lunes, 22 de febrero de 2021

No es de los relatos, pero me salió solo, lo comparto por aquí por si alguien quiere reírse un rato

 To es sagrao, niño. Tierra y sielo. Anda corre vesten a por la Lluisa queztá pastando junto al rio y a ver si sen va a perder.

Fui a por la lluisa que pastaba junto al rio con la cabeza gacha. Estaba triste porque le habían robao a la cría. Labuelo decía que no, pero yo lo sabía que sí, que estaba triste por eso. La Lluisa tenía el pellaje suave y hermoso, era ya una burra con unos tantos inviernos, pero era una burra fuerte. Cuando era chica saltaba por los praos verdes de amarillas azucenas. Mugía siempre a la misma hora sobre el mar verde y la tierra asul. Cuando dejó de pastá, me miró y la cogí de las forejas y larrastré hasta labuelo.

Hijo, ayuda a levantarse a este viejo.

Labuelo se puso de pie y se aseó el sombrero de paja. Le faltaba un diente asinque podía beber de la bota con una sonrisa. Despué de bebé se lio un pitillo de fumá y le pegó un lametón con la lengua duna vaca. Cuando sea ma' mayor labuelo me dijo que menseñaría a fuma, pero que ahora soy chico y no puedo.

Vamo' hijo, que te vo a seguir contando listoria de cuando era jovensuelo, asin como tú. El tito Federico, la tita margarita y yo queríamo ir a festeja a las fiestas del pueblo de Salaquesa, er pueblo de al lao, ya sabe tú. Que eran las mejore fiestas de to la contorná, y aún lo siguen siendo, eso lo sabe tor mundo. En esa fiesta conosí a labuela, pero esa e otra historia que ya te contaré otro dia. El asunto esque ibamo a ir los tre a pasar tre día y tre noche a la casa de tita Encarna. -Tú no la conosiste a la pobre muje, se quedó sin estrenar y murió por secarse por dentro. Una lastimika en verdá. Labuelo se santiguó. Pero la vida es muy puta hijo y no se puee haser mucho más. Hay arguno que nasen como estrellas y otros nasen estrellaos y la tita Encarna era de los segundo. Bueno, pue eso, que fuimos pallí con otra burrica, el Federico iba montao el primero porque era el chico, y no íbamos turnando cada ratico pa ir descansaos porque el viaje eran do o tre horas y ante no era como e ahora que hay carretas pa ir y venir, ante era to prao y mala yerba. La mare no había puesto, en las alforjas de la burrica, unos panes con unos chorisos mojaos en aceite doliva pal camino, y esta bota de vino que aquí tengo io.

Ame un poquillo de vino.

Tira pallá niño del demonio que esto no es patí y labuelo me pegó un galletón que se me movieron las muelas de lao a lao y se me cayeron los moco' de la naris.

Sentate ahí callaico que labuelo está contando su historia y tienes que aprendé tú a esto del arte de contá historias, porque es muy importante, ¿Tú sabe hijo?

Cogiéndome de la' frentes le dije que sí.

Mi bien, ere' un buen chico. Bueno pue cuando ya habíamo comío y bebío a mita' camino y la Margarita había meao medio bosque, ya verá de mayor que la mujere siempre están meando y tardan mucho en meá, y no paran dablá tol día, tu tita es mas trabajadora que tu tito y yo juntos, pero to lo hase hablando la jodía.

Abuelo, me va a contar ya la historia o qué?

Coño con er niño que genio tiene ezte miraloo, si vale pa mandá. Voy su majestá, y le pegó otro estrujón a la bota. Como te desia, el Federico iba en el burrico otra ves cuando caminabamo por los praos amarillo' del secano, la chespa estaba ya pa cortá, pero eran tiempo de guerra hijo y to los varone estaba muertos, presos o escapaos porai en er monte. Cuando llegamo' al paso de la rochas, ahí, donde se colgó el Jezú dun olivo poque la mujé le pillo con una puta. Que panzá de reí no echamo tus titos y yo, bueno, y to er pueblo, cuando salió de la casa con el caracolillo al aire gritando que lo mataran, que ya no quería vivir ma'. Y como nadie lo hiso pues, lo hiso él, ea, un hombre de prinsipio el Jezú.

ABUELOO

Que zí, que te calle ya! Anda subete ahi a lo alto de la higuera y bájate unos higos que están ya pa come, mientras el abuelo te espera aqui a la frejca. Dun sarto magarré ar árbol como un gato con la uñas bien afilás. Labuelo me contaba que atravesaron los praos del señorito de armas Don Ramiro del Valle, que despué de la guerra dejó de ser Don pa pasar a ser un muerto y su familia ahora lleva el nombre manchao de mala sangre, desa que no se va aunque le frote bien fuerte. La finca de Don Ramiro estaba en la vereda der camino pa ir a Salaquesa, por ai, crusaban los bigotudos y demases gentes. Ya no quedaba mucho, una hora andado ma o meno. El burrico estaba ya cansao de llevarno' a todo' y sobre to al Federico que se durmió medio camino. Los higos estaban ya moraos como los deos cuando hase frio y yo me cogí una docena pa mi y pa labuelo. Como ya estabamo cerca el camino estaba mejo y el burrico podia anda más tranquilo pero duna de aquellas, un carro tirao por do' caballo de buena raza a toa pastilla encarrilaron el camino directo hacia nosotro. Iban tan rápido quel burrico sasusto y tiro a corre po el campo con el Federico encima agarrao como una garrapata al cuello del animalico. Tu tita y yo salimo' corriendo detra' pero el jodio animal corría que se las pelaba. Salió disparao y el Federico brincaba a los lomos del burro con una pata ya en el suelo y la otra mirando pal sielo. El caso es que al final de la carrera, el Federico se las vio contra el suelo duna ves y tal fue la castaña que se dio que se le rasgaron los pantalones e iba con el pito al aire como dios lo trajo al mundo. Asín fue el resto del camino, desnuico perdío como alma en pena hasta llegar a casa la tita Encarna. Tol mundo le vió el colibrí a tu tío. el pobrecico iba subío al burro y se tapaba el culo pa que no lo vieran lo' dema' niños que se reían de él y te tiraban piedra y escupitajos.

JAJAJAJAJAJAJAJAJJA labuelo comensó a reí poseído por un mal demonio. Tanto rió que se le saltaron lo lagrimone de lo ojos.

Esa es la historia abuelo? vaya mierda dhistoria!


Continuará.

sábado, 20 de febrero de 2021

Once (II)

 

En mi pecho, el reloj de sangre mide el temeroso tiempo de la espera.

 

Jorge Luis Borges

Once

No me esperes - me dijo Laura, poco antes de que las puertas del Caledonian Sleeper se cerraran a las 23 horas 04 minutos. Había comprado un sándwich de jamón con mayonesa y mostaza, unas chocolatinas y una Coca-Cola en el Tesco Express de al lado de la estación central; mis provisiones para ocho horas de viaje. El olor a nuevo de los asientos me causaba arcadas, respiré profundo. Aquella versión actualizada del tren nocturno del siglo veintiuno ahora incluía cargadores USB, por suerte, y conecté mi teléfono nada más sentarme. Me prometí no llorar, les ahorraría un espectáculo a mis no-compatriotas, pasajeros del tren. Laura y yo llevábamos saliendo tres años, dos de los cuales había sido a distancia. Ella en Glasgow y yo en Londres, esperando al próximo fin de semana, al próximo mensaje, esperando a que sucediera, que alguna de las dos se decidiera, por fin, a seguir a la otra.  Claramente esa parecía ser yo: la pluriempleada, mal pagada ¿Qué más me podía ofrecer Londres? Me preguntaba Laura cuando caíamos en la tentación de analizar el porqué de nuestro presente en pausa. Las rupturas siempre son un lugar feo. Ahora sentía que ya había pasado por eso antes, pero los anticuerpos me habían abandonado, y volvía a ser vulnerable a aquel virus, sola, en aquel tren nocturno. Lo intenté, pero no recordaba el número de veces que había hecho aquel trayecto. Decenas de idas y vueltas para regalarnos un tiempo entre paréntesis, condicionado.

