martes, 27 de abril de 2021

"Iris, la V ..." versión corregida x sugerencias de Bárbara y mucha modificación de estilo

 

Iris, la V labiodental y los agapornis (3.4)

Mi cabeza zumbaba, estaba aprendiendo algo nuevo, ahora sabía que la V se llamaba labiodental y se pronunciaba diferente de la B que era bilabial. En los años 40, y a principios de los 50 del siglo XX, asistí orgulloso a la escuela pública uruguaya, laica y liberal in extremis. Nos enseñaban a distinguir la be, familiarmente llamada larga, de la ve, conocida por corta (uve en España). Teníamos que aplicar esa diferenciación al leer en voz alta. Iris es mi maestra de 4to. año; tiene hermosos ojos almendrados, son de un verde profundo, cabello con amplios bucles, castaño claro, es de mujer, no de deidad, yo ya podía reconocer la diferencia entre ángel y mujer, como esa piel morena de suave tono aceitunado, su boca amplia, generosa y de sonrisa hipnótica, sugería misterios. Me enamoré de ella profundamente, tenía 9 años, sólo de ella, de ninguna otra maestra, ni antes ni después. No dudaba, sabía que también ella estaba apasionada por mí, lo evidenciaba llamándome por mi segundo nombre, Atilio. Era claro, esa distinción demostraba su amor hacia mí.

Iris insistía, debíamos diferenciar las pronunciaciones, una cosa era la B y otra la V. Mi diosa viviente, mi maestra de enigmática y bellísima mirada, de sonrisa cómplice, me sentía mareado cuando mostraba, usando su boca de carnosos labios y dientes esplendorosos, cómo debíamos pronunciar la V labiodental. Parecía que se preparaba a darme un beso, era mi medida del éxtasis a los 9 años.

Había contraído sarampión y tos convulsa en años anteriores, estaba aún expuesto a otras enfermedades comunes en los niños de entonces: paperas, rubéola, varicela, escarlatina. Todos temíamos la polio, pero estábamos acostumbrados a vivir en peligro. Ese año me pesqué la escarlatina. Fiebre alta y cama, no vería a mi maestra, a mi diosa de ojos verdes pronunciando la V labiodental. Vino el médico de familia, el Dr. Dufour, recetó penicilina, un medicamento novedoso en 1951. Debía guardar cama por 7 días, luego 3 más sin salir de casa, nada de agitarse, nada de esfuerzos. El Dr. Dufour notó que miraba un enorme libro de Historia Natural, mi madre compraba a plazos esas colecciones de Gallach a asiduos vendedores puerta a puerta. Yo habría preferido las historietas de Hopalong Cassidy, Buffalo Bill o Superman, pero mi madre era muy malvada: nada de esas porquerías, si vamos a gastar dinero que sirva para tu educación, decía. Compró, también en 12 cuotas, un libro de muchas páginas, era El Quijote de la Mancha ilustrado por Gustave Doré. ¡Qué dibujos tan feos y poco claros, los de las historietas eran mejores! Miraba el capítulo de aves en la Historia Natural, me gustaban los avestruces, kiwis y sus primos, los ñandús. El Dr. Dufour me dijo: je vait te montrer des oisseaux qui sont inséparables, ils s’appellent aussi inséparables, y enseguida agregó en español, te mostraré unos pajaritos que son inseparables y se llaman también así. Hojeó el libro y me señaló unos loritos pequeños, dijo que era el ave del amor, una vez en pareja no se separaban jamás. Debajo de la foto se leía a qué especie correspondían, no recuerdo, era un nombre difícil. La foto, en blanco y negro, los mostraba simpáticos, se parecían a las cotorras de monte, la plaga que junto a un grupo de amigos del barrio bajábamos a hondazos de los eucaliptus. Me quedó grabado lo de inseparables. Ah, pensé, si fuéramos como ese periquito de nombre raro, podría tener a Iris junto a mí, eterna e inseparablemente. 

