martes, 30 de marzo de 2021

ejercicio situación cotidiana que se va tensionando

                                                                    Gracias cariño

Hampton, Connecticut

Es la noche de acción de gracias. Un pavo está sobre la bancada de la inmensa cocina de la casa de los Whitbeck. El pavo está listo para ser horneado. Kevin es el padre. A Kevin le gusta mucho la cerveza y además por nada del mundo perdonaría el partido de fútbol de la NFL que como todos los días de acción de gracias se retransmite para todo el país en abierto. Kevin también es el cocinero. Sus pavos siempre han sido espectaculares. Mantiene una receta secreta de su familia. A Sandra, su mujer, no le importa que Kevin cocine. Le encanta que en este señalado día sea él quien ejerza de jefe y ella de pinche. Últimos 45 minutos de cocción. Kevin le dice a Sandra que baje la temperatura del horno a 175 grados y que quite el grill. 

–Ahora voy cariño–Sandra asiente y dice que ahora va.

–has bajado el horno?–Kevin insiste.

Sandra dice que sí, que ahora enseguida, que en este momento está poniendo el gravy en las salsera y que en un minuto lo hará. Sandra no lo hace. Kevin grita la consecución de un tanto de su equipo. Kevin se bebe su quinta cerveza. Sandra se pone a hablar con su padre y se olvida completamente del ave que sigue cambiando de color dentro del horno. Sale humo. Huele a chamuscado. El partido cobra emoción. Kevin bebe su sexta cerveza. Sandra discute con su madre. Sandra está nerviosa. Kevin pregunta por el pavo. El pavo está completamente negro. Carbonizado. Sandra grita. Kevin grita. Se insultan. Se echan la culpa. El pavo huele fatal. La casa se llena de humo y huele a incendio. Se insultan, más. Se siguen echando la culpa. El equipo contrario marca un gol. Kevin se enfurece más. Sandra apaga la tele. Kevin la enciende. Sandra le tira una cerveza a la cara. Kevin dice:– “me voy”. Sandra dice:– “lárgate”. Se escucha un portazo. Sandra llora. Kevin estrella el coche contra un árbol del jardín del vecino.


El color de los cerezos - (ejercicio Nº6, v. 2.2)

 

El color de los cerezos (2.2)

 

Vayamos a la barra, está vacía, allí no llega esa música estridente de la pista, no soporto las marchitas. De acuerdo, yo tampoco, además, quiero beber algo, hace calor ¡Qué fiesta!, nosotros no tuvimos nada parecido, ¡qué lindo que María Jesús disfrute tan plenamente su fiesta de casamiento. ¿Qué te pido? Champán. Bien, un Fond de Cave Brut para la señora, yo, Chivas Regal, con hielo, por favor.

¿Sabes?, me encanta mirarte, estás deslumbrante, ese vestido de Saks te queda muy bien, así, ceñido a las caderas y, jaja, a tus elegantes 52 quilos, ¡qué caída la de esa viscosa!, fina, liviana, marca tus formas, hermosos los dibujos de flores sobre blanco, las mangas hasta el codo, bien por las hombreras, el escote, ¡qué clase!, una V profunda y larga, combina perfecto con tu metro setenta de altura. Me gustan las sandalias, te atreviste con tacones pronunciados, perfecto el talón desnudo con una tirilla angostísima. Las conseguí en Porta Portese, en Roma, nunca sabes lo que puedes encontrar allí. Estás más tostada que yo, válgame, cómo resaltan esos ojos tuyos, bellos, felinos, incontenibles. Para mis adentros pienso, tampoco yo estoy mal, un metro setenta y cuatro, 70 quilos; estoy enfundado en un traje Pierre Cardin de 3 piezas, paño tropical color arena, peligrosamente claro, elegí una corbata de seda italiana roja y marrón para contrastar, el nudo clásico, la camisa blanca. Por el color de nuestras pieles es evidente que estamos a fines del verano, hicimos bastante playa oceánica.

Sé que no te entusiasma la música movida. También sé que no tienes límite para mirar mujeres a diestra y siniestra y, si son atractivas, te quedas como congelado. Bueno, bueno, ¿qué me quieres decir con eso? Me llevo otra vez el whisky a los labios mientras, miro sus ojos, es extraño, ahora proyectan melancolía. Ya terminaste tu Fond de Cave, oye camarero, ponle otra copa de champán a mi mujer, Chivas a mí, y más hielo. Prueba las castañas de cajú y los palitos de queso, ¡están súperrrr! No tengo ganas en este momento. Noto, para mis adentros, que me quiere decir algo, lo veo en su mirada que no es la de siempre. ¿Has visto qué divina está Alicia? No la conozco, el Chivas está muy rico. Que no la conoces me dices, pero la seguiste con la mirada cuando pasó cerca. ¿Tampoco conoces a Raquel?, se pavoneó con ese escote descomunal caminando provocativamente, se cree que está sobre una pasarela. Oye, baja un poco la voz, no, no, no le noté nada especial, además, estaba de espaldas a ella. ¡Cuándo no!, esta desfachatada se sentó en el puf donde estabas tú, vale, a tus espaldas, pero bien que se te pegó restregándose contra ti. Claro que no la mirabas, pero la sentías. Bueno, bueno, qué quieres, yo no tengo nada que ver, fue ella la que vino y se sentó en el mismo puf. ¿Qué buscas con tanta reprimenda?

Has terminado tu champán, te pido otro. Camarero, Fond de Cave para la señora y completa mi Chivas, más hielo, gracias. Si te hablo de todas las veces que miras lascivamente a otras mujeres no sé cuándo terminaríamos. Ya es demasiado, y ahora mi marido pone su mano sobre la mía como si nada pasara, ¡qué caradura!, callo, no digo nada, miramos los invitados bailando en la pista, también a los que sólo conversan. Sigue tomándome la mano mientras se fija en esa chica, ¿será posible? Retiro mi mano. ¡Ya te pesqué otra vez!, le clavaste los ojos a la rubia, no parece mayor de 18. No me lo niegues, te vi hacerlo sólo unos pocos segundos atrás y para colmo, me tomas la mano. El otro día lo mismo, me hablabas sin pausa de Graciela, dijiste que tiene 18 años también, dices que la quieres transformar en modelo top. ¿Acaso necesitas fotografiarla sin sostén para eso? Sabes muy bien que es mi trabajo, soy un profesional serio y, no sólo eso, también debo hacer funcionar las RRPP y su imagen en los medios. Sí, y ya que hablamos, te cuento que el otro día la llevé al cocktail lounge del Columbia para que mi cliente, Bukaloff, el amigo de tu papá que tiene la fábrica de lencería y trajes de baño, la conociera en persona, se la he propuesto para que liderar la campaña de esta temporada, ¡yo la descubrí! Ahora confiesas que has salido con ella y, ¿qué me dices?, acaso la chica rubia que te comías con la vista hace apenas un minuto, ¿era también trabajo? Las observo porque son la materia prima de mi trabajo, soy un artista, y muy creyente, ¡admiro la obra de Dios, ja ja!

Póngame otra copa de Brut. También este barman es otro mirón, como si nunca hubiera visto una mujer. Y Chivas para mí, por favor. Ahora, ya que estamos hablando a calzón quitado, mi divina mujer, ¿a qué viene todo esto?, sólo me recriminas o, ¿qué buscas? No las resisto, son muchas cosas, las dejé pasar, pero ya no da para más, me molesta y mucho. Sigues actuando igual, ya mismo mientras te hablo, tu vista se posa en la mujer de Esteban, anímate, ya que eres un artista dile que no le vendría mal bajar unos quilitos. Sabes que se ofreció para trabajar de secretaria en el estudio, y está más que calificada, habla cinco idiomas y tiene un MBA. ¿Vas a terminar o seguirás arrimando leña al fuego? El Chivas no me calma, tengo ganas de irme. Mira que sé mucho más de tus andanzas de lo que te imaginas, como con esa amiguita tuya, Susana, la que te llamó a casa casi a medianoche, ¿era también por trabajo? O la María del Rosario, mucho instituto de monjas, familia de chupavelas, pero es más loquita que lo que se puede uno imaginar, hasta se atrevió a hablarme para que la tomaras como asistente, para la entrevista contigo se fue de hot-pants brevísimos y una blusa casi transparente. ¿Y qué me dices de cuando estás con tu discreta Mehari, tapizada de carteles del estudio y entras a hoteluchos de dudosa reputación? Hago muchas tomas on location, eso lo sabes, bueno, si tanto te molesta mi trabajo y quieres hacer tu propia vida, te ofrezco la libertad, cada uno por su lado, pero te repito, yo te amo sólo a ti. Así que estás en machito, me ofreces la libertad cuando eres tú el que se la toma a cada minuto sin ni siquiera pensar en mí.

Oye, tráeme más Fond de Cave. Vale, vale; yo sigo con el Chivas, pon más castañas. Me quedo callado y sorprendido, sus ojos ya no tienen aquella mirada melancólica de cuando nos sentamos en la barra, se han transformado en estiletes fríos, punzantes, agudísimos, prontos a destruir donde se posen. No respetas nada, ni siquiera a mi amiga que te recomendé para arreglar la contabilidad de tu empresa, al tiempo la despediste para así poder seguir siendo amantes sin lazos laborales, ambos lo sabemos muy bien, ella me lo confesó. Mira, te vuelvo a decir que tienes razón, he hecho cosas que no están bien, todo lo que has hablado es cierto y hay muchas más cosas aún, estoy dispuesto a dejarte libre y tranquila, pero tienes que saber que, haya hecho lo que haya hecho, todo ha sido sin amor. No quiero que estés mal, yo sólo te quiero a ti, y mucho, pero estoy dispuesto a perderte para que no sufras más. Otra vez silencio, el barman amaga a traer más bebidas, no, por ahora no, gracias, mi admirable mujer sigue callada hasta un: voy al aseo y vuelvo en un minuto.

Ella se levanta alejándose de la barra. Hablo conmigo mismo mientras paladeo el Chivas restante del vaso en mi boca. ¡Qué cuerpo escultural!, fíjate, esas pantorrillas tostadas por el sol de la playa y, cómo se contonean sus generosas caderas, qué hermoso el cabello acompañando el movimiento a sus pasos decididos con suaves ondulaciones, esos talones desnudos en las sandalias con tacón stiletto de Porta Portese. Camarero, ¡escúchame!, ahora sí, ya puedes reponer las bebidas, gracias.

