lunes, 18 de enero de 2021

La promesa (casi casi terminada)

 

Un soplo de viento me empuja suave adentro de la estación, es un presagio, una señal para darme ánimos. ‹‹Los dioses están de mi lado. Llego pronto, tendré que esperar››. Aprovechando el impulso del viento, me deslizo hasta las escaleras mecánicas que me arrastran sin esfuerzo hacia mi destino.

La luz del sol al impactar contra el duro metal, pudo librarse de sus colores y fecundar todo la estación. Siempre me ha gustado pensar que un día soleado es un día en el que llueven gotas de todos los colores, como si los rayos de sol fueran los pintores de un paisaje de hierros, tornillos y cables.  Recuerdo cuando ella dormía estirada por toda mi cama, sobre la que había construido un fuerte con mis sábanas, para protegerse de los malos sueños. Vestía con ellas una fina, aunque elegante armadura, coloreada por superhéroes, que solo dejaba visible un tobogán que descendía desde la cima de sus tiernos labios hasta su barbilla, cubriéndole el resto de la cara. Recuerdo mirarla con los ojos hechos girasoles y pensar: ¡De qué tendrá que protegerse, si es Batman?

Las escaleras mecánicas se derraman sobre el mármol de color negro que me da la bienvenida. ‹‹Seguro que viene. Tiene que venir. Le hice la mejor de las promesas››. En el centro de la estancia, se alza un pequeño jardín que, a pesar de su modesto tamaño, se erige alto hasta el techo acristalado de una cúpula que necesita que le pasen un trapo. Junto al jardín, encuentro un asiento libre que me estaba esperando, el viento me deja sobre él, para después elevarse en hondas hasta la cúpula agitando todas las hojas de las viejas plataneras, silenciosas testigos del pasar del tiempo. Una niña recorre el andén brincando como un suricato mientras su mochila azul se eleva al son de sus saltitos como si de un paracaídas se tratase. Pie tras pie, tropieza y derrapa un par de metro sobre el frio mármol de la estación. Se ha hecho el silencio. La chiquilla como si fuese un radar, está haciendo un barrido de la zona. Busca a su madre. No llora, aunque los labios se le han hecho un ovillo sobre la barbilla y los ojos parecen haberle crecido por el golpe. Me mira, me está mirando. Me está radiografiando con su escáner. Estalla el primer berrido, El grito activa un protocolo de actuación en mí que yo desconocía, pero cuando estoy a punto de acercarme a la niña para tranquilizarla la voz de una mujer se interpone.

—No se preocupe, tranquilo—me dice.

—No es molestia mujer, si yo solo…

—De verdad, ya lo hago yo que para eso soy su madre. Usted vuelva a su asiento, ¿Le ayudo?—me interrumpe.

La pregunta me deja seco. "¿Cómo que me ayuda?" –El llanto de la niña me atraviesa los tímpanos y se cuela dentro de mí hasta la sien- "¿A sentarme?" ¡Pero bueno hombre, ni que fuera un abuelo! No me dio tiempo a responder. Parece que la cara de suricato se me había quedado a mi porque cuando me doy cuenta la niña y su madre se marchan.

—Dile adiós al señor.

—Adiós cheñor y graciaz —dice la niña entre sollozos.

‹‹Ahora soy un señor. La madre que me parió.

Bueno, aunque ahora sea un viejales no puedo dejarme amedrentar. Yo sé quién soy. Soy Santiago Vaibona, el amante hormiga, el enemigo de tiempo. El que espera a su amada.›› Vendrá, sé que lo hará. Aurora y yo hemos estado juntos desde siempre, aprendimos juntos a doblar bien los calcetines, me enseñó a atarme los cordones y yo le enseñé a encender fuego en la chimenea. Aquella chimenea donde luché contra hidras y basiliscos. Allí fue donde la  besé.

La besé tan suave que casi ni nos tocábamos. Rellené nervioso el silencio con una declaración de amor poco original. Ella se asustó, y me dijo que cómo podía decir esas cosas si era nuestra primera cita. Yo contesté gallardo y decidido que hacía tiempo que nosotros estábamos juntos, el asunto es que aún no te habías dado cuenta. Cerré los ojos y sentí el mundo en calma, como si afuera no llovieran océanos, como si no llevásemos una eternidad esperando este momento. Sus piernas eran tan largas que yo me convertí en un pequeño hombrecillo entre sus cálidos muslos. De hecho, fui menguando poco a poco, para que mi cuerpo no fuera un obstáculo para la exploración del suyo. Me hice pequeño, pequeñísimo, del tamaño de un bicho, del tamaño de una hormiga. La hormiga más valiente del mundo que saltó desde la mitad del salón hasta su pelo volando sobre un rio de ropa dada del revés. Ahí iba yo, el amante hormiga, dispuesto a conquistar cada rincón de su cuerpo. Con tremenda destreza o fortuna quizá, me enganché con un mechón de su pelo, y como si de una liana se tratase, me balanceé en un último salto final que me hizo volar hasta el infinito y más allá. De pronto advertí que viajaba más rápido que la luz, y con tremenda maestría me ajuste mis gafas de aviador y orquesté un aterrizaje forzoso en el valle que hay entre el borde de su labio y los acantilados de su barbilla. Allí, arropados por el fuego de la chimenea, recuperé  el tamaño de mis manos y recorrí con mi mapa su piel blanca y llena de pecas que para mi amante hormiga fueron islas, y que ahora para mí son un camino de besos hasta sus labios. Volvimos a ser uno, un ser de múltiples brazos y piernas, una esfinge de dos cabezas, a la que le ardían los mofletes y se le congelaban los pies.

Allí junto al fuego, abrazados a una manta, embriagada de amor imagino, me pidió que le contase una historia. Yo, contra todo pronóstico, accedí. Me alcé desnudo, le robe la manta y me la colgué al cuello simulando que era una capa. Después, hice del salón mi pequeño escenario donde luchaba contra innumerables enemigos que amenazaban nuestro amor. Yo le contaba cómo los enfrentaba, sin miedo, mirándoles a la cara, mientras apoyaba mis brazos en la cintura en posición de Superman. Y ella, ella reía a carcajadas tan fuertes que funcionaban como efectos especiales, y a mí se me llenaba el pecho de algo más pesado que el aire, y me temblaban las puntas de los dedos, y la sonrisa se me hizo de hierro, tan larga y tersa, que parecía que tuviese un piano en lugar de dientes. El papel del súper amante hormiga se coló dentro de mí aquella noche y se apoderó de todo lo que yo era. Ya no actuaba, solo me dejaba llevar por su risa. Le enseñé cómo sería nuestra vida; cómo le compraría flores, cómo haríamos trampas por ser dignos del amor del otro. Le mostré que yo sería el del jardín lleno de amapolas, el padre querido por su mujer y su hija, el que paga las rondas, el que arregla una puerta.

—¿Y yo? ¿Y yo?, —me dijo.

—Tú serás la de las manos fuertes y la sonrisa en la cara, la que tiene un segundo para todo el mundo, la bruja del pelo blanco que tendrá aterrado a todos los niños del vecindario.

—¿De verdad crees eso?

—¡Claro! ¡Por qué no iba a hacerlo!

—¿Crees que derrotaremos al tiempo? —me soltó.

La miré con ojos de búho, la verdad es que titubeé por un segundo ante tal pregunta, pero me recompuse rápidamente y me acerqué a ella.

—¡Qué venga, qué venga, le reto! ¡Qué vengan los años que aquí los espero! que nos enfrentaremos juntos a la decadencia de la carne con sexo senil y artritis, y cuando llegue el olvido, le gritaremos qué no a la cara. Juntos construiremos un hogar donde no pueda alcanzarnos. Le daremos esquinazo al tiempo y desde la ventana nos burlaremos del olvido.