A los 10 días volví al soleado anexo de la Escuela Pública Nº 80, eran sólo 4 salones en una quinta enorme, 4to A, 4to B, 5to A y 5to B. Yo estaba en 4to B. Me sentaba a sólo cinco pupitres de distancia del pizarrón, podía admirar de cerca mi diosa de guardapolvo blanco y ojos felinos; siempre etérea, insinuante al pronunciar sus V labiodentales. Me saludó por mi mejoría frente a la clase, sentí calor en mis mejillas, algún niño gritó: ¡manzanita toca foxtrot!, el mote era porque tocaba el piano y me sonrojaba con facilidad. Iris me llamó Atilio, no tenía dudas, seguía enamorada de mí. Al concluir la jornada escolar salí junto a los otros niños, debíamos recorrer un sendero largo bajo una pérgola metálica con enredaderas, tenía toda la extensión del parque, llegaba a la avenida por donde entrábamos. Iris iba delante de mí, tenía un brazo alrededor de los hombros de un niño de 4to. A, Jorge Leone Menéndez. No era amigo, pero lo conocía, vivía en el barrio. Mi corazón parecía detenerse, no podía dar crédito a mis ojos, estaba siendo despreciado, mi diosa me traicionaba con otro. Cada salida al finalizar la clase era una tortura, Iris prefería al de 4to. A. Sucedía casi todos los días, mi desolación, mi dolor, mi rabia iban en aumento. No entendía, Iris seguía llamándome Atilio y yo continuaba enamorado de ella, me sentía feliz cuando pronunciaba sus V labiodentales, pero no podía superar su traición, sufría un calvario constante. Mi diosa me humillaba, salía del colegio con otro. Fue un año duro mi 4to. grado, transitaba entre el deleite de mirarla, el de oírla, al padecimiento diario de verla salir con Jorge Leone Menéndez. Mi dolor crecía cada día, crecía como mi cuerpo, crecía como mi inteligencia, crecía como mi capacidad de sufrir.

El destino quiso que Jorge y yo asistiéramos al mismo secundario, a las mismas clases, hasta formamos parte del mismo coro de cámara de sólo 12 chicos, él barítono, yo tenor. Empezamos a vernos más, el pequeño y especializado coro nos unía. El tiempo había cicatrizado las heridas del aparente desamor de mi maestra diosa, pero no podía olvidar el rencor que me producía saber que él había sido el preferido de ella al terminar la clase. Un día me dice: le conté a mi tía que cantábamos juntos en el coro de cámara, te manda saludos, dice que siempre te recuerda con cariño. ¿Tu tía?, ¿quién es? Sí, Iris Menéndez, tu maestra de 4to B, la hermana menor de mi mamá.

Valencia, 24 de abril de 2021.

martes, 20 de abril de 2021

Ejercicio del taller anterior - No sé si teníamos que colgarlo, la memoria cercana me falla...

 

¡Hamaca la cuna! (de esto hace 77 años…)

 

Es de noche. Hay un bombillo desnudo en una portátil sin pantalla. Las sombras se agrandan, el cuarto se llena de gigantes. Mi madre, muy delgada, un camisón que le caía informe, su cuerpo blanquecino.

—¡Hamaca la cuna de tu hermana de una vez! —me grita.

No quise, recibí un coscorrón que me marcó para siempre, nunca más lo olvidé. Otros recuerdos se me borraron, los paseos, los juegos, los juguetes, las golosinas, las comidas.

Mi madre se suicidó con 75 años. Hice todo lo posible por salvarla, yo mismo la cargué en brazos para llevarla al hospital, estuvo internada varios días, tuve que vender casi todo lo que tenía para pagar las cuentas, si es suicidio el seguro no cubre…

No sobrevivió. Nunca lloré ni visité su tumba. Recuerdo que lloré una vez, fue cuando murió mi primer perro, el Pete, lo había atropellado un camión, era viejito, casi no veía.

La memoria es acumulativa y selectiva.

Patatas, patadas y papadas

Mamá nos recogió del cole con la merienda preparada. Bocadillo de chorizo y queso para mí, bollicao para Kike. Siempre jugábamos en el mismo sitio, el sitio secreto. Le llamábamos así porque  tenía una vieja puerta de madera, cerrada a cal y canto, y diseñada a prueba de cualquier ocurrencia de dos niños y su infinita curiosidad. En realidad, de secreto no tenía nada, ya que simplemente estaba escorada  detrás de varios árboles en el límite del colegio. Nos gustaba pensar que ahí hacían experimentos secretos o tenían allí guardadas todas las pelotas  perdidas de todos los niños a lo largo de toda la historia del mundo mundial. Tras la tempestad de piedras y patadas diarias que le propinábamos a la robusta puerta, nos desabrochábamos los pantalones y con la chorra al aire, meábamos toda la puerta maldiciéndola y jurándole que mañana volveríamos para acabar con ella de una vez por todas.

Kike se vino aquel día a casa, normalmente cuando íbamos a casa de uno o del otro las mamás nos obligaban a hacer los deberes, pero aquel día pudimos jugar desde el primer momento porque mamá tenía que ir a algún sitio. Hacíamos combates pokémon y Kike siempre ganaba. Tenía un blastoiser que mataba a mi charizard a base de hidrobombas. No podía soportar la idea de perder siempre y le pegaba, pero él era tan grande y fuerte que mis patadas eran un juego, y se reía, y la cara se le achinaba y la papada le crecía como un bollo de crema recién salido del horno, entonces, era yo quien sonreía.

Jugamos hasta que cayó la noche y se hizo la hora de cenar. Patatas fritas con huevos fritos y palitos de merluza. Yo odiaba los palitos de merluza y a Kike no le gustaban los huevos fritos asique los cambiábamos cuando mamá no miraba. Kike Siempre conseguía engañarme para robarme unas cuantas patatas, pero no me importaba, era mi forma de pedirle perdón por las patadas. Patatas por patadas, ese era el trato.

