede vivir!

lunes, 9 de noviembre de 2020

Algunas ocurrencias en espera.

 Quisiera trabajar varias historias atravesadas por la espera, por una espera que no es la misma pero que se solapa, que está hecha del mismo tiempo. Varias historias que orbitan en torno a un mismo lapso central. Quizá sean cuatro relatos con líneas de fuga que van a encontrarse... Quizá luego podamos escoger uno, no sé... Quizá sea poco concreto.

Uno: Alguien espera el pedido de una cena en casa, pero el pedido no llega (en "dos" sabremos por qué). Mientras tanto, sucede una ruptura de pareja. El tiempo es presente y la voz es la del personaje (un personaje infiel, cargado de culpas y de miedos, que vive en la espera perenne de ser descubierto). Tal vez sea un diálogo en la que sólo escuchemos la voz de él. 

Dos: La voz es de la madre de un repartidor de Uber eats, que murió atropellado mientras llevaba un pedido. Se dirige a él, en tiempo pasado. Relata su espera aquella noche en que no regresó a casa, algo de la historia familiar (experiencia de migración y exclusión) y el trance que supone la donación de los órganos de él (aquí habrá algo de contestación a esa exclusión xenófoba).

Tres: Habla la cirujana que espera la llamada en una guardia de trasplantes. Está localizada en casa... Muestra lo cotidiano, lo vulgar, el contrapunto material de un trasplante de órgano. Relata en primera persona qué significa una guardia y desvela la cara oculta (pecuniaria) de los trasplantes, desde una posición algo frívola y de privilegio (?). (También la vulnerabilidad por ser mujer en el mundo machista y ambicioso de la cirugía de trasplantes).

Cuatro: La voz es de quien espera un órgano y relata la experiencia de enfermedad y la perspectiva salvífica de la operación. En pretérito perfecto de indicativo (“me han llamado para el trasplante”).

Varias esperas hechas del mismo tiempo y hechas de varios anhelos que podrían ser uno solo: trascender en el deseo de la carne y el amor y el perdón, trascender en la maternidad y en la búsqueda de la prosperidad y luego en la muerte, trascender a través del oficio y de la ambición, trascender a través de la enfermedad. No sé.

domingo, 8 de noviembre de 2020

Adelanto

 Sobre el proyecto: 

No se si sea la intimidad del suicida, o la espera desde el acto detonante hasta el momento de silencio. Se que al final me gustaría jugar con el espacio en blanco de la hoja. 

El personaje será hombre y no tengo claro por qué se mata, quizás tenga que decirlo el lector, quiero que haya pistas en el relato, pero no quiero que sea evidente. No se si sea deformación profesional o el invierno pero estoy escribiendo cosas deprimentes ultimamente. En fin, es lo que sale. Llevo algo adelantado, aquí va: 

UNO

Palpita en la palma de mi mano la palanca de cambios. Se confunde la línea de la vida con la que indica la quinta velocidad.

Quien sea capaz de ver el destino en un pedazo de piel agrietado tiene toda mi admiración. Siempre he tenido cierta envidia de la certeza de los adivinos y los creyentes, esa capacidad implacable de aferrarse a la fe, de enceguecerse frente a una realidad que indica todo lo contrario. Es como una especie de terquedad mística la de esa gente, un agarrarse a la vida a cualquier precio.

El intelecto acaba siendo una trampa para los otros, para los ateos, para gente como yo. Acá estoy pasando mecánicamente de segunda a tercera, atento como un imbécil a las revoluciones del motor, el ronroneo contaminante de la velocidad. Sin nadie a quien rezar.

Ahora que lo pienso tenía dos ángeles de la guarda cuando era chico. Mariano se llamaba uno, como mi abuelo. Creer en Dios siempre fue mucho para mí, pero podía creer perfectamente que los ángeles de la guarda existían y que podían ser como a mi se me diera la gana. Esa ilusión que uno tiene cuando es chico de que va a crecer y las cosas van a ser como a uno se le de la gana. En fin, Mariano, le monté un departamento en mi imaginación y le puse una pecera a la que mandaba a parar a los peces que se me iban muriendo a mí. Al final Mariano se sintió solo, y le inventé otro ángel, pero ese ya no me acuerdo cómo se llamaba. Hubo un tiempo en que cerraba los ojos y me entretenía hasta dormirme hablando con ellos, haciendo que ellos hablaran. No sé cuando dejé de visitarlos. Me pregunto si seguirán viviendo en el mismo lugar.