Listo, ya está, dice mientras se sienta en la banqueta de la barra, veo que su mirada ya no es del estilete afilado de hielo dispuesto a perforar cualquier alma, es la bondadosa de siempre. Te veo más distendida ahora, luego de ir al aseo. Sí, sí, pensé un poco, ¿sabes?, está bien, si todo fue sin amor no hay problema. Ah, me terminaré el champán, yo haré lo mismo con el Chivas, pero, vayamos ya a bailar, están pasando temas lentos, oye, han puesto a Manzanero en Somos Novios, ¡nuestro favorito!

 

Somos novios

pues los dos sentimos mutuo amor profundo

y con eso

ya ganamos lo más grande de este mundo

 

Nos amamos

nos besamos como novios

nos deseamos

y hasta a veces

sin motivos, sin razón

nos enojamos

 

Somos novios

mantenemos un cariño limpio y puro

como todos

procuramos el momento más oscuro

 

Para hablarnos, para darnos

el más dulce de los besos

recordar de qué color son los cerezos

sin hacer más comentarios, somos novios

 

Somos novios, sólo novios

siempre novios, somos novios.



lunes, 29 de marzo de 2021

Ejercicio tenso

Corteza


—Es todo como muy abstracto de contar, pero os prometo que se ve.


—No es la primera vez que intentas colárnosla.


—Todavía recuerdo la cara de tontas que se nos quedó con el telescopio nudista.Todas como idas apuntando a las ventanas de los vecinos. ¡Fuego a indiscreción!


—O cuando nos juraste, por tu abuela y por tu perro, que se nos rizaría el pelo si nos lo restregábamos con ajo todos los días. 


—Casi nos tiran de clase por apestosas. ¡En mi vida había pasado tanta vergüenza!


—Esta vez no os miento, de verdad. Venga, acercaos.


—Tú primero, Ana. Eres la hija de la alcaldesa, te toca por autoridad.


—De eso nada. Amalia es la hija del sargento, le toca por seguridad.


—No, ya no lo soy.


—¿Desde cuándo?


—¿Y tú desde cuándo eres periodista?


—Va, Ana, siempre has sido la más valiente de todas, que no se diga.


—Esta bien, ¡pero si me quedo sin ojo tendréis que financiarme uno de cristal entre todas!


—¡Que sí, pesada!


Apoyó la frente, la mejilla y la mirada sobre el tronco agujereado del algarrobo y ya nunca más volvió a dudar de su amiga. 

Ejercicio de la tensión

 Polvo y sal visten las costas de Almería y la base Ferrol no era diferente. Amanda y yo esperábamos en tierra a nuevas órdenes. Hacía ya un par de semanas que no salíamos. Los chicos lo llevaban peor. Nosotras nos entreteníamos como podíamos mientras estábamos en calma chicha. Nos hacíamos selfies con los rifles, escuchábamos extremoduro y compartíamos el ron cada noche. Ellos solo fumaban. Miraban el mar negro sobre el cielo negro y estrujaban los cigarrillos hasta quemarse los dedos. A los hombres no les sienta bien el mar. La marea se les sube a la cabeza y pierden el equilibrio, y cuando la polla solo les sirve de ancla, son como bestias salvajes. Amanda se acercaba de vez en cuando a hablar con ellos con la cautela de una domadora de serpientes. A ella la toleraban, incluso le invitaban a un pitillo si no hacía mucho calor, yo como era la nueva, siempre me llevaba algún gruñido que otro por estar ahí. Las noches eran lo más difícil para mí, los catres parecían construidos con piezas de Lego y el colchón era tan fino y blanco como la mantequilla sobre el pan. Había noches que el techo me aplastaba contra la cama y no me dejaba respirar y el silencio era tan insoportable que enmudecia al resto de cosas. En esas noches, Amanda silbaba sinuosa y yo acudía en su llamada. Ella me cubría con la manta y me contaba historias sobre su novio, que era profesor y que las fotos que nos hacíamos con los rifles y los uniformes se las mandaba cada noche, que el rifle que más echaba de menos era el suyo y que cuando la dejasen marchar de allí, no solo temblaría Almería, sino que toda Andalucía cantaría dando palmas y golpes de tacón su esperado encuentro.

Tras un par de semanas de vientos bajos, uno de los chicos nos dijo que nos preparásemos, que esta noche salíamos. Amanda y yo nos miramos, el viento se alzó violento y su sonrisa se extendió más allá del horizonte, se me revolvieron las entrañas y los pezones se me afilaron como escarpias. Estaba contenta, pero también asustada.

Sonó la sirena y cuando me quise dar cuenta ya estaba con el uniforme y el rifle al hombro. Recuerda Andrea: lo primero los salvavidas. Carga. Descarga. Las cuerdas, los remos, los víveres, las armas. Respira. Uno, dos, respira. ¿Dónde está Amanda? Foco, luces, los cabos, el ancla. El rifle siempre cargado, que no se moje. Recuerda la instrucción y ante cualquier  amenaza tiro entre ceja y ceja.

—Andrea, ¿Qué haces ahí de pie? Ven. Estos son Marcos y Rubén, el resto están en la otra lancha. —dijo Amanda.

— ¿Tu eres la del traslado, no? No sé cómo haríais las cosas en Barcelona pero aquí las hacemos diferentes. —Dijo Marcos.

—Lo hará bien, tranquilo.

La marea rompía contra la lancha con furia. El mar escupía brea negra que se colaba en la barca y nos calaba hasta los huesos. Parecía que bajo él habitaban enormes anacondas y demás bestias del abismo. Interceptamos a una balsa roja, en mitad del océano, repleta de cuerpos que se desbordaban como la mala hierba fuera de una maceta. Un joven de negra piel pedía como podía ayuda en un español casi incomprensible y un centenar de voces  tras él explotaban un eco procedente del mismo infierno.

Marcos le preguntó cuántos eran y si había más de ellos. Tenemos que saber si hay más por ahí, ¿me entiendes? No más, le decía, otros muertos, caídos. Ayuda por favor. ¿Hay niños? Le preguntó Marcos, y el joven africano negaba con la cabeza y repetía agua, ayuda, mientras se acercaba a nuestra lancha. ¡Atrás te digo! no te lo repito, ¡Atrás! Le dijo apuntándole con el rifle. La balsa sollozó y gritó con la rabia de un  hombre mudo. Amanda y yo también les apuntamos y les gritamos que se tranquilizasen, que les íbamos a ayudar. ¿Dónde está el dinero? Dijo marcos. No dinero respondió. Sí dinero. ¿Dónde “malon”?, No dinero. Las aguas estaban agitadas, estaban furiosas y respondían golpeando con violencia la lancha del cuerpo de guardacostas. Los viajeros de aquella balsa tenían el horror y la desesperación cosidos al rostro. Gesticulaban agitados los brazos y las quijadas en un idioma que sí que entendí perfectamente, un idioma que exclamaba ayuda. Pero un fogonazo de luz retiró las sombras por un instante, y vi la realidad sin maquillaje. Vi que la desesperación no tiene rostro, sino que tiene muchos, el de hombres, mujeres y niños que gritan con todo lo que son desde unos ojos más negros que el mismo fondo. Tras el disparo, la balsa se desbordó como un plato de fideos con demasiada sopa. Algunos intentaron subir a la lancha, pero no lo consiguieron. Sucesivos destellos de luz ahogaron la balsa de los lamentos hasta el fondo. Todos disparamos, hasta vaciar el cargador.

Once_versión final ?

 

Once

En mi pecho, el reloj de sangre mide el temeroso tiempo de la espera.

Jorge Luis Borges

No me esperes - me dijo Laura poco antes de que las puertas del Caledonian Sleeper se cerraran a las 23 horas 4 minutos. Había comprado un sándwich de jamón con mayonesa y mostaza, unas chocolatinas y una Coca-Cola en el Tesco Express de al lado de la estación central; mis provisiones para ocho horas de viaje hasta la capital.

El olor a nuevo de los asientos me provocó arcadas, respiré profundo, como me había enseñado mi profesora de yoga. Inspirar profundamente y expirar de formar suave, mano de santo contra los ataques de ansiedad.  Aquel tren nocturno del siglo veintiuno ahora incluía cargadores USB, por suerte, donde conecté mi teléfono nada más sentarme. No lograba obviar aquel dolor que me golpeaba desde dentro con una cadencia que podría confundirse con una contracción, fantaseé. Sí, aquello era el fin de un amor que apenas había sobrevivido a base de espasmos; pero me aterraba la nada que dejaba detrás. Una nada vertiginosa.

Me prometí no llorar, les ahorraría un espectáculo a mis no-compatriotas, pasajeros del tren. Laura y yo llevábamos saliendo tres años, dos de los cuales habían sido a distancia. Ella en Glasgow y yo en Londres, esperando al próximo fin de semana, al próximo mensaje, esperando a que sucediera, que alguna de las dos se decidiera, por fin, a seguir a la otra.  Esa parecía ser yo: la pluriempleada, mal pagada ¿qué más me podía ofrecer Londres? me preguntaba Laura cuando caíamos en la tentación de analizar el porqué de nuestro presente en pausa. Tenía veintisiete años, cuando muchos a mi edad se habían quitado la vida, yo sentía que no había empezado a vivirla. Me la pasaba esperando, pero ¿qué pinche vida era ésta?

Conecté los auriculares y me los enganché bruscamente, buscando crear un universo paralelo que me aislara de las voces de los Hooligans que me habían tocado como vecinos. Las rupturas siempre son un lugar feo. Era como si quitar la incógnita del amor de la ecuación de mi vida desordenada hubiera hecho que los cimientos se desplomaran, ridiculizándome, dejando al aire mis trapos sucios. Ahora sentía que ya había pasado por eso antes, pero los anticuerpos me habían abandonado y volvía a ser vulnerable, en aquel tren nocturno.

Lo intenté, pero no recordaba el número de veces que había hecho aquel trayecto. Decenas de idas y vueltas para regalarnos un tiempo entre paréntesis, condicionado. Mi primera vez en Glasgow, sin embargo, no tuvo nada que ver con Laura. Fue en el verano de 2007, yo trabajaba de camarera en un Holiday Inn en la campiña inglesa. Nunca había ganado tanto dinero, y lo (mal)gastaba todo en sushi y viajes en los pocos fines de semana que me quedaban libres. En Glasgow, me sentí como en casa desde el primer instante. Es una ciudad tristona, desconocida en comparación con su vecina Edimburgo: la ciudad de los castillos, los empedrados y la magia. Quizás eran los camareros, que se bebían tan alegremente los tragos a los que les invitaban los clientes más fieles, como en el D.F.; o aquella vibra a la vez tan liberal y campechana -por no decir pueblerina- que solo había sentido en Berlín, la ciudad que me vio besar a una mujer en público por primera vez.  En esta visita- ¿la última? - la ciudad me despidió fría y aceleradamente.

