domingo, 11 de abril de 2021

La vacuna (v. 1.2) - Un divertimento de vacaciones.

 

La vacuna

19:12 – Salgo por Blanquerías, llego a Giner, tomo a la izquierda. En mi mente suena L’histoire du Soldat, la marcha, el contrabajo marcando con cuartas el ritmo.  Sigo la música de Stravinsky, oigo los versos que escribió Ramuz: 

… Un soldat qui rentre chez lui,

quinze jours de cougé qu’il a,

marche depuis longtemps déjà,

a marché, a beaucoup marché,

s’impatiente d’arriver parce qu’il a beacoup marché … 

Son 940 metros al Centro de Salud, 14 minutos. Llegaré 19:26. La cita, 19:35. Haré tiempo en la puerta. Ya estoy en calle Alta, corto por Santo Tomás, cruzo la plaza Mosén Sorell, llego a Pintor Zariñena, estoy adelantado, cambio, de L’histoire al Settimino, aminoro el tempo. El semáforo de Guillem de Castro agrega un minuto.

19:27 – Estoy en la puerta, parece una entrada de garaje. Veo luminarias a mucha altura, desparraman luz azulada, típico de lugares públicos, allí el tono es siempre frío, ningún edificio estatal es cálido.

19:30 – Me acerco a la puerta, un portero, enfermero, bata blanca desprendida, va llamando a los citados. Tiene un aparato con reminiscencias de pistola, quizá escudriñe, desde la frente, mis pensamientos. La temperatura está bien, estás en la lista, pasa y siéntate.

19:32 -  Llegan otros pacientes, quieren entrar. No entienden, cada cita está hecha de 5 en 5 minutos para evitar aglomeraciones. El guardia enfermero se impone, varios (im)pacientes se quedan rezongando afuera. Espero.

19:38Pasa ya, me indica una puerta lateral, hay un cartel grande: VACUNACIÓN COVID. La misma luz, cenital, blanca y azulada de todo sitio público. No hace frío, pero no hay calidez. Hay personas en esa antesala, bastones, un andador, una señora joven acompaña a un anciano. La puerta está abierta, veo el motivo del retraso: el recién vacunado anterior no puede volver a vestirse, vamos a ver cariño, muy bien, así me gusta, la enfermera lo ayuda. Alguien está antes que yo, el de las 19:30. Habla solo, ¿rezará? La enfermera insta al anterior para que salga, llama al del soliloquio. Mientras, llega otro paciente de la clase de 1942, la luz blancuzca acentúa su rostro delgado y exangüe, pómulos salientes, mal afeitado, no termina de entender dónde está, ¿acá vacunan?, sí, caballero, la enfermera lo llamará, trato de ayudar. ¿Es aquí?, no lo veo, es detrás de esa puerta, caballero, le digo y agrego, tranquilo, tranquilo, enseguida lo llamarán. Iba y venía sin pausa, a la puerta, al pequeño mostrador de la recepción, busca su tarjeta de Seguridad Social, no la encuentra. Vuelve a los asientos, elige el que está marcado para no usar. Mire, no puede sentarse ahí, debe quedar un asiento libre por medio. Mira como si estuviera rodeado de enemigos. Todo mal organizado, se queja, ah, si volviera Franco esto no pasaba, y me vuelve a preguntar, ¿es acá donde vacunan?

19:43¡Mario Atilio!, entra cariño, te toca a ti. Mi vecino del soliloquio trata de meter su camisa en el pantalón, no lo logra, cariño, arréglate afuera que nos retrasamos mucho. Yo me había preparado en la espera, estoy en mangas de camisa, cariño, siéntate, ¿qué brazo prefieres?, soy de izquierdas, éntrale a ése con fe, mientras, miro para otro lado.

19:45Listo, cariño, quédate por acá unos 10 minutos, luego te vas a tu casa, vida normal, ¿vale? Me siento los 10’, llegan otros supervivientes del 42, son tres, una pareja, ella, muy enérgica, arrastra a su esposo, ensimismado en un universo alejado e individual, el tercero es un caballero erguido, elegante, sabe dónde y por qué está allí, choca con la atmósfera que respiro, un lugar lastimoso, lúgubre, penoso, alienante. ¿Será mi clase de 1942 que lo hace así?, o fue sólo una coincidencia deprimente. ¿Y si, al final, soy yo como todos?

 Valencia, sábado 10 de abril de 2021.

La espera 1.3

 

Siempre me han gustado las estaciones de tren. Me recuerdan al corazón de un hormiguero donde se conectan cientos de caminos. Miles de personas, van de aquí para allá, con sus vidas a cuestas, por las arterias de un gran cuerpo hacia sus destinos, hacia sus hogares, y aunque viajen sin descanso, todos esperan llegar a casa.

Aurora no llegará hasta las ocho y media. Parece que llevo toda una vida esperando a que vuelva. Aparecerá con sus botas de montaña, eso seguro, escondiendo sus pies recios. Nunca ha sido una mujer fina. Ella es fuerte, tan fuerte como el tronco de un árbol. Recuerdo cuando de niño nos comíamos la tierra y masticábamos raíces como regaliz. Jugábamos a perseguirnos entre los almendros que había más allá de las casas de basura. Así llamábamos a las chozas que se montaban los hippies a las afueras del pueblo. Ella corría como un árbol sin raíces. El viento aullaba, y mis pretensiones de alcanzarla se esfumaban como arena entre los dedos. Siempre fue más rápida que yo, aun con el viento en contra.

El tren de las siete penetra en la estación y trae consigo un húmedo sabor a sal y numerosas historias que se derraman sobre el andén de la estación. Me pareció ver al viejo Rubén, un hippy de las casas de basura que nos contaba historias a Aurora y a mí a cambio de una botella de vino. Una vez nos contó que en otra vida fue capitán de barco y que un gran enemigo le perseguía fuera donde fuese, pero que un día frente a un gran fuego, le enfrentó, y tras una gran batalla terminó derrotándolo con un soplo, convirtiéndole en el viento que mece los árboles en las tardes de otoño.

Entre el resto de pasajeros, una niña recorre el andén brincando como un suricato mientras su mochila azul se eleva al son de sus saltos. Pie tras pie, tropieza y derrapa un par de metros sobre el frio mármol de la estación. Hay un horrible silencio. La chiquilla no llora, pero los labios se le han hecho un ovillo sobre la barbilla y parece que los ojos le han crecido por el golpe. Me encuentra con su mirada. Busca a su madre, pero ha dado conmigo. El primer berrido estalla como una mascletá. Cuando estoy a punto de acercarme a la niña para tranquilizarla, la voz de una mujer se interpone.

—No se preocupe, tranquilo—me dice.

—No es molestia mujer, si yo solo…

—De verdad, ya lo hago yo que para eso soy su madre. Usted vuelva a su asiento, ¿Le ayudo? —me interrumpe.

¿Cómo que me ayuda? El llanto de la niña me atraviesa los tímpanos y se me cuela hasta la sien ¿Qué me ayuda a sentarme? ¡Pero bueno, hombre, ni que fuera un abuelo!

—Dile adiós al señor.

—Adiós señor y gracias—dice la niña entre sollozos.

Ahora soy un señor. La madre que me parió.

Bueno, aunque ahora sea un viejales no puedo dejarme amedrentar. Yo sé quién soy. Santiago Vaibona El amante hormiga. El enemigo del tiempo. El que espera a su amada. Vendrá, sé que lo hará. Aurora y yo hemos estado juntos desde siempre, aprendimos juntos a doblar bien los calcetines, me enseñó a atarme los cordones y yo le enseñé a encender fuego en la chimenea. Aquella chimenea donde luché contra hidras y basiliscos.

