lunes, 30 de noviembre de 2020

1º parte de la espera

Un soplo de viento me empuja suave adentro de la estación, es un presagio, quizá, una señal para darme ánimos. ‹‹Los dioses están de mi lado, llego pronto, tendré que esperar››. Aprovechando el impulso del viento, me deslizo hasta las escaleras mecánicas que me arrastran hacia mi destino sin esfuerzo.

Sonrío.

La estación brilla ante mí. La luz del sol, al impactar contra el duro metal, pudo librarse de sus colores y fecundar toda la terminal. Siempre me ha gustado pensar que un día soleado es un día en el que llueven gotas de colores, como si los rayos de sol fueran los pintores de un paisaje de hierros, tornillos y cables. La luz se extiende infinita desde el horizonte hasta mis pies, al igual que las vías, y siento en el pecho una mano cálida, no es, sino, la férrea voluntad de la humanidad por llegar a cualquier parte, por conquistar cualquier espacio, por alcanzar sus límites.

Las escaleras mecánicas se derraman sobre el mármol de color negro que me da la bienvenida. Siento que simplemente con el soplo del viento puedo desplazarme por toda la estación sin tomarme la molestia de andar. ‹‹¿Quién necesita usar los pies cuándo puede flotar?››. En el centro de la estancia, se alza un pequeño jardín que, a pesar de su modesto tamaño se erige alto hasta el techo acristalado de una cúpula que necesita que le pasen un trapo por encima. Junto al jardín, encuentro un asiento libre que me estaba esperando, el viento me deja sobre él, y se eleva en hondas hasta la cúpula agitando todas las hojas de las viejas plataneras, silenciosas testigos del pasar del tiempo. Frente a mí está el panel que informa sobre las salidas y las llegadas. Trenes con destinación a: Madrid-20:30, o eso me parece leer, creo que necesito gafas. A ambos lados de la estación, el barullo de la gente se hace más presente, allí descansan las tiendas y los restaurantes, donde puede distraerse uno, evadirse. La estación está a rebosar, unos vienen, otros van, todos preocupados, todos inmensos en sus laberintos, pero aunque no lo quieran, todos esperan.

 Me sorprende cómo el ser humano siempre va con prisa a cualquier sitio, la gente cree que se les agota el tiempo, y lo busca donde sea que esté, debajo de las piedras, en los relojes de sus muñecas o dentro de sus carteras, pero siempre necesitan encontrar más, y lo que más me maravilla, es que lo necesitan para llegado el momento, esperar durante más tiempo. Hay en la cafetería un león en forma de hombre, de traje y corbata por melena, rugiendo al camarero porque está demasiado caliente el café y no puede perder tiempo esperando a que se enfríe. Pobre león, no sabe que no hay mayor enemigo que el tiempo. El café, el ajetreo de la vida y las conversaciones son espadas quebradas en la lucha contra el tiempo. El tiempo es invencible. Y no podemos escapar de él, no importa cuánto corra y luche el león, sus garras serán humo y cenizas. Nos atrapará con su cadena y nos devolverá a donde pertenecemos, a la espera, nos atará con sus hierros a la roca para que, instante tras instante, nos devore el hígado el cuervo negro, y seamos una esfinge que espera en el desierto hasta el encuentro con su deseo.

sábado, 28 de noviembre de 2020

Escena de sexo en 2057 (bis fuera de programa: ejercicio Nº3)

Escena de sexo en 2057

Hace muchos años que llevamos los EECA (Embedded Electronic Communications Assistant), están implantados en nuestros cuerpos. Estos dispositivos subcutáneos nos conectan con la Central AI (Central Artificial Intelligence). Es un banco de mega-macro-híper data que no sólo guarda la información de cada habitante, tiene archivado, asimismo, todo el conocimiento científico del mundo. No hace mucho los EECA comenzaron a operar en nanobandas, el protocolo 9G. Esto es una verdadera revolución.