Aurora me agarró del broche de la capa y me plantó un beso del que saltaron chispas de tal magnitud, que ensordecieron el crepitar de las ascuas de la chimenea.

—¿Seremos tan felices como lo hemos sido hoy? ¿Seguirás contándome cuentos?

—Cuando me haga viejo seguiré contándote historias igual. Puede que el Superman no me salga tan bien, pero seguiré contándote todas las historias que quieras—le dije con la sonrisa más grande jamás dibujada—. Te lo prometo.

Las luces se desvanecen de pronto como si fueran el telón de un teatro. La estación está a oscuras. La única luz se dispersa desde los faros de un tren hasta el techo sucio de la estación, y donde antes había manchas ahora hay sombras. La noche está aquí. Ya no quedan colores desperdigados por las esquinas del andén. Un único rey, el negro, va devorando el metal con sus uñas y oxidando el hierro con su aliento. ‹‹Con tanta luz no puedo ver nada. Solo veo caras deformadas por la óptica de un cristal demasiado grueso, o ¿será mi memoria? ¿Dónde está Aurora? Qué venga ya por favor, hace frio y tengo hambre››. Ahora la luz me da dolor de cabeza. ‹‹No puedo recordar su rostro. Solo ese tobogán que va desde sus labios hasta los acantilados de su barbilla. No debí dejar que se fuese. Siempre hemos estado juntos y siempre deberíamos haberlo estado. Lo único que quiero es que venga Aurora y nos vayamos a casa.›› A pesar de estar casi a oscuras siento la mirada de alguien. No me había dado cuenta pero un hombre se había sentado al otro extremo del banco. Me mira. Lleva gafas de sol. Lo saludo, pero no me contesta. Sólo me mira con esas gafas negras. ¿Puedo ayudarle? Le pregunto, pero antes de formular la pregunta el ladrido de un perro me interrumpe. Oh, disculpe, no lo había visto —dice entre risas—. Este es Caronte. Señor C. le llamo yo. —Señor C y yo intercambiamos un breve aunque formal saludo—. Ahora quien me mira es el perro. Nos miramos a los ojos y veo en ellos una mirada tan pura e intensa que hace de la inocencia y la sabiduría una misma cosa. Incluso parece que habla. Me cuenta cosas acerca de su trabajo, que vende lotería y que tiene ganas de llegar a casa. ‹‹Yo también quiero irme a casa.›› —El perro me ladra—. Tiene algo en la mirada que me desgasta la piel y los huesos. Veo reflejado en los ojos del perro recuerdos enlatados que van de la juventud a la vejez, y me tiemblan los huesos —Ladra el perro—. También me duelen las manos. Unas manos cargadas de arrugas y de heridas que no reconozco, debe de ser por el frio. [Siento que] he olvidado una vida —El ladrido del señor C me agujerea el pecho—. Por primera vez, la posibilidad de que Aurora no venga atraviesa mi mente como un disparo.

Ella se fue un día de abril. A Londres, a enseñar español. Me pidió que me marchase con ella. Yo le dije que qué hacia un hombre como yo en Londres —no sé inglés, solo sé de taronges i de moniatos—. Mi casa está aquí, le dije. No me entendió. Yo a ella tampoco. Su casa estaba “allá afuera”. La mía era ella. Ella era mi hogar. Mi chimenea, y como el fuego, el olvido amenazaba en convertirlo todo en cenizas. Le juré enemistad eterna y ahora pago el precio de mi soberbia. El tiempo arrasará mi hogar con una llamarada y no dejará nada. Ni recuerdos en fotografías, ni víveres en la despensa. Todo se lo llevará el fuego violento. Toda mi casa, todo lo que soy, todo mi imperio quedará reducido a cenizas.

Los ladridos del perro me sacan de la prisión de mis pensamientos. Señor C siempre intenta ayudar, dice el hombre. Una vez, fui tan adentro del mar que no sabía hacia qué lado estaba la orilla. De pronto me vi rodeado por un monstruo que lo abarcaba todo. Éramos él y yo, no había nada más. Pero oí su canto, fue como escuchar una sirena —¿Verdad que sí, amigo?, el señor C menea la cola y afirma sonriente—. Él me trajo de vuelta. Me salvó de aquel monstruo. El mar proyecta sombras peligrosas, ¿sabes? Intento decir algo, pero el silencio me ha robado la voz.

La mirada del señor C es tan honda y profunda que me deja tiritando a merced del oleaje de mis recuerdos. Soy un náufrago a la deriva en el mar de mi memoria. Todo está mezclado adentro de mi cabeza. Aurora, Londres, la estación, todo se diluye en la misma cosa, mientras, mi corazón es un ancla que me hace descender hasta lo más profundo del abismo, donde me espera mi enemigo.

La luz regresa en un fogonazo que pinta de una blancura láctea el andén de la estación. Lejos de ser agradable, es incluso más molesto que los ladridos del señor C. Ya no sé ni el tiempo que llevo aquí sentado esperando. Me duelen las rodillas y tengo la cabeza llena de viento y hojas secas, la boca pastosa de espuma de mar y con un regusto a sal. Cuando me llamó por teléfono, aún conservaba la misma voz de miel y nueces, me dijo que llegaba el martes a las ocho y media, que la recogiese en la estación y que fuésemos a cenar. Ya falta poco, Santiago, ya falta poco para irnos a casa.

El chirrido metálico de las vías del tren golpea en el pecho a todos los que como yo, esperan. Las rodillas me dan molestias pero consigo levantarme, el señor C se despide de mi moviendo el rabo de lado a lado. Que vaya bien me dice, recuerda volver a casa. Nos despedimos cariñosamente. El corazón grita dentro de mi pecho, más estridente que el ruido de hierros chocando. Parece un tambor de guerra, suena como una canción marcial, mientras que a mi me tiemblan las manos y se me nublan los ojos, y la cabeza me da vueltas, pero antes de colapsar, veo su melena negra como el tronco de un naranjo. Sus labios y los acantilados de su barbilla ya no están solos. Cómo podía haber olvidado su rostro. La abrazo en un intento de recuperar el tiempo perdido, El amante hormiga hunde mis dedos en su pelo como si fuera tierra. La miro a los ojos y se me escapan dos gotas de sal que desciendo por el yermo paraje de mis mejillas.

­—Aurora amor mío, ¡Cuánto tiempo sin verte!, ¡Estás preciosa! ¡Qué maravilla!

Aurora no me responde, sino que me devuelve el abrazo. Recupero el calor en mis manos y  vuelvo a ser joven otra vez. Su fuego me alumbra, me calienta y me alimenta. He estado empapado durante tantos años en los océanos del tiempo que ya no recordaba lo que era calentarme las manos junto al fuego.

—Estaba muy preocupada por ti papá.

—Ah, por mi no te preocupes, vámonos de aquí, está maldita estación casi me vuelve loco, vámonos a cenar y me cuentas todo.

—Espera un momento…

—No hay tiempo que esperar, no quiero esperar más, quiero irme a casa.

—Papá no soy Aurora, soy tu hija.

—Qué dices, no bromees, pero si yo no tengo…

Al tocarme la cara me doy cuenta de que soy un hombre sin rostro. Llevo una máscara de piel flácida que intento arrancarme, pero no lo consigo. Miro mis manos y me doy cuenta de que son las de otro. No sé quién soy. La vida de otro cae ante mi, y puebla mi mente de recuerdos falsos.

—Papá, mírame—Aurora con sus delicadas manos me encuentra con sus ojos—. Soy yo, Raquel.

A la fuerza me arrastra la corriente de nuevo a lo más profundo. Me coge de la mano y me lleva a través de los recuerdos de mi mente, enseñándome fotografías y cuadros de lo que una vez fue mi vida. Habitaciones llenas de momentos que olvidar, cofres repletos de tesoros que no necesité jamás y al fondo, una habitación llena de nada.