El tren ya avanzaba en la oscuridad por las entrañas de aquel país que llamaba hogar mientras imágenes volvían de mi subconsciente como si resucitaran de entre los muertos. La conocí en una fiesta de Halloween para lesbianas de color en el Soho. Tras mi primera incursión para aprender inglés, había llegado triunfante a Londres con una beca del gobierno, dinero de mis papás en los bolsillos y ganas de cambiar el mundo. Quería contar historias, y las imágenes me ayudarían a ello, pensé en mis inicios. Ella recién empezaba su doctorado en sociología, y como yo, exploraba la capital con ojos ávidos y bragueta ligera. La tensión sexual había sido inmediata, el que fuéramos las únicas en nuestros círculos que hablaran español facilitó la creación de una canal de comunicación intransferible, e impenetrable por nuestra amigas haitianas, portuguesas y jamaicanas. Nos besamos sudorosas en medio de la pista de baile, la arrastré al baño y la toqueteé toda, hasta que me dijo que se tenía que ir o perdería su último tren.

La parte baja de la espalda me dolía por mi postura imposible. Lamenté no haber comprado el billete en la cabina con litera, solo hubiera costado cincuenta libras más, pero yo, pobre y pendeja, no me lo podía permitir. Era una víctima más del hastío generacional que veía en las miradas y los cuerpos de mis compañeras. En realidad, mi vida llevaba mucho tiempo en pausa. Tanto que un amor amargo había sido lo único que la había mantenido en moción. Era como cuando te haces una herida que hay que limpiar para que sane. La herida está embarrada, tiene piedritas que dejas ahí, retrasando lo inevitable. Pero llega un momento en que, para curarla, se tiene que limpiar. Y así me sentía, como si un chorretazo de alcohol hubiera caído directo en la herida supurante que era nuestra relación, que era mi vida en aquel momento.

Repetí aquellas once letras en mi cabeza una y otra vez. No me esperes ¿Acaso la dejada, en este caso yo, tenía opción de esperarla? ¿Era una espera física, psicológica, total? Yo, Jimena Sánchez de los Santos, nunca había esperado a nadie. Me sentía, como una Mrs. Potato a la que le quitaban las piernecitas, y la dejaban sentada sin chance de salir corriendo. Es curioso el poder de las palabras, a veces pueden sentenciarte, y yo me revolvía ante esa sentencia injusta. Ni quería esperarla, ni quería no esperarla, en cualquier caso, era un imperativo odioso.

Tan solo pocos meses atrás se lo había dicho a mi mamá; le había presentado a Laura. Ja. Justo a tiempo. Mentiría si dijera que la ruptura me había pillado por sorpresa. Acortábamos visitas, distanciábamos nuestros cuerpos, conversábamos sobre nada con cada vez más peligrosa frecuencia. Pero igual me sentía perdida. Tras graduarme en Comunicación con honores, había acabado trabajando de camarera en el Lady B, uno de los nuevos bares hípsters en Brixton que gritaba gentrificación. Los cimientos de mi vida se basaban en la espera de un futuro trabajo que no llegaba, de una vida en pareja que ya no iba a tener, y de una estabilidad emocional que no hacía nada por alcanzar. Era una enferma del futuro, con un pasado que ya no me interesaba, y un presente del que no era consciente. Mis amigos se alegrarían: uf, qué bien, te libraste de esa doctora; era una soberbia, ahora eres libre de hacer lo que te dé la gana; ya no tendrás que gastarte un euro más en trenes, ya no tendrás que esperar mi Jime, J, Xi, tenían mil maneras de llamarme.

Eran las 3 horas 17 minutos. No podía dormir. El aire acondicionado del tren estaba al máximo, y ya no sentía los pies. Carlitos, mi compañero de piso medio dealer, me había preparado un par de pastillitas antes de salir de casa, por si acaso mis temores se cumplían. Mi mente se agarraba a recuerdos sueltos, de cuando rehenes del amor romántico nos mentíamos a nosotras mismas pensando en que todo iría bien, que solo había que esperar a que llegara el momento adecuado para no se sabe muy bien qué.  Como hacía con todo en mi puta vida.  Muchos de nuestros recuerdos eran grises, no grises de tristes, grises de que no eran buenos ni malos, lo que era deprimente. Recordé una visita durante los últimos días de verano. La melancolía ya era una bilis negra que se desparramaba por todos los recovecos de nuestra relación en conserva. La lluvia nos había acompañado durante todo el fin de semana, sorpresa. El sábado visitamos con unos amigos de Laura el campamento de paz de Faslane, a unos veinticinco kilómetros de Glasgow, al lado de una base naval donde se custodiaban armas nucleares, y que activistas de todo el mundo habían ocupado intermitentemente desde 1982. Fui a regañadientes, quería tenerla para mí más horas y en presencia de otros siempre era más distante. El campamento no era más que un montón de chatarra. Autobuses, tractores, coches con colchones podridos dentro, casetas de madera pintadas de colores. Ruth, la única habitante, nos recibió. Su pelo blanco y grasiento se escondía bajo un gorrito marrón y unas gafas empañadas.  Nos guio hasta la zona común, donde nos estuvo contando cómo era su vida allí, mientras Sean, un chico pelirrojo y tímido de Inverness, que la visitaba cada poco tiempo, nos preparaba un té. Nos retó; deseaba que jóvenes como nosotros siguiéramos peregrinando al campamento, y así revitalizar la lucha pacifista. Ja. Me sentí un fraude, atrapada entre mi lucha personal por sobrevivir y las luchas globales que cada vez se alejaban más de mi realidad de sueños inalcanzados, de esperas agrias. A pesar de lo honorable de la opción de vida de Ruth, me sentí intimidada por las condiciones en las que vivía, incluso las inmigrantes pobres de las barriadas londinenses apreciamos una cama limpia y calefacción centralizada. Observé a Laura con atención mientras ésta escuchaba los últimos escándalos de la carrera armamentística del gobierno británico; cuando se concentraba fruncía el ceño. Sus ojos negros estaban despiertos, se notaba que le gustaba estar allí. Por una milésima de segundo, aquellas facciones tan familiares me resultaron extrañas. A veces me ocurría, sentía que Laura era una desconocida. ¿Sería más feliz sin ella? Habíamos cambiado mucho desde aquella fiesta en el Soho. Laura esperaba acabar su doctorado el año próximo, sería libre de ir donde quisiera. Habíamos hablado de Senegal e incluso de Asia, por fin estaríamos juntas en el mismo lugar. Pero yo ya no sabía ni porqué estaba ahí. Había dejado muchas cosas que me importaban en el camino. Laura tenía aquella fuerza que podía eclipsar y yo me había ido desdibujando poquito a poquito, hasta que ni yo misma me reconocía. Aquel domingo follamos durante todo el día. Matándonos a besos. Por la mañana, en su cocina, mientras el café salía poco a poco. Chup. Chup. En la ducha. En su cama, y en el sofá. Benditos domingos, compartidos.

Los domingos que no compartíamos yo solía trabajar horas extra. Si no, me pasaba la mañana durmiendo. Quizás estaba deprimida, quizás esa relación me había tenido anestesiada, y ahí estaba, en aquel tren, reflexionando sobre si lo que había ocurrido tendría que alegrarme de alguna forma. Laura me regañaba por dormir tanto, me llamaba vaga. Ella que trabajaba diez horas al día en su tesis. Siempre se le ocurrían miles de actividades en las que podía gastar mi tiempo (libre) (en el que no trabajaba), en vez de fiestas o encuentros en los que, por supuesto, siempre había alcohol de por medio. Siempre me arrepentía de fumar de más en aquellas noches. La flema se posaba en mi garganta y no me dejaba durante un par de días. Laura, por supuesto, lo había dejado el año pasado. A veces, me adentraba en el mundo tenebroso de los portales online de trabajo, exorcizando mi CV antes de darle a enviar.

Miré el móvil, eran las 4 horas 33 minutos. Las luces del tren seguían tenues, y en el cielo empezaban a vislumbrarse distintos tonos de azul. Escribí y borré más de cincuenta veces las primeras líneas de un mensaje que no le llegué a enviar. No se me daba muy bien expresar mis sentimientos, y menos por escrito. Podría confesarle que me había besado con otra la semana anterior, quizás le dolería tanto como a mí. En mi fuero interno, aquello no contaba como infidelidad. Técnicamente nuestra relación había acabado semanas antes, cuando nos habíamos puesto a llorar en una de nuestras videollamadas habituales y pseudo obligadas, entonando un mea culpa por lo infelices que éramos.

De aquel beso, sin embargo, solo habían pasado siete días.  Fue en un concierto en el Rebel Inn, un bar en Brixton a veinte minutos de mi casa, que se llenaba cada viernes de músicos, groupies, fanáticos y amateurs. Aquella noche habían tocado “Ese & The Vooduu People”. Me habían pagado para tomar fotos de aquella banda del sur de Londres, luego las seleccionaba, retocaba y subía a su página web; por cincuenta libras no estaba mal. Era camarera por las mañanas, y fotógrafa por las noches. Ya dije, pluriempleada. Mis dos trabajos se parecen mucho, son coreográficos: mi cuerpo se desliza y contorsiona entre las mesas y la gente. Había cierto juego de seducción, los hombres solían entrarme, yo solía entrar a las mujeres. Aquella noche me había puesto mi minifalda de cuero negro, de segunda mano, con unas medias de rejilla.  El sonido de los acordes del guitarrista me puso cachonda. Mientras la música sonaba, cámara en mano, me acercaba y alejaba del escenario, encuadrando la foto, con la vista fija en la pantalla. Clic. Clic. Me balanceaba siguiendo el compás. Noté algunas miradas de interés, quizás mi outfit estaba teniendo el resultado esperado; aunque otras eran de fastidio, cuando les tapaba la vista sobre la maravillosa Ese. Su piel negra brillaba en contraste con la camisola blanca y arrugada que le llegaba hasta el cuello, llevaba unos pendientes de hojalata con forma de ancla, la correa con la que sujetaba su guitarra tenía un estampado de cebra. Sus labios se me hicieron irresistibles. A veces, esperar los labios de Laura era un sacrificio que ni mis antepasados indios parecían dispuestos a hacer. Engullí una de las pastillas que llevaba en la cartera, y por fin conseguí dormirme.