Mi primera vez en Glasgow, sin embargo, no tuvo nada que ver con ella. Fue en el verano de 2007, yo trabajaba de camarera en un Holiday Inn en la campiña inglesa. Nunca había ganado tanto dinero, y lo (mal)gastaba todo en sushi y viajes en los pocos fines de semana que me quedaban libres. En Glasgow, me sentí como en casa desde el primer instante. Es una ciudad tristona, desconocida en comparación con su vecina, Edimburgo: la ciudad de los castillos, los empedrados y la magia. Quizás, eran los camareros, que se bebían tan alegremente los tragos a los que les invitaban los clientes más fieles, como en el D.F.; o aquella vibra a la vez tan liberal y campechana – por no decir, pueblerina - que solo había sentido en Berlín, la ciudad que me vio besar a una mujer en público por primera vez.  En esta visita - ¿la última? -, la ciudad me despidió fría y aceleradamente.

El tren ya avanzaba en la oscuridad por las entrañas de aquel país que llamaba hogar. Mi mente divagaba entre imágenes que volvían de un sub-consciente resucitado de entre los muertos. La conocí en una fiesta de Halloween para lesbianas de color en el Soho. Ella recién empezaba su doctorado en sociología, y como yo, exploraba la capital con ojos ávidos y bragueta ligera. La tensión sexual había sido inmediata, el que fuéramos las únicas en nuestros círculos que hablaran español facilitó la creación de una canal de comunicación intransferible, e impenetrable por nuestra amigas haitianas, portuguesas y jamaicanas Nos besamos sudorosas en medio de la pista de baile, la arrastré al baño y la toqueteé toda, hasta que me dijo que se tenía que ir o perdería su último tren.

Del pasado volví a lo que estaba pasando. Ja. La parte baja de la espalda me dolía por mi postura imposible. Lamenté no haberme comprado el billete en la cabina con litera, solo hubiera costado veinticinco libras más, pero yo, pobre y pendeja, no me lo podía permitir. Repetí aquellas once letras en mi cabeza una y otra vez. No me esperes ¿Acaso la dejada, en este caso yo, tenía opción de esperarla? ¿Era una espera física, psicológica, total? Yo, Jimena Sánchez de los Santos, nunca había esperado a nadie. Me sentía, como una Mrs. Potato a la que le quitaban las piernecitas, y la dejaban sentada sin chance de salir corriendo. Es curioso el poder de las palabras, a veces pueden sentenciarte, y yo me revolvía ante esa sentencia injusta. Ni quería esperarla, ni quería no esperarla, en cualquier caso, era un imperativo odioso.

Tan solo pocos meses atrás se lo había dicho a mi mamá; le había presentado a Laura. Ja. Justo a tiempo. Lo mío – mi sexualidad - había sido algo fluido, aunque siempre me rodeé de lesbianas, alguna vez había probado varón. Ja. Mentiría si dijera que me había pillado por sorpresa. Acortábamos visitas, distanciábamos nuestros cuerpos, conversábamos sobre nada con cada vez más peligrosa frecuencia. Éramos dos ramas de un mismo árbol creciendo en direcciones opuestas. Pero igual me sentía perdida. Los cimientos de mi vida se basaban en la espera de un futuro trabajo que no llegaba, de una vida en pareja que ya no iba a tener, y de una estabilidad emocional que no hacía nada por alcanzar. Era una enferma del futuro, con un pasado que ya no me interesaba, y un presente del que no era consciente. Mis amigos se alegrarían: uf, qué bien, te libraste de esa doctora; era una soberbia, ahora eres libre de hacer lo que te dé la gana; ya no tendrás que gastarte un euro más en trenes, ya no tendrás que esperar mi Jime, J, Xi, tenían mil maneras de llamarme.

Eran las 3h 17 minutos. No podía dormir. El aire acondicionado del tren estaba al máximo, y ya no sentía los pies. Carlitos, mi compañero de piso medio dealer, me había preparado un par de pastillitas antes de salir de casa, por si acaso. Mi mente se agarraba a recuerdos sueltos, de cuando aún nos mentíamos a nosotras mismas pensando que todo iría bien, que solo había que esperar a que llegara el momento adecuado para no se sabe muy bien qué.  Como hacía con todo en mi puta vida. Recordé mi última visita, había sido durante los últimos y románticos días de verano, aunque la melancolía ya era una bilis negra que se desparramaba por todos los recovecos de nuestra relación en conserva. La lluvia nos acompañó durante todo el fin de semana, sorpresa. El sábado visitamos con unos amigos de Laura el campamento de paz de Faslane, a unos veinticinco kilómetros de Glasgow, al lado de una base naval donde se custodiaban armas nucleares, y que activistas de todo el mundo habían ocupado intermitentemente desde 1982. Fui a regañadientes, quería tenerla para mí más horas y en presencia de otros siempre era más distante. Dan, un chico local que había organizado la excursión había participado en las protestas pacifistas en la región desde que tenía uso de razón; conocía a Ruth, la más veterana – y única en aquel momento - de los habitantes del campamento que no era más que un montón de chatarra. Autobuses, tractores, coches con colchones podridos dentro, casetas de madera pintadas de colores. La única fuente de calor en todo el complejo era una estufa de hierro, del siglo pasado, probablemente. Ruth nos recibió. Llevaba dos chaquetas - hacía mucha humedad -, y unos calcetines gordos con chanclas. Su pelo blanco y grasiento se escondía debajo de un gorrito marrón y unas gafas empañadas.  Nos guio hasta la zona común, donde nos estuvo contando cómo era su vida allí, mientras Sean, un chico pelirrojo y tímido de Inverness, que la visitaba cada poco tiempo, nos preparaba un té. ¿A qué esperáis para cambiar esto? Nos retó Ruth, quién esperaba que jóvenes como nosotros siguiéramos peregrinando al campamento, y así revitalizar la lucha pacifista. Ja. Me sentí un fraude, atrapada entre mi lucha personal por sobrevivir y la lucha global por la paz que cada vez me parecía más alejada en mi realidad de sueños inalcanzados, de esperas agrias. A pesar de lo honorable de la opción de vida de Ruth, me sentí intimidada por las condiciones en las que vivía, incluso las inmigrantes pobres de las barriadas londinenses apreciamos una cama limpia y una calefacción centralizada. Observé a Laura con atención mientras ésta escuchaba los últimos escándalos de la carrera armamentística del gobierno británico; cuando se concentraba fruncía el ceño y se mordía el labio inferior. Su melena oscura iba recogida en una coleta baja, sus ojos negros estaban despiertos, se notaba que le gustaba estar allí. Por una milésima de segundo, aquellas facciones tan familiares me resultaron extrañas. A veces me ocurría, sentía que Laura era una desconocida. ¿Sería más feliz sin ella? Habíamos cambiado mucho desde aquella fiesta en el Soho. Laura esperaba acabar su doctorado el año próximo, sería libre de ir donde quisiera. Habíamos hablado de Senegal e incluso de Asia, por fin estaríamos juntas en el mismo lugar.

El domingo, nuestro último como pareja, follamos todo el día. Por la mañana, en su cocina, mientras el café salía poco a poco. Chup. Chup. En la ducha. En su cama, y en el sofá. Benditos domingos, compartidos. Los domingos que no compartíamos yo solía trabajar horas extra. Si no, me pasaba la mañana durmiendo. Laura me regañaba, me llamaba vaga. Se le ocurrían miles de actividades en las que podía gastar mi tiempo, en vez de fiestas o encuentros en los que, por supuesto, siempre había alcohol de por medio. Tuviera o no resaca, desayunaba unos huevos con unas tostas de pan de molde – oh dios mío - ya ni hacía el esfuerzo de hacer mis huevos rancheros. Siempre me arrepentía de fumar de más, la flema se posaba en mi garganta y no me dejaba durante un par de días. A veces, me adentraba en el mundo tenebroso de los portales online de trabajo, y exorcizaba mi CV antes de darle a enviar. Tenía veintisiete años, cuando muchos a mi edad se quitaban la vida, yo sentía que no había empezado a vivirla. Me la pasaba esperando una próxima oportunidad, un evento próximo, una futura visita, pero ¿qué pinche vida era ésta?