—Ven, Raquel, vamos a ese banco que necesito sentarme un momento—le digo a mi hija.

Raquel me recuerda mi estado, lo que hablamos en la clínica, que esto podía pasar, sobre todo cuando ya llevas un año conviviendo con la enfermedad. Que a partir de ahora no estaré solo nunca más, que siempre habrá alguien conmigo. Yo le pregunto si Aurora podrá venir a verme, pero mi hija me explica que Aurora vive en Londres con su familia y que ahora ya es muy mayor para venir aquí. Dejo escapar un tenue sollozo que en su origen fue un grito de auxilio, pero que he ido aplacando conforme salía de mi interior. Lo recuerdo, recuerdo como mientras cenábamos Aurora me contaba que había conocido a un hombre irlandés de cabello rojizo, y que cada fin de semana la dejaba en casa porque tenía que ir a pescar a alta mar. Recuerdo el momento en que mi corazón se descolgó del pecho como si fuera un fruto maduro y que para no perderlo. lo guarde en un cofre. Allí me dirigí, busque por todas las habitaciones hasta encontrarlo y tras un mueble viejo repleto de vajilla sin usar lo encontré cubierto de polvo. El cofre que guardaba mi corazón.

—Hija mía —le dije arrastrando los dedos por sus mejillas—, te quiero, pero he de irme. Voy a entregárselo todo y  me voy a ir a casa. Que seas muy feliz.

Entro en la habitación rellena de nada. Araño la tierra hasta levantarla y hundo mi corazón entre los gusanos y las lombrices y con mi lamento riego la tierra labrada. A mi corazón le surgieron raíces como a una semilla, fuerte raíces que sostenían un tronco fuerte. Me giro y le digo a mi enemigo que se puede quedar con todo, que no quiero nada, pero que si vuelvo a verlo me encargaría personalmente de que nunca más vuelva a estar solo. Doy media vuelta y empiezo a escalar por el tronco. Es un árbol tan alto, tan alto, que ni el tiempo ha podido alcanzarlo, y sobre la copa, entre las armas, hay una casa. Al abrir la puerta, la encuentro al fin, es ella, mi Aurora, está encendiendo el fuego de la chimenea.

He estado un buen rato esperándote—me dice.

—Y yo a ti. Pero ya estoy en casa.

martes, 12 de enero de 2021

Abuela criminal desactualizada

 No recuerdo el día en que acepté el encargo. Sospecho que mi cerebro lo tiró a la icónica papelera convertida hoy en una de mis más insoportables compañeras de trabajo. Estoy segura de que hasta disfrutó del posterior vaciado crujiente, rápido e insensible, características que definían mi estilo, mi personalidad, antes de quedar relegadas a un dibujito bidimensional sostenido en una pantalla donada durante la campaña de promoción del Plan Nacional de Alfabetización Digital. Consejero municipal mostrando router desconectado para la foto incluido. Antes de pasarme tres mañanas a la semana rodeada de vejestorios cuyas aspiraciones se movían entre poder concertar una cita con el médico de cabecera a través de la web, ser capaces de establecer una videollamada con sus nietas doctorandas en Róterdam o consultar los resultados de la jornada futbolera. La barra, digna, no avanza. Intento controlar mis niveles de cafeína. Fracaso con un capuchino plasticoso. 

 

Fue a través de un mensaje instantáneo, como la vida moderna, eso sí consigue rescatarlo mi memoria. Apenas había instalado la aplicación, obligada por los de arriba, cuando una burbuja (aprendí que se les llama así en la tercera clase) apareció en el móvil para revolver mi peculiar rutina: 


 

A todos nuestros colaboradores:

Con el fin de atender a la creciente demanda de trabajos virtuales, hemos decidido reconducir el negocio y abandonar definitivamente la actividad física.

TODOS DEBÉIS CUMPLIR CON LAS NUEVAS

CONDICIONES. SIN EXCEPCIÓN.

Pulsa sobre este enlace para acceder a tu misión

 

De haber sabido en ese momento que me estaban chillando por escrito (novena clase), habría dejado caer descuidadamente ese aparatejo entrometido en algún lugar líquido y profundo. Habría reunido todo el dinero y la documentación que tenía estratégicamente almacenados en puntos seguros de la ciudad y habría tomado un vuelo transatlántico, maratoniano, de esos en los que recomiendan recorrerse los pasillos enfundada en unas medias compresivas, tras haber aceptado por fin las ofertas que llevaba años rechazando. O quizás me habría marcado un alegato feminista, habría argumentado que yo no formo parte del masculino genérico, que me genera distancia, que me borra, que me olvida, y habría continuado con mis extorsiones a punta de navaja y mis secuestros como si nada. Aunque imagino que a mi jefe, el mismo que ordenó rebanar el índice de su mujer al enterarse de que había vendido el último anillo que él le había regalado, no le habría entusiasmado el discurso. 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

lunes, 11 de enero de 2021

El síndrome de la musaraña

 

Una hora y media al día, 45 en un mes, 540 cada año, 18.900 en mis 35 años de vida. Ese es el tiempo que he gastado esperando, pero he tomado una decisión: no voy a volver a esperar nunca más.

Confieso que plantearme este cambio de hábitos no ha sido la culminación de un proceso intelectual, sino que, como tantas otras cosas en la vida, proviene de un calentón. Tuve una incidencia con mi compañía telefónica. Decidí intentar solventarla por teléfono, llamando al centro de atención al cliente. Craso error. Dos horas después, colgaba el móvil. Por supuesto, mi problema no estaba resuelto y había pasado la tarde escuchando odiosas melodías mientras los diferentes departamentos se transferían mi llamada, como si de una patata caliente se tratara. A ellos les da igual. Total, cobran por hacernos perder el tiempo, pero yo había malgastado la tarde entera. Mi tarde. Las únicas horas de tranquilidad que tengo a lo largo del día.

Por eso mismo decidí calcular, aunque fuera aproximadamente, todo el tiempo vacío, desperdiciado, pasado en suspenso, a la espera de que algo sucediera. Sabía que iba a ser mucho, pero nunca hubiera imaginado que más de dos años de mi vida habían transcurrido en stand by. Esto es intolerable. Vivo inmerso en una sensación de improductividad eterna. Siempre me parece que le faltan horas al día, por ello no puedo permitirme ese derroche y pienso ponerle una solución.

Lo primero de todo fue definir qué es esperar,  o más bien, delimitar la espera en la que quiero centrarme. Pensé en escribirle un tweet a Pérez Reverte, pero claro, tendría que esperar una respuesta que, seguramente y con razón, nunca llegaría. Por ello, decidí saltarme a los intermediarios y me dirigí directamente al diccionario de la RAE. En él figuraban seis definiciones diferentes para la acción de esperar. Sin embargo, solo una se ajusta a lo que yo estaba buscando: no comenzar a actuar hasta que suceda algo.

Esa inacción es contra la que tenía que luchar. Pero, al reflexionar sobre el tema, me di cuenta  de que mientras esperamos, no permanecemos estáticos. Una persona puede hallarse esperando un tren, que termine una caída, que se suba un archivo a internet o el regreso de una hija, y por el contrario, no parar de hacer cosas. Ahí está quid de la cuestión. Hacemos cosas que no haríamos si no estuviéramos esperando, cosas cuya finalidad no es otra sino la de matar el tiempo. Expresión que, por otra parte, siempre me ha resultado irónica, porque en realidad es el tiempo el que nos acaba matando a todos.

Ahí lo vi claro. Tenía que lograr rellenar los huecos de mis días con actividades que me aportaran algo, que yo realmente quisiera hacer. Aquellos actos que nunca encontraba un momento para llevar a cabo o que me frustraba el no poder realizar iban a ser el cemento que cubriera mis esperas, dando consistencia  a mi vida. No parecía tan difícil, solo era cuestión de organizarse y planificar.