Yo soy afortunada, ya tengo insertado el nuevo dispositivo. Dispone de una tecnología donde la Central AI puede interactuar con mi sistema nervioso y así comunicarse directamente al cerebro. Modifica las respuestas del organismo ante enfermedades, es algo maravilloso. Virus y bacterias se combaten con órdenes neurológicas desde los EECA 9G; establecen la correcta reacción de elementos naturales de protección del organismo como células T, leucocitos y demás. Por otro lado, al interactuar con el sistema nervioso, puede producir efectos y sensaciones en el individuo sin necesidad de estímulos externos. Ha resultado un generador de negocios muy importante para las empresas proveedoras del servicio; a los usuarios del EECA 9G les ofrecen adquirir programas de placer que les aportarán sensaciones como las que producen sus cerebros al disparar neurotransmisores. Pronto se desmantelará la red de distribución de estupefacientes del Estado, el operador 9G de cada región podrá proporcionar a los usuarios, por un costo moderado, los mismos efectos de las drogas. Mantener el control será más fácil; el ciudadano consumirá tranquilo, las empresas de apps de placer lo tienen claro: “un usuario inutilizado no genera caja”. Les cuento todo esto para que entiendan mi experiencia sexual clásica con un chico que me atrae mucho.

Se trata de Justin (desde que se ha establecido el inglés como lengua vehicular global los nombres anglófilos son muy populares). Quedamos en salir, compré una app que se llama HPS (Have Perfect Sex), permite tener orgasmos controlados: el EECA envía impulsos al sistema nervioso para que se produzcan en el momento justo. Me gusta que Justin esté aún en 8G, no podrá recibir instrucciones neurológicas para disparar su sensación de placer; dependerá mucho de lo que yo haga. Debido al uso que hago del HPS podremos lograr orgasmos analógicos juntos.  

Siempre hemos querido hacer el amor a dos. Él es algo old fashioned, tradicionalista, no acude mucho a los centros de SSF (Solo Self Pleasure) o los muy populares SSWR (Safe Sex With Robots). Estamos deseando probar los métodos analógicos, aquellos que se practican desde la prehistoria. He comprado la opción de recibir música sincronizada al acto sexual. Elegí en la lista de antiques: llegaré con la culminación del último movimiento de la segunda sinfonía de Brahms, un compositor del siglo XIX que está recomendado con 4,1 estrellas.

Intimo ahora con Justin, tiene un cuerpo perfecto. Sus padres se hicieron estudios en AI Genetics para seleccionar los genes ideales antes de concebirlo. No resultó una opción económica, pero engendraron un chico robusto y bien parecido. Justin, como todos los de su edad, ha asistido a sesiones de sexo SSP y SSWR; fueron pocas y sin fanatismo. Tiene una gran curiosidad, quiere experimentar cómo sería tener sexo a dos, lo se acostumbraba en el pasado.

Estamos en uno de los love dens (cuevas de amor) de la ciudad, no hay muchos. Nos presentamos a la hora prevista, no hay personal, cámaras biométricas ocultas toman nuestros datos, también nos debitan los costos. La habitación es grande y simple, no tiene casi muebles. La decoración se debe seleccionar de un catálogo de escenarios virtuales (está incluido en el precio). Elegí el de las islas del archipiélago San Andrés en el Caribe. Allí residen aborígenes que aún usan 6G y no tienen EECA; perfecto para nuestro experimento sexual analógico.

Justin pidió al robot del room service un cocktail sintético (viene con alcohol auténtico): es el “Flowers of Desire” (tiene 5 estrellas), contiene pleasure enhancers, elementos químicos para mejorar la experiencia sexual. Yo me ordené la sensación de un negroni (3,5 estrellas) desde la pestaña de “Flavours of the Past”. Hay una gran diferencia entre nosotros: Justin, al usar todavía 8G, debe beberlo para gozar el efecto del Flowers of Desire. Yo, en cambio, puedo lograr lo mismo del negroni con sólo pagar el adicional en la app; mi EECA 9G reproduce neuralmente la sensación del cocktail sin necesidad de beberlo. Un gran avance que fomenta la democratización del placer en la población global. Cualquiera puede acceder a ello mientras tenga un EECA 9G y saldo para debitarlo, cuesta una fracción de la versión en líquido.