En aquella cama la besé tan suave que casi ni nos tocábamos. Rellené nervioso el silencio con una declaración de amor poco original. Ella se asustó, y me dijo que cómo podía decir esas cosas si era nuestra primera cita. Yo contesté gallardo y decidido que hacía tiempo que estábamos juntos, el asunto es que aún no se había dado cuenta. Cerré los ojos y sentí el mundo en calma, como si fuera no llovieran océanos, como si no llevásemos una eternidad esperando este momento. Sus piernas eran tan largas que yo me convertí en un pequeño hombrecillo entre sus cálidos muslos. Fui menguando poco a poco, para que mi cuerpo no fuera un obstáculo para la exploración del suyo. Me hice pequeño, pequeñísimo, del tamaño de un bicho, del tamaño de una hormiga. Ahí iba yo, el amante hormiga, dispuesto a conquistar cada rincón de su cuerpo. Con tremenda destreza o fortuna quizá, me enganché con un mechón de su pelo, y como si de una liana se tratase, me balanceé en un último salto final que me hizo volar hasta el infinito y más allá. De pronto, advertí que viajaba más rápido que la luz, así que ajusté mis gafas de aviador y orquesté un aterrizaje forzoso en el valle que hay entre el borde de sus labios y los acantilados de su barbilla. Allí, arropados por el fuego de la chimenea, recuperé  el tamaño de mis manos y recorrí con mi mapa su piel blanca y llena de pecas, que para mi amante hormiga fueron islas, y que ahora son un camino de besos hasta sus labios. Volvimos a ser uno, un ser de múltiples brazos y piernas, una esfinge de dos cabezas, a la que le ardían los mofletes y se le congelaban los pies.

Allí junto al fuego, abrazados a una manta, embriagada de amor imagino, me pidió que le contase una historia. Yo, contra todo pronóstico, accedí. Me alcé desnudo, le robé la manta y me la colgué al cuello simulando una capa. Después, hice del salón mi pequeño escenario, donde luchaba contra innumerables enemigos que amenazaban nuestro amor. Le conté cómo el súper amante hormiga cargaba contra serpientes y dragones lanza en mano, mientras apoyaba mis brazos en la cintura en posición de Superman. Y ella, ella reía a carcajadas tan fuertes que funcionaban como efectos especiales, y a mí se me llenaba el pecho de algo más pesado que el aire, y me temblaban las puntas de los dedos, y la sonrisa se me hizo de hierro, tan larga y tersa, que parecía que tuviese un piano en lugar de dientes. El papel del súper amante hormiga se coló dentro de mí aquella noche y se apoderó de todo lo que yo era. Ya no actuaba, solo me dejaba llevar por su risa. Le enseñé cómo sería nuestra vida; cómo le compraría flores, cómo haríamos trampas por ser dignos del amor el uno del otro. Le mostré que yo sería el del jardín lleno de amapolas, el padre querido por su mujer y su hija, el que paga las rondas, el que arregla una puerta.

—¿Y yo? ¿Y yo?, —me dijo.

—Tú serás la de las manos fuertes y la sonrisa en la cara, la que tiene un segundo para todo el mundo, la bruja del pelo blanco que tendrá aterrados a todos los niños del vecindario.

—¿De verdad crees eso?

—¡Claro! ¡Por qué no iba a hacerlo!

—¿Crees que derrotaremos al tiempo? —me soltó.

La miré con ojos de búho, la verdad es que titubeé por un segundo ante tal pregunta, pero me recompuse rápidamente y me acerqué a ella.

—¡Que venga, que venga, le reto! ¡Que vengan los años que aquí los espero! que nos enfrentaremos juntos a la decadencia de la carne con sexo senil y artritis, y cuando llegue el olvido, le gritaremos que no a la cara. Juntos construiremos un hogar donde no pueda alcanzarnos. Le daremos esquinazo al tiempo y desde la ventana nos burlaremos del olvido.

Aurora me agarró del broche de la capa y me plantó un beso del que saltaron chispas de tal magnitud, que ensordecieron el crepitar de las ascuas de la chimenea.

—¿Seremos tan felices como lo hemos sido hoy? ¿Seguirás contándome cuentos?

—Cuando me haga viejo seguiré contándote historias igual. Puede que me cueste derrotar serpientes y dragones, pero nunca dejare de contarte historias—le dije con la sonrisa más grande jamás dibujada—. Te lo prometo.

Las luces se desvanecen como si fueran el telón de un teatro. La estación está a oscuras. La única luz se dispersa desde los faros de un tren hasta el techo sucio de la estación, y donde antes había manchas ahora hay sombras. La noche está aquí. Ya no quedan colores desperdigados por las esquinas del andén. Un único rey, el negro, va devorando el metal con sus uñas y oxidando el hierro con su aliento. No puedo ver nada. Solo veo caras deformadas por la óptica de un cristal demasiado grueso, o ¿será mi memoria? ¿Dónde está Aurora? Qué venga ya por favor, hace frío y tengo hambre. La luz me da dolor de cabeza. No puedo recordar su rostro. No debí dejar que se fuese. Siempre hemos estado juntos y siempre lo estaremos, ¿No era así? Lo único que quiero es que venga y nos vayamos a casa. No me había dado cuenta pero un hombre está sentado al otro extremo del banco. Me mira. Lleva gafas de sol. Lo saludo, pero no me contesta. Sólo me mira con sus gafas negras. ¿Puedo ayudarle?, pero antes de formular la pregunta el ladrido de un perro me interrumpe. Oh, disculpe, no lo había visto —dice entre risas—. Este es Caronte. Señor C. le llamo yo. —Señor C y yo intercambiamos un breve aunque formal saludo—. Ahora quien me mira es el perro. Veo en sus ojos una mirada tan pura e intensa que hace de la inocencia y la sabiduría una misma cosa. Incluso parece que habla. Me cuenta cosas acerca de su trabajo, que vende lotería y que tiene ganas de llegar a casa. Yo también quiero irme a casa. El perro me ladra. Su inocencia me desgasta la piel y los huesos. Bajo sus ojos habitan recuerdos enlatados que me portan de la juventud a la vejez. Me vuelve a ladrar. También me duelen las manos. Unas manos cargadas de arrugas y de heridas que no reconozco, debe de ser por el frío. He olvidado una vida. El ladrido del señor C me agujerea el pecho. Por primera vez, la posibilidad de que Aurora no venga atraviesa mi mente como un disparo.

Ella se fue un día de abril. A Londres, a enseñar español. Me pidió que me marchase con ella. Yo le dije que qué hacia un hombre como yo en Londres —no sé inglés, solo sé de taronges i de moniatos—. Mi casa está aquí, le dije. No me entendió. Yo a ella tampoco. Su casa estaba “allá afuera”. La mía era ella. Ella era mi hogar. Mi chimenea, y como el fuego, el olvido amenazaba con reducirlo todo en cenizas. Le juré enemistad eterna y ahora pago el precio de mi soberbia. El tiempo arrasará mi hogar con una llamarada y no dejará nada. Ni recuerdos en fotografías, ni víveres en la despensa. Todo se lo llevará el fuego violento. Toda mi casa, todo lo que soy, todo mi imperio quedará reducido a cenizas.

Los ladridos del perro me sacan de la prisión de mis pensamientos.