Estaba tan emocionado que, en cuanto Clara entró por la puerta, fui directo a decírselo.

—Me parece muy bien, a ver si así dejas de perder el tiempo en el sofá y podemos hacer más cosas juntos. Pero, por favor, ¿me dejas ir al baño y quitarme el abrigo? Luego me lo cuentas tranquilamente.

Ya acomodada, se sentó a mi lado. Tras explicarle a grandes rasgos mi plan, llegamos a la conclusión de que lo mejor era hacer una lista de aquellos momentos en los que tenía que esperar para intentar evitarlos. Además, debía identificar las actividades que realizaba durante las esperas y buscar otras compatibles que me aportaran valor. Mientras debatíamos sobre el tema, tuve unos segundos en los que empecé a sentirme un visionario, probablemente cuando mi plan funcionara debería de escribir un libro de autoayuda y forrarme. ¡Cuánta soberbia cabe en la estupidez! Unas horas después, recabando información para mí gran proyecto, me topé con unas palabras que me pusieron  los pies en el suelo: “Obra así querido Lucilio: reivindica para ti la posesión de ti mismo, el tiempo que hasta ahora se te arrebataba, se te sustraía o se te escapaba recupéralo y consérvalo.”  Era el inicio de las Epístolas morales a Lucilio escritas por Séneca hace casi dos mil años. No había inventado nada, pero como entonces aún no lo sabía, levanté mi autosatisfecha mirada hacia Clara y continué la conversación.

—El ascensor y el transporte público se van a acabar, a partir de ahora subiré y bajaré por las escaleras.  Gastaré más el coche. Se acabó estar helándome de frío mientras el autobús decide si le apetece llegar a la hora.

—Y también podrías hacer la cena, así te ahorras estar esperando mientras yo la preparo.

—O aprovecho ese ratito para meter en mi bandolera las cosas del trabajo, así no voy tan apurado por la mañana —dije sonriéndole.

—¡Qué morro tienes!

Tras un amplio análisis, quedó claro que el transporte, los anuncios, las colas y los trámites, tanto telefónicos como presenciales, iban a ser mis grandes caballos de batalla. Sin embargo, el principal enemigo a vencer no era otro que el teléfono móvil y, más concretamente, las redes sociales. Por último, la lectura, el trabajo y los podcasts iban a convertirse en mis aliados para esta guerra, a falta de una mejor planificación y nuevas actividades que pudiera idear. Para ello, me compré unos auriculares bluetooth por Internet. Al día siguiente los tendría en casa, y desde ese instante viajarían conmigo a todas partes. Al igual que al menos un libro, que desde aquel momento se encontraría siempre en mi maletín.

Pero, todas aquellas acciones no iban a ser suficientes si a cada pausa debía vencer la tentación de conectarme. Quizás tuviera que borrar mis perfiles en las redes, o no. Ya vería.

Me acosté rumiando aquello. Sabía que aquel universo paralelo de likes y fotos ejercía sobre mí una atracción demasiado fuerte, pero en el mundo actual, son tu medio para mostrarte y relacionarte con los demás.

Podría decirse que fueron herramientas destinadas a acabar con la espera. En un primer momento, su uso se limitaba a espacios vacíos en los que no teníamos nada mejor que hacer que consultar esa ventana por donde espiábamos las vidas de otros. No obstante, eso fue solo el comienzo, porque a través de la pantalla también éramos observados. Poco a poco, todo lo que veíamos se fue modificando con un solo propósito: atrapar nuestra atención. Empezó a alimentarse de nuestras esperas, induciéndonos a encontrar cada vez más momentos en los que usarlos y, por tanto, manteniéndonos en espera cada vez más y más tiempo, pasando de ser una posible solución a agrandar el problema.

Esta evolución me recuerda a un parásito nematodo que infecta a saltamontes y mantis religiosas. Cuando estos insectos beben aguas contaminadas, en ocasiones, consumen las larvas del parásito. Una vez en su interior, este gusano comienza a crecer entre los recovecos que deja el cuerpo de su hospedador, pero no le vale solo con crecer. El gusano se expande hasta convertirse en adulto, y en ese instante necesita regresar al agua para reproducirse. Esto lo consigue emitiendo sustancias que afectan al cerebro de su “casero”, produciéndole una intensa sed. Cuanto mayor es el parásito más sed produce. Al final, su portador es solo un recipiente relleno  por el nematodo. Un recipiente con una sed tan terrible que acaba saltando y muriendo ahogado en el primer charco que encuentran. Ahí es cuando, del cadáver, emerge un gusano mucho más largo que el despojo que deja atrás. De una forma muy similar nos tratan estas redes. Nos generan una necesidad de consumirlas cada vez mayor. Esto nos obliga a pasar más y más tiempo conectados, hasta que, finalmente, frente a la pantalla solo queda el reflejo de personas vacías, ahogadas en un mar de likes, viviendo solo para y a través de sus perfiles. Mientras, otros se lucran a su costa, sin pensar en lo que pueda suceder con los seres a los que han infectado y dejan atrás, abandonados a su suerte.

Los siguientes días pude ceñirme al plan bastante bien. El uso de las escaleras me activaba y en el coche llevaba siempre sonando un podcast sobre productividad al que estaba enganchado. Así, en vez de perder el tiempo en cada semáforo, aprovechaba para aprende sobre como volverme más eficiente. La lectura de la novela de Michael Ende “Momo” me acompañó cada vez que tuve una pausa medianamente larga. Eso sí, siempre que el ruido del ambiente no fuera excesivo y me impidiera concentrarme. El ruido también era un problema en los momentos en los que decidía contestar desde el móvil los correos del trabajo. Muchas veces era imposible prestar atención a lo que hacías. Uno no se da cuenta de lo que las personas gritan hasta que intenta ignorarlas activamente. Por suerte, todo tiene solución. Con mis nuevos y nada baratos auriculares me aislaba del mundo escuchando Chill Out, hecho en base a la música de Star Wars. Sí, se que puede parecer un poco friki, pero al cabo de unos pocos segundos todo el bullicio de mi alrededor se había convertido en la arena del planeta Tatooine, y yo ya estaba listo para sumergirme en mis tareas. Por desgracia, no siempre podía privarme completamente del oído. En esos casos me quitaba un auricular y volvía a mis podcast. Todo parecía controlado.

Al cabo de dos semanas eché cuentas de mis progresos. En la mayoría de las jornadas había logrado reducir la hora y media de espera diaria inicial a tan solo 15 minutos. Sin embargo, no era suficiente, había una serie de actividades que se me resistían. Una eran los anuncios de la tele y las plataformas de audio, especialmente si estaba con Clara. Por una parte me parecía feo ponerme los auriculares cada vez que hacía una pausa publicitaria en la cadena que estábamos viendo, pero por la otra, en la mayoría de ocasiones no hablábamos ni hacíamos nada más que ver la pantalla o el móvil. Debería ponerme de acuerdo con ella para solucionarlo, planificar de antemano en qué paradas hablar y en cuáles centrarnos en nuestros asuntos. De todas formas, preferí esperar unos días a tener esa conversación porque estaba un poco de uñas desde que discutimos la otra tarde.

Todo empezó cuando le sugerí que debíamos empezar a hacer la compra online, así podríamos ahorrarnos esperar turno para que nos prepararan la carne y el pescado, además de la cola para pagar.

      ¿Y el pastón que te cobran por llevártelo a casa qué? Ya sabes que no vamos bien de dinero.

      No es demasiado caro, y si tanto te molesta pagar unos pocos euros por que nos traigan la compra quizás deberías hacerla tú, así solucionamos el problema y encima gratis —le repliqué molesto.