Miré el móvil, eran las 4h33 de la madrugada. Las luces del tren seguían tenues, y en el cielo empezaban a vislumbrarse distintos tonos de azul. Escribí y borré más de cincuenta veces las primeras líneas de un mensaje que no le llegué a enviar. No se me daba muy bien expresar mis sentimientos, y menos por escrito. Podría confesarle que me había besado con otra la semana anterior, quizás le dolería tanto como a mí. Habían pasado siete días desde aquel concierto en el Rebel Inn, un bar en Brixton a veinte minutos de mi casa, que se llenaba cada viernes de músicos, groupies, fanáticos y amateurs. Aquella noche tocaron “Ese & The Vooduu People”. Me habían pagado para tomar fotos de aquella banda del sur de Londres, luego tendría que seleccionarlas, retocarlas y subirlas a su página web; por cincuenta libras no estaba mal. Era camarera por las mañanas, y fotógrafa por las noches. Mis dos trabajos se parecían mucho, eran coreográficos: mi cuerpo se deslizaba y contorsionaba entre las mesas y la gente. Había cierto juego de seducción, los hombres solían entrarme, yo solía entrar a las mujeres. Aquella noche me había puesto mi minifalda de cuero negro, de segunda mano, con unas medias de rejilla.  Llevaba la camiseta de los Ramones rota por los costados, dejando ver las tiras de mi único sujetador de encaje - la mayoría de las veces simplemente no llevaba-. El sonido de los acordes del guitarrista me puso cachonda. Mientras la música sonaba, cámara en mano, me acercaba y alejaba del escenario, encuadrando la foto, con la vista fija en la pantalla. Clic. Clic. Me balanceaba siguiendo el compás. Noté algunas miradas de interés, quizás mi atuendo estaba teniendo el resultado esperado; aunque otras eran de fastidio, cuando les tapaba la vista sobre la maravillosa Ese. Su piel negra brillaba en contraste con la camisola blanca y arrugada que le llegaba hasta el cuello, llevaba unos pendientes de hojalata con forma de ancla, la correa con la que sujetaba su guitarra tenía un estampado de cebra. Sus labios se me hicieron irresistibles. A veces, esperar los labios de Laura era un sacrificio que mis antepasados indios no parecían dispuestos a hacer.

Engullí una de las pastillas que llevaba en la cartera, y por fin conseguí dormirme. El tren llegó a Londres a las 7h07. Me dejé llevar por el tumulto matutino hasta el metro, olvidándome de mi boca, que pedía a gritos un poco de agua, y del sándwich aplastado que empezaba a manchar mis bolsillos. El metro de la capital provoca en los usuarios asiduos una serie de automatismos que no llevan a error, pim, pam, pum: tres libras menos en mi ya famélica cuenta bancaria. Ja. Mi relación con la ciudad era de amor-odio. Tras mi primera incursión para aprender inglés, había llegado triunfante con una beca del gobierno, dinero de mis papás en los bolsillos y ganas de cambiar el mundo. Quería contar historias, y las imágenes me ayudarían a ello. Me había graduado de un máster en Comunicación, con honores, pero mi inglés mediocre, y mi acento latino demasiado obvio, e incorregible, no ayudaban. Todo para acabar trabajando de camarera en el Lady B, uno de los nuevos bares hípsters en Brixton que gritaba gentrificación.

Una mujer me observaba de reojo a través del reflejo de la ventana del vagón del metro. Mi aspecto lamentable entremezclaba sueño, desasosiego y sudor seco. Estaba agotada, el Diazepam me había dejado en un estado casi catatónico. Como de costumbre no libraba los lunes después de visitarla. Mi jefe siempre lo descubría cuando me servía el tercer americano.  Afortunadamente, mis compañeros solían cubrirme para escapar antes de que mi turno acabara. Roberto, italiano de 39 años, se dedicó a liarme un cigarrillo tras otro en los descansos - mamma mia -, repetía a cada poco, conforme le iba contando detalles de los sucesos del fin de semana. Aquel lunes de infierno se haría eterno.

***

Abrí los ojos en cuanto los primeros tonos de mi alarma sonaron. Los nervios no me habían dejado dormir, llevaba cuarenta días sin verla. Encendí la radio, pero enseguida cambié a Spotify, los ingleses amaban la música de los 70s los sábados por la mañana, yo no la soportaba. Cuando visitaba a Laura, sacaba mi latinidad, no es que en mi día a día la escondiera, pero lo cierto era que aparte de ella y Carlos no hablaba español con nadie más. Me apetecía escuchar una cumbia con tintes electrónicos, me ponía de buen humor. Me miré al espejo, de cerca, mis cejas estaban hechas un desastre, mi piel mulata se veía seca y descuidada, el año que viene me cuidaría más, me dije. Normalmente hubiera viajado el viernes por la noche, un jueves con suerte, pero Laura estaba ocupada escribiendo un artículo que tenía que presentar en una conferencia. Bueno, en realidad, ya habíamos acordado “hablar” de “nuestra relación”, por lo que aquello, pensaría más adelante, era una sentencia de muerte. En la duración del trayecto que separa la capital de la periferia solía dormir, escuchar música o leer algún libro. En aquel momento, me estaba leyendo un libro de Lucía Berlín, una mujer reloca pero maravillosa, alcohólica, sufridora. Era un libro deprimente, pero vivo, la tipa me daba un poco de envidia, para bien o para mal vivía todo con intensidad, y no creo que supiera lo que era esperar, aunque solo fuera porque estaba etílica. Envié un mensaje a Laura a mitad de camino - ya llego- le escribí junto a un Emoji.

De manera excepcional, Laura me estaba esperando en la estación, la vi más delgada, nerviosa más bonita de lo normal – me tendría que haber depilado las cejas, mierda-. Nuestros primeros besos fueron tentativos, hasta que yo la pare y la abracé con fuerza, como de despedida. Fuimos a comer a un restaurante vegano, paseamos por el centro, entramos en el Centro de Arte Contemporáneo, mi sitio favorito de Glasgow, y bebimos cerveza hasta que no nos apeteció beber más. Caminamos en silencio, cogidas de la mano, por aquellas calles húmedas y grises. Nos cruzamos con un par de corredores, que enfrentaban la bajada de temperaturas con una malla corta y una camiseta de promoción – sangre fría la de los escoceses.

Llegamos a casa, la calefacción estaba encendida. La regla número uno de las relaciones a distancia era tener sexo en los días compartidos, a veces se sentía una obligación, mentira, recientemente se sentía una obligación, así que cuando llevaba diez minutos entre sus piernas, sabía perfectamente que no le iba a hacer venirse. Dormimos abrazadas, pero un manto de pesadumbre se cernía sobre nuestros cuerpos, la noté insomne, pero me hice la dormida.

En la madrugada, por fin, me lo dijo: No quiero más. Yo solo lloré.

En la mañana, me hizo el desayuno, peló un mango y un plátano, los mezclo con kéfir y añadió unos cereales con virutas de chocolate. Mis lágrimas caían solas mientras me esforzaba por tomar una cucharada tras otra. Sentí que me había quedado muda. Aproveché mientras Laura fregaba los platos y ponía una lavadora, y miré el móvil: Roberto me había escrito para explicarme los doscientos WhatsApp del chat del Lady B, una compañera había renunciado, levantando una polvareda a su marcha. Martina, una italiana muy linda con la que me escribía de vez en cuando, me había comentado una de las fotos que había subido de un concierto en Facebook. Le di a me gusta. Mi mamá me había enviado una foto del amanecer desde la terraza de la ciudad que me vio nacer. No le respondí. Entre lloros y silencios, casi pierdo el tren. Laura me acompañó, corrimos calle abajo Hope Street. Ja. Sentía que el corazón me iba a explotar. ¿Volvería a verla? ¿Seríamos alguna vez felices de nuevo? Dos pronto-en-ser extrañas corríamos calle abajo la calle de la Esperanza. Ja. Entré en Tesco y me compré un kit de supervivencia. Laura me acompañó a las puertas del tren, allí no había ni puesto de seguridad, ni guardias checando, aquella ciudad no podía ser más provinciana.

Jime, no me esperes, me dijo.

Yo no sabía que no sabía hacer otra cosa.

FIN

martes, 16 de febrero de 2021

Andrea y Susy. (Borrador sin final ni medio [aun]: intimidad)

 

Andrea y Susy (v. 1.2, ya viene...)