—Señor C siempre intenta ayudar —dice el hombre—. Una vez, fui tan adentro del mar que no sabía hacia qué lado estaba la orilla. El mar se convirtió en un enorme monstruo que abarcaba el mismo horizonte, una masa homogénea que había sometido al mundo bajo su forma. Cielo y mar eran una misma cosa, lo eran todo y cuando el alrededor es homogéneo, el todo se convierte en la nada. Flotaba sobre la nada perdido en un mar de indiferencia. Pero oí su canto, fue como escuchar una sirena ¿Verdad que sí, amigo?, —Señor C menea la cola y afirma sonriente—. Él me trajo de vuelta. Me salvó de aquel monstruo. El mar proyecta sombras peligrosas, ¿sabes? A veces desvela nuestros miedos más profundos. 

La mirada del señor C es tan honda y profunda que me deja tiritando a merced del oleaje de mis recuerdos. Soy un náufrago que ha decidido probar el agua salada. Todo está mezclado dentro de mi cabeza. Aurora, Londres, la estación, todo se diluye en la tinta que escribe mis memorias, memorias escritas por unas manos que no son las mías. Mientras, mi corazón es un ancla que me hace descender hasta lo más profundo del abismo, donde me espera mi enemigo.

La luz regresa en un fogonazo que pinta de una blancura láctea el andén de la estación. Lejos de ser agradable, es incluso más molesto que los ladridos del señor C. Ya no sé ni el tiempo que llevo aquí sentado esperando. Me duelen las rodillas y tengo la cabeza llena de viento y hojas secas, la boca pastosa de espuma de mar y con un regusto a sal. Cuando me llamó por teléfono, aún conservaba la misma voz de miel y nueces, me dijo que llegaba el martes a las ocho y media, que la recogiese en la estación y que iríamos a cenar. Ya falta poco, Santiago, ya falta poco para irnos a casa.

El chirrido metálico del tren encerraba en su seno un mar de tormentas que desvelan los barrotes de las celdas de todos aquellos prisioneros que como yo, esperan.  Las rodillas me dan molestias, pero consigo levantarme, mientras el señor C se despide de mí moviendo el rabo de lado a lado. Que vaya bien, me dice. Parece un tambor de guerra, suena como una canción marcial, mientras me tiemblan las manos y se me nublan los ojos. La cabeza me da vueltas, pero veo su melena negra como el tronco de un naranjo. Sus pecas, antaño islas, y el precioso verde de sus ojos como pistachos sin cáscara. Había olvidado su rostro. La abrazo en un intento de recuperar el tiempo perdido. El amante hormiga hunde mis dedos en su pelo como si fuera tierra. La miro a los ojos y se me escapan dos gotas de sal que descienden por el yermo paraje de mis mejillas.

­—Aurora, amor mío, ¡Cuánto tiempo sin verte!, ¡Estás preciosa! ¡Qué maravilla!

Aurora no me responde, pero me devuelve el abrazo. Miz manos recuperan levemente su color rosado y vuelvo a ser joven otra vez. Su fuego me alumbra, me calienta y me alimenta. He estado empapado durante tantos años en los océanos del tiempo que ya no recordaba lo que era calentarme las manos junto al fuego.

—Estaba muy preocupada por ti.

—Ah, por mí no te preocupes, vámonos de aquí, está maldita estación casi me vuelve loco, vámonos a cenar y me lo cuentas todo.

—Espera un momento…

—No hay tiempo que esperar, no quiero esperar más, quiero irme a casa.

—Papá, no soy Aurora, soy tu hija.

Al tocarme la cara me doy cuenta de que soy un hombre sin rostro. Cargo sobre la piel una máscara flácida que intento arrancar a la fuerza, pero no alcanzo. Mis manos no son mías, son de otro, pulidas por el tiempo como una silla vieja, agrietada, húmeda y frágil. El viento está salado y hay luces por todos lados. El mundo habla solo. Van con sus aparatos, rodeados de cables, cada uno con su luz iluminándoles el rostro. Yo no tengo luz, ni tampoco rostro. La vida de otro cae bajo mis ojos y puebla mi mente de falsos recuerdos. No sé quién soy. Santiago Vaibona, la ciega lombriz. El prisionero del tiempo. El que espera.

—Papá, mírame—Aurora con sus delicadas manos me encuentra con sus ojos—. Soy yo, Raquel.

La fuerza de la corriente me arrastra de nuevo a lo más profundo. Me coge de la mano y me lleva a través de los recuerdos de mi mente, enseñándome fotografías y cuadros de lo que una vez fue mi vida. Habitaciones llenas de momentos que olvidar, cofres repletos de tesoros que no necesité jamás, y al fondo, una habitación llena de nada.

—Ven, Raquel, vamos a ese banco que necesito sentarme un momento.

Raquel me recuerda mi estado, lo que hablamos en la clínica, que esto podía pasar, sobre todo cuando ya llevas un año conviviendo con la enfermedad. Que a partir de ahora no estaré solo nunca más, que siempre habrá alguien conmigo. Yo le pregunto si Aurora podrá venir a verme, pero mi hija me explica que Aurora vive en Londres con su familia y que ahora ya es muy mayor para venir aquí. Ahora lo recuerdo, recuerdo como mientras cenábamos, Aurora me contaba que había conocido a un hombre irlandés de cabello rojizo, y que cada fin de semana la dejaba en casa porque tenía que ir a pescar a alta mar. Recuerdo el momento en que mi corazón se descolgó del pecho como si fuera un fruto maduro y que para no perderlo, lo guardé en un cofre. Allí me dirigí, busqué por todas las habitaciones hasta encontrarlo y, tras un mueble viejo repleto de vajilla sin usar, lo encontré cubierto de polvo. El cofre que guardaba mi corazón.

—Hija mía —le digo arrastrando los dedos por sus mejillas—, te quiero, pero he de irme. Voy a entregárselo todo y me voy a ir a casa. Que seas muy feliz.

En la habitación rellena de nada araño la tierra hasta levantarla, hundo mi corazón entre hormigas y lombrices, y con mi lamento riego la tierra labrada. Al corazón le surgen raíces, fuertes raíces que sostienen un tronco fuerte. Tras estudiar el tronco, ando a tientas hacia mi enemigo que aguarda tras mi espalda, y con una lengua mordaz le digo: Tú, mi sombrío enemigo, sí tú que habitas en el abismo, ahora ya te conozco, y sé que el mejor modo de vencerte no es desafiarte, sino hacerte un regalo, toma, aquí tienes mis recuerdos, quédatelos no los quiero. No es el osado amante hormiga quien te enfrenta, reconozco tu poderío sobre mí y por eso soy tuyo, a ti me entrego en barro, sangre y fuego a tus dominios, pero si vienes a por mi corazón, te acompañaré allá donde vayas, así, jamás podrás ser de nuevo el olvido porque no estarás solo. Tú, sombrío enemigo me hiciste de tiempo y, como verdadero hijo del tiempo, te lo devuelvo con mi aliento y de un soplo mi enemigo se deshizo en ceniza. Tras dar media vuelta, me dispongo a escalar por el tronco. Es un árbol alto, tan alto, que ni el tiempo ha podido alcanzarlo. Ya en la cima, sobre la copa, entre las armas, hay una casa. Al abrir la puerta, la encuentro al fin, es ella, mi Aurora, está encendiendo el fuego de la chimenea.

—He estado un buen rato esperándote.