      ¡Qué vaya yo! Ya me tienes harta. Al final soy yo quien acaba sufriendo esta tontería que te ha dado ahora. ¡Uy, esto me obliga a esperar, no pasa nada pagamos para que nos lo haga alguien o ya se ocupa Clara! Tenemos un momento libre o te quiero decir algo, pues me toca esperar a que el niño termine lo que esté haciendo. Al final todo el tiempo que ganas tú lo acabo perdiendo yo. ¿Es qué no te das cuenta? Joder, no es sano tener todos los instantes ocupados y planificados, no lo es. Las parejas también viven de las esperas compartidas. Ahí surgen conversaciones, se expresan los miedos, la impaciencia, la complicidad o, simplemente, el estar juntos sin una acción o un propósito concreto. Es en esos instantes donde suceden las situaciones que le dan magia a la vida.

      Pensé que me apoyabas en esto —le repliqué dolido.

      Lo he intentado, pero no sabía que fueras a ser tan tremendamente egoísta. Y una cosa más te voy a decir: todos tenemos un límite y yo estoy llegando al mío. —Dicho esto se fue dando un portazo.

Definitivamente no era una buena idea tratar el tema hasta que se calmasen las aguas. Tampoco importaba, se le pasaría, siempre se le pasaba. Cuando entrara en razón podríamos solucionarlo, estaba seguro. Mientras tanto, decidí abordar el siguiente punto que quería conseguir: escapar de los hilos de las redes sociales.

Había intentado por todos los medios evitar borrar mis perfiles. No por debilidad, sino porque en su maraña de cuerdas también se esconden capturas interesantes. El problema reside en observarlas sin quedar tú también enredado. Si hubiera sido capaz de delimitar un tiempo para visitarlas y cumplirlo, no hubieran sido necesarias medidas tan drásticas, pero tras varios intentos asumí que aquella era una batalla perdida. Por mucho que nos duela, es solo en las historias donde David vence a Goliat.

Cuando finalmente me decidí a desaparecer del mundo virtual, no pude evitar echar una última ojeada. Entre fotos de gatitos y vidas perfectas, vi una publicación que podía ser interesante. Era un artículo de una revista de ciencia que me gustaba seguir. Su título: “Pensando en las musarañas”. En él descubrí que este curioso animal había logrado por necesidad lo que yo estaba intentando conseguir por orgullo. Vencer a la espera.

Las musarañas parecen pequeños ratones narigudos, pero tienen muchos rasgos poco usuales. El que más me llamó la atención es que siempre están a un máximo de cuatro horas de morir de hambre. Su metabolismo es tan rápido que necesitan alimentarse constantemente. Viven solo un paso por delante del fin. Si se alimentaran de plantas esto podría ser un problema menor pero, por desgracia para ellas, son carnívoras. Eso significa que tienen que estar matando sin parar, cazando cada dos o tres horas, sea de día o de noche, invierno o verano, estén sanas o enfermas. No pueden esperar, no pueden tener un momento vacío. Esta es su maldición y, a la vez, consigue dotar a su existencia de una intensidad que yo envidio. No pueden vivir cada día como si fuera el último, un día es una eternidad.  Para ellas, cada hora puede ser la última. Se han librado de toda espera, hasta de la espera a la muerte. Incluso sus agonías son fugaces pues la pérdida, las desilusiones o el fracaso pasan frente a ellas a toda velocidad, como coches en una autopista. Lo tuve claro, había encontrado a mi daimonion, a mi animal totémico, y pensaba ser digno de él. Cerré la ventana y borré mi cuenta. No paré un instante a reflexionar sobre ello o lamentarme. No sería digno de mí.

Desde ese instante sigo perfeccionando mi rutina. Eliminar la espera es ahora el único pensamiento que ronda mi cabeza. Conseguir rellenar cada instante de tu vida es como una droga. Te vuelves adicto. Cada vez necesitas más y más. Pierdes tolerancia a cualquier pausa. Desarrollas aversión a lo instantes vacios. Muchas actividades que antes te llenaban empiezas a ver que están llenas de microparéntesis. Te molestan las conversaciones con los demás. Lo que tardan en responder a tus frases o, lo que es peor, a terminar de hablar. No nos engañemos, en la mayoría de conversaciones nos limitamos a esperar a que la otra persona se calle para poder hablar nosotros. Por suerte, en esto también puede ayudarnos la tecnología. He descubierto que la velocidad de reproducción de podcasts y audiolibros se puede acelerar. Se oyen las voces un poco como si fueran pitufos,  pero vale la pena.

Todo mi entorno está cambiando. Elaboro interminables listas de tareas por hacer. La casa brilla, todo estaba limpio, los agujeros de la pared tapados, las puertas lacadas. Hasta he colgado unas estanterías suecas con forma de cubo que llevaban años en sus cajas. Al poco tiempo, la perfección inunda cada esquina, empero, no es suficiente. Aún puedo mejorar los muebles, cambiar baldas, moverlos de sitio... Ese criterio estético fluido, en el que nada se queda igual encaja perfectamente con mi nueva vida. A veces pienso que a Clara le encantaría, pero la verdad es que últimamente no nos vemos casi y hablamos todavía menos.

Las cosas no solo van bien en el ámbito doméstico. En la oficina nunca he sido tan productivo. Creo que están pensando en ascenderme. Me parecería justo. Saco mucha más faena en mis horas laborables, y cada rato libre lo aprovecho para teletrabajar desde casa, así adelanto y llego a mi puesto con todo preparado. Solo me detengo para observar a la gente a través de la ventana de mi despacho. Tengo que confesar que a veces los miro por encima del hombro, pero es que no son miembros de mi club, son como niños jugando a vivir, derrochando su tiempo sin ser conscientes de ello. Como diría la Reina Roja de Lewis Carroll, corren a toda velocidad para quedarse en el mismo sitio. Por suerte, estas reflexiones son fugaces. No puedo permitírmelas. Me he dado cuenta de que 8 horas de trabajo no son suficientes. Si quieres rendir, rendir de verdad, necesitas un empujón extra y, sobretodo, no distraerte con tonterías.

Pero no todo son ventajas. Estoy acumulando mucho estrés. Nada que no pueda manejar. Antes de iniciar mis quehaceres salgo a correr. No mucho, 40 minutos. No aguanto mucho más a buen ritmo, pero me activa y voy alargando los tiempos poco a poco. También me he instalado una barra para hacer dominadas en la pared de mi despacho. Una serie de 10 cada vez que entro o salgo. A veces finjo haber olvidado algo en esa habitación solo para ejercitarme un poco más. Antes de cenar hago bodycombat en el salón. Me pongo unas clases en la tele. Mejor que ir al gimnasio, aprieto un botón y ya estoy en medio del entrenamiento. Es genial. La verdad es que me encuentro bien. Me miro al espejo y me veo sano, fibroso. ¡Joder, nunca había estado tan bueno! A veces me aparece un tic en el ojo. Se me abre y cierra el parpado rápido, como con una pulsión. Si ese es todo el peaje a pagar por ser el dueño de mi vida me parece barato. No le doy más importancia.

Hace días que no veo a Clara. Tiene que haber salido de viaje. Probablemente me lo dijo mientras tenía la cabeza en otra parte. Últimamente lo hace mucho y me irrita. Siempre me habla cuando estoy haciendo algo. En realidad no le dejo otra opción. Aunque también podríamos programar los momentos para conversar con antelación. Si me aclara por la mañana, o después de comer, en que anuncios de la serie estaría bien hablar, yo lo organizo. O si prefiere antes de la ducha, o cuando ella quiera. Solo le digo que sea previsora. Creo que no es pedir demasiado.

Ya ha pasado toda la semana y no he tenido noticias suyas. Le he escrito whatsapps. Le he llamado varias veces y eso que odio esperar a que la otra persona conteste. Hasta he contactado con sus padres. Estuvieron muy secos conmigo. Solo dijeron que no sabían nada de su hija. Que debería saberlo yo. No le di más vueltas, seguro que volvía.