De manera excepcional, en nuestro último fin de semana, Laura me había esperado en la estación. Más delgada, nerviosa, más bonita de lo normal. Nuestros primeros besos habían sido tentativos, hasta que yo la pare y la abracé con fuerza, como de despedida. Fuimos a comer a un restaurante vegano, paseamos por el centro, entramos en el Centro de Arte Contemporáneo, mi sitio favorito de Glasgow, y bebimos cerveza hasta que no nos apeteció beber más. Caminamos en silencio, cogidas de la mano, por aquellas calles húmedas y grises. Nos cruzamos con un par de corredores, que enfrentaban la bajada de temperaturas con una malla corta y una camiseta de promoción – sangre fría la de los escoceses. Llegamos a casa, la calefacción estaba encendida. La regla número uno de las relaciones a distancia era tener sexo en los días compartidos. A veces, se sentía una obligación; mentira, recientemente se sentía una obligación, así que cuando llevaba diez minutos entre sus piernas, sabía perfectamente que no le iba a hacer venirse. Dormimos abrazadas pero un manto de pesadumbre se cernía sobre nuestros cuerpos. La noté insomne, pero me hice la dormida. En la madrugada, por fin, me lo dijo: No quiero más.

Pocas horas de insomnio después, me hizo el desayuno. Mis lágrimas caían solas mientras me esforzaba por tomar una cucharada tras otra de mi bol de cereales. Sentí que me había quedado muda. Aproveché mientras Laura fregaba los platos y ponía una lavadora, y miré el móvil: doscientos WhatsApp del chat del Lady B. Martina, una italiana muy linda con la que me escribía de vez en cuando, me había comentado una de las fotos que había subido de un concierto en Facebook. Le di a me gusta. Mi mamá me había enviado una foto del amanecer desde la terraza de la ciudad que me vio nacer. No le respondí.

Entre lloros y silencios, casi pierdo el tren. Laura me acompañó, corrimos calle abajo Hope Street. Sentía que el corazón me iba a explotar. ¿Volvería a verla? ¿Seríamos alguna vez felices de nuevo? Dos pronto-en-ser extrañas corríamos calle abajo la calle de la Esperanza. Ja. Entré en Tesco y me compré un kit de supervivencia. Laura me acompañó a las puertas del tren, allí no había ni puesto de seguridad, ni guardias chequeando, aquella ciudad no podía ser más provinciana.

-          Jime, no me esperes- me dijo.

El tren llegó a Londres a las 7h 7 minutos. Yo aún no sabía que no sabía hacer otra cosa.

FIN

martes, 23 de marzo de 2021

Váteres e intimidades - Corregida como sugirió Bárbara, depurada y, sobre todo, acortada!

 Váteres e intimidades (2.4)

 

La pared del fondo tiene diez váteres adosados, uno al lado del otro. La de la izquierda, un poco más larga, lavabos, la derecha, los mingitorios. Todo está construido en acero inoxidable, sólo los lavabos son de loza. Váteres y mingitorios lucen opacos, como satinados, aun limpios no brillan. En el cuarto de al lado están las duchas. Ambos recintos tienen sólo tres paredes, falta la frontal. A unos metros de cada pared faltante, un guardia sentado detrás de una mesita mira hacia los váteres, otro hace lo mismo con las duchas. Así es el pabellón de detenidos del Marine Hospital de la US Navy en Staten Island, Nueva York.

Sí, estoy en Nueva York. Acabo de llegar en un vuelo de Varig, en aquel 707 donde los estantes del equipaje de mano están abiertos como en un autobús. Coloqué allí mi fagot y un sobre enorme con las radiografías de mi tórax, una exigencia para la visa de estudiante. Conmigo, en un pequeño bolso, llevo documentos, el pasaporte, los papeles de la beca, una novela en inglés (A town like Alice, de Nevil Shute), la pequeña agenda con un bolígrafo corriente y la estilográfica Parker 61 que me había dado mi papá. Hago migraciones en Nueva York, luego tomaré un corto vuelo a Boston con Northeastern Airlines.

Presento mis documentos al agente de migraciones, examina las placas radiográficas y llama por teléfono. Me pide que aguarde. A los pocos minutos aparece un individuo de mediana edad, me saluda, dice ser Frank Morelli, pertenece a una repartición estatal cuyo nombre no entiendo debido a su marcado acento de Brooklyn. Usa el pelo cortado a lo militar, traje negro, corbata estrecha a bandas diagonales rojas y negras, gafas oscuras. Me dice que me llevará a un hospital en Staten Island, cerca de Nueva York, me someterán a pruebas médicas adicionales. Estamos a fines de agosto, hace calor en el aeropuerto de Idlewild.

Mientras caminamos hacia el parking siento que Frank me trata con simpatía. Le cuento una y otra vez lo de mi beca, de los seminarios, de los estudios que haré en Brandeis University.

Mi hijo empezará la City University de Nueva York el año próximo, no es lo mismo que ir a una de las grandes universidades de Boston como tú, yo no podría costear esos colegios —dice como con envidia.

 

Obtener una beca no era fácil, confesó. Salimos finalmente de la terminal internacional, me lleva hasta un Chevrolet 1961, negro, sin adornos, tiene llantas más grandes y neumáticos negros, evidentemente se trata de un coche del gobierno. Abre el maletero, se agacha para ayudarme con los bultos, bajo su chaqueta veo una canana marrón ajustada al pecho, sobresale la empuñadura negra de una pistola. En 1963, para llegar a Staten Island, Frank deberá conducir hasta el embarcadero de la Whitehall Terminal en el extremo sur de Nueva York. Allí cogerá el ferry para llegar a la isla, significa cruzar todo Nueva York, desde Queens, luego Manhattan y allí, hasta Wall Street. No hay tráfico, es domingo, es aún temprano esa hermosa mañana de verano tardío.

—No hay atascos, nos sobra tiempo agrega—, te daré unas vueltas por la ciudad así podrás conocer algunos landmarks.

Me invita a sentarme adelante, en el asiento del acompañante.

You’re a good boy, you aint gonna run away, won’t cuff you (eres un buen chico, no vas a escaparte, no te esposaré) dice.

Entonces tengo mis primeras vistas de lugares icónicos de Nueva York, el edificio de las Naciones Unidas, Central Park, el museo Guggenheim, Penn Station, el Madison Square Garden, el Chrysler Building, Times Square y el Rockefeller Center. Toma Broadway y me señala a un lado, allí está el Empire State Building. Estamos cerca de Wall Street y el embarcadero de South Ferry. Sube el coche al ferry. Me lleva hasta una de las bandas del buque y me dice que tendremos vistas extraordinarias de la ciudad y, como postre, pasaremos muy cerca de la Estatua de la Libertad. Nunca habría imaginado un sightseeing tour de Nueva York así.

Desembarcamos, conduce apenas unas manzanas hasta un imponente edificio de ladrillos rojos, está custodiado por marineros, es el US Navy Marine Hospital. Entramos, me conduce al ala izquierda, subimos hasta el sexto piso. Hay una cabina con tejido de alambre grueso con un oficial dentro, en el panel detrás de él está la foto del presidente J.F. Kennedy, a un costado la bandera de EEUU. Guardiamarinas armados custodian grandes puertas con pequeñas ventanillas. Veo muchos carteles: Do not pass, Only Authorized Marine Personnel on Duty, show ID or visitor’s card (No pasar, Personal naval en funciones solamente, Muestre su ID o la tarjeta de visitante). Frank se acerca a la cabina, muestra su identificación y entrega el sobre con las radiografías que trae desde el aeropuerto. El oficial me habla, tengo que dejar todo lo que llevo. Pregunto por el fagot, también se guardará allí, todo quedará en custodia, me darán un recibo detallado de mis pertenencias, debo firmar una copia. Me alcanza unas prendas para ponerme, me señala algo similar a un probador de tienda, sólo me puedo quedar con mi ropa interior, los zapatos sin cordones, dinero, un cepillo de dientes y pasta dental, nada más. Decido llevar el bolígrafo, pero dejo la novela de Nevil Shute. Me visto con lo que me dieron: un pantalón y una camisa a rayas verticales, grises y blancas, no muy anchas, similar al uniforme que llevaban los prisioneros de Auschwitz o Birkenau. Frank me saluda antes de irse, es muy afable, dice que no me preocupe, pronto me permitirán viajar a Boston para comenzar las clases.

Mi ansiada llegada a EE.UU. es con traje de preso. El sueño de poder estudiar becado en una gran universidad se podría convertir en pesadilla. En lugar de lucir el buzo con los colores de mi universidad en una regata por el río Charles o vivando al equipo de fútbol, estoy vestido de presidiario, detenido en un hospital-cárcel. Dos guardias me conducen hasta la cama que me corresponde, las hay a uno y otro lado del recinto, es gigantesco. Todos llevamos el mismo traje a rayas, sólo una tarjeta enganchada en el bolsillo superior de la camisa nos distingue con nuestro nombre. No es una prisión como las que vemos en películas, es un hospital para detenidos. Veo muchos brazos tatuados. Rostros endurecidos por el mar y el sol, me miran con desdén. Algunos internos están esposados a los barrotes de las camas. No hablo con nadie, nadie me habla.  

Hoy es domingo, seguramente mañana lunes me harán los exámenes y podré irme a Boston de una vez. Una vez que los guardias que me acompañaron para entrar se van, aprovecho para explorar. El pabellón es muy luminoso, tiene muchas ventanas, eso me alegra. Me acerco a una, seis pisos más abajo está el parque y la entrada por donde Frank me trajo. Un poco más lejos, un enjambre de casas blancas bajas rodeadas de jardines, niños jugando en las calles sin tráfico, coches estacionados en driveways, típico barrio de clase media en los EE.UU. de los 50 y 60. Me interesan los coches, descubro modelos que sólo conocía por fotos de revistas. Camino por el pabellón, me siento perdido, no sé qué hacer, echo de menos no haber traído la novela de Shute. Los internos de camas vecinas ni me miran. A las 12 traen el almuerzo, no está mal. Un pequeño quiosco cercano a la puerta de entrada ofrece a los internos golosinas, goma de mascar, papel y sobres, lápices, estampillas de correo y, a un costado, un buzón del US Mail. Comienzo una carta para mis padres.

Los guardias me mostraron los servicios y las duchas, no tienen pared frontal. Necesito usar los váteres, pero me contengo. Si voy en la madrugada, los otros internos no me verán defecar. Aplico la lógica, evitaría ser despojado de esa intimidad tan particular, la de mover el vientre en solitario. Resisto, aguanto, respiro profundo, sudo copiosamente, ensayo el autocontrol, me concentro en mis vísceras, maldigo mil veces, pero consigo no ir los váteres. Esa noche duermo de corrido, agotado por el viaje y la tensión de la internación. Los enfermeros nos despiertan al amanecer, traen jarras de agua helada.

