Once
En mi pecho, el reloj de sangre mide el temeroso
tiempo de la espera.
Jorge Luis Borges
No me esperes - me
dijo Laura, poco antes de que las puertas del Caledonian Sleeper se cerraran a
las 23 horas 04 minutos. Había comprado un sándwich de jamón con mayonesa y
mostaza, unas chocolatinas y una Coca-Cola en el Tesco Express de al lado de la
estación central; mis provisiones para ocho horas de viaje. El olor a nuevo de
los asientos me causaba arcadas, respiré profundo. Aquella versión actualizada
del tren nocturno del siglo veintiuno ahora incluía cargadores USB, por suerte,
y conecté mi teléfono nada más sentarme. Me prometí no llorar, les ahorraría un
espectáculo a mis no-compatriotas, pasajeros del tren. Laura y yo llevábamos
saliendo tres años, dos de los cuales habían sido a distancia. Ella en Glasgow
y yo en Londres, esperando al próximo fin de semana, al próximo mensaje, esperando
a que sucediera, que alguna de las dos se decidiera, por fin, a seguir a la
otra.
Esa parecía ser yo:
la pluriempleada, mal pagada ¿Qué más me podía ofrecer Londres? Me preguntaba
Laura cuando caíamos en la tentación de analizar el porqué de nuestro presente
en pausa. Las rupturas siempre son un lugar feo. Ahora sentía que ya había
pasado por eso antes, pero los anticuerpos me habían abandonado, y volvía a ser
vulnerable a aquel virus, sola, en un tren nocturno. Lo intenté, pero no recordaba
el número de veces que había hecho aquel trayecto. Decenas de idas y vueltas
para regalarnos un tiempo entre paréntesis, condicionado.
Mi primera vez en
Glasgow, sin embargo, no tuvo nada que ver con ella. Fue en el verano de 2007, yo
trabajaba de camarera en un Holiday Inn en la campiña inglesa. Nunca había
ganado tanto dinero, y lo (mal)gastaba todo en sushi y viajes en los pocos
fines de semana que me quedaban libres. En Glasgow, me sentí como en casa desde
el primer instante. Es una ciudad tristona, desconocida en comparación con su
vecina, Edimburgo: la ciudad de los castillos, los empedrados y la magia.
Quizás, eran los camareros, que se bebían tan alegremente los tragos a los que
les invitaban los clientes más fieles, como en el D.F.; o aquella vibra a la
vez tan liberal y campechana – por no decir, pueblerina - que solo había
sentido en Berlín, la ciudad que me vio besar a una mujer en público por
primera vez. En esta visita - ¿la
última? -, la ciudad me despidió fría y aceleradamente.
El tren ya avanzaba en la oscuridad por las entrañas de
aquel país que llamaba hogar. Mi mente divagaba entre imágenes que volvían de
un sub-consciente resucitado de entre los muertos. La conocí en una fiesta de
Halloween para lesbianas de color en el Soho. Ella recién empezaba su doctorado
en sociología, y como yo, exploraba la capital con ojos ávidos y bragueta
ligera. La tensión sexual había sido inmediata, el que fuéramos las únicas en
nuestros círculos que hablaran español facilitó la creación de una canal de
comunicación intransferible, e impenetrable por nuestra amigas haitianas, portuguesas
y jamaicanas. Nos besamos sudorosas en medio de la pista de baile, la arrastré
al baño y la toqueteé toda, hasta que me dijo que se tenía que ir o perdería su
último tren.