Esta tarde, limpiando debajo del zapatero, he visto una nota. Debe de llevar tiempo ahí. Probablemente se voló al abrir la puerta de la calle. Al cogerla compruebo que es la letra de Clara. Solo cinco palabras: me he cansado de esperar. ¿Qué quiere decir con eso? Yo también estoy harto de esperar. Por eso he decidido cambiar mi vida. Nuestra vida. Bueno, mi vida. No, nuestra vida. Si ella hubiera querido… En fin, no pasa nada. No voy a perder el tiempo lamentándome, tengo mucho que hacer. Así habrá menos distracciones. Quizás ahora pueda lograr mi objetivo.

Lo he de reconocer. Desde que se fue Clara me he vuelto un poco obsesivo. Quizás demasiado. He dejado de ver películas. ¿Cómo podía disfrutar con Lars Von Trier o Kurosawa? Con ellos te pasas horas esperando a que algo suceda. Me cambié a las series, luego a las sitcoms de 20 minutos por capítulo. Puedes verte dos o tres episodios en vez de uno, es mucho más productivo. Al final veo vídeos de Youtube. Aprendo y son puro contenido. No dejan un segundo hueco.  Algo parecido me ha pasado con la lectura. De las novelas he pasado a los ensayos, luego a las noticias y, finalmente, me conformo con los titulares. He llegado a un estado en el que me molestan los puntos y aparte. Me horrorizan esos espacios en blanco, esas esperas entre párrafos, ese vacío existencial literario. Incluso los puntos y seguido me empiezan a parecer desagradables y, debido a ello, he decidido pasar también de las noticias y releer una novela, la única que conozco que se me podía hacer medianamente soportable, que no puede ser otra que Los santos inocentes, obra cumbre de la literatura escrita por el gran Miguel Delibes, con solo seis puntos, una virguería, la misma que estoy ojeando ahora mismo mientras cuento mi historia y camino hacia el trabajo, y reto a cualquiera a que me defienda que los hombres no podemos hacer dos cosas al mismo tiempo, podemos hacer incluso tres, y esta es la prueba de ello, solo hace falta planificarse y no desperdiciar ni una micra de tu tiempo, especialmente si…

Un crujido viscoso me saca de aquella espiral que me había creado. Fue un sonido desagradable, en realidad no lo oigo, lo siento a través de los huesos, como si algo se hubiera roto dentro de mí. Acababa de pisar algo, algo vivo y que probablemente ya no lo estaba. Noto el bulto bajo la planta del pie. No es un insecto, es algo más grande. En aquel instante soy consciente por primera vez en mucho tiempo de todo lo que me rodea, la gente que pasa a mi lado ajena al pequeño drama que estoy viviendo, las hojas marrones en los árboles como funambulistas condenados, la brisa sucia de la ciudad, la casa perfectamente vacía que me espera. Con un movimiento de cabeza me espolso aquellos pensamientos. Bajo la vista y, sin querer mirar, levanto mi Martinelli para descubrir, aplastada contra la acera, una musaraña. Tiene el cuerpo destrozado, sufre convulsiones y espasmos, o puede que no sean movimientos involuntarios. Me parece ver que, con la pata fracturada, intenta arrastrarse para alcanzar un trocito de hamburguesa caída junto a su costado.

Ella no puede esperar.

domingo, 3 de enero de 2021

Divertimento extra de Navidad: "Mi cena de Nochebuena"

Mi cena de Nochebuena

Mis amigos y mi familia están preocupados, piensan que pasaré solo este día, yo no, sé que tendré compañía. Invitaré a cinco conocidos, sumados a mi persona seremos seis, el aforo permitido. Ya comencé a armar la reunión, será una cena de Nochebuena diferente.

El primero que aparece en mi mente es Bartleby. Fui a su trabajo, copia documentos judiciales a mano. Lo entusiasmo para que acuda a la cena, su presencia sería muy apreciada. Me contesta, predeciblemente: “I would prefer not to” (preferiría no hacerlo). Recuerdo a Homero. Canta poemas, historias, se acompaña con su lira. Sería perfecto, tendríamos poesía y música para animar la reunión. No queremos perder el significado de sus cantos. Busqué en la UV un traductor de griego clásico arcaico. No encontré estudiantes registrados en esa disciplina. Me comentaron que desde que el castellano dejó de ser lengua vehicular, los estudiantes miran al futuro: comunicación por emoticones. Lo descarté pero no me amilané. Decidí invitar a Juan (Juan C. Onetti). Lo encontré tumbado en la cama, como casi siempre. Para tentarlo le hablé de mi buena provisión de whiskies: Laphroig, Talisker, Ardmore, Glenffidich, todos single malt; Teacher’s, Islay Mist y Black Label, blended. Si nuestra conversación le aburría, podría hojear las policiales completas de Agatha Christie que poseo. No pasaría ni sed ni aburrimiento. Acepta venir finalmente, pone una condición: que no le tome fotos (*).

Tengo cuatro sillas por llenar. Pensé en Faulkner, Juan lo admira. Hay whisky suficiente para ambos. Lo llamé, respondió tan borracho que no entendí nada, él tampoco. No sé si hablaba inglés o qué; bueno, era como leer “The sound and the Fury” (El sonido y la furia). Quiero cursar invitaciones a diferentes mujeres. Pensé en Julieta Capuleto. Traería frescura y mucha juventud. Hablé con sus padres, resultaron unos estirados patriarcales. No le permiten salir sola, es una niña de sólo 13 años, argumentaron. El toque de queda es otro inconveniente, si la pilla en mi piso, la sociedad me acusaría de pederasta. Los Capuletos me echaron en cara el haber vendido barato (para pagar la cena) mi Alfa-Romeo Giulietta a los Montescos. Sigo con sillas vacías.

¡Oh, una idea! Siempre había querido conversar con Dolores Haze, Lolita. Nabókov escribió su novela desde la retorcida, compulsiva manía, y peor depravación de Humbert. Nunca supimos qué pasaba dentro de la cabecita de niña nínfula de Lo, no le dio voz propia. Tengo esperanzas de conocer su visión, cómo lo habría contado ella misma. Le prometí helados con fresas y nata, aceptó sin chistar. Después de mi fracaso con Faulkner, recordé a Hemingway. Lo admiro. Esa mezcla de gran escritor y divo aportaría una nota de brillo a la cena, otro huésped interesante. Le informé que habría abundante whisky, él tampoco es abstemio. Sin embargo, dijo que sólo aceptaría participar en la reunión si le aseguraba una gran cobertura mediática. Le dije que no, no aparecerían ni periodistas, ni televisión, ni siquiera se tomarían fotos. Lamenté mucho que no participara de nuestra cena.

Pensé en Virginia (**), la invité. Seguro que se trenzará con Juan, está preparada y gusta de los veteranos cultos. Ya estoy saboreando esas conversaciones. Vendrá, me aseguró que no se iba a perder una buena charla con Juan, dejará su bebé con una canguro. Virginia, concreta, decidida, de armas tomar; él, indefinido, indeciso, siempre inconcluyente. Ella no se hace problemas, llega, le gusta acabar lo que comienza. Juan es como el aire húmedo, frío, hostil, un viento que penetra el alma y destapa lo peor. No cierra, las certezas quedan suspendidas, son garúa que se adivina en el suelo, pero no se ve caer. Virginia es querida, empuja, va adelante contra viento y marea, su frontera es la que ella define, sus alegrías concretas, sus dudas diáfanas. Las de Juan son pura niebla, cerrazón, barro, indefinición, sentimientos abortados, acciones pendientes, deseos frustrados, optimismo en el pesimismo, belleza en la fealdad. A Juan, todo el mundo le tiene miedo.