Al día siguiente Kike no fue al cole porque tenía que ir al médico asique fui yo solo. Todo el mundo me preguntaba si sabía dónde estaba y yo les decía que en el medico, pero me extrañaba tanta curiosidad por parte de los demás, como si supiesen algo que yo ignoraba. Esta vez fue el yayo quien vino a por mí y como no estaba Kike pues fuimos directamente a casa sin mear aquella maldita puerta.

El sábado por la mañana, mamá me llevo a casa de Kike. Llevaba en la mochila una muda limpia y la gameboy con el pokémon. Kike estaba jugando con los muñecos y le dije si hacíamos un combate pero quería jugar a son Goku, yo le dije que vale, pero que luego hiciésemos un combate, había estado entrenando y esta vez le iba a ganar. Kike tenía todos los muñecos que podría querer un niño, y los tenía todos en el sótano. Era su base, nuestra base, donde derramábamos los muñecos por todas partes y el suelo se convertía en un campo de minas de juguetes abandonados. Le pregunté que si echábamos un combate y me dijo que vale. Perdí igualmente. Le  empuje y le dije que hacía trampas, pero me ignoró. No me sonrió. Mi papá ha muerto. Me senté a su lado y así nos quedamos toda la tarde, quietos, inmóviles, perdidos en un campo de minas de juegos insuficientes, dibujando círculos sobre el suelo con el dedo índice y la cabeza gacha, buscando la salida de aquel  laberinto.

El lunes volvimos al cole pero Kike aún estaba perdido en aquel laberinto de juguetes. Había perdido la sonrisa y los ojos estaban destinados en ninguna parte. Para comer teníamos puré asqueroso y hamburguesa con patatas fritas, le ofrecí las mías, pero se las comió a desgana. Yo no sabía qué hacer. Estaba desolado y cuando le miraba solo veía una alegría arrebatada de cuajo, tan puro era su corazón que habían venido a arrancárselo del pecho. A si pasaron las tardes y las semanas y  los meses, hasta que un día, en el sitio secreto, un agaporni se posó sobre el árbol que nos daba cobijo. Kike se quedó absorto observándolo, tanto que se le cayó el bollicao al suelo. Después de mirarse embobados, el agaporni batió sus alas y despegó de la rama atravesando el sitio secreto. Aun no conozco cual fue la razón, pero Kike se levantó y con todas sus fuerzas arrojó una enorme piedra contra la puerta. La piedra astilló la madera. Kike y yo nos miramos sorprendidos y comenzamos la lluvia de piedras y luego patadas y más patadas contra la puerta astillada que cedía con cada golpe que le dábamos, hasta que al fin, conseguimos arrancarle un trozo, y luego otro, hasta hacerle un agujero. Kike lo atravesó sin dudarlo, se giró y desde el otro lado me dijo con una sonrisa: ¡Vamos Pablo, a por los tesoros!

martes, 13 de abril de 2021

De perfil (borrador)


La barra de progreso, el asunto y el cuerpo en blanco. Es el último día de clase, los dulces caseros altos en grasas y azúcares se mezclan en boca con los agradecimientos, risas y felicitaciones. El aula se ha convertido, sin previo anuncio, en un modesto salón de bodas: los alumnos invitados, de cimas despejadas o blanquecinas, van formando grupitos inestables que intercambian sus miembros al ritmo de las conversaciones; van picando, de bandeja en bandeja, polinizando las tartas de manzana; incluso se intuye algún atisbo de baile. La mayoría ni siquiera ha encendido el ordenador. Yo he venido directa a enfrentarme a él. Me he cosido a la silla esperando, rezando lo que recuerdo para que ningún abejorro se acerque con intenciones de charlar o sacarme a la pista, igual que hacía en las fiestas del pueblo cuando aún no sabía disimular. Es el momento perfecto, con todas las distracciones, de entregar el proyecto que he ido construyendo al margen del temario común. Un ejercicio extra que no cuenta para nota. 


A Fernando lo había llamado la tierra hace ya un año. Me quedé con un armario lleno de bufandas de punto grueso, una colección inacabada de panderetas y mucho tiempo libre. Automáticamente, pasé a formar parte del club de las viudas del barrio, club al que una ni se apunta ni se desapunta. Te hacen el carnet sin avisar, como una foto a traición. Mis nuevas mejores amigas por estado civil se aseguraban de que no pasase ni un instante a solas: traían a mi puerta lentejas con alcachofas y cotilleos, cartas y garbanzos para unas partidas al cinquillo; llamaban por teléfono, por turnos, no la agobiéis que acaba de perder a su marido; me asaltaban en el supermercado, se agarraban a mi carrito marcando uñas y dirección; hasta insistían en acompañarme al ambulatorio por si me resultaba demasiado abrumador ir sola a renovar las recetas. Estas muestras de pena disfrazadas de cariño eran agotadoras pero soportables. Lo que realmente me saturaba era la adoración que sentían por el Centro Municipal de Actividades para Personas Mayores. Elevado a lugar casi sagradoCentro Municipal de Culto al Jubilado—, el vecindario de más de sesenta peregrinaba a diario para recibir yoga, taichí, salsa, tomar un café en comunión o estar al tanto de las novedosas zarzuelas. La antesala del cielo, y puede que para las más beatas así lo fuera. 