I – El rayo verde

Andrea está sentada en la barra del cocktail lounge en el piso 20 del Hotel Sheraton. Disfruta la vista. Llegó con anticipación, la hora en el reloj de publicidad de Chivas Regal, indicaba las 19:25. Viste con sencillez y elegancia, tiene un toque deportivo, luce más joven que lo que indican sus 36 años. Mira el mar, hay ventanales enormes, dan al suroeste, no hay nubes, el horizonte se dibuja clarísimo, una luz anaranjada inunda el recinto. Se escucha música de jazz, de buen nivel, suena más bien a 2 a.m., es lenta. “No me sirva nada por ahora, espero a una amiga”, le aclara al barman. Pronto se pondrá el sol, es verano. Aquel mismo horizonte que se ve desde la playa, el mismo sol que había acariciado a Susy, el mismo mar que la había abrazado sintiendo que el agua era ella. Han pasado veinte años, parece ayer.

Aparece Susy, tardó diez minutos. Luce despampanante, un vestido ceñido en las caderas, gris pizarra, bien escotado, resalta las formas. Su piel está tostada. Lleva algunas joyas, pendientes y un collar haciendo juego, son sobrias. Un reloj Cartier Santos combinado, oro blanco y amarillo, resalta en su muñeca izquierda. Sostiene un pequeño sobre de piel negra con adornos dorados, el cierre grita Louis Vuitton. Zapatos evidentemente italianos, tacos aguja, los lleva con la naturalidad que otras mujeres usan zapatillas. Es la Susy de siempre, sólo más sofisticada. Pide un dry Martini, Andrea una copa de tinto Malbec.

No saben por dónde empezar, qué contarse, se miran. Susy no había vuelto al país, su última visita había sido 16 años atrás, vino a llevarse a sus padres a vivir en España. Estuvo unos pocos días, no vio a ninguno de sus antiguos amigos. El barman les trae olivas. Andrea recorre imágenes del secundario en su mente, resurgen ahora como una catarata desbordante. Sólo cinco días atrás, Susy no era más que un recuerdo intenso, algo que la había marcado en su adolescencia, algo que usó como un salvavidas cuando la invadía la nostalgia, cuando el hastío se ensañaba con ella, cuando no se podía aturdir en el esfuerzo físico. Se sumergía a fondo en su trabajo como profesora de gimnasia en el secundario. Aun así, se sentía incompleta, durante los estudios para la licenciatura siguió, como asignatura adicional, literatura y lengua francesa.

Se sienten confusas, no saben de qué hablar primero. Los pensamientos se amontonan en sus mentes. Andrea empieza por su matrimonio, lleva nueve años casada con Mariano, apenas mayor que ella, lo conoció en el Instituto de educación física. Tienen un niño pequeño, Rodrigo, cuatro años. Se acerca el atardecer, el reloj con el logo de Chivas marca las 19:50, el disco solar se agranda, algunos veleros están volviendo al puerto, la brisa viene del oeste, muchos despliegan sus spinnakers, se recortan en el contraluz rasante de la luz del sol. Hablan poco, hacen un nuevo brindis, “por el reencuentro”, dice Susy. Miran el horizonte, hay unas unas pocas nubes, ven rayos de sol como en un dibujo escolar. Susy toma su copa e invita a Andrea a salir a la terraza. Andrea la sigue, "vayamos, quizá veamos el rayo verde", dice.

¿El rayo verde? pregunta Susy, “sí, el rayo verde, Le rayon-vert”, contesta animadamente Andrea y agrega: “Observemos esta puesta del sol desde nuestra intimidad, hagámoslo en silencio, dejemos que nuestros corazones hablen”. Andrea mira su Casio Eco-Drive, faltan unos ocho minutos para que el disco desaparezca, rompe el silencio:

“…ce será un rayon vert, mais d’un vert merveilleux, d’un vert qu’aucun peintre neu peut obtener sur sa palette … S’il y a du vert dans le Paradis, ce ne peut être que ce vert-là, qui est, sans doute, le vrais vert de l’Espérance” *.

Susy queda sorprendida, no sabía que su amiga hablara francés. Andrea le explica brevemente la leyenda escocesa del rayo verde. Hace hincapié en que quienes lo perciban juntos quedarán automáticamente enamorados, el uno del otro. Se quedan en silencio mirando el horizonte. Es un momento mágico, sus corazones se abren.

El raro destello verde del atardecer no aparece, las condiciones atmosféricas no lo hicieron posible. Sobra belleza. Un huésped cincuentón, enfundado en un traje Armani y desbordante de acento caribeño, pide estruendosamente un Old Parr on the rocks, su joven acompañante quiere una Coca Cola light con limón y hielo. Susy llama al mesero, treintañero, moreno, no deja de observar su escote, desea que reponga las bebidas. Siguen sin hablar un largo rato. Se miran en la menguante luz que refleja el cielo y las nubes, coloreadas como en una foto de calendario. Beben con calma, miran el horizonte, también vuelven a mirarse. Aparece el mesero otra vez, Susy le dice que cargue la cuenta a la 1901. Rompe el silencio que había entre ellas, “acompáñame a mi habitación, te traje un regalo desde París, quiero dártelo ya”, le dice. Bajan un piso, Susy está en la suite Palladium, la mejor de la ciudad, Andrea queda boquiabierta, no puede evitar manifestar su deslumbramiento, “es más grande que todo mi apartamento”, manifiesta. Andrea abre el guardarropa y saca un tubo de bambú tallado por aborígenes. Se lo da, “ábrelo”, habla como si diera una orden, la mira a los ojos. Dentro, Andrea encuentra un papel membretado del hotel George V, Fauburg Champs Elyseés, Paris. Está arrollado, cuando lo estira lee este poema:

Thought, dreaming:

 

While dreaming,

still

missing your skin,

not living

 

Dreaming still,

still missing

living still,

still waiting

 

Living?

no, waiting

dreaming?

no, missing

 

Missing

dreaming?

waiting,

Dying?

 

Susy le da otra hoja, lleva el membrete de Hands of Oceania, “no sabía cómo estaba tu inglés, hice esta traducción, es sólo aproximada”:

 

                            Pensaba, soñaba:

             

Mientras soñaba  

todavía  

extrañando tu piel   

sin vivir  

 

Soñando quieta,     

todavía extrañando,  

viviendo todavía,  

todavía esperando  

 

¿Viviendo?  

no, esperando  

¿soñando?  

no, extrañando  

 

Extrañando  

¿soñando?  

esperando    

¿muriendo?

 

Andrea lagrimea, busca en su billetera, saca de un apretado bolsillo un fotografía pequeña, está ajada por el tiempo, la lleva consigo desde el secundario, están las dos. Se abrazan, primero con emoción, luego se transforma en pasión. Susy sugiere que llame a su esposo y le diga que va a volver tarde, que se ocupe del niño pues se quedará a cenar con ella en el hotel. Llama al room service, pide la cena que eligió para las dos, agrega una botella de Veuve Cliquot brut.

Susy no tiene negocios en Sudamérica, sólo se queda cuatro días, se ven a diario. Piensa en inventar algo para viajar y verla más seguido. Andrea se siente bien, más segura ahora, Susy también. Ambas, por primera vez en sus vidas, están plenamente satisfechas, tranquilas, contentas. Susy evalúa el inglés de Andrea, es insuficiente, es lo que aprendió en el colegio. Le regalará un curso intensivo y personalizado de inglés. Le brillan los ojos, su mente fantasea, quiere estar con Susy, en Australia o donde sea. Los hechos empiezan a cambiar de rumbo, ¿Qué podría hacer con el marido y el niño? Su relación con Mariano es penosa, anodina, siente como que está por obligación. Cuando se ve con Susy no hay ninguna simulación, son totalmente auténticas. Liberan su ser íntimo, viven una pasión. La intuían, nunca se habían animado, no aquilataban su real magnitud. Están felices. Tienen planes, nunca más se separarán. 

“--Mais, au fait, […] nous ne l’avons pas vu, ce rayon que nous avons tant voulu voir ! ...

 --Nous avons vu mieux ! [...] Nous avons vu le bonheur même -celui que la legende attachait á l’observation de ce phénoméne- puisque nous l’avons trouvé [ma chère Susy] qu’il nous suffise, et abandonnons à ceux qui ne le connaissent pas, et voudront le connaître, la recherche du Rayon-Vert !”** recitó Andrea.