La parte baja de la espalda me dolía por mi postura
imposible. Lamenté no haber comprado el billete en la cabina con litera, solo
hubiera costado cincuenta libras más, pero yo, pobre y pendeja, no me lo podía
permitir. Repetí aquellas once letras en mi cabeza una y otra vez. No me
esperes ¿Acaso la dejada, en este caso yo, tenía opción de esperarla? ¿Era una
espera física, psicológica, total? Yo, Jimena Sánchez de los Santos, nunca
había esperado a nadie. Me sentía, como una Mrs. Potato a la que le quitaban
las piernecitas, y la dejaban sentada sin chance de salir corriendo. Es curioso
el poder de las palabras, a veces pueden sentenciarte, y yo me revolvía ante
esa sentencia injusta. Ni quería esperarla, ni quería no esperarla, en
cualquier caso, era un imperativo odioso. Tan solo pocos meses atrás se lo
había dicho a mi mamá; le había presentado a Laura. Ja. Justo a tiempo. Lo mío
– mi sexualidad - había sido algo fluido, aunque siempre me rodeé de lesbianas,
alguna vez había probado varón. Ja. Mentiría si dijera que me había pillado por
sorpresa. Acortábamos visitas, distanciábamos nuestros cuerpos, conversábamos
sobre nada con cada vez más peligrosa frecuencia. Éramos dos ramas de un mismo
árbol creciendo en direcciones opuestas. Pero igual me sentía perdida. Los
cimientos de mi vida se basaban en la espera de un futuro trabajo que no
llegaba, de una vida en pareja que ya no iba a tener, y de una estabilidad emocional
que no hacía nada por alcanzar. Era una enferma del futuro, con un pasado que
ya no me interesaba, y un presente del que no era consciente. Mis amigos se
alegrarían: uf, qué bien, te libraste de esa doctora; era una soberbia, ahora
eres libre de hacer lo que te dé la gana; ya no tendrás que gastarte un euro
más en trenes, ya no tendrás que esperar mi Jime, J, Xi, tenían mil maneras de
llamarme.
Eran las 3h 17 minutos. No podía dormir. El aire
acondicionado del tren estaba al máximo, y ya no sentía los pies. Carlitos, mi
compañero de piso medio dealer, me había preparado un par de pastillitas antes
de salir de casa, por si acaso. Mi mente se agarraba a recuerdos sueltos, de
cuando aún nos mentíamos a nosotras mismas pensando que todo iría bien, que
solo había que esperar a que llegara el momento adecuado para no se sabe muy
bien qué. Como hacía con todo en mi puta
vida.
Recordé mi última visita, había sido durante los
románticos últimos días de verano, aunque la melancolía ya era una bilis negra
que se desparramaba por todos los recovecos de nuestra relación en conserva. La
lluvia nos había acompañado durante todo el fin de semana, sorpresa. El sábado
visitamos con unos amigos de Laura el campamento de paz de Faslane, a unos
veinticinco kilómetros de Glasgow, al lado de una base naval donde se
custodiaban armas nucleares, y que activistas de todo el mundo habían ocupado
intermitentemente desde 1982. Fui a regañadientes, quería tenerla para mí más
horas y en presencia de otros siempre era más distante. Dan, un chico local que
había organizado la excursión había participado en las protestas pacifistas en
la región desde que tenía uso de razón; conocía a Ruth, la más veterana – y
única en aquel momento - de los habitantes del campamento que no era más que un
montón de chatarra. Autobuses, tractores, coches con colchones podridos dentro,
casetas de madera pintadas de colores. La única fuente de calor en todo el
complejo era una estufa de hierro, del siglo pasado, probablemente. Ruth nos
recibió. Llevaba dos chaquetas - hacía mucha humedad-, y unos calcetines gordos
con chanclas. Su pelo blanco y grasiento se escondía bajo un gorrito marrón y
unas gafas empañadas. Nos guio hasta la
zona común, donde nos estuvo contando cómo era su vida allí, mientras Sean, un
chico pelirrojo y tímido de Inverness, que la visitaba cada poco tiempo, nos
preparaba un té. ¿A qué esperáis para cambiar esto? Nos retó, deseaba que jóvenes
como nosotros siguiéramos peregrinando al campamento, y así revitalizar la
lucha pacifista. Ja. Me sentí un fraude, atrapada entre mi lucha personal por
sobrevivir y la lucha global por la paz que cada vez me parecía más alejada en
mi realidad de sueños inalcanzados, de esperas agrias. A pesar de lo honorable
de la opción de vida de Ruth, me sentí intimidada por las condiciones en las
que vivía, incluso las inmigrantes pobres de las barriadas londinenses apreciamos
una cama limpia y calefacción centralizada. Observé a Laura con atención
mientras ésta escuchaba los últimos escándalos de la carrera armamentística del
gobierno británico; cuando se concentraba fruncía el ceño y se mordía el labio
inferior. Su melena oscura iba recogida en una coleta baja, sus ojos negros
estaban despiertos, se notaba que le gustaba estar allí. Por una milésima de
segundo, aquellas facciones tan familiares me resultaron extrañas. A veces me
ocurría, sentía que Laura era una desconocida. ¿Sería más feliz sin ella? Habíamos
cambiado mucho desde aquella fiesta en el Soho. Laura esperaba acabar su
doctorado el año próximo, sería libre de ir donde quisiera. Habíamos hablado de
Senegal e incluso de Asia, por fin estaríamos juntas en el mismo lugar. El domingo,
nuestro último como pareja, follamos durante todo el día. Por la mañana, en su
cocina, mientras el café salía poco a poco. Chup. Chup. En la ducha. En su
cama, y en el sofá. Benditos domingos, compartidos.