En todos los love dens hay reproductores holográficos láser, multiplican nuestros cuerpos en imágenes 3D tomadas desde los más diversos ángulos. En un extremo de la escenografía virtual hay una ventana con películas de porno vintage de los 20 y 30. Nos reímos mucho con esas torpes pretensiones de éxtasis de los protagonistas. Era la época del 5G y del 6G, mucho antes de que se implantaran los EECA.

Propuse a Justin olvidar nuestras experiencias con los SSF y SSWR. Seguimos los comportamientos de la gente que vivía sin EECA, como los de las películas de porno vintage de la escenografía. Nos resulta emocionante, practicamos lo que vemos en esas imágenes: el juego sexual previo. Es muy excitante, eso no se da en los SSWR. Elegí recibir música sincronizada para esta etapa: el andante de la séptima sinfonía de Beethoven (3.6 estrellas), un extra que bajé de antiques. Creo que está mejor que 3.6, quizá 4.5, pero no llego a 5 porque es un poco larga. Resulta muy adecuada, no culmina con un final apoteósico, lo hace suavemente. Justin está encantado, yo lo guio de acuerdo a mi intuición y lo que tenía estudiado. Me pide más y más juego sexual, veo que se regocija con los hologramas de nosotros dos en tiempo real. Cuando recibo el comienzo del allegro final de la segunda de Brahms sé que es el momento de ir a por todo, así llegaremos juntos al éxtasis. Logro trasladar la música que siento (literalmente) a sonido amplificado, llena la habitación (es un extra muy económico). Justin puede acompañarme en el mismo tren de placer. No quiero que se apresure, la app que compré incluye controladores de emoción, mi orgasmo coincidirá con los acordes finales del allegro. Me maravillo de poder ir llevando a Justin hasta su clímax a mi ritmo. Llegamos a éxtasis simultáneos, nos abrazamos fuertemente. Logramos una perfecta comunión, ha sido la conjunción de la magia del sexo analógico y el sistema 9G que hace que nuestras vidas sean tan disfrutables.

Estoy encantada con esta app, le daré 5 estrellas, agregaré una entusiasta recomendación para los extras de música antique sincronizada. Pondré como título: “HPS: la app perfecta para las usuarias 9G que deseen experimentar sexo analógico”.

Valencia, 24 de noviembre de 2020.


Un poco de sexo (en el agujero del donut)

 La alambrada rota 

 

Cuando ocurrió aquello, llevaba  sólo un par de meses dirigiendo ese centro de menores. Quedaba lejos de la ciudad, pero no le incomodaba desplazarse. El trayecto era agradable: sesenta kilómetros de carretera comarcal, entre pinares. Aprovechaba para escuchar las noticias en el coche, o buena música. Aquel trayecto, sin apenas tráfico, era un pliegue confortable en la rutina, un recoveco suave entre lo áspero de las jornadas duras en el centro y el pulso criminal de la ciudad. En ese espacio manso del vehículo podía congraciarse con su cuerpo, huir del tiempo urgente de la agenda, de los problemas crudos con los chicos, de esa maraña trágica de infancias.  