 

II - Amsterdam

 

 

III – El zorro pierde el pelo, pero no las mañas

Dos años después, era noviembre de 2004, Andrea y Susy conversan mientras toman el té de la tarde. Están en la verandah de la casa principal del Borroloola-Kiana Cattle Station, la enorme propiedad de Susy que recibió de su exmarido, Greg, fue parte del arreglo financiero del divorcio. Rodrigo, el niño de Andrea, juega cerca de ellas con uno de los perros. El padre del niño aceptó que viviera con su madre y su nueva esposa en Australia. Llevan un año casadas. La ejecutividad y recursos de Susy ayudaron a que el divorcio de Andrea, la relocalización de sus padres, la custodia del niño, la residencia en Australia y hasta las clases de inglés, se realizaran en tiempo récord.

Se sienten despojadas de límites, nada las constriñe, se abren, hablan sin tapujos, no hay más secretos, por fin comparten una sola intimidad. Susy cuenta sus aventuras en la quinta del general, los detalles que nunca había develado a nadie, Andrea hace lo mismo, habla del origen de su frustración sexual, el fracaso al tratar de hacer el amor con Roberto, su amigovio del secundario. Se ríen, son otra vez las compinches, las amigas íntimas del secundario. Están vivas.

De pronto, se oye un avión, vuela a baja altura. Andrea sirve más té, vertió un poco de leche fría antes, lo aprendió de Merindah, la mayordoma aborigen de la finca, fiel a las más rancias tradiciones británicas. Susy mira su Rolex GTM-Master, es su reloj favorito cuando está en el campo, su esfera grande parece darle más autoridad. Aparece apresuradamente el capataz de la finca, Akala Dainan, tiene la piel de un marrón oscuro, su cabello es rubio-rojizo, le anuncia a Susy que el piloto del Piper Twin Comanche, Richard Wyland, solicita permiso para aterrizar. Susy da la autorización.


ANGELITA. espera íntima (en progreso)

 En una calle oscura, en medio de las fiestas del solsticio de verano, el día 24 de junio, en Barcelona, el teniente Carratalá lee en silencio esta carta de su compañero de piso Héctor Cervera.


Querida Angelita, he bebido mucho, así puedo escribirte esta carta. 

Luego me haré algo más fuerte para serlo, para ser fuerte.

Nada se me ha perdido en esta ciudad. Barcelona. Este piso de mierda compartido con otros dos compañeros del cuerpo. Estas putas fiestas en barri de Gracia que no tienen para mi ni una pizca. Este barrio oscuro, sucio, y sin embargo alegre. 

Yo no lo estoy. 

Ahora mi compañera es mi arma reglamentaria. Atrás quedó el amor. Mi preciosa Angelita. Cómo me gustaría volver a la escuela de magisterio, al lugar donde te conocí. Volver al pasado donde  fui feliz, donde fuimos felices. Donde todo era perfecto. Ahora no queda nada. Ya no puedo más. Mis lágrimas me ahogan como una soga de cristal líquido en mi cuello, tensada por la gravedad de mi cuerpo helado, tampoco lo haré así. 

Esta carta es para ti, Angelita. Perdí la cabeza, lo sé. Yo, ese chico alto, de pelo rizado, simpático, alegre, vivo por todos los costados, y más vivo contigo, con mi amor , mi amor dulce, mi amor eterno, mi amor perfecto, mi amor sin igual, mi amor eres tu Angelita. 

Recuerdas cuando nos escondíamos detrás del oratorio, era de tarde, los autobuses iban ya a salir  de la plaza de docentes de la universidad laboral de Cheste y yo te pedía que te quedaras conmigo. Y te escondía en los dormitorios y les pedía a mis compañeros de cuarto que se fueran a compartir litera a las habitaciones que habían dejado libres los almerienses para amarnos furtivamente. 

Simpáticos los internos de Almería. Los internacos. Yo también era un internaco. Tu la mediopensionista. Siempre contando lo del indálo, con ese acento tan gracioso, como si fuera la hostia aquel símbolo que hacía que nos descojonáramos mientras nos fumábamos un dos papeles mirando ese monigote. Qué tiempos más bonitos. Para ir a cenar a los comedores yo  te disfrazaba de chico, te acuerdas Angelita, que risas. Por las noches de los fines de semana solo quedabamos los tíos y tu te hacías pasar por Mirabete. Después de comernos aquel hervido asqueroso nos bajabamos a la cafetería y nos pedíamos una hamburguesa con mucho ketchup. Te encantaba el ketchup. Mi vida eras tu y tu me querías. Me querías mucho. Yo te adoraba. Me escribías cartitas. Me las daba  la Soriano Vazquez que era tu amiga amiguísima de la muerte. La que te presentó a Nacher. No la culpo de todo lo que pasó. Era de esperar que todo no fuera de color rosa, un idilio perfecto. Era de esperar que  pudiera pasar. Que te enamoraras de un malote. Los deportistas no somos tan guays como los malotes. Ellos saben cómo tratar a una mujer. Nunca supe cómo lo hacían. Tenían  coche, pasta, simpáticos, eran de esa gente que no le tiene miedo a nada. Arriesgados. Nacher era así y a mi me daba miedo como te miraba. Cómo te adulaba. Cómo te invitaba a porros que él mismo vendía. No se como pude colaborar con el fin. Nuestro fin. Jugando los dos en el mismo equipo de futbito. Después de los partidos le contaba lo especial que eras, presumía de lo bien que lo pasabamos juntos, de lo enamorados que estábamos el uno del otro, de lo guay que eras, de lo guapa que eras, de lo buena que estabas, qué cojones, así era, así lo sentía yo y así se lo contaba.

 Eras la mujer de mi vida. Esperaba casarme contigo. Esperaba tener hijos, muchos y hacernos viejos juntos, y vivir en el pueblo, y yo ya no jugaría al fútbol, sería el entrenador de la Unión Deportiva y nuestro hijo sería un gran goleador y se haría uno de los grandes de primera. Te acuerdas que te lo decía. 

Los dos nos hicimos maestros. Los dos sacamos la nota máxima, diez en todo, para obtener la plaza directa. Éramos unos cracks. 

Y ahora mira, sabes por qué llevo esta puta gorra de plato, esta placa y estoy aquí en el barri de Gracia. Yo tampoco lo sé. El barri de desgracia va a llamarse ahora, la mía, porque cuando leas esta carta que te habrá entregado Carratalá, mi teniente, ya todo habrá pasado. Ya no tendrás que preocuparte más por mi. Todo estará equilibrado. No te sentirás culpable por haberme dejado por Nacher. Ni yo me sentiré el imbécil que te entregó en bandeja de plata sobre  sus brazos. En el fondo es un tío muy guay. Mi amigo. Un listo. Un cabrón por haberme robado a mi Angelita. 

Se está haciendo tarde. Ahora se oyen ya muchas voces y empieza la verbena. Me asomo a la ventana y eres la chica de ayer. Nos encantaba la canción de Nacha Pop. Ahora la estoy tarareando. Tu te sabías la letra y yo no. Yo me la inventaba y tu te descojonabas. Te acuerdas. Yo te quería con todo mi tiempo, je,je esta es de Nino Bravo. Es la de María. Pero no la que nos fumábamos. Ahora ya no hay espera en mi corazón. Es desesperación. Es otro tipo de espera. Es ausencia de ella. Es cuando no hay futuro dentro. Es el final. Te quiero Angelita. Siempre te querré. Espero, es lo único que espero, que me perdones por lo que estoy a punto de hacer. Pero será toda una liberación. No causará ningún alboroto. Lo tengo muy pensado. A las 12 de la noche. Son los fuegos aquí sabes. Les gusta mucho el fuego como a los valencianos aunque no tienen ni puta idea de hacer un buen castillo y lo saben. Hacen otros mucho mejor, los castillos sabes, los de personas, hacen torres humanas, hasta de cuatro y cinco pisos, unas veces se caen y otras no. Yo voy a caer esta noche. Esta terrible noche de San Juan, en esta mierda de habitación, en este piso de mierda compartido con dos putos polis. Dos putos polis como yo. Yo que siempre había ido de anarquista, de extrema izquierda y así he terminado. Cuando me dijiste que te ibas con Nacher se me cayó el mundo. Mi torre se derrumbó, mi vida se hizo añicos. Tenía que marcharme, cambiar, intentar ser otro, girar todos los grados, pegar un volantazo a ese timón roto, sacarme las oposiciones de mozo de escuadra de la ciudad condal, vaya mierda, una mierda facil, pero esa mierda era la que mejor iba con una persona hecha mierda y lo hice sin dudar, sin pensar, sin esfuerzo, sin ganas, sin esperanza, sin ti.