Al final uno no cree en nada, yo no creo en nada, y ahora, viendo las luces verdes, amarillas y rojas de estas calles que me sé de memoria, ya no creo ni en mi mismo.

Todos los días hago el mismo camino: salgo de casa con sabor a café y dentífrico. Antes le doy un beso a mi mujer. Un beso trámite, un beso burocrático, es como tener que pasar por el banco todas las mañanas, pero un poco mas breve y más húmedo. Le doy un beso a mis hijos cuando se dejan y medio a la fuerza, todavía estarán unos años jugando a ser unos adolescentes insoportables, antes de convertirse en unos adultos-ratones que darán vueltas sobre unas ruedas hasta cansarse y morir.

Uno tiene hijos para eso, para enseñarles a participar en el mundo. Hay que domesticarlos para que estudien, para que busquen trabajo, para que tengan destellos de felicidad que al final de sus vidas puedan contar con los dedos de una mano, y tengan hijos a su vez, y hagan lo mismo con ellos.

Miro mi vida y no tengo claro en qué momento decidí cada cosa, creo que en realidad no decidí nada, es como si el tiempo hubiera hecho conmigo lo que yo hice con Mariano y con el otro: ponerme ahí, darme un departamento y una pecera, darme una mujer y unos hijos, y después desaparecer y dejarme  olvidado, y no tengo más remedio que repetir una y otra vez lo mismo, el mismo camino a casa, los besos sin ganas, el ronroneo del motor, el sexo los viernes a la noche.

DOS

Uffff hoy es viernes y ahora es de noche. No quiero llegar, me voy a poner a la derecha para ir mas despacio, quien tenga prisa que me pase por al lado, o que se aguante, tengo derecho a no querer llegar. No sé como es que quieren llegar ellos. De pronto me pregunto qué fue lo que hice mal, si es que hay algo de la vida que no entendí bien, o alguna instrucción de esas sabias que me dio mi madre que no escuché del todo, porque veo a la gente desesperada con ganas de llegar y yo no quiero.

Por más que fuerce en mis manos el recuerdo no consigo acariciar a mi mujer y sentir algo que trascienda la costumbre. Creo que si ella no estuviera yo solo podría masturbarme los viernes en la noche, así de impregnada tengo ya la práctica, así de automática.

He pensado en comprarme un automático, pero creo que pasar los cambios es lo más parecido a un deporte que hago. En cierto sentido es como bailar: escucho el motor y le contesto, veo gente cruzando y me detengo, y bajo a segunda y a primera y él responde, y si lo toco mal, si me salgo del tiempo, entonces se ofusca y se apaga y no me queda más remedio que volver a empezar.

Me pesa el pie derecho todas las noches en el periférico. Cada día tengo que luchar contra la fuerza de gravedad del barranco que me activa el cuerpo, como la quinta velocidad, como la palpitación en el corazón del volantazo. El último baile y los dos volando.

TRES

La primera vez que volé tenía 18 años. También fue adentro de un auto ahora que lo pienso.


martes, 3 de noviembre de 2020

Aves de rapiña

 

La rapiña. Curiosa actividad a la que estamos condenados los de nuestra especie. Desplegamos las alas y el viento las impregna, las abraza, las esponja. Somos capaces de decidir en qué parte del cuerpo queremos que nos dé forma el aire, nuestras plumas albergan siempre la posibilidad de una inundación etérea.

Planeamos allí a donde se quiebran las piedras, entornamos los ojos y nos dejamos caer suicidamente cada vez, un salto al vacío tras otro, un voto más de confianza a la certeza de las plumas. Círculos, hacemos círculos y óvalos. Hacemos círculos infinitos y óvalos mientras descendemos en la dirección que nos va marcando el pico. Un pico siempre hacia abajo, tan jodidamente predecible y desgarrador, capaz de clavarse en la carne y romperla sin amor, sin cuidado, como quien destroza con las manos un pedazo de papel. Un pico que solo sirve para eso, para romper, para destripar la carroña, las fibras podridas y descompuestas de otros cuerpos.