Salió con cierta prisa del trabajo porque tenía hora en el dentista. Olvidó la chaqueta en el perchero (de aquello se dio cuenta algo más tarde) y no hizo apenas caso de su tripa, que ya entonces pedía cierto alivio. Conforme dejó atrás los almendrales (el centro había sido en otro tiempo convento capuchino y aún quedaban vestigios de un extenso latifundio) el vientre ya no pudo resistirse y no hubo más remedio que escucharlo. En un punto concreto del camino dejó la carretera a sus espaldas y entró por una pista sin asfalto, en un paraje de pinar tupido. De allí mismo, algún día, había visto salir un coche con vidrios tintados, e imaginó que habría alguna zona donde parar con calma. Apenas unos metros por delante se abría un claro breve entre los árboles, de modo que aparcó y salió del coche. Sacó algo de papel de la guantera  y ni cerró la puerta, por la prisa.  Buscó un lugar propicio para el gesto, que ya iba realizado de camino: las manos despasándose la hebilla, los dedos deslizando la bragueta, los brazos empujando la cintura del pantalón vaquero muslo abajo. De pronto, una descarga de presente. Quizá fue la  postura, que le daba una nueva perspectiva de la escena, tal vez fuera el alivio de su vientre, que dejó libres al resto de sentidos. El caso es que se abrieron, de repente, los diques de la percepción y pudo tomar consciencia plena de un ambiente que hubiera preferido que siguiera por siempre en la penumbra de los pinos. El suelo, allá donde mirara, estaba todo lleno de desechos. Un ojo poco atento quizá hubiera pasado por alto aquel detalle, pero esa alfombra blanca de despojos la componían sólo dos especies. Despistaba, tal vez, lo heterogéneo de tamaños y formas que adquirían, la mezcla de colores, la abundancia de marcas y de aspectos diferentes. Confundía, también, que los estados de descomposición eran variables, según el tiempo que llevaran en el suelo, o la incidencia del sol y la humedad en el papel de váter o en el látex. Según también la carga secretora que contenían o que los mojaba tomaban una forma o la contraria, duraban más o menos en la tierra. Aquella materia se perdía en un punto entre lo orgánico y lo plástico: un manto de condones y de clínex que rebasaba el margen de la náusea. Del mismo componente estaba hecho el espacio que pisaba en ese instante, un punto entre lo orgánico y lo trágico: un claro entre los pinos que era todo menos claro (precisamente claro), una frontera turbia (lo veía desnudo y en cuclillas como estaba, con el papel higiénico en la mano, en mangas de camisa en pleno invierno): una orilla moral y geográfica quebrada en ese punto, en un boquete abierto en plena verja del centro de menores.  Allá donde acababan los almendros estaban las orillas de la infancia, los bordes perforados de la infancia. Un margen en penumbra donde el mundo manchaba con sus manos a los chicos.  


Después de aquello duró muy poco tiempo en ese centro. Mandó que reparasen la alambrada y limpiasen los restos del negocio. Pero algo se tensó a partir de entonces. Los chicos lo retaban con desprecio, como si les hubiera arrebatado algún derecho propio o pertenencia. Todo intento por aclarar aquello en la consejería de menores fue vano, o desoído, o silenciado.  No pudo comprender las transacciones que había en ese claro entre los pinos, pero quedó marcado para siempre por la impresión del margen, del boquete. Por la alambrada rota de la infancia.