—Y yo a ti. Pero ya estoy en casa.

lunes, 5 de abril de 2021

Relato de la espera Pablo

ÓRGANO


El relato total va sucediendo mientras nuestras minúsculas historias se detienen, se suspenden, se disuelven.

MARINA FALS, Las vidas que perdimos viendo crecer la hierba

 

Por ello, además del conocimiento de la anatomía, es imprescindible ejecutar los tiempos fundamentales de la técnica quirúrgica (incisión, hemostasia, exposición, disección y sutura) de manera precisa.

ANGÉLICA GONZÁLEZ, Tiempos fundamentales de la técnica quirúrgica

 

Incisión

 

A la vuelta del trabajo, ella decidió que pedirían una pizza. Sabía de sobra que a él no le gustaba comer pizza, pero llegaba cansada, realmente cansada, y se lo merecía. Cada día se le hacían más penosas las jornadas en la clínica... ¡Seis parejas eran muchas para una sola tarde! Al principio disimulaba la fatiga, no le gustaba dejarla traslucir, no quería importunar a su marido: él pasaba los días enviando currículums, actualizando su perfil en webs de ofertas de trabajo, esperando la llamada que fuera a rescatarlo de la abulia, y ella procuraba abrazarlo en su angustia cuando llegaba cada noche, hacerlo sentir útil en las tareas menudas de la casa, poner buena cara ante la cena, que él le preparaba puntualmente con tan poca voluntad como pericia. Aborrecía aquellas cenas, en el fondo, y ese día había tenido, además, una jornada especialmente difícil. Por eso decidió que pedirían una pizza. Venía imaginándolo: se lo diría a él al entrar por la puerta, antes siquiera de preguntarle cómo estaba, de ese modo en el que nunca tendrían que tratarse las cuestiones importantes (para dar una noticia inesperada conviene asegurarse de que el otro está en alerta). Porque aquello era importante, tenía esa intuición: el asunto de la pizza era importante. Llegaba aquella noche (ojo, llevad cuidado...) tocada por el nervio de la desobediencia (a veces son cuestiones banales las que prenden la punta de la mecha). Llegaba del trabajo dispuesta a dejarse quemar hasta el final. 

—¡Cariño! —La llave todavía puesta en la cerradura, el paraguas mojado goteando en el suelo—. ¡Hoy pediremos pizza! —Selló la afirmación con un portazo firme. Huía, con aquello, de las llegadas mansas, de su entrar en la casa como una perra dócil (el quid, en ocasiones, está en la contención de cualquier movimiento que pueda perturbarle el equilibrio al otro).

Él no le contestó. Ella ya estaba hecha a ese ambiente lacónico, no le extrañó el silencio (lo no verbal es clave, hablamos muchas veces a través del vacío). Y entró en el comedor con paso vacilante, mordida por un miedo que también conocía (hay que impregnar la casa con la seguridad: la casa es un refugio para vosotros solos). Puso sobre el sofá el bolso y el abrigo, dejó caer en la alfombra su paraguas mojado y se paró en el marco de entrada a la cocina. Lo encontró junto al banco, de espaldas a la puerta, con un despliegue enorme de comida y cacharros, las manos apoyadas en el borde del mármol. En la estancia flotaba una nube de humo. Le llegó, como un golpe, el olor al aceite quemado en la sartén. Y a colilla apurada.

—¿Te parece, cariño? ¡Pedimos una pizza! —Trató de sonar firme.

Él no le dijo nada. Ella ya lo sabía, lo conocía bien, le hubiera sorprendido que se girara entonces: esa crudeza suya (a veces el dolor se revuelve en desdén, y es bueno saber ver la herida que se esconde tras esa piel de espinas, dejarla respirar, no querer arañarla). Se tragó la saliva, salió a buscar el móvil y puso a actualizar la aplicación de Glovo.

—¿Qué tal cuatro estaciones? O una vegetal… Con doble de alcachofa… ¿Te apetece alcachofa? —Él no comía alcachofa, odiaba la alcachofa.

Entonces él se puso a recoger el banco, de espaldas a la puerta. Iba depositando objetos en la pila, abriendo los armarios. Lo oía respirar, cada vez más profundo. La fuente de ensalada fue entera a la basura. Y se lavó las manos.

—Pido para las diez. Las diez es buena hora. Me da tiempo a ducharme. ¿Te parece, cariño?

No se apartó del marco, se quedó allí en silencio (a veces el silencio es una tregua justa, es incluso un abrazo, lo contrario a la herida) mientras él agrupaba las cosas de la cena con un ritmo flemático (pero ojo, porque, a veces, el silencio es un campo cultivado de minas): los platos, los cubiertos, la pechuga empanada (a veces el silencio es la herida, el cuchillo, a veces el silencio es pura violencia). Después se fue hacia el baño. 

Regresó de la ducha envuelta en su toalla. Recuperó el teléfono de encima de la mesa y revisó el pedido: vio que estaba en camino, con entrega prevista a las diez de la noche. Faltaban diez minutos. Lo vio en aquel reloj de la pared, enorme. Era un reloj antiguo, un regalo de boda, no recordaba quién... Era un reloj de aquellos con tres agujas grandes que no se detenían, que rodaban sin pausa, cada una con su ritmo. Esperarían, pues. Amparada en el marco tenía perspectiva de toda la cocina, con el reloj al fondo. Él seguía de espaldas, con la cabeza gacha, los brazos en tensión (la pareja es espacio de crecimiento mutuo, espacio de cultivocon el fertilizante más eficaz de todos, que es justo la ternura), hierático, inquietantePensó en aquellos brazos, en el tiempo que hacía que no la cobijaban.

—La pizza está llegando. Voy poniendo la mesa. —Pero no se movió, tan poderosa era la estampa de derrota del marido en silencio. 

Nueve y cincuenta y cinco. La tele estaba en marcha. Pensó por un momento que no tenía volumen, y luego reparó en el sonido grave del extractor de humos, en el zumbido rudo que retumbaba en todo. Levantó más la voz, sorprendida ella misma:

—¿Me ayudas con la mesa? —Había sonado dura.

Nueve y cincuenta y seis. Encima de la mesa estaba el cenicero y un bote de cerveza. Los restos de ceniza dibujaban caminos en el mantel de plástico. Ella cogió un cigarro, se lo llevó a la boca. Hacía cinco años que no fumaba ya.

—¿Me das fuego, cariño? —dijo provocadora, buscando, quizá, entonces, que él se diera la vuelta (la chispa salta, a veces, en un gesto inconsciente, pero otras muchas veces somos nosotros mismos los que jugamos cerca de la piromanía).

Nueve y cincuenta y siete. Él se sacó el mechero del bolsillo de atrás y le encendió el cigarro, sin mirarla a la cara. Ella lo había visto: el mechero en la parte de atrás de su cintura, remarcado en su glúteo. Él seguía teniendo una belleza indómita a pesar de los años (el sexo, que parece lo más sofisticado, es un triste vestigio de la naturaleza. No lo queremos ver, pero es pura barbarie). Aunque, a pesar de todo, ya no lo deseaba.

Nueve y cincuenta y ocho. Se apartó de los labios el cigarro encendido en un gesto impulsivo. Se limpió bien las manos en la toalla húmeda y miró su teléfono: «¿Dónde estará la pizza?». Comprobó que el pedido seguía de camino. Le extrañó que el descuento de tiempo de la espera se hubiera detenido en la aplicación del móvil: ¡diez minutos, aún!