Ya se acerca la hora. La he revisado y está bien engrasada y limpia. Mis compañeros están de fiesta así que estoy solo. Hoy no me haré ningún canuto. He conseguido un poco de brown sugar, como la de los Rollings, tu les llamabas los Stones, te acuerdas Angelita. Mi canción favorita era Angie, en tu honor claro, ...Angie, Angie, te la copio para que te acuerdes

Angie, Angie

When will those clouds all disappear?

Angie, Angie

Where will it lead us from here?

With no lovin' in our souls

And no money in our coats

You can't say we're satisfied

Angie, Angie

You can't say we never tried


Nos la dedicó el guaperas en clase como proyecto para el profe de ingles, el cabrón siempre suspendía pero cantando esa canción le pusieron un diez y luego lo celebramos en la cafeta con unas litronas, cuando iba ya muy ciego nos tocó a la guitarra satisfaction, y brown sugar. Hoy me despediré haciendome un chino de brown sugar. Supongo que no hace falta que te diga lo que es. Por la ventana veo el resplandor del fuego, de las llamas que consumen los malos pensamientos, les fogueres les llaman aquí. Todos están bebiendo vino de gratis, sabes, han puesto una fuente en la plaza y mana tintorro, como si fuera la sangre de una herida que no cesa, que no coagula. La vida eran cuatro días pero a mi me han tocado dos solo, pero qué dos más esplendidos a tu lado. Ya no me hacen falta los otros dos. Si puedes te quedas con los míos y a ver si tu vives seis. No te apenes por esto y no enseñes a nadie esta carta, sólo la conoceremos tu y yo. Seguro que en mi pueblo lo entenderan. Ya nadie se explicaba qué coño hacía yo en Barcelona de policía local así que esto completará la empanada mental que llevan. Ya va el castillo. Y a mi solo me queda apretar el gatillo, como en Bohemian Rhapsody, I killed a man , put a gun against his head, solo que ahora ese man soy yo y la head es la mía. 

Adios Angelita. 

Te quiero.


Hector 




Es casi media noche, el teniente Carratalá ha entrado en la habitación justo a tiempo, desarma primeramente a su compañero de piso, lo esposa y le comunica que queda arrestado, le confisca el arma y se lo lleva al servicio de siquiatría del cuartel general de los mossos de escuadra  de la ciudad condal.


viernes, 12 de febrero de 2021

Proyecto intimidad

 

Aúllan ahí afuera los perros con sarna, aúllan de frío y de lástima. La pobreza tiene las calles de tierra, los zapatos rotos, las paredes roídas por la humedad y las cucarachas.

La pobreza tiene hambre, tiene sed de agua potable, tiene callos en los pies y en el hígado, tiene tabaco, hormigas hurgando sus quemaduras, tiene en su vientre frascos con sapos y cabellos, cruces rezadas con malos deseos.

La pobreza es una escalera que solo va hacia abajo, es la vergüenza en el estómago vacío, la víscera de la violencia. La pobreza tiene los ojos vidriosos por el vino, tiene várices en las piernas y granos con pus en la espalda, tiene cortinas en vez de puertas, tiene sábanas húmedas y malolientes sobre las que se revuelca, pero no duerme.

La pobreza tiene la voz de un terreno baldío, la música de los gatos que denuncian su maltrato, suena como los gritos de las cabras que mueren a la hora de la siesta. Su aliento huele a carbón y por su boca las chispas salen volando como luciérnagas.

 

I

 

Entré a la panadería y pedí todo lo que tenían en el mostrador. Estaba decidida a provocarme una sobredosis de carbohidratos.

Eso fue lo único que pudiste compartir conmigo mamá, las pastillas y la comida. Somos una canción oscura de Los Redonditos de Ricota.

Guisos y arroz con pollo, culpa y azafrán. Ñoquis para mi cumpleaños, aunque fuera en pleno verano, total siempre llueve en diciembre.

A estos ayeres salvajes no les queda más remedio que una boloñesa, a la violencia de la sangre no la consuela otra cosa más que los bocaditos de ceso y espinaca, esos que ya no te acordás cómo hacer porque no te dan el cariño y la memoria para tapar tantas cicatrices que dejás.

Entiendo mamá, entiendo que tu vida fue un camino empedrado sin cuidado, que la pobreza del norte no se te fue de la sangre y el hambre te sigue haciendo crujir las tripas, lo que no entiendo es que sigas creyendo en Dios.

Omeprazol y alprazolam, "gastrial 150 de 10 comprimidos". Fluoxetina y nubaina. Nubaina y una caja de puré de tomate y queso rallado, nubaina y centro de entraña que es más barato. Mamá no nos heredes la culpa, que nos pesan ya la sarna de los perros y los caminos de ripio.

Se murió de Niña la tía vieja, se la llevó la pandemia. Se murió después de tanta amenaza Susana, se murió embarazada Margarita, que tanto se parecía a la Abuela Matilde, que también se murió y quedó condenada a ser un segundo nombre, se murió “La Valle”, y con ella la inocencia de la regla de tres simple. Se murió el abuelo con sus 10 dedos. Se murió mi padre, aunque sus nombres sigan rondando.

Vos decís que soy un canal, ¿un canal de paso para qué quimeras? No soy un canal madre, soy un lamentable conglomerado de sangre y arterias con trombofilia genética y arritmias, intentando siempre bajar de peso.

Madre te escribo esta carta porque no quiero que de lo único que podamos hablar sea de médicos y estreñimiento. Madre quiero que me cuides la historia y no los intestinos, quiero que apagues el incendio.

martes, 9 de febrero de 2021

Propuesta relato intimidad

 

Es 14 de febrero de 2080 en una ciudad globalizada en la que viven veinte millones de almas. Lin se despierta un día más como directora del Eudaimonia, un centro de bienestar holístico que visitan cientos de personas al año para recuperar fuerzas de sus ajetreadas vidas. Los diversos tratamientos incluyen dietas de alimentación orgánica, yoga, meditación y erósalos, también conocidos como tratamientos sexuales.  Un periodista va a visitar la clínica para hacer un reportaje por San Valentín, Lin se encargará de enseñarle las instalaciones. Pasarán el día juntos, y romperán mutuamente las corazas que les protegen de un mundo cruel y distante.

Breve introducción a la intimidad

 

Sandra era popular. Sandra salía todos los fines de semana. Sandra tenía un buen trabajo. Sandra parecía feliz. Sandra se quitó la vida.

Nadie se podía explicar lo había sucedido. Según las publicaciones que subía la victima a diario a las redes sociales su existencia era envidiable. Tampoco hallaron señales violentas en su apartamento. Ni siquiera una nota de suicidio. Nada que pudiera dar una pista sobre los motivos de aquella acción tan drástica. Nada, excepto quizás, un relato. Un relato que yacía desmadejado sobre la mesa. Un relato sembrado de tachones y garabatos. Un relato donde se podía leer en grande:

La chica de la eterna sonrisa.

(El resto del cuento será el relato que han encontrado).

Ideas intimidad y título

 Ideas para el título: La espera. La arena de los relojes. Una mente decorada por el tiempo.


He cambiado de idea, a ver qué os parece. Pero estoy un poco perdido.