Los domingos que no compartíamos yo solía trabajar horas
extra. Si no, me pasaba la mañana durmiendo. Laura me regañaba, me llamaba vaga.
Se le ocurrían miles de actividades en las que podía gastar mi tiempo, en vez
de fiestas o encuentros en los que, por supuesto, siempre había alcohol de por
medio. Tuviera o no resaca, desayunaba unos huevos con unas tostas de pan de
molde – oh dios mío - ya ni hacía el esfuerzo de hacer mis huevos rancheros.
Siempre me arrepentía de fumar de más, la flema se posaba en mi garganta y no
me dejaba durante un par de días. A veces, me adentraba en el mundo tenebroso
de los portales online de trabajo, y exorcizaba mi CV antes de darle a enviar.
Tenía veintisiete años, cuando muchos a mi edad se quitaban la vida, yo sentía
que no había empezado a vivirla. Me la pasaba esperando, pero ¿qué pinche vida
era ésta?
Miré el móvil, eran las 4h33 de la madrugada. Las luces
del tren seguían tenues, y en el cielo empezaban a vislumbrarse distintos tonos
de azul. Escribí y borré más de cincuenta veces las primeras líneas de un
mensaje que no le llegué a enviar. No se me daba muy bien expresar mis
sentimientos, y menos por escrito. Podría confesarle que me había besado con otra
la semana anterior, quizás le dolería tanto como a mí. Habían pasado siete días
desde aquel concierto en el Rebel Inn, un bar en Brixton a veinte minutos de mi
casa, que se llenaba cada viernes de músicos, groupies, fanáticos y amateurs.
Aquella noche tocaban “Ese & The Vooduu People”. Me habían pagado para
tomar fotos de aquella banda del sur de Londres, luego las seleccionaba,
retocaba y subía a su página web; por cincuenta libras no estaba mal.
Era camarera por las mañanas, y fotógrafa por las noches.
Mis dos trabajos se parecían mucho, eran coreográficos: mi cuerpo se deslizaba
y contorsionaba entre las mesas y la gente. Había cierto juego de seducción,
los hombres solían entrarme, yo solía entrar a las mujeres. Aquella noche me había
puesto mi minifalda de cuero negro, de segunda mano, con unas medias de
rejilla. Llevaba la camiseta de los
Ramones rota por los costados, dejando ver las tiras de mi único sujetador de
encaje - la mayoría de las veces simplemente no llevaba-. El sonido de los
acordes del guitarrista me puso cachonda. Mientras la música sonaba, cámara en
mano, me acercaba y alejaba del escenario, encuadrando la foto, con la vista
fija en la pantalla. Clic. Clic. Me balanceaba siguiendo el compás. Noté
algunas miradas de interés, quizás mi outfit estaba teniendo el resultado
esperado; aunque otras eran de fastidio, cuando les tapaba la vista sobre la
maravillosa Ese. Su piel negra brillaba en contraste con la camisola blanca y
arrugada que le llegaba hasta el cuello, llevaba unos pendientes de hojalata
con forma de ancla, la correa con la que sujetaba su guitarra tenía un
estampado de cebra. Sus labios se me hicieron irresistibles. A veces, esperar
los labios de Laura era un sacrificio que ni mis antepasados indios parecían
dispuestos a hacer. Engullí una de las pastillas que llevaba en la cartera, y por
fin conseguí dormirme.
El tren llegó a Londres a las 7h07. Me dejé llevar por el
tumulto matutino hasta el metro, olvidándome de mi boca, que pedía a gritos un
poco de agua, y del sándwich aplastado que empezaba a manchar mis bolsillos. El
metro de la capital provoca en los usuarios asiduos una serie de automatismos
que no llevan a error, pim, pam, pum: tres libras menos en mi ya famélica
cuenta bancaria. Ja. Mi relación con la ciudad era de amor-odio. Tras mi
primera incursión para aprender inglés, había llegado triunfante con una beca
del gobierno, dinero de mis papás en los bolsillos y ganas de cambiar el mundo.