Ya no resisto más, debo evacuar sin demoras, finalmente cedo, me siento en el váter mirando al techo, estaba siendo despojando de todo lo mío, la intimidad más básica, nunca había imaginado que era tan importante. Concluyo mi acción fisiológica, realizo los rituales del caso y vuelvo a mi cama. Pienso en el guardia sentado detrás de la mesita, horas y horas mirando defecar a los detenidos. Me dio lástima, pensé en su vida fuera del hospital. ¿Cómo encararía su relación doméstica? ¿Cómo se sentiría con su mujer o, incluso, con una amante? Razoné, ¿quién lo está pasando peor? Al siguiente día me senté en el váter con más soltura, estaba convencido que era peor mirar que ser mirado. Todo se reduce a cómo nos mentalicemos.

Los internos del sexto piso del Marine Hospital mantenemos nuestras propias y muy magnificadas intimidades. El domingo en que llegué nadie me habló, ni siquiera alguno de mis vecinos de las camas a cada lado de la mía. Sólo percibo miradas furtivas, hay desprecio en ellas. El segundo día se me acerca un negro bastante joven, pude ver su nombre en la tarjeta de identificación, William Graves (graves: tumbas en castellano, apellido poco auspicioso en este lugar). Era de esos rostros que no pueden ser explicados, común, una cara que era todas las caras de negros, una nariz algo chata, ojos oscuros muy separados, la piel de un marrón genérico, el cabello rapado a lo soldado. Sus dientes, muy blancos, grandes los del centro, se manifiestan en una sonrisa permanente, algo nada común en ese entorno. Me pide que lo llame Bill.

Oye, ¿por qué un blanquito educado como tú está aquí? dice con desparpajo.

Le cuento brevemente la historia, en realidad, ni yo mismo conocía la razón de mi detención. Me cuenta que es marinero, había cometido una falta grave embarcado. Lo condenaron, le dieron a elegir entre ir a una prisión naval o, ser voluntario para un programa de experimentos médicos detenido dentro del hospital. No pregunté qué falta había cometido ni qué experimentos médicos le estaban practicando. La intuición me llevó a no hacerlo, y muy a pesar de mi curiosidad.

¿Sabes? Tengo una orientación sexual alternativa, I’m queer (soy homosexual, aún no se usaba gay) por eso no quise ir a una cárcel común habla con convicción.

Hay cosas que debes conocer sigue, querrás evitar una mala experiencia. Verás algunos internos esposados a sus camas, no los observes, no mires los tatuajes, no te fijes en las revistas que leen, evita que tu mirada se dirija a ellos mientras comen. No hables si no te hablan primero. Hagan lo que hagan, pase lo que pase, no te metas. Aquí debemos respetar la esfera privada y particular de cada uno, estamos todos juntos en un mismo pabellón, los baños están abiertos, pero tenemos nuestros universos propios e individuales. Nadie desea que su intimidad se vea alterada.

Quedo estupefacto ante sus palabras, me siento dentro de una película. Y agrega:

Fíjate, saben que soy homosexual, por eso aceptan que yo hable con cualquiera. Me siento seguro aquí porque es un hospital. A ti tampoco te pasará nada, a lo sumo recibirás miradas hostiles. Mantente al margen y haz lo tuyo. Ya saldrás de aquí cuando terminen esos exámenes.

Entendí que la intimidad va más allá de sentirse intervenido por las miradas del guardia al defecar. Hay otra más sutil, más individual aun, aquella que no acepta la intromisión en el exclusivo universo del quienes comparten tu misma situación. Me resultó paradójico, había pensado lo contrario. Según Bill, no importa tanto los váteres a la vista, peor es preguntar a un interno por el libro o la revista que lee, ni hablar de conocer los motivos de su detención. No hablo con otro que no sea Bill, y sólo si él se acerca. Empiezo a sentir la necesidad de construirme una intimidad adicional, propia, sólo mía. Me empieza a disgustar ser mirado, que vean qué página leo de Life o Look, que escribo cartas a mi casa. Como con la voracidad propia de mis veinte años, pero sólo me concentro en lo que hay en la bandeja, no miro nunca a mis lados.

Es mi tercer día internado, llegan los médicos de la ronda, recorren el pabellón cada mañana, revistan la evolución de los internos. Sigo con súplicas para que me hagan los exámenes de una vez, les cuento sobre las actividades académicas que espero realizar. Hablo locuazmente, mi acento es una mezcla de entonación española con giros británicos/australianos, bueno y culto, producto de quien ha leído mucho, pero hablado poco. Noté que les llamaba la atención. Les refiero que ya había perdido la reunión de bienvenida y unas actividades para becarios en Harvard, agrego que no es importante, no quiero que parezca una queja. Explico que la siguiente semana debo presentarme a unos seminarios en Boston University, serán para conocer personalidades del área docente y prepararme para Brandeis. Miraron otra vez las placas que yo había traído, dijeron que había algo en ellas que no entendían, pero no veían nada grave. Esa tarde vinieron a buscarme dos enfermeros, me llevaron a un piso inferior para las nuevas radiografías. Al salir, mi mirada pasa brevemente por mi vecino de la derecha, oí un good luck (buena suerte). Finalmente me hablaba, contesté con un gesto.

Una hora más tarde otros enfermeros me escoltan de vuelta al piso 6, el de detención. El vecino de cama me mira sin tapujos.

¿Cómo estuvo? me hablaba por primera vez más allá del good luck.

—Nada especial, repitieron las placas de mi tórax —contesto con cortedad.

 

Dice algo más, le intriga lo mismo que a Bill, cómo era que un joven estudiante educado, de buenos modales, estuviera detenido allí. Apenas contesté que no sabía bien el porqué. Al tener esta breve conversación pude ver su nombre, Justin McGregor, también las profundas cicatrices en su cara y cuello, zonas de piel rosada, lisa, tirante, lo propio de un injerto importante. No me atrevía a mirar, pero no pude evitarlo. Seguramente un marine por su cuerpo robusto y trabajado, probablemente un veterano de la guerra de Corea. No me habló más, yo tampoco. No siento soledad, ya no deseo que me hablen.

Me muevo por el pabellón con más soltura. Siempre solo, sin observar a nadie, cuando camino miro hacia adelante, sólo a las ventanas, los muebles, las paredes, el techo. Empiezo a sentir necesidad de ignorar a los otros internos. No los temo, tengo imágenes indefinidas de ellos, no pueden ser todos malvados. Siguiendo mi instinto, y las recomendaciones de Bill, no me fijo en nadie en particular, sólo percibo, es una sensación, esos internos están allí. Echo de menos la novela de Nevil Shute, sentía más cerca el Queensland outback que Staten Island. Antes del viaje había leído “Beyond the stump”, también de Shute, una novela romántica quizá, con personajes que logran objetivos a pesar de todas las contrariedades. Coincidía con mi situación, lucho con esperanza, con optimismo, con la certidumbre de que saldría de allí, con el romanticismo de creer que lo voy a lograr.

Converso animadamente con los médicos de la mañana, me prestan atención. No estoy enfermo, me tratan con simpatía, veo respeto a pesar de mi juventud. Una y otra vez menciono que me había preparado, y luchado, dos años enteros para obtener la beca. Me jacto diciendo que sólo uno entre 300 postulantes es elegido en Brandeis. Insisto, querría estar en Boston unos días antes del comienzo de los cursos, debo coordinar el alojamiento. Cuando menciono Brandeis uno de los médicos, el más joven, dice conocer bien esa universidad, le habría gustado asistir. Agrega que uno de sus tíos, un comerciante muy rico, contribuye regularmente con grandes donativos. Miro su nombre, Dr. Aaron Feinstein, me aclara que pertenece a la colectividad judía. Brandeis es una universidad creada a partir de una idea de Albert Einstein para que los hijos de judíos accedieran a su propia institución de enseñanza superior con los más altos niveles académicos. Habla con sus colegas, me pide paciencia, pronto decidirán sobre las placas y podré ir a la universidad para el comienzo de los cursos. Me dicen que no depende de ellos, la US Navy, sino de la agencia federal que me había entregado allí.

En la siguiente visita matutina, el joven médico me cuenta que había referido mi caso a su tío. Éste, a su vez, lo comunicó a Brandeis. Mis nuevas placas tampoco son definitivas, los médicos no pueden afirmar que las que traje estuvieran mal, pero no estoy enfermo. Es una clásica situación de limbo. Finalmente me dejarán viajar a Boston, una vez allí deberé presentarme una vez por semana en un centro de salud cercano a la universidad. Quedaría como paroled, en libertad condicional, si no asistía a esa clínica me considerarían un ilegal. El sábado a la tarde, luego de una semana en el hospital, viene un guardia a buscarme. Debo tomar todas mis pertenencias, los feds me esperan para llevarme al aeropuerto de Idlewild. Me devuelven lo que había quedado guardado, acaricio mi fagot Heckel, entro al “probador”, dejo el traje de preso, me visto con la ropa que tenía al llegar, paso los cordones a los zapatos, reviso el bolso de mano, está la Parker 61 y el libro de Nevil Shute, me cuelgo la vieja cámara Contaflex IV del cuello, quiero tomar fotos de Nueva York desde el ferry. Un par de agentes, sin la simpatía de Frank, pero con el mismo acento, me llevan hasta otro Chevrolet igualmente negro. Pongo mis valijas y el fagot en el maletero, salimos. Nada de paseos esta vez, el trecho de ferry me permite tomar fotos, veo nuevamente la Estatua de la Libertad y el citiscape del distrito financiero, el Lower Manhattan, a lo lejos el Empire State y más atrás el edificio Chrysler. Vuelo a Boston en un Super Constellation 1049G de Northeastern. Comienzo una nueva vida de estudiante, empieza el sueño, a pesar de ser paroled, estar con la condicional.

Hay intimidades muy fuertes, muy particulares, son aquellas que construimos cada uno a nuestra manera; nunca resultan como las imaginamos.

Once_versión casi final

 

Once

En mi pecho, el reloj de sangre mide el temeroso tiempo de la espera.