La barra inicia su tímido progreso; asoma una franja curiosa, un fideo crudo azul cian.


Pasaba a menudo por delante del templo sénior en compañía de sus devotas. Que si te sientes como en casa, que si hay muy buen ambiente, que si los profesores son una delicia… No todo son cursillos verbeneros, como tú los llamas. Apúntate a algo, mujer, así te distraes. Además es baratísimo. El insistente cacareo y el recuerdo de no haber podido ir a la universidad acordaron hacerme mirar de reojo el menú de actividades. Allí estaba, justo debajo de «Manualidades y Memoria»: «Curso de Iniciación a Internet y Redes Sociales». La revolución digital me había encontrado aguantando sola el olor y la frente de la enfermedad, me había pasado de largo. Mi teléfono móvil solo tenía una G. Al ver el interés en mis cejas, mis guardaespaldas rompieron en agudos chillidos. Elevada por su excitación colegial, floté hasta la recepción y me inscribí. 


Los nervios agarraban el carpesano cuando apareció Marina. Destartalada pero sonriente, parapetada tras unas gafas a las que les pesaban las dioptrías, sus palabras de bienvenida, lentas y mullidas, consiguieron devolver a las puntas de mis dedos su rosa natal. Ella, con la veintena medio vivida, sería la encargada de ayudarnos a desenredar el mundo en línea. El listado de posibilidades parecía inabarcable: desde concertar cita con el médico, leer el periódico, consultar tu cuenta bancaria o encontrar la letra de esa canción que tanto te gusta (y la partitura también); hasta visitar el Louvre sin soportar colas, saber cuántos ojos tiene una mantis, consultar si lloverá en Kuala Lumpur el próximo martes a las dos de la tarde o acceder a tus apuntes suspendidos en una nube. La imagen de mí misma sujetando el carpesano me avergonzó en silencio. Bromeando a medias, Marina proclamó: «Si no está en Internet, no existe». Me hizo falta apenas una clase para darme cuenta de que no le faltaba razón.  Me hizo falta apenas hacerme un perfil en una red social para darme cuenta de que, además, si no estás en Internet, no existes.


Lleva un rato inmóvil, no carga. No importa, ya me cargo yo de paciencia. Esta no sabe las horas que he pasado esperando el autobús de vuelta a casa tras jornadas y jornadas aparando botas, mocasines, alpargatas. 

Como proyecto central del curso, Marina nos propuso precisamente eso: abrir una cuenta en una red social. Pensaba que era la mejor forma de entender, de experimentar esta nueva realidad. Era importante saber hacer trámites telemáticos, pero conocer las formas de contacto actuales lo era aún más. Nos advirtió que no bastaría con rellenar los campos obligatorios y aceptar a ciegas las condiciones de uso, además deberíamos mantenerla activa, alimentarla, cuidarla, asegurarnos una base fiel de seguidores y algún que otro me gusta. Me imaginé yendo a comprar el pan escoltada por cientos de personas. Perseguidores. ¿Aprobarían la barra sin sal? Mis pies apuntaron a la puerta, pero la voz de Marina los devolvió a la rectitud: «Echaremos primero un vistazo a otras cuentas para daros ideas».


Todavía sigo buscando al ser humano capaz de echar solo «un vistazo» en la red, sería una pieza de museo, y a aquella persona que la bautizó como tal para darle mi enhorabuena. Ofrecidos mis datos, mi voluntad se perdió enlazando imágenes y textos, atardeceres saturados y citas resobadas, sonrisas al borde de la contractura y reflexiones dislocadas. La sensación de estar viendo vidas editadas no frenó, sin embargo, el desfile: cruasanes encerados, un chihuahua desayunando en su avión privado, «Feliz Juernesss!!», un pezón tachado, bodas, cumpleaños, bautizos, elegías, cafés superficialmente decorados, consejos, proclamas, insultos, rebajas, sorteos, aparatosos posados, ¿cómo había acabado viendo las fotos del fin de semana en la nieve de una abogada danesa madre de tres niñas y una chinchilla? Red. Red de arrastre. Rendida a los estímulos planos, esperaba que alguien viniera a rescatarme sin emitir grito de socorro alguno. Solo un hueco milimetrado logró frenarme. Hueco que despedía una familiaridad que me escaló por la espalda. Surgía, en lugar de hundirse, entre dos palas que formaban parte de una sonrisa pasada. @mummy_carm. Carm, Carmen, Carmela, Carmelita. “Preferiría haberme ahogado con ellos”, fueron las últimas palabras que había oído salir, despedidas, por ese hueco. Ahora me retaba, brillante y oscuro, a lanzarme de cabeza en él. 