Eran las diez en punto y faltaban diez minutos, decía la pantalla. ¿Por qué esos diez minutos? Él seguía impasible: con la mano derecha arrastraba unas migas y las tiraba al suelo, con una negligencia elaborada, fría. 

—¿Es que no tienes hambre? —dijo ella, aunque sabía que él no diría nada (a veces nos hablamos con lo que no decimos). Entonces intuyó que ya estaba la llama corriendo por la mecha, y pudo anticiparse. Deseó lo que vino detrás,  lo convocó. Buscaba terminar, de plano, con aquello.

—¿No vas a decir nada? —Se acercó hasta su espalda, le colocó las manos encima de los hombros.

Y entonces vino aquello, la hostilidad total, esa lengua de lava que ella estaba esperando:

—¡Qué quieres! ¡Qué te pasa! —le dijo él, violento.

Y ella lo contó todo (a veces hay palabras que vienen justamente a darnos la palabra). Todo, desde el principio. Lo del amante, todo. Que ya no lo quería. Que el final. Que el divorcio.

Y a medida que hablaba crecía la certeza de que no habría pizza. 

Y conforme contaba perdía la consciencia de que era una mentira.  

 

Hemostasia

 

Recién estaba haciendo las papas sancochadas, el ají de gallina, como le gusta al hijo, mientras espera al hijo. Cómo le gusta al hijo el ají de gallina, bien rico de pimienta y cómo es que le grita desde la puerta, abajo, ya desde la escalera: qué rico huele, madre. Parece que lo siente llegarle por la espalda, besarla en el huequito en el centro de la nuca: mi madrecita linda. Y cómo huele siempre el hijo al aire sucio de esta ciudad sin fe, al gasoil de los autos de Madrid, a refritos. Le parece a la madre que lo siente abrazarla, y ahora apenas recuerda si ha dejado el hornillo encendido en la casa cuando la han reclamado por teléfono allí, a esa sala de espera de un hospital salvaje. Ha llegado calada, ha atravesado toda la ciudad con su lluvia, con un pacto secreto: si cruzo la tormenta el chico estará vivo. El hijo siempre arriba y abajo con la moto, dios sabe dónde pudo conseguir esa moto, dios sabe de qué forma se logró los permisos: mi madre, así podremos ir saliendo de apuros, me lo han dicho los chicos, que deje las apuestas, que me ponga de rider, que son más de quinientos al mes, madre, ¿tú sabes?  Y luego las propinas. Yo me busco una moto, me la deja cualquiera, me saco los papeles y me pongo de noche, unas horitas sólo. Nunca había pisado un hospital por dentro, ni cuando los miomas quisieron atenderla. En este país, madre, tenemos que ganarnos los derechos a sangre, este país nos devora: las concertinas muerden, pero una vez ya dentro nos digiere despacio. Y ahora le parece que está en un vientre oscuro, que ya está en digestión. Parece que lo escucha, la madre, que lo siente, en esa sala fría, violenta, despiadada. Desmiga entre sus manos el papel del pañuelo. Encima de la mesa la caja está vacía: los ha sacado todos, los ha arrancado todos. Como si los pariera como lo parió a él. El piso se ha llenado de pañuelos deshechos, un llanto de pañuelos apelmazados, negros. Las luces la torturan, casi puede escucharlas, los tubos de neón latiéndole en el hueco de la cabeza, dentro, en el espacio muerto que le ha dejado el alma: la ha derramado toda. La ha derramado entera por la punta del boli con que ha puesto la rúbrica. La copia está en la mesa, al lado de la caja de pañuelos vacía. La han dejado allí sola con la copia y la caja de pañuelos. Vacía. La madre está vacía. Desde que le ha sonado el móvil en la casa esta tarde está vacía. Siente cómo llegaba desde la puerta: madre, hoy te traigo delicias, quítate ya los guantes y el mandil, que te bese. Y cómo abrían ellos con intriga el paquete, las solapas de caucho, las tapas de cartón, pequeñas recompensas del reparto, a hurtadillas: hoy sushi, hoy hamburguesa, hoy pizza, hoy pollo asado. Pero luego: ay, mi madre, con las cosas tan ricas que me cocinas tú, todo esto son minucias. ¿Dónde estarán las madres de esta gente que pide para cenar en casa? ¿Soy yo la madre, madre, que les llevo la cena? Y ahora está vacía, una madre vacía, un útero vacío, después de treinta años de parido. Vacío. Vacío de un cadáver que imagina en la mesa, tendido en una mesa, las manos de los médicos hozándole en el vientre. Las mismas cuatro manos que la manoseaban hace veinte minutos en la sala de espera, que le daban pañuelos: las manos en sus hombros, las manos en sus manos, el ritual de manos mil veces repetido: «ha sido una desgracia (…) puede salvar a otros (…) quizá pueda pensarlo (…) su hijo era muy joven (…) los órganos vitales (…) al menos cuatro vidas». La madre se ve sola en esa sala amarga llenita de pañuelos negros, como su suerte. Negros como las manos que le arañan el vientre a su hijo y a ella, que son un solo vientre. Negros como los puntos y comas de las leyes que deciden quién tiene derechos en la vida. Negros como la pena de que la sangre tibia de su hijo le vuelva la vida a un hombre blanco. Negros como la espera. Esa saña de espera.


Disección

 

Guardas el busca en el bolsillo y te acercas al balcón. Desde la novena planta puedes verlos. Eres capaz de distinguirlos en medio de la gente, entre el amasijo de cuerpos que salpican la franja de la arena, todos negros, todos plastificados, cada uno enfundado en su propio neopreno. Aun así, tú los distingues. Distingues a los tuyos. A veces te parece, incluso, que puedes escucharles la voz a los pequeños, algún gritito de entusiasmo, traído por el viento hasta el balcón, por el levante duro que azota las terrazas, los toldos, las palmeras. Él quiso los veranos en la playa, quiso primera línea y dos balcones, quiso el descapotable y la piragua, el tándem, las dos tablas, el trastero. En parte le venía de familia y en parte lo aprendió en el hospital, ese nido de cachorros codiciosos que confundía la propiedad y la aventura con la felicidad y con el éxito. A cambio, tuvisteis que vender la furgoneta, dejasteis las salidas de montaña, tirasteis la tienda iglú de Decathlon. Ya no volviste más a los bombachos, a las barras de incienso, a viajar con la ONG de Mozambique para operar a niños con fimosis. Con él dejaste atrás esos veranos y te instalaste allí, en un delirio de bronceador y de deportes en el mar. La playa se ha vaciado de bañistas a medida que venía la tormenta, y poco a poco han acudido todos ellos, a reclamar la mala mar para lo suyo: «cinco, veinte, veintiséis, cuarenta y cuatro», los vas contando mientras bullen en la arena, mientras se esquivan con las tablas, se saludan y corren a lanzarse hacia las olas. Y entre todos esos cuerpos, que brillan y se mueven como atunes, eres capaz de distinguirlos a los tres. Siempre te muerde la angustia cuando piensas en los pequeños con sus dos tablas a cuestas: los imaginas en las peores situaciones, degollados con la cuerda de una boya, atrapados debajo de la tabla, con el cuello tronchado contra el fondo. «Ojo, chicos, vuestra madre tiene miedo. Demostradle de qué pasta estamos hechos», les ha dicho él al salir esta mañana, mientras los iba empujando al ascensor, con sus manos sobre las cabezas rubias. Tú te has quedado lastimada de temores, señalada por su dedo, en la cocina, al otro lado de la puerta de los éxitos, y ahora los miras a los tres desde el balcón, con el busca de trasplante palpitando, deseando que te avisen de una urgencia, deseando que te suene. Y escapar.