Vivimos al acecho y el acecho es en realidad espera. Estamos presos de nuestra presa. Es mentira nuestro poder, es mentira nuestra fuerza, lo que nos toca cada día es esperar a que algo pase, a que algo muera, estamos atrapados en la inmensidad de una montaña que con el hambre se nos vuelve pequeña, tenemos una visión aguda a la que no le importa el horizonte porque solo mira el punto fétido y cuando lo mira, nos dirige. Señal de que pronto habrá que volver a empezar.

Estas garras, estas uñas que nos sostienen en la piedra, en la rama frágil y seca, estas manos amarillas y cuarteadas, oportunistas y feroces, estas manos nuestras que no acarician, que no aplauden, que no tienen lágrimas que secar, estas pinzas ladronas destrozan los nidos, roban a los cachorros y los vuelven manjar, estas manos/ patas que casi no sirven para nada más, se proyectan como un disparo sin remedio sobre cualquier cosa que puedan apresar.

Planicie gris con líneas blancas y amarillas sobre la que rebotan los rayos del sol, estrías que se ondulan hacia arriba nuevamente en un vapor invisible. Puntos rosas que se mueven, que me miran. Emiten sonidos, se comunican, se desperdigan sobre las hierbas como si tuvieran miedo, agazapados sobre sus patas largas juegan a desaparecer en la maleza y pierden.

Los miro porque no se hacer otra cosa, porque tengo hambre siempre, los miro y mis plumas se ponen en alerta, el viento me da en la cara y respiro, el pecho se me llena de vértigo y de vacío. Las alas se preparan y se erizan, liberan partículas de polvo que bailan con la luz, se van abriendo, configuran sus ángulos. Mis garras abandonan la rama, me dejo caer, precipitado por lo vivo.

Me miran. Me miran con algo gris y largo que se ponen en los ojos. Siguen agazapados y quietos pero me miran a través de ese instrumento, me siguen, acompañan con él mi vuelo,  uno se adelanta, adivina el instante siguiente de mi cuerpo. Ensordece el estruendo.

 

Romina

Objetos perdidos

 Mi camiseta favorita ha desaparecido. Seguro que ha sido ella, ha entrado a espiarme, a rebuscar en mis cajones. Vivo en una zona libre de privacidad.

—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mamá!


—…


—¡Mamáaaaaaaaa!


—Acabo de perder un diez por ciento de audición, pero te escucho. 


—¡Me has cogido la camiseta roja de tirantes!


—¿Cuál de todas?


—La de los flecos. 


—¿La de los flecos dorados en forma de alas angelicales?


—Sabes perfectamente cuál.


—Sí, me la puse para salir en el último videoclip de Beyoncé y se me olvidó lavarla para devolvértela intacta, cariño. Siempre había querido lucirla, pero no encontraba la ocasión.


—¡La necesito!


—¿Por qué no te pones cualquier otra cosa? Total, luego le plantas esos filtros que os dejan irreconocibles. A ti y a la camiseta. 


—A segunda hora tengo examen oral de Inglés y me da suerte llevarla. Es mi amuleto. Sin ella no podré enfrentarme a los phrasal verbs


—¿Por casualidad no habrás visto las llaves del coche?


—…ni a los cuchicheos de la última fila, ni a las risitas sin rostro cuando me equivoque delante de toda la clase. Me da un poder casi sobrenatural.


—El nailon bueno suele producir ese efecto. ¿Dónde se habrán metido esas llaves con patas?


—Estarán en la cocina. Siempre las tiras en el frutero. Las peras son las que más sufren sus ataques aéreos. Más bien son llaves con alas.


—¡Encontradas! ¡Vámonos!


—¡No pienso ir al instituto sin la camiseta!


—¡Haz el favor de subir al coche ahora mismo! No tengo tiempo para resolver cuestiones de estado, los alumnos del «Taller de estrategias para la mejora de la comunicación familiar» me esperan.


A mos redó - Na Jordana (alternativa, hasta con 3 adjetivos, para el ej. Nº12)

  A mos redó - Na Jordana Los veo, ¿me veo?, casi todas las mesas de la terraza ocupadas, son vecinos del barrio, aquí es raro ver turista...