 

Jorge Luis Borges

No me esperes - me dijo Laura, poco antes de que las puertas del Caledonian Sleeper se cerraran a las 23 horas 04 minutos. Había comprado un sándwich de jamón con mayonesa y mostaza, unas chocolatinas y una Coca-Cola en el Tesco Express de al lado de la estación central; mis provisiones para ocho horas de viaje. El olor a nuevo de los asientos me causaba arcadas, respiré profundo. Aquella versión actualizada del tren nocturno del siglo veintiuno ahora incluía cargadores USB, por suerte, y conecté mi teléfono nada más sentarme. Me prometí no llorar, les ahorraría un espectáculo a mis no-compatriotas, pasajeros del tren. Laura y yo llevábamos saliendo tres años, dos de los cuales habían sido a distancia. Ella en Glasgow y yo en Londres, esperando al próximo fin de semana, al próximo mensaje, esperando a que sucediera, que alguna de las dos se decidiera, por fin, a seguir a la otra.  

Esa parecía ser yo: la pluriempleada, mal pagada ¿Qué más me podía ofrecer Londres? Me preguntaba Laura cuando caíamos en la tentación de analizar el porqué de nuestro presente en pausa. Las rupturas siempre son un lugar feo. Ahora sentía que ya había pasado por eso antes, pero los anticuerpos me habían abandonado, y volvía a ser vulnerable a aquel virus, sola, en un tren nocturno. Lo intenté, pero no recordaba el número de veces que había hecho aquel trayecto. Decenas de idas y vueltas para regalarnos un tiempo entre paréntesis, condicionado.

Mi primera vez en Glasgow, sin embargo, no tuvo nada que ver con ella. Fue en el verano de 2007, yo trabajaba de camarera en un Holiday Inn en la campiña inglesa. Nunca había ganado tanto dinero, y lo (mal)gastaba todo en sushi y viajes en los pocos fines de semana que me quedaban libres. En Glasgow, me sentí como en casa desde el primer instante. Es una ciudad tristona, desconocida en comparación con su vecina, Edimburgo: la ciudad de los castillos, los empedrados y la magia. Quizás, eran los camareros, que se bebían tan alegremente los tragos a los que les invitaban los clientes más fieles, como en el D.F.; o aquella vibra a la vez tan liberal y campechana – por no decir, pueblerina - que solo había sentido en Berlín, la ciudad que me vio besar a una mujer en público por primera vez.  En esta visita - ¿la última? -, la ciudad me despidió fría y aceleradamente.

El tren ya avanzaba en la oscuridad por las entrañas de aquel país que llamaba hogar. Mi mente divagaba entre imágenes que volvían de un sub-consciente resucitado de entre los muertos. La conocí en una fiesta de Halloween para lesbianas de color en el Soho. Ella recién empezaba su doctorado en sociología, y como yo, exploraba la capital con ojos ávidos y bragueta ligera. La tensión sexual había sido inmediata, el que fuéramos las únicas en nuestros círculos que hablaran español facilitó la creación de una canal de comunicación intransferible, e impenetrable por nuestra amigas haitianas, portuguesas y jamaicanas. Nos besamos sudorosas en medio de la pista de baile, la arrastré al baño y la toqueteé toda, hasta que me dijo que se tenía que ir o perdería su último tren.

La parte baja de la espalda me dolía por mi postura imposible. Lamenté no haber comprado el billete en la cabina con litera, solo hubiera costado cincuenta libras más, pero yo, pobre y pendeja, no me lo podía permitir. Repetí aquellas once letras en mi cabeza una y otra vez. No me esperes ¿Acaso la dejada, en este caso yo, tenía opción de esperarla? ¿Era una espera física, psicológica, total? Yo, Jimena Sánchez de los Santos, nunca había esperado a nadie. Me sentía, como una Mrs. Potato a la que le quitaban las piernecitas, y la dejaban sentada sin chance de salir corriendo. Es curioso el poder de las palabras, a veces pueden sentenciarte, y yo me revolvía ante esa sentencia injusta. Ni quería esperarla, ni quería no esperarla, en cualquier caso, era un imperativo odioso. Tan solo pocos meses atrás se lo había dicho a mi mamá; le había presentado a Laura. Ja. Justo a tiempo. Lo mío – mi sexualidad - había sido algo fluido, aunque siempre me rodeé de lesbianas, alguna vez había probado varón. Ja. Mentiría si dijera que me había pillado por sorpresa. Acortábamos visitas, distanciábamos nuestros cuerpos, conversábamos sobre nada con cada vez más peligrosa frecuencia. Éramos dos ramas de un mismo árbol creciendo en direcciones opuestas. Pero igual me sentía perdida. Los cimientos de mi vida se basaban en la espera de un futuro trabajo que no llegaba, de una vida en pareja que ya no iba a tener, y de una estabilidad emocional que no hacía nada por alcanzar. Era una enferma del futuro, con un pasado que ya no me interesaba, y un presente del que no era consciente. Mis amigos se alegrarían: uf, qué bien, te libraste de esa doctora; era una soberbia, ahora eres libre de hacer lo que te dé la gana; ya no tendrás que gastarte un euro más en trenes, ya no tendrás que esperar mi Jime, J, Xi, tenían mil maneras de llamarme.

Eran las 3h 17 minutos. No podía dormir. El aire acondicionado del tren estaba al máximo, y ya no sentía los pies. Carlitos, mi compañero de piso medio dealer, me había preparado un par de pastillitas antes de salir de casa, por si acaso. Mi mente se agarraba a recuerdos sueltos, de cuando aún nos mentíamos a nosotras mismas pensando que todo iría bien, que solo había que esperar a que llegara el momento adecuado para no se sabe muy bien qué.  Como hacía con todo en mi puta vida.

Recordé mi última visita, había sido durante los románticos últimos días de verano, aunque la melancolía ya era una bilis negra que se desparramaba por todos los recovecos de nuestra relación en conserva. La lluvia nos había acompañado durante todo el fin de semana, sorpresa. El sábado visitamos con unos amigos de Laura el campamento de paz de Faslane, a unos veinticinco kilómetros de Glasgow, al lado de una base naval donde se custodiaban armas nucleares, y que activistas de todo el mundo habían ocupado intermitentemente desde 1982. Fui a regañadientes, quería tenerla para mí más horas y en presencia de otros siempre era más distante. Dan, un chico local que había organizado la excursión había participado en las protestas pacifistas en la región desde que tenía uso de razón; conocía a Ruth, la más veterana – y única en aquel momento - de los habitantes del campamento que no era más que un montón de chatarra. Autobuses, tractores, coches con colchones podridos dentro, casetas de madera pintadas de colores. La única fuente de calor en todo el complejo era una estufa de hierro, del siglo pasado, probablemente. Ruth nos recibió. Llevaba dos chaquetas - hacía mucha humedad-, y unos calcetines gordos con chanclas. Su pelo blanco y grasiento se escondía bajo un gorrito marrón y unas gafas empañadas.  Nos guio hasta la zona común, donde nos estuvo contando cómo era su vida allí, mientras Sean, un chico pelirrojo y tímido de Inverness, que la visitaba cada poco tiempo, nos preparaba un té. ¿A qué esperáis para cambiar esto? Nos retó, deseaba que jóvenes como nosotros siguiéramos peregrinando al campamento, y así revitalizar la lucha pacifista. Ja. Me sentí un fraude, atrapada entre mi lucha personal por sobrevivir y la lucha global por la paz que cada vez me parecía más alejada en mi realidad de sueños inalcanzados, de esperas agrias. A pesar de lo honorable de la opción de vida de Ruth, me sentí intimidada por las condiciones en las que vivía, incluso las inmigrantes pobres de las barriadas londinenses apreciamos una cama limpia y calefacción centralizada. Observé a Laura con atención mientras ésta escuchaba los últimos escándalos de la carrera armamentística del gobierno británico; cuando se concentraba fruncía el ceño y se mordía el labio inferior. Su melena oscura iba recogida en una coleta baja, sus ojos negros estaban despiertos, se notaba que le gustaba estar allí. Por una milésima de segundo, aquellas facciones tan familiares me resultaron extrañas. A veces me ocurría, sentía que Laura era una desconocida. ¿Sería más feliz sin ella? Habíamos cambiado mucho desde aquella fiesta en el Soho. Laura esperaba acabar su doctorado el año próximo, sería libre de ir donde quisiera. Habíamos hablado de Senegal e incluso de Asia, por fin estaríamos juntas en el mismo lugar. El domingo, nuestro último como pareja, follamos durante todo el día. Por la mañana, en su cocina, mientras el café salía poco a poco. Chup. Chup. En la ducha. En su cama, y en el sofá. Benditos domingos, compartidos.

Los domingos que no compartíamos yo solía trabajar horas extra. Si no, me pasaba la mañana durmiendo. Laura me regañaba, me llamaba vaga. Se le ocurrían miles de actividades en las que podía gastar mi tiempo, en vez de fiestas o encuentros en los que, por supuesto, siempre había alcohol de por medio. Tuviera o no resaca, desayunaba unos huevos con unas tostas de pan de molde – oh dios mío - ya ni hacía el esfuerzo de hacer mis huevos rancheros. Siempre me arrepentía de fumar de más, la flema se posaba en mi garganta y no me dejaba durante un par de días. A veces, me adentraba en el mundo tenebroso de los portales online de trabajo, y exorcizaba mi CV antes de darle a enviar. Tenía veintisiete años, cuando muchos a mi edad se quitaban la vida, yo sentía que no había empezado a vivirla. Me la pasaba esperando, pero ¿qué pinche vida era ésta?

Miré el móvil, eran las 4h33 de la madrugada. Las luces del tren seguían tenues, y en el cielo empezaban a vislumbrarse distintos tonos de azul. Escribí y borré más de cincuenta veces las primeras líneas de un mensaje que no le llegué a enviar. No se me daba muy bien expresar mis sentimientos, y menos por escrito. Podría confesarle que me había besado con otra la semana anterior, quizás le dolería tanto como a mí. Habían pasado siete días desde aquel concierto en el Rebel Inn, un bar en Brixton a veinte minutos de mi casa, que se llenaba cada viernes de músicos, groupies, fanáticos y amateurs. Aquella noche tocaban “Ese & The Vooduu People”. Me habían pagado para tomar fotos de aquella banda del sur de Londres, luego las seleccionaba, retocaba y subía a su página web; por cincuenta libras no estaba mal.