Te sonará en cualquier momento en el bolsillo. Ese sonido estrepitoso de los buscas te acompaña desde que eras residente, te despierta el hormiguero de endorfinas, se remueve entre las vísceras, te agita, te convoca al milagro del bisturí. Y cerrarás el balcón y las cortinas, te pondrás la chaqueta impermeable, cogerás la mochila de las guardias. Dejarás la tortilla preparada y las barras de pan sobre la mesa y una nota: «me han llamado de trasplante, ya os aviso cuando acabe, disfrutad». Y sacarás el Opel Corsa del garaje, aparcado junto a su descapotable. Conducirás bajo la lluvia al hospital.

El hospital es como líquido de Kodak: revela el trasfondo de la vida, fija la realidad y te la muestra, saca a la luz los planos invisibles. También tú sales en la foto de familia, con toda la crudeza del retrato. Lo pensarás mientras accedes al vestíbulo, cuando te pares a esperar al ascensor. El ascensor es la metáfora perfecta de lo que ocurre en tu servicio. Si eres mujer el ascensor no llega nunca. La urología es un mundo que se rige por una burda idiosincrasia de ascensores, por la triste paradoja de la espera para no llegar jamás adonde quieres. Al final acabas dentro del que baja. Si eres mujer, olvídate, no subirás. Y allí está el jefe bien dispuesto a recordarlo, bien dispuesto a palmearles las espaldas a todos tus compañeros. A él también: «¿Y qué pasa si un hijo se pone malo? Yo no puedo permitirme para el puesto alguien que no esté al cien por cien en el trabajo. Te ofrezco a ti la jefatura. Ella no». Tu marido sí que sube en su ascensor. Aceptó la jefatura de trasplantes. Pretendió que te alegraras con las migas de aquel éxito vicario. Tú bajabas. 

Entrarás al vestuario y no habrá nadie. A esas horas de un domingo ya no hay nadie.  A ti te gusta el hospital cuando no hay nadie, con esa gran elipsis de la vida. Escogerás un pijama de tu talla, o intentarás que se aproxime algo a tu talla. Guardarás tu ropa en la taquilla y saldrás toda vestida ya de verde. Caminarás por el pasillo hasta el quirófano. La puerta del quirófano es la entrada a un mundo de potencias abisales, a la constelación de los aceros. Tendrás hambre del corte, de los cuerpos. Tendrás la gana estéril de la sangre. Acudirán tus manos a la piel como quien va al umbral de lo sagrado. Y entonces te verás frente a la pila, con la esponja de jabón desinfectante. Te frotarás las uñas, los nudillos, las palmas, los bordes de los dedos. Y luego te pondrás un par de guantes, la bata de papel, la mascarilla. Te acercarás a las puertas automáticas y entrarás en un quirófano desierto. La camilla vacía, preparada, el foco en marcha, todos los monitores encendidos. Y una mesa de metal junto a la entrada. Una nevera azul. Allí está el órgano.

El órgano te esperará en la mesa con un brillo de sangre detenida. Y tú abrirás la caja y lo verás: el riñón con esa piel de vino tinto, con ese ramillete de cordones que nacen de su ombligo, de su vientre, de ese vientre de feto agazapado, a caballo entre dos cuerpos y dos vidas. Un feto ajeno a los procesos que lo llevan, a las manos que lo tocan, que lo arrancan, que lo imponen de nuevo entre otros órganos. Esas manos que tú conoces bien, que has visto firmando talonarios, pegadas a un volante, haciendo cosas. Las manos van al pan y, de los órganos, vuelven al pan cargadas de ambiciones. Y tú abrirás la caja y lo pondrás encima de la mesa con esmero. Irás desentrañando con paciencia las arterias, las venas, el uréter. Comprobarás que todo está en su sitio, que es un riñón que vale, que puede abrirse paso en otra vida, que puede restaurar el tiempo muerto. Lo depositarás, como a un cachorro, dentro de la batea, con cuidado. No tardará en llegar el receptor. Y tú allí, en el quirófano, esperando, pensarás que a ti también te han trasplantado a una vida que no es tuya, ni será. 

Los miras a los tres sobre la arena, con sus tres tablas de surf y el neopreno, a punto de meterse entre las olas. Y apoyas la frente en el cristal. Y esperas a que suene en tu bolsillo el busca de trasplante. Que te salve.

 

Sutura

 

Un buen día te sientas a comer y, de repente, ya nada vuelve a ser lo mismo. Y la comida se queda sin tocar, pero da igual. ¡Has esperado tanto tiempo este momento!

Me han traído hasta esta sala en una silla de ruedas. He llegado al hospital por mi pie, bajo la lluvia, pero ellos han querido llevarme en esta silla. Me han preguntado si ya venía duchado y después me han ayudado a desvestirme. Hemos guardado la ropa, poco a poco, en mi pequeña bolsa de deporte, junto a un par de calcetines desgomados, el neceser, las zapatillas de ir por casa. Menuda paradoja, si no hay nada más lejos de tu casa que una sala de espera de hospital. Me han puesto esta bata que no cierra y unos peucos blancos de papel. He preguntado si tenía que quitarme el calzoncillo y me han dicho que no. Quizá más adelante me lo retirarán sin que yo me dé cuenta. Qué fácil nos aparta de nuestra voluntad estar enfermos. Una joven ha entrado, muy deprisa, a hacerme unas preguntas. Iba marcando cruces en un folio: la edad, el peso, si había desayunado, si fumo, cuántas pastillas tomo. Me ha abierto la boca con desgana, igual que se le mira a los caballos, y ha estado revisándome los brazos, buscándome las venas. Me ha sacado siete tubos de analítica y me ha puesto una vía en cada mano. Más tarde me han traído una carpeta llena de documentos y me han hecho firmar, ya ni sé cuántos. Y me han dejado aquí, sentado en el borde de la silla. Aún nadie me ha llamado por mi nombre. No sé si tengo nombre. Tengo hambre.

Recuerdo la primera vez que tuve que venir al hospital. Me levanté de noche y salpiqué con un chorro de sangre todo el váter. Después de varios días de pruebas y visitas dieron con el problema: tenía los riñones plagados de anticuerpos, mi cuerpo decidía, en un acto suicida, librar una batalla contra mis propios órganos. Y allí se jodió todo. Aprendí que la sangre pasa por los riñones unas mil quinientas veces cada día. En mi caso eso no era suficiente, así que tuve que empezar a compartirla con un riñón mecánico. El tiempo en la diálisis se aprieta, se concentra, se hace sólido. Parece que puedes verlo circular a través de los catéteres, junto a la sangre espesa, en un bucle infinito: la sangre que sale de tus venas por ese laberinto de tubos transparentes, que se impulsa en ingenios circulares, que se pierde detrás de las pantallas y regresa de nuevo hasta las venas. La vida de prestado, un tiempo raro. Una vida ligada al almanaque, incrustada entre los días de diálisis, al paso lento y torpe de los lunes, los miércoles, los viernes. La vida sincopada, hecha de las esperas de la espera.