martes, 24 de noviembre de 2020

Escena de sexo

 El recibimiento es siempre cálido, como si llegaras a una cena familiar después de haber pasado mucho tiempo fuera de casa. Una vez revelada la contraseña, las puertas se abren y la sonrisa de Max se traga todas las preocupaciones: abrazo de hermano mayor, conversación de cuñado sobre lo mal que jugaron anoche los paquetes del primer equipo—“¡Hasta nuestras chicas podrían haber ganado ese partido, joder!”— y consejos financieros de padre previsor. Cuando los aplastantes brazos de Max se despistan durante un milisegundo, me escurro para caer, sin apenas darme cuenta, en los arenosos pechos de Lotta que, de alguna manera, recogen la mirada de una madre decepcionada, el amor incondicional de una abuela y los achuchones avasalladores de unas tías lejanas. Con el rebufo maternal, arribo a la cabina que me suelen tener dispuesta. Me anclo al sillón. Recostado, espero el inicio de escenas más que conocidas.  Esta vez he pedido dos: altas, altísimas, lucen pelucas obscenamente artificiales y una expresión que navega entre el placer y el agravio. Últimamente no ando muy motivado, así que pensé, por pura lógica, en doblar estímulos. Tras el cristal, empiezan a ejecutar contorsiones y gestos coreografiados. La estancia cuenta con un panel, una especie de menú que permite a los clientes convertirse en directores: tus fantasías a golpe de botón. Tú pulsas, ellas representan. Opto por los “Azotes cariñosos”, seguidos de los “Mordiscos con lengua” combinados con un “Desnudo integral”, mientras me acaricio con rabia por encima del pantalón. Siento que no funciona. Aumento la presión de mi mano, que ya busca el contacto con su propia carne, y pulso “Contra el cristal”. Mi cuello y mis piernas se alargan, la nuez parece a punto de salírseme del cuello, mis ojos imantados al techo negruzco. Cuando recobro mi forma, las chicas ya han desaparecido. No hay botón de “Despedida hogareña”. Salgo a la calle sin recibimiento alguno y echo a andar hacia el trabajo. 

Relato erótico

 

Me estaba esperando. Su cuerpo, apenas cubierto por una bata semitransparente,  descansaba recostado en el cabecero de la cama. Fui acercándome a ella muy despacio, no quería sobresaltarla.  Rocé mis labios sobre su vientre, apenas una caricia, pero suficiente como para notar que su piel estaba tibia, como si acabara de llegar de la calle o llevara demasiado tiempo desvestida en el frío de aquella habitación.

Mientras mi boca recorría cada uno de los valles y montes de su figura blanca, casi translúcida, no pude evitar sentir agradecimiento. No estábamos pasando una buena época y, sin duda, aquel gesto era un intento de volver a encauzar nuestra relación.

Le besé fuerte, buscando la pasión que cada día me costaba un poco más sentir. Hice un esfuerzo por ignorar su olor corporal, le hacía falta una ducha, pero siempre me he considerado un caballero y no pensaba dejar que ningún gesto o movimiento delatara que lo había percibido.

Recorrí sus afilados pechos, con el dorso de la mano, trazando curvas y circunvalaciones para, finalmente, entretenerme en el vello de su pubis. Última etapa  con destino a su sexo. No pude evitar sentirme decepcionado, parecía que todo iba tan bien que casi esperé sentirlo húmedo y receptivo. Pero fue en vano. Resignado, abrí el cajón de la mesita de noche. Allí guardaba el lubricante, mi fiel aliado durante los últimos meses. Solía picarla diciéndole que ya se estaba haciendo vieja, que eso antes no le pasaba, pero en realidad estaba convencido de que la causa de aquella sequedad no es que ella estuviera mayor, sino que lo estaba yo.

Me desvestí envuelto en aquellas dudas y sintiendo cómo la presión de mi entrepierna comenzaba a disminuir. Ahora no amigo, no me falles tú también. Unas gotas de lubricante y un ligero masaje manual dispersaron mis temores. Ya estaba listo de nuevo para la acción.

Unas gotitas más para ella y, sin más preliminares, me dispuse a penetrarla. Siempre he pensado que una de las partes más placenteras de echar un polvo es esa primera penetración, cuando tu miembro es abrazado con fuerza por un orificio prieto que, inevitablemente, acaba dilatándose y dando paso a un baile muy agradable pero más monótono.

Cerré los ojos y me esforcé en captar aquella sensación, aislándola del roce de cuerpos y el quejido de los músculos poco ejercitados.

En aquel momento un golpe sonó en la puerta y todo se volvió confuso. Antes de poder hacer nada, alguien me derribó hincándome una rodilla sobre la espalda e inmovilizándome contra el suelo. Un zumbido atronaba en mi cabeza. Perdí el conocimiento y al despertar…

      —¿Qué estáis haciendo?