 

Mirada fija en la barra, brava. Avanzó en un despiste. Parecemos enzarzadas en una tensa partida de pollito inglés en la que no corremos apenas riesgos. Tarda. Tenía que haberlo cortado.

 

Conseguí llegar a casa, preparar un té, no desparramarlo y no quemarme con la ansiedad. Carm, Carmelita, existía. Sus reproches, desprecios, agresiones y burlas existieron, existían. El día que Fernando y yo, con un diagnóstico indescifrable en una mano y agotamiento en la otra, fuimos recibidos en casa por aquella última frase, más dolorosa que el diagnóstico, y despedidos con un portazo puntiagudo existió, existía. Cálmate. Existía en el ordenador. Solo existía en la clase. Decidí no volver a buscarla, centrarme en mí, en mi perfil. Hice un pacto conmigo misma, quizás el más débil de todos los tipos de pactos. 

 

Mis sobrinos nietos tenían caras pecosas, orejas de ciervo y ojos de corazones. Eran veganos, practicaban yoga cada mañana y existían. Dos y cinco. Nico y Sei. Nico, porque fue concebido en Nicosia; Sei, porque significa vida, nacer, en japonés. O porque es el diminutivo de seitán. O vete tú a saber por qué. Descubrí que era tía abuela en la sala multiusos donde se impartía el curso, mi particular sala de espera, mi sala multiespera. El pacto me había durado un estornudo. Escudriñaba el perfil de Carmelita religiosamente, escudriñábamos, yo y la dosis de culpa correspondiente. Convertida en una gurú de la maternidad contemporánea, compartía envalentonada consejos sobre alimentación, ecología o educación. Compartía por derecho. Ni rastro de la niña que transformaba los guisantes en proyectiles de fibra para terminar alcanzando siempre a objetivos pacíficos. Ni de la adolescente que arrojaba las bolsas relamidas de fritos al lado de la papelera, nunca dentro. Las mismas manos que una vez grafitearon toda mi ropa, cerda, cerda, cerda, cerda, ahora rotulaban frases conciliadoras, «Perder la paciencia es perder la batalla». Conciliadora en guerra. Con cada visita, el miedo inesperado del primer encuentro iba mutando su gesto. Del miedo a los celos sin filtro, que aumentaban al mismo ritmo que sus me gustas y seguidores. A mí, a mi perfil, parecían rehuirle. Lo cierto es que llevaba toda la vida en el lado de los que siguen, tamizada para no destacar entre la masa. 

 

Enfadar a la asociación animalista local con unas entrañas rebozadas había sido mi mayor logro hasta el momento. Igual les guardo cariño, fueron los primeros comentaristas que tuve. Aunque no comprendía cómo habían conseguido llegar hasta mis entrañas. ¿Por qué me leían? ¿Quién me leía? ¿Me leería? Recetas que había hecho y servido hasta perder el interés. Lava, pela, adereza, escalda. Otra vez. Escalda. Era todo lo que compartía. Siempre arriesgándome, como cuando acepté casarme con mi novio de toda la vida, como cuando compré el vestido negro en lugar del traje de chaqueta rojo emergencia para su bautizo. Siempre más ponible, más invisible. Iniciaba sesión de negro, quería ver y no ser vista. Toda mi atención sobre el cuadrilátero. El día que desapareció escalera abajo, decidí borrarla; ahora podía recitar sus publicaciones casi de memoria, seguidas de los ríos de España y los reyes godos. La dificultad de comprensión era la misma. Se repetían  elementos similares, cambiaba la combinación: marido musculado que desprende olor a limpio, cadena de gimnasios recomendada, ella en el centro con sus mejores mallas; hijos revoltosos pero adorables calzando su marca favorita de zapatillas, recomendación nutritiva, ella en el centro, centrada; marido musculado, hijos revoltosos pero adorables, declaración de amor patrocinada por un purificador de aire. Amor puro. Ella no sale, no es una egocéntrica. Marido, niños, producto. Agite. Niños, producto, marido. Descubrir que es una nueva forma de ganarse la vida, que puedes llegar a ganarte mucho la vida, tanto como para irte a tributar al tercer pirineo. Darme cuenta de que no era solamente un perfil. Era un perfil, una foto de perfil, una descripción de perfil, una familia de perfil, una vida de perfil. 

 

Alcanza cansada la  mitad del camino.