He bajado a los perros en un breve descanso de la lluvia esta mañana. He aprovechado y he comprado dos raciones de arroz con alcachofa, con la idea de compartir con ellos. He encendido la estufa de butano y me he servido un plato. Y entonces, el teléfono. Que esperes la llamada no significa que, cuanto te llega, no caigas al vacío. Te sientas a comer y, de repente, ya nada es lo que era. El plato se ha quedado encima de la mesa. Los perros me miraban, callados, como si lo entendieran. Me he marchado sin darles de comer.

Tengo hambre, pero no sé de qué. Es un grito del cuerpo que reclama. Es el vacío arañando la sustancia. En todo lo que toco siento frío: los pies en el suelo plastificado, la piel en el respaldo de la silla.  Por detrás de las puertas abatibles me llega la voz del hospital: la cháchara banal en los pasillos, el pitido insensible de las máquinas. Son voces que yo conozco bien.

Se abre la puerta y vienen a por mí. Un celador vestido de pijama me da las buenas tardes y me lleva, empuja mi silla hasta el quirófano, por un largo pasillo iluminado con tubos de neón y con las puertas forradas en acero inoxidable. Apenas me doy cuenta, estoy desnudo. Tumbado en la camilla me iluminan con este foco inmenso, desde arriba. Siento la luz caliente en el abdomen, como una mano abierta en ese punto de donde nace el hambre. Me pregunto qué comerán los perros. La muchacha de antes se me acerca, pero ahora ya no va con su carpeta. En la mano sujeta una jeringa con un líquido blanco. Me dice que procure relajarme. Noto en el brazo el tacto de su guante y voy sintiendo cómo aquello entra en mi cuerpo, poco a poco, una oleada mansa. Me muerde más el hambre, percibo su sabor: un hambre de metal, de sangre indócil, un hambre de vivir, de los demás. 

Tengo en las venas el presagio de las vidas que van a traspasarme, con todas sus minúsculas verdades. 

Me llega, como el rayo, la sustancia del relato total.

 

martes, 30 de marzo de 2021

ejercicio situación cotidiana que se va tensionando

                                                                    Gracias cariño

Hampton, Connecticut

Es la noche de acción de gracias. Un pavo está sobre la bancada de la inmensa cocina de la casa de los Whitbeck. El pavo está listo para ser horneado. Kevin es el padre. A Kevin le gusta mucho la cerveza y además por nada del mundo perdonaría el partido de fútbol de la NFL que como todos los días de acción de gracias se retransmite para todo el país en abierto. Kevin también es el cocinero. Sus pavos siempre han sido espectaculares. Mantiene una receta secreta de su familia. A Sandra, su mujer, no le importa que Kevin cocine. Le encanta que en este señalado día sea él quien ejerza de jefe y ella de pinche. Últimos 45 minutos de cocción. Kevin le dice a Sandra que baje la temperatura del horno a 175 grados y que quite el grill. 

–Ahora voy cariño–Sandra asiente y dice que ahora va.

–has bajado el horno?–Kevin insiste.

Sandra dice que sí, que ahora enseguida, que en este momento está poniendo el gravy en las salsera y que en un minuto lo hará. Sandra no lo hace. Kevin grita la consecución de un tanto de su equipo. Kevin se bebe su quinta cerveza. Sandra se pone a hablar con su padre y se olvida completamente del ave que sigue cambiando de color dentro del horno. Sale humo. Huele a chamuscado. El partido cobra emoción. Kevin bebe su sexta cerveza. Sandra discute con su madre. Sandra está nerviosa. Kevin pregunta por el pavo. El pavo está completamente negro. Carbonizado. Sandra grita. Kevin grita. Se insultan. Se echan la culpa. El pavo huele fatal. La casa se llena de humo y huele a incendio. Se insultan, más. Se siguen echando la culpa. El equipo contrario marca un gol. Kevin se enfurece más. Sandra apaga la tele. Kevin la enciende. Sandra le tira una cerveza a la cara. Kevin dice:– “me voy”. Sandra dice:– “lárgate”. Se escucha un portazo. Sandra llora. Kevin estrella el coche contra un árbol del jardín del vecino.


El color de los cerezos - (ejercicio Nº6, v. 2.2)

 

El color de los cerezos (2.2)

 

Vayamos a la barra, está vacía, allí no llega esa música estridente de la pista, no soporto las marchitas. De acuerdo, yo tampoco, además, quiero beber algo, hace calor ¡Qué fiesta!, nosotros no tuvimos nada parecido, ¡qué lindo que María Jesús disfrute tan plenamente su fiesta de casamiento. ¿Qué te pido? Champán. Bien, un Fond de Cave Brut para la señora, yo, Chivas Regal, con hielo, por favor.

¿Sabes?, me encanta mirarte, estás deslumbrante, ese vestido de Saks te queda muy bien, así, ceñido a las caderas y, jaja, a tus elegantes 52 quilos, ¡qué caída la de esa viscosa!, fina, liviana, marca tus formas, hermosos los dibujos de flores sobre blanco, las mangas hasta el codo, bien por las hombreras, el escote, ¡qué clase!, una V profunda y larga, combina perfecto con tu metro setenta de altura. Me gustan las sandalias, te atreviste con tacones pronunciados, perfecto el talón desnudo con una tirilla angostísima. Las conseguí en Porta Portese, en Roma, nunca sabes lo que puedes encontrar allí. Estás más tostada que yo, válgame, cómo resaltan esos ojos tuyos, bellos, felinos, incontenibles. Para mis adentros pienso, tampoco yo estoy mal, un metro setenta y cuatro, 70 quilos; estoy enfundado en un traje Pierre Cardin de 3 piezas, paño tropical color arena, peligrosamente claro, elegí una corbata de seda italiana roja y marrón para contrastar, el nudo clásico, la camisa blanca. Por el color de nuestras pieles es evidente que estamos a fines del verano, hicimos bastante playa oceánica.

Sé que no te entusiasma la música movida. También sé que no tienes límite para mirar mujeres a diestra y siniestra y, si son atractivas, te quedas como congelado. Bueno, bueno, ¿qué me quieres decir con eso? Me llevo otra vez el whisky a los labios mientras, miro sus ojos, es extraño, ahora proyectan melancolía. Ya terminaste tu Fond de Cave, oye camarero, ponle otra copa de champán a mi mujer, Chivas a mí, y más hielo. Prueba las castañas de cajú y los palitos de queso, ¡están súperrrr! No tengo ganas en este momento. Noto, para mis adentros, que me quiere decir algo, lo veo en su mirada que no es la de siempre. ¿Has visto qué divina está Alicia? No la conozco, el Chivas está muy rico. Que no la conoces me dices, pero la seguiste con la mirada cuando pasó cerca. ¿Tampoco conoces a Raquel?, se pavoneó con ese escote descomunal caminando provocativamente, se cree que está sobre una pasarela. Oye, baja un poco la voz, no, no, no le noté nada especial, además, estaba de espaldas a ella. ¡Cuándo no!, esta desfachatada se sentó en el puf donde estabas tú, vale, a tus espaldas, pero bien que se te pegó restregándose contra ti. Claro que no la mirabas, pero la sentías. Bueno, bueno, qué quieres, yo no tengo nada que ver, fue ella la que vino y se sentó en el mismo puf. ¿Qué buscas con tanta reprimenda?