La presión apenas me dejaba respirar. Alcé la cabeza y ví cómo unos hombres con casco y uniformes azul oscuro la cogían y empezaban a meterla en una bolsa. No podía ser, debía de haber un error. Se dirigían a mí a voz en grito pero no lograba entender nada.

      —¿Qué hacéis? Dejadla ir ¿Por qué la metéis en esa bolsa? Cariño, por favor diles algo, diles que paren. ¿Por qué no hablas? Tienes que estar dormida. Por favor dejadla, no le pasa nada, solo está dormida. Cariño, ¿Por qué no les dices nada? Dejadla en paz.

Solo está dormida

Solo está dormida

Solo está dormida

 

"Las lágrimas": ejercicio Nº3 corregido con sugerencias del taller


Las lágrimas (3)

 

Conocí a Tatiana al tomarle fotografías para su book, intervenía ocasionalmente en avisos publicitarios, las agencias se lo exigían. La invité a salir, empezamos a vernos. Jamás hablábamos de otra cosa que no fueran películas, libros, ballet, música, teatro, temas sociopolíticos del momento; nunca de sexo, tampoco de amor. Nos acompañábamos con gusto, el sexo lo practicábamos con alegría y devoción. ¡Y cómo!, abundaba la ternura, las exploraciones profundas, no existían tabúes. Nos maravillábamos con nuestras sensaciones, nunca las comentábamos, las gozábamos.

Olores, pulsaciones, respiraciones, todo adquiría mayor dimensión en el confort oscuro y tibio debajo del cobertor. El tacto servía para reconstruir la memoria visual de nuestros cuerpos, éramos ciegos reconociendo un mundo nuevo. No dejé un centímetro cuadrado sin explorar, Tatiana tampoco. Eran territorios a descubrir: cuellos, orejas, cabellos, espaldas, pechos, ojos, pestañas, axilas, labios, lenguas, dientes, dedos de pies. A su nariz perfecta, que había fotografiado de perfil, la mapeaba con mi boca. Nuestras manos eran inquietas. Su pubis invitante, mi pene orgulloso, la redondez de glúteos tentadores, la perfección de pechos armónicos, su cintura ajustada que señalaba el comienzo de caderas generosas, mis músculos discretos pero fuertes, sus hombros redondeados, los míos angulosos, piernas y pantorrillas suaves y contorneadas invitaban a recorridos de reconocimiento; los suyos eran volúmenes que había iluminado muchas veces para mostrar la perfección en las fotos de blanco y negro del book. Nos transformábamos en agrimensores ciegos, usábamos nuestros cuerpos sin limitaciones, resultaban mejor que teodolitos y cintas métricas. Extendíamos así el limitado sentido de la vista, captábamos ahora la emoción. No era sólo un juego de exploración, había territorios de valles, montes, ríos y bosques a conquistar. Nuestros cuerpos ágiles, nuestros músculos dinámicos, nuestra pasión por sentir profundamente lo auténtico nos impelían a un ballet cuya coreografía era el juego del deseo, su regisseur el placer.

Ese domingo habíamos salido en mi moto enduro. Cruzamos a campo traviesa un extenso parque nacional cubierto de pinos sobre suelo arenoso. Con Tatiana en la Yamaha el paseo resultó mejor: más tracción en la rueda trasera por el peso del acompañante, toneladas de adrenalina, una explosiva acumulación de deseos. Al volver, aprovechamos para tomar una merienda tardía y simple, nos supo a gloria: té, tostadas, mantequilla y mermeladas. Nos sentíamos exultantes, hasta llegamos a comentar que el fin de la dictadura se olfateaba cercano en ese 1983. Nos invadía un entusiasmo imparable, nos sentíamos de maravilla. Abrazos desesperados, seguidos de besos en un crescendo prolongado. La nochecita se volvía fría en aquel mayo austral. Nos cubrimos para entibiarnos. Volvimos a explorarnos con intensidad, sin apuro. Llegamos al éxtasis, apoteósico. El paseo en la enduro nos había aportado goce infantil y primitivo y el rico té, hidratado nuestros cuerpos. Sobrevino otra embriagante experiencia sexual, estábamos en la cima del mundo.