 

Usted es el único familiar directo que hemos encontrado. Así ascendí a la categoría de madre y abandoné la de hermana. Fernando vio cumplido su sueño por accidente de coche. A mí se me hizo un nudo permanente en el entrecejo. Carmelita llegó desprovista de padres y de paciencia. Con una mirada orbital dejó claro que la casa y las vidas de un reponedor y una costurera que cosía zapatillas con orejas de cerdita animada no estaban a su altura. Familiar directa. Desde que mi hermana dio un salto de clase sin mirar atrás al casarse con empresario hecho a sí mismo, solo nos habíamos visto algunas Navidades, no todas, dos besos, intercambio de regalos descompensados y hasta el año que viene, puede; en el bautizo y en la comunión. Único familiar directo. Acababa de quedarse huérfana, estaba en la preadolescencia profunda y su estatus social se había rebajado repentinamente, supongo que se sentía como en una de esas caídas ridículas de las que quieres levantarte lo antes posible, así que comprendimos todas sus reacciones. Pasaría, se adaptaría, vería los esfuerzos que estábamos haciendo. No la conocíamos, pero la queríamos igual, armados de ese tipo de amor que otorgan los apellidos. El tiempo pasaba y el rechazo se hacía cada vez más evidente. Y las miradas de superioridad no desaparecieron, sino que fueron creciendo hasta asfixiar mi autoestima. Y las risitas a nuestras espaldas. Y las confrontaciones grito a grito. Y dónde están los pendientes de aguamarina y oro, es la única joya que tengo con algo de valor. Y ni siquiera es tanto. Y yo no podía, no podía más. No podía refugiarme en mi marido, el hombre comprensivo. Las ganas de ser padre habían formado a su alrededor un escudo anti agravios. No podía desahogarme con mis amigas, no entenderían. ¿Dónde estaba ese  cariño de toda madre, de toda mujer, que todo lo entiende, todo lo asume? No era mi hija. Nunca había querido ser madre. Nunca podría decirlo en alto. 


Quedan 1 minuto. El último documento casi cargado. La barra está a punto de rellenarse. El email al borde de enviarse. Marina escoge justo este momento para venir hacia mi mesa:


¿Será posible que sigas trabajando? ¡El curso ya ha terminado!


Sí, perdona. Es que en casa no tengo Internet, ni ordenador. Tengo que enviar unos documentos para reservar el viaje de este verano. Hoy se acaba el plazo. 


¡Vale, vale! ¡Entiendo las prisas! Pero únete a la fiesta en cuanto acabes, ¡aunque solo sea para recoger el diploma!


Es lo que más quiero. Acabar y recoger el diploma. Desconectar.


«Pincha sobre el circulito y podrás ver las historias de esa persona». Adela, mi compañera de mesa, me descubrió el siguiente nivel de intimidad. Historias circulares que se pueden ver dentro de un periodo de tiempo limitado. Veinticuatro horas, un día de exposición. Pinché. Carm probando una mascarilla hidratante a base de higo chumbo. Historias que no suelen contar nada y, aun así, enganchan. Generan una adicción pasiva. Nuevo pinchazo. Carm con los niños en la montaña. Sonrientes. Cielo despejado. Sentí, por primera vez, que había verdad en la forma en la que miraba a sus hijos, había algo de verdad. La envidia, la indignación y la rabia que había ido acumulando durante todas las visitas al perfil se acurrucaron en una esquina. Puede que hubiera cambiado, que no todo fuera de cara a la galería. Me había dejado arrastrar, ni siquiera le había concedido el beneficio de la duda. Me había dejado llevar, otra vez. Debería escribirle. Quería escribirle. Un mensaje. Privado. Quería tomar decisiones, aprender a navegar con vientos fuertes, resolver sentimientos que creía anulados. Carmela, soy tu tía…


Visto. No habrá podido responder, seguro que le mandaban cientos de mensajes. Segundo intento. Misma ausencia de respuesta. Dos directos y tres historias después. Visto. Tercer intento. Al poco, se dibujó un lunar rojizo sobre el avión de papel delineado. Venía cargado de equipaje. Había contestado. Parálisis. Pánico. Pincha:


Oinc, oinc.


El tridente atacanteenvidia, indignación, rabia—salió de su escondite. Y explotó.