Era camarera por las mañanas, y fotógrafa por las noches. Mis dos trabajos se parecían mucho, eran coreográficos: mi cuerpo se deslizaba y contorsionaba entre las mesas y la gente. Había cierto juego de seducción, los hombres solían entrarme, yo solía entrar a las mujeres. Aquella noche me había puesto mi minifalda de cuero negro, de segunda mano, con unas medias de rejilla.  Llevaba la camiseta de los Ramones rota por los costados, dejando ver las tiras de mi único sujetador de encaje - la mayoría de las veces simplemente no llevaba-. El sonido de los acordes del guitarrista me puso cachonda. Mientras la música sonaba, cámara en mano, me acercaba y alejaba del escenario, encuadrando la foto, con la vista fija en la pantalla. Clic. Clic. Me balanceaba siguiendo el compás. Noté algunas miradas de interés, quizás mi outfit estaba teniendo el resultado esperado; aunque otras eran de fastidio, cuando les tapaba la vista sobre la maravillosa Ese. Su piel negra brillaba en contraste con la camisola blanca y arrugada que le llegaba hasta el cuello, llevaba unos pendientes de hojalata con forma de ancla, la correa con la que sujetaba su guitarra tenía un estampado de cebra. Sus labios se me hicieron irresistibles. A veces, esperar los labios de Laura era un sacrificio que ni mis antepasados indios parecían dispuestos a hacer. Engullí una de las pastillas que llevaba en la cartera, y por fin conseguí dormirme.

El tren llegó a Londres a las 7h07. Me dejé llevar por el tumulto matutino hasta el metro, olvidándome de mi boca, que pedía a gritos un poco de agua, y del sándwich aplastado que empezaba a manchar mis bolsillos. El metro de la capital provoca en los usuarios asiduos una serie de automatismos que no llevan a error, pim, pam, pum: tres libras menos en mi ya famélica cuenta bancaria. Ja. Mi relación con la ciudad era de amor-odio. Tras mi primera incursión para aprender inglés, había llegado triunfante con una beca del gobierno, dinero de mis papás en los bolsillos y ganas de cambiar el mundo. Quería contar historias, y las imágenes me ayudarían a ello, pensé entonces. Me había graduado de un máster en Comunicación, con honores, pero mi inglés mediocre, y mi acento latino, demasiado obvio, e incorregible, no ayudaron. Todo para acabar trabajando de camarera en el Lady B, uno de los nuevos bares hípsters en Brixton que gritaba gentrificación.

Una mujer me observaba de reojo a través del reflejo de la ventana del vagón del metro. Mi aspecto lamentable entremezclaba sueño, desasosiego y sudor seco. Estaba agotada, el Diazepam me había dejado en un estado casi catatónico. Como de costumbre no libraba los lunes después de visitarla. Mi jefe siempre lo descubría cuando me servía el tercer americano.  Afortunadamente, mis compañeros solían cubrirme para escapar antes de que mi turno acabara. Roberto, italiano de 39 años, se dedicó a liarme un cigarrillo tras otro en los descansos - mamma mia -, repetía a cada poco, conforme le iba contando detalles de los sucesos del fin de semana. Aquel lunes de infierno se haría eterno.

***

Los cuentos clásicos empiezan con érase una vez y acaban bien, no es el caso en esta historia.  Habían pasado cuarenta días, una cuarentena de desamor; y sus últimas palabras, once letras, aún retumbaban en mi cabeza como un eco infinito. Recordé nuestro último fin de semana juntas. De manera excepcional, Laura me había esperado en la estación, más delgada, nerviosa, más bonita de lo normal. Nuestros primeros besos habían sido tentativos, hasta que yo la pare y la abracé con fuerza, como de despedida. Fuimos a comer a un restaurante vegano, paseamos por el centro, entramos en el Centro de Arte Contemporáneo, mi sitio favorito de Glasgow, y bebimos cerveza hasta que no nos apeteció beber más. Caminamos en silencio, cogidas de la mano, por aquellas calles húmedas y grises. Nos cruzamos con un par de corredores, que enfrentaban la bajada de temperaturas con una malla corta y una camiseta de promoción – sangre fría la de los escoceses. Llegamos a casa, la calefacción estaba encendida. La regla número uno de las relaciones a distancia era tener sexo en los días compartidos. A veces, se sentía una obligación; mentira, recientemente se sentía una obligación, así que cuando llevaba diez minutos entre sus piernas, sabía perfectamente que no le iba a hacer venirse. Dormimos abrazadas, pero un manto de pesadumbre se cernía sobre nuestros cuerpos. La noté insomne, pero me hice la dormida. En la madrugada, por fin, me lo dijo: No quiero más. Yo solo lloré.

Pocas horas de insomnio después, me hizo el desayuno: peló un mango y un plátano, los mezcló con kéfir y añadió unos cereales con virutas de chocolate. Mis lágrimas caían solas mientras me esforzaba por tomar una cucharada tras otra. Sentí que me había quedado muda. Aproveché mientras Laura fregaba los platos y ponía una lavadora, y miré el móvil: Roberto me había escrito para explicarme los doscientos WhatsApp del chat del Lady B, una compañera había renunciado, levantando una polvareda a su marcha. Martina, una italiana muy linda con la que me escribía de vez en cuando, me había comentado una de las fotos que había subido de un concierto en Facebook. Le di a me gusta. Mi mamá me había enviado una foto del amanecer desde la terraza de la ciudad que me vio nacer. No le respondí.

Entre lloros y silencios, casi pierdo el tren. Laura me acompañó, corrimos calle abajo Hope Street. Ja. Sentía que el corazón me iba a explotar. ¿Volvería a verla? ¿Seríamos alguna vez felices de nuevo? Dos pronto-en-ser extrañas corríamos calle abajo la calle de la Esperanza. Ja. Entré en Tesco y me compré un kit de supervivencia. Laura me acompañó a las puertas del tren, allí no había ni puesto de seguridad, ni guardias checando, aquella ciudad no podía ser más provinciana.

-          Jime, no me esperes- me dijo.

Yo no sabía que no sabía hacer otra cosa.

FIN

El carrito, Mariana Enríquez

 