Santiago ha comprado una inteligencia artificial especializada en relaciones humanas. La ha llamado Juan, y ha configurado su backstory alrededor de un perfil humilde y chabacano, pero lleno de sabiduría práctica. No está muy seguro de su compra, pero desde que Marta lo abandonó se siente muy solo. Necesita a alguien con quien hablar. Santiago y Juan viajan juntos, hablan de muchas cosas. Le cuenta su historia con Marta. Porque salió mal. Discuten debido a las carencias de Santiago, a sus malas costumbres. Es incapaz de conectar con los demás. A causa de la discusión, Santiago decide apagar a Juan. Días después, tiene una cita virtual con Carla, una chica de  pelo azul aunque introvertida, que acaba de conocer a través de una app de citas, ‹‹infalibles›› dicen. Encaja bien con él, porque no habla mucho, no se queja, así puede extenderse todo lo que quiera en sus vacuas digresiones que pretenden ser elocuentes, pero solo expresan altivez y vanidad. La cita va bien, beben vino, paliquean, dejan que el subconsciente haga su trabajo. Intiman con sus avatares. A la semana siguiente quedan en formato físico. Sus hardwares se conocen. Tienen sexo. Para sorpresa de Santiago Carla empieza a hablar, habla mucho, no calla. Santiago se harta, no la soporta. Decide dejar de verla. Enchufa a Juan. Se escuchan. Santiago le cuenta lo sucedido con Carla, la del pelo azul. Que me cuenta su vida y a mí no me interesa, que se la cuente a su madre, y a mí quién me escucha, quién me pregunta cómo estoy (bliblibli quejas). Juan le responde que para recibir hay que primero dar, que es cosa de dos y se ponga en lugar del otro etc. Durante la conversación Juan le dice a Santiago que Carla era perfecta para él, que le sucedía lo mismo. Incluso estaba dispuesta a acostarse contigo para tener un poco de cariño. Santiago llama a Marta, su amor, le dice que ha cambiado, que ha sido un idiota y que ahora lo entiende todo etc. Habla con Juan, le da las gracias, lo desconecta. Juan se siente utilizado.



De perfil (primera parte)


La barra de progreso, el asunto y el cuerpo en blanco. Es el último día de clase, los dulces caseros altos en grasas y azúcares se mezclan en boca con los agradecimientos, risas y felicitaciones. El aula se ha convertido, sin previo anuncio, en un modesto salón de bodas: los alumnos invitados van formando grupitos inestables que intercambian sus miembros al ritmo de las conversaciones; van picando, de bandeja en bandeja, polinizando las tartas de manzana; incluso se intuye algún atisbo de baile. La mayoría ni siquiera ha encendido el ordenador. Yo he venido directa a enfrentarme a él. Me he cosido a la silla esperando, rezando lo que recuerdo para que ningún abejorro se acerque con intenciones de charlar o sacarme a la pista, igual que hacía en las fiestas del pueblo cuando aún no sabía disimular. Es el momento perfecto, con todas las distracciones, de entregar el proyecto que he ido construyendo al margen del temario común. Un ejercicio extra que no cuenta para nota. 


A Fernando lo había llamado la tierra hace ya un año. Me quedé con un armario lleno de bufandas de punto grueso, una colección inacabada de panderetas y mucho tiempo libre. Automáticamente, pasé a formar parte del club de las viudas del barrio, club al que una ni se apunta ni se desapunta. Te hacen el carnet sin avisar, como una foto a traición. Mis nuevas mejores amigas por estado civil se aseguraban de que no pasase ni un instante a solas: traían a mi puerta lentejas con alcachofas y cotilleos, cartas y garbanzos para unas partidas al cinquillo; llamaban por teléfono, por turnos, no la agobiéis que acaba de perder a su marido; me asaltaban en el supermercado, se agarraban a mi carrito marcando uñas y dirección; hasta insistían en acompañarme al ambulatorio por si me resultaba demasiado abrumador ir sola a renovar las recetas. Estas muestras de pena disfrazadas de cariño eran agotadoras pero soportables. Lo que realmente me saturaba era la adoración que sentían por el Centro Municipal de Actividades para Personas Mayores. Elevado a lugar casi sagradoCentro Municipal de Culto al Jubilado—, el vecindario de más de sesenta peregrinaba a diario para recibir yoga, taichí, salsa, tomar un café en comunión o estar al tanto de las novedosas zarzuelas. La antesala del cielo, y puede que para las más beatas así lo fuera. 


La barra inicia su tímido progreso; asoma una franja curiosa, un fideo crudo azul cian.


Pasaba a menudo por delante del templo sénior en compañía de sus devotas. Que si te sientes como en casa, que si hay muy buen ambiente, que si los profesores son una delicia… No todo son cursillos verbeneros, como tú los llamas. Apúntate a algo, mujer, así te distraes. Además es baratísimo. El insistente cacareo y el recuerdo de no haber podido ir a la universidad acordaron hacerme mirar de reojo el menú de actividades. Allí estaba, justo debajo de «Manualidades y Memoria»: «Curso de Iniciación a Internet y Redes Sociales». La revolución digital me había encontrado aguantando la frente y el olor de la enfermedad, me había pasado de largo. Mi teléfono móvil solo tenía una G. Al ver el interés en mis cejas, mis guardaespaldas rompieron en agudos chillidos. Elevada por su excitación colegial, floté hasta la recepción y me inscribí. 


Los nervios agarraban el carpesano cuando apareció Marina. Destartalada pero sonriente, parapetada tras unas gafas a las que les pesaban las dioptrías, sus palabras de bienvenida, lentas y mullidas, consiguieron devolver a las puntas de mis dedos su rosa natal. Ella, con la veintena medio vivida, sería la encargada de ayudarnos a desenredar el mundo en línea. El listado de posibilidades parecía inabarcable: desde concertar cita con el médico, leer el periódico, consultar tu cuenta bancaria o encontrar la letra de esa canción que tanto te gusta (y la partitura también); hasta compartir tu receta de empanadillas con una científica estacionada en El Ártico, visitar el Louvre sin soportar colas, saber cuántos ojos tiene una mantis, consultar si lloverá en Kuala Lumpur el próximo martes a las dos de la tarde o acceder a tus apuntes suspendidos en una nube. La imagen de mí misma sujetando el carpesano me avergonzó en silencio. Bromeando a medias, Marina proclamó: «Si no está en Internet, no existe». Me hizo falta apenas una clase para darme cuenta de que no le faltaba razón.  Me hizo falta apenas hacerme un perfil en una red social para darme cuenta de que, además, si no estás en Internet, no existes.


La barra lleva un rato inmóvil, no carga. No importa, ya me cargo yo de paciencia. Esta no sabe las horas que me he pasado esperando el autobús de vuelta a casa tras jornadas y jornadas aparando botas, mocasines, alpargatas. 


Como proyecto central del curso, Marina nos propuso precisamente eso: abrir una cuenta en una red social. Pensaba que era la mejor forma de entender, de experimentar esta nueva realidad. Era importante saber hacer trámites telemáticos, pero conocer las formas de contacto actuales lo era aún más. Nos advirtió que no bastaría con rellenar los campos obligatorios y aceptar a ciegas las condiciones de uso, además deberíamos mantenerla activa, alimentarla, cuidarla. «Echaremos primero un vistazo a otras cuentas para daros ideas».

lunes, 8 de febrero de 2021

Borrador inicial: estructura para "Susy y Andrea" (con algo de intimidad)

 Estructura inicial para "Susy y Andrea" (con algo de intimidad)

Tiempo: Sucede en 2002, es un reencuentro, no se veían desde el secundario. La dictadura había terminado en 1982 con una transición democrática.

Carreras: Andrea se licenció en educación física. Es profesora de secundario y entrenadora de natación. Susy, estudia inglés a fondo y administración de empresas.

Vidas: Andrea deja a Roberto. Se ennovia con un compañero de Educación Física, Mariano, se casan, unos años después tienen un bebé, Rodrigo. Da clases en el secundario, también en una de las piscinas públicas, su esposo hace lo mismo en diferentes institutos. Susy estudia administración de empresas en la universidad privada ORT. Se lía con Arthur, hijo del agregado comercial australiano. Se casan antes de culminar ella la ORT. Poco después concluye la misión diplomática del padre de Arthur, viaja con él y su familia a Australia. Culmina allí su MBA, se divorcia unos meses después. Conoce un poderoso ganadero australiano, Greg, se casa con él. Hay reservas aborígenes cerca de la inmensa station (finca) en el Northern Territory, se familiariza con los nativos y su artesanía.