Entonces, veo que Tatiana derrama lágrimas. No era la primera vez. No me había animado a preguntar antes; nuestra vida sexual se explicaba en la acción, en los propios hechos, en aquellas experiencias al máximo; sin palabras. Embriagado de alegría, me animé a mencionar sus lágrimas. Me respondió con esta reflexión:

“Lloro de rabia. Lloro al recordar que, aun profundamente enamorada de alguien, jamás en toda aquella relación logramos estar como nosotros hoy y, siempre. Sin embargo, yo sé que no estoy enamorada de ti y creo que tú tampoco de mí. Somos unos grandes compinches, unos hermosos compinches*. Nunca hemos tenido una discusión, logramos llegar a extremos de placer y confianza como pocos. Quizá el amor necesite no llevarse tan bien”.

Valencia, 19 de noviembre de 2020

 

·      *Nota: “compinche” en el Río de la Plata tiene, principalmente, el significado de amigo de diversión, camarada, confidente, compañero “del alma”. En otros lugares de Latinoamérica se refiere más a cómplice en un delito.


lunes, 23 de noviembre de 2020

El señor de la ceniza

Abro la puerta del ascensor y la dejo pasar, porque quiero parecer un caballero. Entramos en el ascensor más pequeño del mundo y huelo en sus ojos un aroma salvaje. Me mira, me mira con ojos de gato. Tanta pasión me asusta. Y bajo nervioso la mirada hacia sus pechos. Esto parece gustarle porque se abalanza sobre mí, clavándome garras y dientes.

Atravesamos a trompicones la senda hasta su cama, dejando tras de nosotros una muda de piel, sobre el frio suelo del apartamento, que parece ropa. Esta vez soy yo, quien la somete con la fuerza de un tigre bajo mis rayas. Respiro el calor pesado de su rojo cabello y se lo devuelvo a sus labios, encendido.  Mi mano se posa firme sobre su cuello y ella, suspira entrecortada un aliento de fuego, como si fuera un gran dragón que aguarda bajo su lecho un gran tesoro.

 El fuego me atrapa, me ensimisma en su violento baile y me devuelve a aquella noche donde me volví ceniza. Allí el fuego me lo arrebató todo, vi cómo se llevó mi casa, y la convirtió en un monstruo de humo, llamas y sombra.

Ella aprovecha mi descuido para ganarme la posición y serpentea por mi pecho como una culebra hasta mis pantalones, que me los arrebata con fuerza y maestría. Me mira dispuesta, y yo le sonrió expectante, y ella se convierte en una sábana roja que me abraza desde el vientre hasta las raíces, de las cuáles, nace un fulgor estelar que me la devuelve. Me devuelve su rostro, el olvidado, ese que no quiero ver, me devuelve sus pecas y su pelo negro como la muerte. Intento resistirme del recuerdo que escala hasta mi memoria, mientras yo, desciendo hasta los infiernos. En ellos quiero arder, unirme al fuego para que purgue mi alma y acabe con mis demonios. Aquí estoy bien, aquí se está caliente, sus gemidos ahuyentarán los gritos de horror de los vecinos, espantarán las sirenas de los bomberos que graznan como cuervos negros sobre su carne muerta. Asciende en mí, un torbellino ígneo de abrumador poder, que explota en meteoros por doquier, inundándolo todo de brea y alquitrán, pero en el fondo del torbellino, aún habita su rostro, el que no olvido, el rostro de mi mujer.

A mos redó - Na Jordana (alternativa, hasta con 3 adjetivos, para el ej. Nº12)

  A mos redó - Na Jordana Los veo, ¿me veo?, casi todas las mesas de la terraza ocupadas, son vecinos del barrio, aquí es raro ver turista...