Aún me quedan dos sillas por completar. Me gustaría que James Horowitz (alias Salter) estuviera con nosotros. Como a mí, le gustan mucho los aviones, fue piloto militar de jets de los 50. Su estilo literario es el mismo que cuando pilotaba un F-86 en un dog-fight contra un MIG-15 (***), cualquier maniobra en exceso sería utilizada por el enemigo para derribarle. Al escribir, todo adjetivo, toda expresión sobrante no hará más que diluir los significados. James no es un árbol frondoso, es un arbusto robusto, su esencia está bajo tierra, en raíces enormes, muy extendidas. No aceptó venir, es un hombre de familia, lo pasará en su casa. Sigo con sillas libres. Se me ocurrió darle un poco de color a la mesa. Mi antigua compañera de la universidad de Brandeis, Angela Davis sería un invitado ideal. Fue dirigente de los Black Panthers (Panteras Negras). Me contestó que no, no vendrá, era de esperar. Respondió como a comienzos de los 60, me llamó “capitalist pig”  (cerdo capitalista), recordaba que me había reunido en la universidad con la hermana disidente de Fidel Castro, fue en 1963. Terminó con una recriminación por mi falta de conciencia política, mi escapismo intelectual. Mientras ella acudía a las clases de Herbert Marcuse, yo, el inútil romántico, había preferido las de literatura sobre “ese blanquito clasista de Hemingway”. Hay cosas que nunca cambian.

Pensé que una dama más tradicional vendría bien en la mesa, contrarrestaría personalidades como las de Dolores y Virginia. Recordé a Anna Sergeyevna. Con finesa, amabilidad infinita y ternura de amante me contestó que no nos podría acompañar, no tenía con quien dejar a su perrito. El completar la lista de invitados se me está poniendo difícil. Mi mente saltó hacia lo opuesto de Anna, alguien más coherente con los tiempos que corren. Pienso en Mary Karr. La llamé, respondió, me preguntó si aquí también llovía como donde ella estaba. Se sentía invadida por un diluvio color magenta, era de sopa de tortuga, fluía del suelo hacia el cielo, un cielo cubierto de boniatos color cian. Reconocí su alucinación, vaya uno a saber qué ácido probó. Interesante de todos modos. No pudimos conectar, estaba demasiado colocada. Repaso mi lista de conocidos. Dos de ellos están relacionados con la música: Idea Vilariño (conocí a su hermano músico) y Felisberto Hernández, pianista. Sé que Idea tenía una fijación con Juan, será mejor que no venga para evitarle esa presencia perturbadora, lo invadiría la timidez, quedaría obnubilado. Probé con Felisberto, estaba ocupadísimo trabajando la versión de piano del Petroushka de Strawinsky, haría el estreno para Sudamérica. Ni soñar, practicaría toda la noche todas las noches todo el día todos los días y, entre práctica y práctica, escribiría algún relato. El piano requiere dedicación, la escritura también. Volviendo a las damas, se me ocurre invitar a Emma Rouault (Mme. Bovary), también tocaba el piano. Le agradará estar en un ambiente mundano e intelectual. Juan la aceptará, es lo bastante trágica como para ubicarla en su mítica Santa María, sería una santamariana perfecta: indefinida, misteriosa, opaca, alegre y triste al mismo tiempo. A Dolores le caerá bien, sus amores subrepticios serían pasiones que ella no tuvo. Virginia le preguntará, y se preguntará, muchas cosas, se mirará en el espejo craquelado de Emma.

Debido al aforo vigente dejaré la última silla para el gordo (****). Se sentirá un poco perdido, la cultura no es lo suyo. Me gusta que esté para contrarrestar la intelectualidad del ambiente, aportará el carácter de un simple de un tío de campo. Conocí bien a su mujer, en el amplio significado de este verbo, me siento casi su pariente. Me juego a que el gordo querrá seducir a Lo, previsible. Por otro lado, alguien me tiene que ayudar con la cena. Todo lo que sea comida y bebida le encanta. El gordo prometió un lechón mamón (cochinillo) a las brasas sumado a una gran variedad de carnes y embutidos. Antes ofreceremos unos hors d’oeuvre de diferentes procedencias. Mi ex esposa me mandará sus huevos rellenos, exquisitos. Los viene preparando para estas festividades desde mediados de los 60. Haciendo honor a mis veinte años de vida vegetariana prepararé mi salad maison  (brotes verdes y de otros colores, cogollos, repollo, manzana Granny Smith, zanahoria rallada, pasas sultanas, higos pajarito secos, nueces y anacardos partidos, encima lascas de pecorino romano, aliñaré con aceite OVE (quizá lo único virgen en esa mesa), poco vinagre de jerez, pimienta negra molida en el momento y aceto balsámico en crema con un apenas de kren mezclado. Le pediremos a Virginia, abusando de la buena voluntad de su amiga Bárbara, que nos traiga el famoso escabeche que ella conoce bien. No faltará la ensalada caprese con mozzarela di buffala y tomates de Barbastro. Estos tomates son pura pulpa, pesados, la piel es muy fina y se llega a su interior sin mucho trabajo. Incitan a pensar en poesía. Los segundos platos serán territorio exclusivo del gordo. Habrá vino Tannat roble reserva 2012. Está tan cargado de taninos (400% más que cualquier otro tinto) que es opaco en copa, casi no pasa la luz, característica ideal para estos comensales que manejan la transparencia, la realidad en forma rapsódica, caprichosa, a veces oscura, impenetrable para los de afuera muchas veces.

A todos les gusta la variedad del menú, también a Mme. Bobary que ha asistido a banquetes muy elegantes. Estoy excitado por el grupo de comensales que logré reunir. Veremos cómo se desarrolla la reunión. Recién comenzamos, hay un poco de tirantez aún, veo que empieza a aflojar. Unos son conscientes de dónde están, otros, se sienten separados de la realidad, aunque sus sentimientos sean bien terrenales. Los ubiqué así: en un lado de la mesa están Dolores y Emma, enfrente Juan y el gordo (cerca de mí para manejar comida y bebida), en una cabecera senté a Virginia, en la otra, yo, el anfitrión. Sé que esta disposición funcionará bien. Cuando terminemos les contaré cómo se desarrolló mi cena de Nochebuena.

Valencia, 24 de diciembre de 2020.

* En 1969 hice fotografías (en mi estilo) de Onetti. Al ver las muestras, se sintió tan deprimido que estuvo dos días tumbado sin salir de su cama (aunque no perdió la sed…). Iniciaba así una actitud que se volvió una constante hacia sus últimos años de vida.

** Protagonista de la novela “Dicen los síntomas”, Bárbara Blasco 2020. Ed. Tusquets.

*** “Dog-fight” es un combate aéreo entre dos cazas. James Salter piloteó aviones de combate en la guerra de Corea, llegó a derribar un avión MIG-15 “Fagot” de Corea del Norte, sólo un F-86 “Sabre” como el que él pilotaba podía ser un contrincante válido.

**** Es un personaje de mi relato “Las vías del tren”, 2020. Ver en el blog (pinchar): https://saberesbueno.wordpress.com/2020/12/31/las-vias-del-tren-version-original/

martes, 22 de diciembre de 2020

Esperando a Mario

 Las luces siempre me transmitieron un mensaje, hoy no me transmiten nada. No son las mismas, han cambiado, ellas y yo. Salgo del coche tras recorrer cientos de calles. Estaciono y me da vergüenza no tener más que unos céntimos en monedas para la persona que me ayuda. Los escaparates me parecen tristes porque yo también lo estoy. Supongo que es un sentimiento sobrevenido. Será quizás la pesadez del menú que acabo de engullir, o tal vez sea que nunca estoy conforme con mi voltaje. Soy una luz más de esas que no me alumbran. No me alumbro. Proyecto sombras. Y eso recojo. Una silueta translúcida. Una calle más oscura dentro de mí. Sueño despierto. Esta es una mala hora. Son las cuatro de la tarde. No descanso. Espero. Espero como siempre ver luces que sí me indiquen un camino, para seguir o no. Al menos una ruta, una senda, un corredor que no sea el de la muerte en vida. Abomino el Merry Christmas, el bombo del gordo y su parafernalia. Rompo dos décimos. Cuarenta pavos a la basura. A la mierda el sorteo de Navidad con mascarillas y sin público. Pido el cortado esperando a Mario Se acabaron los diez minutos de cortesía y los del ejercicio.

lunes, 21 de diciembre de 2020

El paseo

 


Me levanto, casi olvido la chaqueta, dudo y finalmente la cojo. No me fio de este tiempo de diciembre. Al cruzar la entrada penetro en una librería, me invade el olor a libros nuevos, y el teclear de una máquina de escribir. Seguramente provenga de un ordenador, pero prefiero pensar en el castañeteo de teclas metálicas al pulsarse e imprimir sus letras de tinta sobre papel amarillento.