Has terminado tu champán, te pido otro. Camarero, Fond de Cave para la señora y completa mi Chivas, más hielo, gracias. Si te hablo de todas las veces que miras lascivamente a otras mujeres no sé cuándo terminaríamos. Ya es demasiado, y ahora mi marido pone su mano sobre la mía como si nada pasara, ¡qué caradura!, callo, no digo nada, miramos los invitados bailando en la pista, también a los que sólo conversan. Sigue tomándome la mano mientras se fija en esa chica, ¿será posible? Retiro mi mano. ¡Ya te pesqué otra vez!, le clavaste los ojos a la rubia, no parece mayor de 18. No me lo niegues, te vi hacerlo sólo unos pocos segundos atrás y para colmo, me tomas la mano. El otro día lo mismo, me hablabas sin pausa de Graciela, dijiste que tiene 18 años también, dices que la quieres transformar en modelo top. ¿Acaso necesitas fotografiarla sin sostén para eso? Sabes muy bien que es mi trabajo, soy un profesional serio y, no sólo eso, también debo hacer funcionar las RRPP y su imagen en los medios. Sí, y ya que hablamos, te cuento que el otro día la llevé al cocktail lounge del Columbia para que mi cliente, Bukaloff, el amigo de tu papá que tiene la fábrica de lencería y trajes de baño, la conociera en persona, se la he propuesto para que liderar la campaña de esta temporada, ¡yo la descubrí! Ahora confiesas que has salido con ella y, ¿qué me dices?, acaso la chica rubia que te comías con la vista hace apenas un minuto, ¿era también trabajo? Las observo porque son la materia prima de mi trabajo, soy un artista, y muy creyente, ¡admiro la obra de Dios, ja ja!

Póngame otra copa de Brut. También este barman es otro mirón, como si nunca hubiera visto una mujer. Y Chivas para mí, por favor. Ahora, ya que estamos hablando a calzón quitado, mi divina mujer, ¿a qué viene todo esto?, sólo me recriminas o, ¿qué buscas? No las resisto, son muchas cosas, las dejé pasar, pero ya no da para más, me molesta y mucho. Sigues actuando igual, ya mismo mientras te hablo, tu vista se posa en la mujer de Esteban, anímate, ya que eres un artista dile que no le vendría mal bajar unos quilitos. Sabes que se ofreció para trabajar de secretaria en el estudio, y está más que calificada, habla cinco idiomas y tiene un MBA. ¿Vas a terminar o seguirás arrimando leña al fuego? El Chivas no me calma, tengo ganas de irme. Mira que sé mucho más de tus andanzas de lo que te imaginas, como con esa amiguita tuya, Susana, la que te llamó a casa casi a medianoche, ¿era también por trabajo? O la María del Rosario, mucho instituto de monjas, familia de chupavelas, pero es más loquita que lo que se puede uno imaginar, hasta se atrevió a hablarme para que la tomaras como asistente, para la entrevista contigo se fue de hot-pants brevísimos y una blusa casi transparente. ¿Y qué me dices de cuando estás con tu discreta Mehari, tapizada de carteles del estudio y entras a hoteluchos de dudosa reputación? Hago muchas tomas on location, eso lo sabes, bueno, si tanto te molesta mi trabajo y quieres hacer tu propia vida, te ofrezco la libertad, cada uno por su lado, pero te repito, yo te amo sólo a ti. Así que estás en machito, me ofreces la libertad cuando eres tú el que se la toma a cada minuto sin ni siquiera pensar en mí.

Oye, tráeme más Fond de Cave. Vale, vale; yo sigo con el Chivas, pon más castañas. Me quedo callado y sorprendido, sus ojos ya no tienen aquella mirada melancólica de cuando nos sentamos en la barra, se han transformado en estiletes fríos, punzantes, agudísimos, prontos a destruir donde se posen. No respetas nada, ni siquiera a mi amiga que te recomendé para arreglar la contabilidad de tu empresa, al tiempo la despediste para así poder seguir siendo amantes sin lazos laborales, ambos lo sabemos muy bien, ella me lo confesó. Mira, te vuelvo a decir que tienes razón, he hecho cosas que no están bien, todo lo que has hablado es cierto y hay muchas más cosas aún, estoy dispuesto a dejarte libre y tranquila, pero tienes que saber que, haya hecho lo que haya hecho, todo ha sido sin amor. No quiero que estés mal, yo sólo te quiero a ti, y mucho, pero estoy dispuesto a perderte para que no sufras más. Otra vez silencio, el barman amaga a traer más bebidas, no, por ahora no, gracias, mi admirable mujer sigue callada hasta un: voy al aseo y vuelvo en un minuto.

Ella se levanta alejándose de la barra. Hablo conmigo mismo mientras paladeo el Chivas restante del vaso en mi boca. ¡Qué cuerpo escultural!, fíjate, esas pantorrillas tostadas por el sol de la playa y, cómo se contonean sus generosas caderas, qué hermoso el cabello acompañando el movimiento a sus pasos decididos con suaves ondulaciones, esos talones desnudos en las sandalias con tacón stiletto de Porta Portese. Camarero, ¡escúchame!, ahora sí, ya puedes reponer las bebidas, gracias.

Listo, ya está, dice mientras se sienta en la banqueta de la barra, veo que su mirada ya no es del estilete afilado de hielo dispuesto a perforar cualquier alma, es la bondadosa de siempre. Te veo más distendida ahora, luego de ir al aseo. Sí, sí, pensé un poco, ¿sabes?, está bien, si todo fue sin amor no hay problema. Ah, me terminaré el champán, yo haré lo mismo con el Chivas, pero, vayamos ya a bailar, están pasando temas lentos, oye, han puesto a Manzanero en Somos Novios, ¡nuestro favorito!

 

Somos novios

pues los dos sentimos mutuo amor profundo

y con eso

ya ganamos lo más grande de este mundo

 

Nos amamos

nos besamos como novios

nos deseamos

y hasta a veces

sin motivos, sin razón

nos enojamos

 

Somos novios

mantenemos un cariño limpio y puro

como todos

procuramos el momento más oscuro

 

Para hablarnos, para darnos

el más dulce de los besos

recordar de qué color son los cerezos

sin hacer más comentarios, somos novios

 

Somos novios, sólo novios

siempre novios, somos novios.



lunes, 29 de marzo de 2021

Ejercicio tenso

Corteza


—Es todo como muy abstracto de contar, pero os prometo que se ve.


—No es la primera vez que intentas colárnosla.


—Todavía recuerdo la cara de tontas que se nos quedó con el telescopio nudista.Todas como idas apuntando a las ventanas de los vecinos. ¡Fuego a indiscreción!


—O cuando nos juraste, por tu abuela y por tu perro, que se nos rizaría el pelo si nos lo restregábamos con ajo todos los días. 


—Casi nos tiran de clase por apestosas. ¡En mi vida había pasado tanta vergüenza!


—Esta vez no os miento, de verdad. Venga, acercaos.


—Tú primero, Ana. Eres la hija de la alcaldesa, te toca por autoridad.


—De eso nada. Amalia es la hija del sargento, le toca por seguridad.


—No, ya no lo soy.


—¿Desde cuándo?


—¿Y tú desde cuándo eres periodista?


—Va, Ana, siempre has sido la más valiente de todas, que no se diga.


—Esta bien, ¡pero si me quedo sin ojo tendréis que financiarme uno de cristal entre todas!


—¡Que sí, pesada!


Apoyó la frente, la mejilla y la mirada sobre el tronco agujereado del algarrobo y ya nunca más volvió a dudar de su amiga. 

A mos redó - Na Jordana (alternativa, hasta con 3 adjetivos, para el ej. Nº12)

  A mos redó - Na Jordana Los veo, ¿me veo?, casi todas las mesas de la terraza ocupadas, son vecinos del barrio, aquí es raro ver turista...