Quería contar historias, y las imágenes me ayudarían a ello, pensé entonces. Me
había graduado de un máster en Comunicación, con honores, pero mi inglés
mediocre, y mi acento latino, demasiado obvio, e incorregible, no ayudaron. Todo
para acabar trabajando de camarera en el Lady B, uno de los nuevos bares
hípsters en Brixton que gritaba gentrificación.
Una mujer me observaba de reojo a través del reflejo de
la ventana del vagón del metro. Mi aspecto lamentable entremezclaba sueño,
desasosiego y sudor seco. Estaba agotada, el Diazepam me había dejado en un
estado casi catatónico. Como de costumbre no libraba los lunes después de
visitarla. Mi jefe siempre lo descubría cuando me servía el tercer americano. Afortunadamente, mis compañeros solían
cubrirme para escapar antes de que mi turno acabara. Roberto, italiano de 39
años, se dedicó a liarme un cigarrillo tras otro en los descansos - mamma mia
-, repetía a cada poco, conforme le iba contando detalles de los sucesos del
fin de semana. Aquel lunes de infierno se haría eterno.
***
Los cuentos clásicos empiezan con érase una vez y acaban
bien, no es el caso en esta historia. Habían pasado cuarenta días, una cuarentena de
desamor; y sus últimas palabras, once letras, aún retumbaban en mi cabeza como
un eco infinito. Recordé nuestro último fin de semana juntas. De manera
excepcional, Laura me había esperado en la estación, más delgada, nerviosa, más
bonita de lo normal. Nuestros primeros besos habían sido tentativos, hasta que
yo la pare y la abracé con fuerza, como de despedida. Fuimos a comer a un
restaurante vegano, paseamos por el centro, entramos en el Centro de Arte
Contemporáneo, mi sitio favorito de Glasgow, y bebimos cerveza hasta que no nos
apeteció beber más. Caminamos en silencio, cogidas de la mano, por aquellas calles
húmedas y grises. Nos cruzamos con un par de corredores, que enfrentaban la
bajada de temperaturas con una malla corta y una camiseta de promoción – sangre
fría la de los escoceses. Llegamos a casa, la calefacción estaba encendida. La
regla número uno de las relaciones a distancia era tener sexo en los días
compartidos. A veces, se sentía una obligación; mentira, recientemente se
sentía una obligación, así que cuando llevaba diez minutos entre sus piernas,
sabía perfectamente que no le iba a hacer venirse. Dormimos abrazadas, pero un
manto de pesadumbre se cernía sobre nuestros cuerpos. La noté insomne, pero me
hice la dormida. En la madrugada, por fin, me lo dijo: No quiero más. Yo solo
lloré.
Pocas horas de insomnio después, me hizo el desayuno: peló
un mango y un plátano, los mezcló con kéfir y añadió unos cereales con virutas
de chocolate. Mis lágrimas caían solas mientras me esforzaba por tomar una
cucharada tras otra. Sentí que me había quedado muda. Aproveché mientras Laura
fregaba los platos y ponía una lavadora, y miré el móvil: Roberto me había
escrito para explicarme los doscientos WhatsApp del chat del Lady B, una
compañera había renunciado, levantando una polvareda a su marcha. Martina, una
italiana muy linda con la que me escribía de vez en cuando, me había comentado
una de las fotos que había subido de un concierto en Facebook. Le di a me
gusta. Mi mamá me había enviado una foto del amanecer desde la terraza de la
ciudad que me vio nacer. No le respondí.
Entre lloros y silencios, casi pierdo el tren. Laura me
acompañó, corrimos calle abajo Hope Street. Ja. Sentía que el corazón me iba a
explotar. ¿Volvería a verla? ¿Seríamos alguna vez felices de nuevo? Dos
pronto-en-ser extrañas corríamos calle abajo la calle de la Esperanza. Ja. Entré
en Tesco y me compré un kit de supervivencia. Laura me acompañó a las puertas
del tren, allí no había ni puesto de seguridad, ni guardias checando, aquella
ciudad no podía ser más provinciana.
-
Jime,
no me esperes- me dijo.
Yo no sabía que no sabía hacer otra cosa.
FIN
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