Carga completada. Es el último día de clase y esa onomatopeya continúa retumbando en mi cabeza. De lado a lado, como una pelota de tenis desinflada. Después de leer aquel mensaje me desbordó la necesidad de destruir. Alguien tan cruel no podía ser admirado, tomado como ejemplo. Era una novata en el arte de hacer daño a propósito, no sabía ni por dónde empezar, pero la red y Marina acudieron al rescate: «Las redes sociales también tienen su parte negativa, sus peligros, como el uranio o los karaokes. Pueden ser muy dañinas, tanto como para arruinarle la vida a una persona». Confirmé sus palabras a través de una rápida búsqueda: profesor de literatura despedido por una publicación cargada de faltas de ortografía, activista ecologista desactivado tras hacerse público su carnet de cazador, policía suspendida por subir vídeos simulando consumir sustancias decomisadas. Fácil. Recopilar documentos que mostraran su perfil real. Fácil. Mensajes, fotos, vídeos. Fueron muchos años. Difíciles. Conseguir la información de contacto de las marcas que la patrocinaban. Fácil. Puedes encontrarlo todo, todo, todo lo que quieras y más. Enviar los documentos destructores. Parálisis. Los tengo delante, recién cargados, me cuesta aguantarles la mirada. Me quema la pantalla, el correo. Se lo merece. Es una representación. Es una actriz sin talento. Es un engaño, una farsa. La reina madre del machaque psicológico. Alguien tiene que pararle los pies. Compartir, por una vez, la verdad. Alguien tiene que hacerlo. Voy a hacerlo. Voy. Voy. ¿Pero qué clase de lección estoy dando? ¿Quién soy yo? No me reconozco en este papel vengativo. Si yo ya la había olvidado, incluso perdonado. Me han arrebatado la capacidad de olvidar. Si yo ni siquiera quería apuntarme al curso. Llevo una vida tranquila, sin complicaciones, sin líos, no merece la ¡clic!


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MEMORIA Y LITERATURA apuntes

 

Cuando recordamos, construimos relato de quienes somos, lo vivido, lo imaginado, se hace literatura cuando hacemos este proceso.


Es importante conocer las formas de contar.


La memoria no es estática: cambian el valor de los hechos dependiendo de lo que recordamos.


Sensaciones puras de los recuerdos y el significado que les damos ahora.


La memoria no es infinita, tenemos unos GIGAS determinados. 


Hay un cuento de Borges sobre un hombre q lo recuerda todo


Marcel Proust: "En busca del tiempo perdido" , en el primer volumen habla de esa magdalena de Proust

https://es.wikipedia.org/wiki/Magdalena_de_Proust


la memoria no tiene fin y el texto literario es finito


http://institucional.us.es/revistas/philologia/15_2/art_3.pdf


El contexto es nuestro texto literario y en él hemos de dar adaptación a nuestra memoria. Rescatamos recuerdo e insertamos en el relato pero de determinada manera, hemos de crear la ficción a partir de la memoria, pero no simplemente transcribir la memoria.


Mary Karr:

https://elpais.com/elpais/2019/05/13/eps/1557765561_553676.html


Delphinede Vigan

https://www.librosdemario.com/nada-se-opone-a-la-noche-leer-online-gratis


TAREA: 

escribir durante 10 minutos nuestro primer recuerdo de manera literaria.


DEBERES:

Trabajamos el tema de la memoria, un texto corto


lunes, 12 de abril de 2021

QUIEN DESEA DESEO ESPERA

 

 Todo llega para el que sabe esperar

Henry W. Longfellow


Siempre que entrábamos por primera vez me lo repetía. Pide tres deseos y uno de ellos se te concederá. Así estuve haciéndolo desde que tengo recuerdo. Tendría unos seis o siete años.  En aquella época los tres vestíamos  con pantalones de campana y llevábamos el pelo a lo Beatle. Los cinco solíamos ir los domingos. A la del pueblo. Aunque no siempre. Si un domingo estábamos de excursión por la comarca, entrábamos en la que nos viniera más a mano, en el pueblo que fuera. Mi madre volvía a decírmelo nada más pisar el vestíbulo, no sin antes persignarnos con agua bendita de la pila. Me recordaba el sistema de obtención de cosas por medio de la intercesión divina. Era nuestro ritual oculto. Arrodillarnos, rezar algún padrenuestro, orar con nuestras propias palabras como nos habían enseñado de pequeños y por último venía el momento de pedir los tres deseos. Mi madre me insistió en un detalle–Hay que prepararse bien para recibir “La Gracia”–me decía. No entendí muy bien qué significaba eso. Lo que sí decidí fue cambiar algo el sistema y hacer una pequeña  trampa. En vez de pedir tres deseos diferentes, pedir el mismo tres veces. Así se cumpliría seguro–pensé. 

Las primeras cosas que pedí fueron sencillas y no tuve que esperar mucho para que se me concedieran. Os pondré un ejemplo para que os hagáis la idea de lo bien que  funcionaba. Si un día llegábamos a una nueva casa de Dios y yo pedía sacar un sobresaliente en un exámen de matemáticas, al poco tiempo tenía el diez en dicha asignatura. Estaba claro que tenía que poner esfuerzo por mi parte  pero de alguna manera yo iba a realizar la prueba al colegio con toda la tranquilidad del mundo. Sabía que se iba a cumplir. Estaba hecho con el sistema. ¿Mágico? 

A medida que fue pasando el tiempo fui cambiando el tipo de deseo. 