Qué diferentes son las librerías de las bibliotecas, en ellas los libros no se esconden en hileras apretadas. En ellas muestran su cara. De pronto, me siento observado. Cientos o quizás miles de caras me miran desde todas partes. Algunas son de autores mucho más grandes de lo que yo jamás seré. Otras, dibujos o fotografías. Pero tienen algo en común, me observan. Empiezo a sentirme como si acabara de salir al escenario de un teatro, gradas de rostros, conocidos y anónimos me observan en silencio. ¿Qué esperan de mí?

Aprieto el paso hasta la entrada donde, desde una portada, me despide la cara de un hombre cuya mandíbula abierta se transparenta a través de la piel. “Ya volverás y yo seguiré aquí”,  parece estar pensando.

Salgo a la calle donde el Sol se empeña en aparentar más horas de luz de las que le quedan. A mi derecha,  un edificio que debió de ser hermoso. Lo sé porque tiene cenefas de piedra tallada bajo los balcones. Sin embargo, la dejadez y la polución han vuelto su fachada sucia y terrosa, necesitada de los andamios que la cubren. Sus puertas están abiertas, y en el interior se oyen las risas toscas de varios obreros que observan cómo otro aletea imitando a un pollo. Acelero el paso rumbo a un jardín envuelto en coches. Uno de ellos, naranja, grande, decide que su tiempo es más importante que el mío y acelera para cruzar antes que yo el paso de cebra.

Me da igual, no tengo prisa. De hecho, voy a volver a la librería donde me espera el hombre de mandíbula descubierta y un paseo por escribir.

 

viernes, 18 de diciembre de 2020

"Bliss": ejercicio Nº4 escrito en el taller luego del breve paseo

 

Bliss I

(no hay una traducción exacta del inglés, quizá dicha, pero no es lo mismo)

 

¿Cómo describir lo que no se ve?, ¿cómo hablar de que el aire es sanador?, ¿cómo definir un cielo impoluto?, ¿cómo explicar un aroma indefinible?

 Como sentir la felicidad existencial de lo esencial, como alimentarse sólo de oxígeno puro liberado por flores, como imaginarse estar cercano al edén, como un hecho sin lógica que no se percibe por los sentidos.

 La atmósfera apenas quieta del Mediterráneo, la calle casi olvidada*, la avenida lejana y murmurante, la tinta aun fresca de los libros.

 Mi bienestar cotidiano y cercano, mi deseo de calma y reflexión, mi sueño de clima y dicha, mi goce ante el blanco y negro del conocimiento.

 Bliss II

Un cielo sin alteraciones, bellamente uniforme, restos de sol cálido en las partes altas de los edificios, ruidos lejanos, ríos que corren por las avenidas, el aire apenas quieto que sana**, temperatura sin sorpresas, una explosión de charlas que se apagan al cruzar una puerta, mucho cielo, las nubes huidas, sólo los contrastes de la luz anaranjada, el cielo celeste, el gris oscuro de las sombras, la vuelta, el imperio de tinta, el conocimiento y la necesidad humana de expresarse con emociones.  

Correcciones: * en el original agregaba “…, casi sin ruido”; ** ídem aquí “… que parece sanar”

 

Reflexión a posteriori:

Al salir, terminado el taller, registré lo que no había percibido en la caminata: la suciedad, los escombros, el polvo, los andamios, la gente que caminaba por esta calle, los escaparates, las luces, el ruido ensordecedor del tráfico que llegaba desde la avenida, el frío del aire, el olor de los escapes de automóviles, el bar La Raspa donde cada martes me siento por media hora a tomar café, las cebras de cruce no siempre respetadas, las carátulas y los títulos de los libros, la transformación del enorme edificio a hotel, manadas de puertas aburridas, avalanchas de ventanas anodinas. Me sentí abrumado, dos horas antes no habían existido para mí.

Bárbara me preguntó varias veces si ese estado, esa sensación que me llevó a escribir los cortos textos del ejercicio no era algo que traía ya de antes, una predisposición. Afirmé con firmeza, y vuelvo a hacerlo, que no fue así. Deduzco esto ahora: quizá haya tenido una marcada influencia la conversación previa al comienzo del taller: cuando entramos al salón de clase nos sentimos “raros”, nos abrazaba una sensación inexplicable , algo que no lográbamos entender. Era la misma sala de siempre, nada había cambiado físicamente, ni las mesas, ni las sillas, ni las fotos, ni las paredes, ni las luces, ni nada visible. Notamos un olor, no desagradable, bastante fuerte, quizá de algún elemento de limpieza. ¿Sería por eso? Hablamos de la inmediatez con que llegan al cerebro las sensaciones de los aromas, cómo nos quedan grabados, a veces para toda la vida. Es natural que estemos siempre alerta a todo lo que se huele. Por otro lado, existen elementos volátiles, más bien señales todavía sin analizar, son como aromas que no percibimos conscientemente (como el que genera una hembra en celo o, más elegantemente, una mujer que está fértil, lo mismo si está embarazada). Esas señales llegan de alguna forma al cerebro en ciertas ocasiones. Baste un ejemplo simple: los perros perciben el miedo en los hombres por secreciones que son inescrutables para los humanos. Reacciones, capacidades, sentimientos muy primitivos que todos arrastramos a pesar de millones de años de evolución como primates homínidos.

Pienso ahora en los dos minutos de silencio, la concentración previa al paseo. Fue una meditación, los ojos cerrados incrementan la concentración de nuestra mente en los otros sentidos, en aquellos muy diferentes de la vista. Tuve clara, además, mi propia voluntad de evitar encarar el paseo como un escenario para fotografías. Había utilizado el mismo ejercicio en seminarios de jóvenes fotógrafos, servían para la detección de situaciones con objetivos fotogénicos e interesantes fuera donde fuera. Mi motto había sido: Fotografiar es ver, y ver es sentir.

Conversaba con Pablo, sorprendido por mi ceguera en el ejercicio: si se hubiera cometido un asesinato allí, durante el paseo y en la mismísima calle grabador Esteve, no podría haber sido peor testigo, no capté nada de lo que físicamente nos rodeaba. Ahora pienso que no es tanto que haya ignorado el entorno físico sino que fui invadido por sensaciones generadas, básicamente, por el estado atmosférico del momento al interactuar con lo que yo deseaba. Puro Bliss. O sea que el archiconocido poema:

Y es que en el mundo traidor

nada hay verdad ni mentira:

todo es según el color

del cristal con que se mira.

 

sigue teniendo tanta vigencia como siempre; gracias Ramón de Campoamor.

 Valencia, 17 de diciembre de 2020.

A mos redó - Na Jordana (alternativa, hasta con 3 adjetivos, para el ej. Nº12)

  A mos redó - Na Jordana Los veo, ¿me veo?, casi todas las mesas de la terraza ocupadas, son vecinos del barrio, aquí es raro ver turista...