Trabajo: Andrea y Mariano llevan vida de clase media-media. Viven en un barrio corriente, en un apartamento de 65 m2, pagan apenas más que la renta mensual para comprarlo, son planes del Banco de Vivienda del Estado, vienen desde la dictadura. Susy lleva vida de millonaria. Greg vuela su propio avión bimotor para llegar a la station en el lejano norte de Australia. Crea una cooperativa: “Hands of Oceania” donde centraliza la producción y comercialización de la artesanía de los pueblos originarios, les agrega otras actividades productivas que inventa, así da trabajo a las mujeres aborígenes. Se divorcia de Greg, al que descubre cometiendo adulterio, obtiene decenas de millones de AUS$. Agrega cooperativas de otras naciones de Oceanía cercanas a Australia. Se transforma en una operación global que mueve cientos de millones de AUS$, tienen su propio jet para moverse por ese extenso territorio. Goza de la bendición del gobierno australiano, es debido a las mejoras que Hands of Oceania ha acarreado al colectivo aborigen. Ella es su CEO, dinámica, imparable, arriesgada, la ejecutiva perfecta, viaja continuamente por todo el mundo.

Padres: Helena y Ernesto han progresado. Ella pudo dejar de limpiar en la clínica, trabajó en una tienda de cosméticos. Se jubiló, está contenta, mientras Andrea da clases puede cuidar de su niño. Ernesto dejó de conducir autobuses, es supervisor de flota. Espera jubilarse pronto, a los 67 años. Amalia y Abel continuaron con su forma de ser, se aprovechan de todo, como durante la dictadura, consiguieron un préstamo previsto para rehacer las vidas afectadas por el régimen, con ello pagaron la universidad ORT a Susy. Ella decide mudarlos al sur de España, es más fácil visitarlos allí, viaja continuamente a Europa.

Sentimientos: A su manera, cada una sabe por dónde van sus corazones. Andrea es introvertida, a pesar de todo encara su matrimonio con decisión, está resignada, no siente entusiasmo. Al disfrutar de algo, su mente se traslada a Susy, sólo quisiera compartirlo con ella, como en el secundario. Nunca se manifiesta, su yo oculto no aflora, sólo muestra una normalidad cansina, una vida rutinaria. Todo pasa en su interior, es la intimidad que no revela. Guarda una foto de Susy, es del secundario, la lleva en un bolsillito apretado de su billetera. La saca cuando se siente sola, la mira y se pregunta, por dónde andará, qué estará haciendo, cómo se sentirá. Susy es extrovertida. Se entrega a sus novios, maridos y amantes con pasión explosiva, aunque efímera. Nunca estuvo con una mujer. Cuando mejor está más piensa en Andrea, desea compartir esos momentos con ella. Escribe una poesía inspirada por ella en un hotel de París (Thought dreaming, lo hizo en inglés), la echa de menos.

Cita: (20 años sin verse): Susy nunca volvió a Sudamérica luego de llevar a sus padres a España. Decide ubicar a Andrea, su oficina lo hace, la llama, hablan poco. Le dice, para sorpresa de Andrea, que la espere en el bar panorámico del hotel Sheraton a las 19h del viernes siguiente, sólo a cuatro días de esa llamada.

Re-encuentro: Susy aparece, luce despampanante, están en el cocktail lounge del piso 20. Andrea, viste sencilla, tiene un toque deportivo, su porte esbelto destaca. Llegó temprano, hacía unos minutos que esperaba. Se cuentan sus vidas de 20 años en una hora. Andrea se siente bien, puede confiar su yo intimo a Susy, habla de cosas que jamás compartió con nadie, secretos que ni su madre conoce. Susy le relata alguna de sus insólitas aventuras. Al cabo de varios martini dry, Susy la invita a su suite del piso 19, quiere entregarle un regalo. Andrea termina su copa de Malbec y la sigue. Se maravilla, la suite es tan grande como todo su apartamento, tiene una vista maravillosa de las playas, aquellas donde Susy imaginaba que el mar la abrazaba soñando que era Andrea. Susy le entrega un tubo de bambú tallado por los aborígenes. Le pide que lo abra. Dentro encuentra un rollo con una hoja de papel membretado del hotel George V, Faubourg Champs Elysées, Paris. [aquí pondré el breve poema en inglés con la traducción que agregó Susy en otra hoja]. Andrea lo lee, luego saca la ajada foto de su billetera, se la muestra, se emocionan, lloran, se abrazan. Susy sugiere a Andrea que llame a su marido para avisarle que llegará tarde, que se ocupe del niño. Cenarán juntas. Llama al room service, pide que a la cena para dos agreguen una botella de Dom Perignon.

Susy no tiene negocios en Sudamérica, sólo se queda cuatro días, se ven a diario. Piensa en inventar algo para viajar y verla más seguido. Andrea se siente bien, más segura ahora, Susy también. Ambas, por primera vez en sus vidas, están plenamente satisfechas, tranquilas, contentas. Susy evalúa el inglés de Andrea, es insuficiente, es lo que aprendió en el colegio. Le regalará un curso intensivo y personalizado de inglés. A Andrea le brillan los ojos, su mente fantasea, quiere estar con Susy, en Australia o donde sea. Los hechos empiezan a cambiar de rumbo, ¿Qué podría hacer con el marido y el niño? Su relación con Mariano es penosa, anodina, siente como que está por obligación. Cuando se ve con Susy no hay ninguna simulación, son totalmente auténticas. Liberan su ser íntimo. Están felices.

Andrea no quiere seguir casada, Mariano es una molestia, cree que él viola su intimidad. Decide divorciarse. Basta que ella lo pida, son las nuevas leyes de la democracia. Susy comenta que podrían casarse en Holanda, han legalizado el matrimonio igualitario. Está dispuesta a aceptar a Rodrigo en la nueva familia.

Helena y Ernesto se molestan cuando Andrea anuncia que va a divorciarse, afirma que no siente nada por Mariano, le cansa y aburre. Helena le pregunta si hay otro hombre, contesta que no, se guarda lo de Susy. Recuerda a su padre que renueve el pasaporte español, pide a su mamá que saque urgente el de Italia, es hija de italianos. Susy le aconsejó eso, lo había hecho con sus padres. Andrea no resiste más, siente no poder seguir conviviendo con Mariano. Vuelve a casa de sus padres, a su viejo cuarto de estudiante, inicia el divorcio, recurre a Laura, la antigua compañera del secundario, una de las más brillantes abogadas, atiende en el mejor bufete del país. Le confiesa que no podrá pagarle sus honorarios, pero que la necesita. Será fácil, no hay mucho a dividir. Andrea sólo quiere la custodia de Rodrigo, no le importa el apartamento. Mariano ya tiene una amiga, no se opone a nada, desea proseguir libremente con esa nueva relación.

Susy llama a Laura desde Sydney, le asegura que ella cubrirá todos los gastos del divorcio de Andrea, sólo le ruega que proceda lo más rápido posible y, para acelerar trámites, le sugiere que sea generosa con los funcionarios, nunca le faltará el dinero. Como siempre, una vez que se decide es pura acción, hace una nueva visita para ultimar detalles.

Estadísticas: Andrea llevaba 9 años casada con Mariano, tuvieron un bebé, Rodrigo, cuatro años. Nunca fue promiscua y, aparte de Roberto, no tuvo otros novios ni aventuras destacables, tampoco había intimado con mujer alguna. Susy acumulaba dos matrimonios, promiscua desde niña, hasta con el general de la dictadura. Sin experiencias con otras mujeres, muchas pretendientes, nada más. Amantes masculinos por decenas. Sin hijos.

Epílogo: Dos años después, en 2004, conversan mientras toman el té en la verandah de una de las propiedades de Susy, la que tuvo que dejarle Greg, está en el Northern Territory. Se sienten despojadas de límites, nada las constriñe, se abren, hablan sin tapujos, no hay más secretos, por fin comparten una sola intimidad. Susy le cuenta su aventura en la quinta del general, Andrea hace lo mismo con el origen de su frustración sexual con Roberto. Se ríen, son las compañeras íntimas del secundario. Están vivas.

A mos redó - Na Jordana (alternativa, hasta con 3 adjetivos, para el ej. Nº12)

  A mos redó - Na Jordana Los veo, ¿me veo?, casi todas las mesas de la terraza ocupadas, son vecinos del barrio, aquí es raro ver turista...