Juancho estaba borracho esa tarde, y se paseaba por la vereda bravucón, aunque ya nadie en el barrio se sentía amenazado, o siquiera inquieto, por su presencia intoxicada. A mitad de cuadra, Horacio lavaba el auto como todos los domingos, en shorts y chancletas, la panza tensa y prominente, el pelo en pecho canoso, la radio con el partido. En la esquina, los gallegos del bazar tomaban mate con la pava en el piso, entre las dos sillas reclinables que habían sacado afuera, porque el sol estaba lindo. Enfrente, los hijos de la Coca tomaban cerveza en el umbral, y un grupo de chicas recién bañadas y demasiado maquilladas charlaban paradas en la puerta del garaje de Valeria. Mi papá había intentado, más temprano, decir buenas tardes y darle charla a los vecinos, pero volvió adentro como siempre, cabizbajo, apenas contrariado, porque era buena gente pero no tenía conversación, cada tarde de domingo decía lo mismo.
    Mi mamá espiaba por la ventana. Se aburría con la tele dominguera, pero no tenía ganas de salir. Miraba por las rendijas de las persianas entreabiertas, y de vez en cuando nos pedía un té, o una galletita, o una aspirina. Mi hermano y yo solíamos quedarnos los domingos en casa; a veces, a la noche, nos dábamos una vuelta por el centro si papá nos prestaba el auto.
    Mamá lo vio primero. Venía de la esquina de Tuyutí, por el medio de la calle, con un carro de supermercado muy cargado, y todavía más borracho que Juancho, pero se las arreglaba para empujar la basura acumulada, botellas, cartones, guías telefónicas. Se detuvo frente al auto de Horacio, tambaleándose. Hacía calor esa tarde, pero el hombre llevaba un pulóver viejo verdoso. Debía tener unos sesenta años. Dejó el carrito junto al cordón, se acercó al coche y, justo del lado que le quedaba mejor a mi mamá para verlo, se bajó los pantalones.
    Ella nos llamó a los gritos. Nos acercamos y espiamos por las rendijas de las persianas los tres, mi hermano, papá y yo. El hombre, que no llevaba calzoncillos bajo un mugriento pantalón de vestir, cagó en la vereda, mierda floja casi diarreica, y mucha cantidad; el olor nos llegó, apestaba tanto a mierda como a alcohol.
    Pobre hombre, dijo mi mamá. Qué miseria, a lo que puede llegar uno, dijo mi papá.
    Horacio estaba estupefacto, pero se veía que empezaba a calentarse, porque se le enrojeció el cuello. Pero antes de que pudiera reaccionar, Juancho cruzó la calle, corriendo, y empujó al hombre, que todavía no había tenido tiempo de levantarse, ni de subirse los pantalones. El viejo cayó sobre su propia mierda, que le embadurnó el pulóver, y la mano derecha. Solo murmuró un «ay».
    —¡Negro de mierda! —le gritó Juancho—. Villero y la concha de tu madre, ¡no vas a venir a cagarnos en el barrio, negro zarpado!
    Lo pateó en el suelo. Él también se manchó de mierda los pies, llevaba ojotas.
    —Te levantás, conchisumadre, te levantás y le baldeás la vereda al Horacio, acá no se jode, volvé a la villa, hijo de una remilputas.
    Y lo siguió pateando, en el pecho, en la espalda. El hombre no podía levantarse; parecía no entender lo que estaba pasando. De pronto se puso a llorar.
    No es para tanto, dijo mi papá. Cómo va a humillar así al pobre desgraciado, dijo mi mamá, y se paró, y enfiló hacia la puerta. Nosotros la seguimos. Cuando mamá llegó a la vereda, Juancho había levantado al hombre, que lloriqueaba y pedía perdón, y trataba de ponerle entre las manos la manguera con la que Horacio había estado lavando el auto, para que limpiara su propia mierda. La cuadra apestaba. Nadie se atrevía a acercarse. Horacio dijo «Juancho, dejá», pero en voz baja.
    Mi mamá intervino. Todos la respetaban, especialmente Juancho, porque ella solía darle unas monedas para vino cuando le pedía; los demás la trataban con deferencia porque mamá era kinesióloga, pero todos pensaban que era médica, y la llamaban doctora.
    —Dejalo en paz. Que se vaya y listo. Nosotros limpiamos. Está borracho, no sabe lo que hace, no tenés por qué pegarle.
    El viejo miró a mamá, y ella le dijo: «Señor, pida disculpas y vaya». Él murmuró algo, soltó la manguera y, todavía con los pantalones bajos, quiso arrastrar el carrito.
    —Acá la doctora te perdona la vida, negro culeado, pero el carro no te lo llevás. La mugre la pagás, zarpado del orto, en el barrio no se jode.
    Mamá intentó disuadir a Juancho, pero él estaba borracho, y furioso, y gritaba como un justiciero, y en los ojos no le quedaba nada blanco, solo negro y rojo, como los colores del short que llevaba puesto. Se puso adelante del carro y no dejó que el hombre lo pusiera a andar. Yo tuve miedo de que empezara otra pelea —otra golpiza de Juancho, en realidad— pero el hombre pareció despertarse. Se subió el cierre de los pantalones —no tenían botón— y se fue caminando por el medio de la calle otra vez, hacia Catamarca; todos lo miraron irse, los gallegos murmurando qué barbaridad, los hijos de la Coca a las risotadas, las chicas en la puerta del garaje de Valeria riéndose nerviosas algunas, otras cabizbajas, como avergonzadas. Horacio puteaba en voz baja. Juancho sacó una botella del carrito y se la revoleó al hombre, pero le pasó muy lejos y se estrelló contra el asfalto. El hombre, sobresaltado por el ruido, se dio vuelta y gritó algo, ininteligible. No supimos si hablaba otro idioma (pero ¿cuál?) o si sencillamente no podía articular por la borrachera. Pero antes de salir corriendo en zigzag, huyendo de Juancho que lo persiguió a los gritos, miró a mi mamá con toda lucidez y asintió, dos veces. Dijo algo más, girando los ojos, abarcando toda la cuadra y más. Después desapareció por la esquina. Juancho, demasiado en pedo, no lo siguió. Nomás siguió gritando, un rato largo.
    Entramos a casa. Los vecinos seguirían hablando del tema toda la tarde, y la semana. Horacio usó la manguera, puro rezongo y negros de mierda, negros de mierda.
    Este barrio no da para más, dijo mi mamá, y cerró la persiana.
    Alguien, probablemente el propio Juancho, movió el carrito a la esquina de Tuyutí, y lo dejó estacionado frente a la casa abandonada de doña Rita, que se había muerto el año anterior. Pocos días después, nadie le prestaba atención.
    Al principio sí, porque esperaban que el villero —qué otra cosa podía ser— volviera a buscarlo. Pero no apareció, y nadie sabía qué hacer con sus cosas. Así que ahí quedaron, y un día se mojaron con la lluvia, y los cartones húmedos se desarmaron, y daban olor. Algo más apestaba entre las porquerías, probablemente comida pudriéndose, pero el asco impedía que alguien lo limpiara. Bastaba con pasarle lejos, caminar bien cerca de las casas y no mirarlo. En el barrio siempre había olores feos, del limo que se juntaba junto a los cordones de la vereda, verdoso, y del Riachuelo, cuando soplaba cierto viento, especialmente al atardecer.
    Todo comenzó unos quince días después de la llegada del carrito. A lo mejor había empezado antes, pero hizo falta la acumulación de desgracias para que el barrio sintiera que la secuencia era extraña. El primero fue Horacio. Tenía una rotisería en el centro, le iba bien. Una noche, cuando estaba haciendo la caja, entraron a robarle y se llevaron todo. Cosas de suburbio. Pero esa misma noche, cuando fue al cajero automático a sacar plata, después de la denuncia —inútil, como en la mayoría de los robos, entre otras cosas porque los chorros entraron encapuchados—, descubrió que no tenía un peso en la cuenta. Llamó al banco, hizo escándalos, pateó puertas, quiso acogotar a un empleado y llegó hasta el gerente de la sucursal, y después hasta el de la red bancaria. Pero no hubo caso: el dinero no estaba, alguien lo había sacado, y Horacio, de la noche a la mañana, estaba en la ruina. Vendió el auto. Le dieron menos de lo que esperaba.
    Los dos hijos de la Coca perdieron el trabajo que tenían en el taller mecánico de la avenida. Sin aviso; el dueño ni les dio explicaciones. Lo cagaron a puteadas, y él los echó a patadas. A la Coca, encima, no le salía la pensión. Los hijos buscaron trabajo una semana, y después se dedicaron a gastar los ahorros en cerveza. La Coca se metió en la cama diciendo que se quería morir. Ya no les daban fiado en ningún lado. Ni para el colectivo tenían.
    Los gallegos tuvieron que cerrar el bazar. Porque no se trataba nada más que de los hijos de la Coca, o de Horacio; cada vecino, de golpe, en cuestión de días, perdió todo. La mercadería del kiosco desapareció misteriosamente. Al remisero le robaron el auto. El marido y único sostén de Mari, albañil, se cayó de un andamio y murió. Las chicas tuvieron que dejar los colegios privados porque los padres no podían pagarlos: el padre dentista ya no tenía clientela, la modista tampoco, al carnicero un cortocircuito le quemó todas las heladeras.
    En dos meses, ya nadie tenía teléfono en el barrio por falta de pago. En tres meses, tuvieron que colgarse de los cables de luz porque no podían pagar la electricidad. Los hijos de la Coca salieron a afanar y a uno de ellos, el más inexperto, lo agarró la policía. El otro no volvió una noche; a lo mejor lo habían matado. El remisero se aventuró, caminando, hasta el otro lado de la avenida. Allá, dijo, estaba todo lo más bien. Hasta tres meses después de que comenzara, los negocios del otro lado de la avenida fiaban. Pero eventualmente dejaron de hacerlo.
    Horacio puso la casa en venta.
    Todos cerraban con candados viejos, porque no había plata para alarmas ni para cerraduras más eficientes; empezaron a faltar cosas de las casas, televisores y radios y equipos de música y computadoras, y se veía a algunos vecinos cargando electrodomésticos entre dos o tres, en changos de hacer compras, o solo con la fuerza de los brazos. Llevaban todo a las casas de remate y usados del otro lado de la avenida. Pero otros vecinos se organizaron y, cuando intentaban tirarles la puerta abajo, blandían tramontinas o revólveres, si tenían. Cholo, el verdulero de la vuelta, le partió la cabeza al remisero con el fierro que usaba para hacer el asado. Al principio, un grupo de mujeres se organizaron para repartir la comida que quedaba en los freezers ; pero cuando se enteraron de que algunas mentían y se guardaban víveres, la buena voluntad se fue al carajo.
    La Coca se comió a su gato, y después se suicidó. Hubo que ir a la sede de la Obra Social de la avenida para que se llevaran el cuerpo y lo enterraran gratis. Algún empleado de ahí quiso averiguar más, le contaron, y llegó la televisión con las cámaras para registrar la mala suerte localizada que sumía a tres manzanas del barrio en la miseria. Sobre todo querían saber por qué los vecinos de más lejos, los que vivían a cuatro cuadras, por ejemplo, no eran solidarios.
    Vinieron asistentes sociales, y repartieron comida, pero solo desataron más guerras. A los cinco meses, ni la policía entraba, y los que todavía iban a mirar televisión en los aparatos exhibidos en las casas de electrodomésticos de la avenida decían que en los noticieros no se hablaba de otra cosa. Pero pronto quedaron aislados, porque los de la avenida los echaban si los reconocían.
    Quedaron, digo, porque nosotros sí teníamos tele, y electricidad, y gas, y teléfono. Decíamos que no, y vivíamos tan encerrados como los demás; si nos cruzábamos con alguien, mentíamos: nos comimos al perro, nos comimos las plantas, a Diego —mi hermano— le fiaron en un negocio de acá veinte cuadras. Mi mamá se las arreglaba para ir a trabajar, saltando por los techos (no era tan difícil en un barrio donde todas las casas eran bajas). Mi papá podía sacar la plata de la jubilación por cajero automático, y los servicios los pagábamos online, porque todavía teníamos Internet. No nos saquearon; el respeto a la doctora, a lo mejor, o muy buenas actuaciones de nuestra parte.
    Fue Juancho el que, después de robar alcohol de un maxikiosco lejano, mientras tomaba el vino en botella sentado en la vereda, empezó a gritar y putear. «Es el carrito de mierda, el carrito del villero». Horas gritó, horas caminó por la calle, golpeó puertas y ventanas, «es el carrito, es culpa del viejo, hay que ir a buscarlo, vamos, cagones de mierda, nos hizo una macumba». A Juancho se le notaba el hambre más que a los demás, porque nunca había tenido nada, y vivía de las monedas que recolectaba cada día, tocando timbre (siempre le daban, por miedo o compasión, vaya a saber). Esa misma noche le pegó fuego al carro, y los vecinos miraron las llamas por la ventana. Tenía algo de razón Juancho. Todos habían pensado que era el carrito. Algo de ahí adentro. Algo contagioso que había traído de la villa.
    Esa misma noche, mi papá nos juntó en el comedor, para charlar. Dijo que nos teníamos que ir. Que se iban a dar cuenta de que nosotros estábamos inmunizados. Que Mari, la vecina de al lado, algo sospechaba, porque era bastante difícil ocultar el olor de la comida, aunque cocinábamos cuidando de que no saliera el humo o el aroma por debajo de la puerta, con burletes. Que se nos iba a terminar la suerte, que se pudría todo. Mamá estaba de acuerdo. Decía que la habían visto saltando el techo de atrás. No podía asegurarlo, pero había sentido las miradas. Diego también. Contó que una tarde, cuando levantó las persianas, había visto a algunos vecinos salir corriendo, pero que otros lo habían mirado, desafiantes; malos, ya locos. Casi nadie nos veía, por el encierro, pero para seguir disimulando íbamos a tener que salir pronto. Y no estábamos flacos, ni demacrados. Estábamos asustados, pero el miedo no se parece a la desesperación.
    Escuchamos el plan de papá, que no parecía muy sensato. Mamá contó el suyo, un poco mejor, pero nada del otro mundo. Aceptamos el de Diego: mi hermano siempre podía pensar con más sencillez y más frialdad.
    Nos fuimos a la cama, pero ninguno pudo dormir. Después de dar muchas vueltas, toqué la puerta de la habitación de mi hermano. Lo encontré sentado en el piso. Estaba muy pálido, todos estábamos así, por falta de sol. Le pregunté si pensaba que Juancho tenía razón. Dijo que sí con la cabeza.
    —Mamá nos salvó. ¿Viste cómo la miró el hombre antes de irse? Nos salvó.
    —Hasta ahora —dije yo.
    —Hasta ahora —dijo él.
    Esa noche, olimos carne quemada. Mamá estaba en la cocina; nos acercamos para retarla, se había vuelto loca, hacer un bife a la parrilla a esa hora, se iban a dar cuenta. Pero mamá temblaba al lado de la mesada.
    —Esa no es carne común —dijo.
    Abrimos apenas la persiana y miramos para arriba. Vimos que el humo llegaba de la terraza de enfrente. Y era negro, y no olía como ningún otro humo conocido.
    —Qué viejo villero hijo de puta —dijo mamá, y se puso a llorar.

A mos redó - Na Jordana (alternativa, hasta con 3 adjetivos, para el ej. Nº12)

  A mos redó - Na Jordana Los veo, ¿me veo?, casi todas las mesas de la terraza ocupadas, son vecinos del barrio, aquí es raro ver turista...