Cuando llegué a los ocho años de edad en 1975 entré en la banda de música del pueblo y fue entonces cuando sucedió lo peor que me podía pasar. Éramos bastantes los niños que después de haber superado el primer año de solfeo íbamos a conseguir el instrumento. Un día nos llamaron a todos porque el director iba a realizar la entrega. Entramos con el alma en vilo en el local de ensayo. A este se accedía por una cochambrosa escalera de piedra. Arriba en el primer piso llamaba la atención la cabina del disc-jockey –todos los sábados por la noche el local de ensayos se transformaba en discoteca, con bola giratoria de espejitos incluida –el director de la banda nos esperaba allí dentro y comenzó a llamarnos. Cuando llegó mi turno los instrumentos que más me gustaban  ya habían sido adjudicados, un saxo alto para Juan José, una trompeta para Rosa María, un clarinete para César y un tambor para Alberto.  Vi aquel engendro de tuberías, voluminoso para mi tamaño de renacuajo, un  instrumento innombrable–era un bombardino me especificaron posteriormente –y se me encristalaron los ojos, víctimas de un repentino chubasco lacrimoso que se convirtió en tormenta en casa y en posterior temporada de lluvias las siguientes semanas como consecuencia del disgusto. 

Al comenzar a estudiarlo y con las  primeras clases me familiaricé con la embocadura. Practicaba unos ejercicios–en la fotocopia que me dieron ponía WARM-UPS –que consistían en hacer sonar el aire como una pedorreta dentro de la boquilla metálica. La forma de aquel instrumento era exacta a la de una tuba pequeña. Su estética y el peso total contando el estuche rígido lo hacían incluso más desagradable. Fue pasando el tiempo y conseguí tomarle una especie de cariño. Por casualidad alguien me dijo que la boquilla del bombardino y la del trombón de varas eran la misma. Pero en el pueblo no había trombones de esos en la banda, funcionaban con los trombones de pistones. 

Una noche lo vi por la tele. En el programa que presentaba José María Íñigo, salió una orquesta con una flamante sección de trombones de varas. La cámara sacó varios primeros planos de los trombonistas y me quedé prendado. Esa noche supe que ese era el instrumento que quería tocar. Lo deseaba. Necesitaba obtener uno como fuera. Sí, lo habéis adivinado, ese iba a ser mi primer paso. Localizar una iglesia. Virgen.

Cada verano mi padre nos llevaba de vacaciones en el SEAT 1430 amarillo de segunda mano que le compró al dueño de un pequeño hotelito en Moraira, este hombre de mote “el Pomero” era muy amigo de mi padre y al comprarse un flamante BMW azul metalizado le vendió su viejo 1430 amarillo. Al poco de tenerlo lo bautizamos “Platanito”. Ese verano de seudo-estreno mi padre nos anunció que íbamos a emprender un mágico trayecto, famoso en el mundo, al menos en el mundo europeo. Mis hermanos y yo estábamos en ascuas, nos lo iba presentando con tanta pasión que nos emocionamos. Mi madre ni se inmutaba, seguramente ellos  lo habían planeado anteriormente y decidido que sería mi padre quien nos lo comunicaría. Tenía dotes de cuentacuentos. Por las noches nos dormía a los tres contándonos uno inventado sobre la marcha. 

–Acamparemos unas noches en lugares habilitados, he visto unos cuantos campings en la guía de Campsa que tienen muy buena pinta –dijo–. Otras noches haremos acampada libre, la que más os gusta –siguió explicando.

Y al final nos lo descubrió, haríamos la ruta Roncesvalles-Santiago de Compostela. Fue ahí cuando mi emoción se transformó en excitación, yo era el mayor de los tres hermanos y sabía que lo que mi padre estaba planeando no era otra cosa que hacer el camino de Santiago. Yo había oído hablar de él, de la fama de dicha ruta y de las muchas ciudades y pueblos que lo componían, de sus muchas iglesias y catedrales que jamás había visitado. Nuevas. Sin pisar. Minas de oro. El Camino del “Deseo”. 

Por las noches, mientras mis hermanos dormían en nuestro cuarto común, yo imaginaba  mi propio plan secreto trazado sobre el plan de mi padre. Aquella misma semana me acerqué a la biblioteca del pueblo con mi amigo Alberto como hacíamos los viernes por la tarde al salir de clase. Alberto y yo devorábamos los cómics de Tintín y de Asterix, por eso cuando él se puso a leer el último ejemplar adquirido por la bibliotecaria y vio que yo cogía un tomo de historia del arte románico y gótico en España se quedó boquiabierto. 

–¿Qué haces? ¿te has vuelto loco? ¿No quieres leerte “La vuelta a la Galia”? ¿Te encuentras bien? –me bombardeó a preguntas.

 –Escucha Alberto, tienes que guardarme el secreto –le pedí al no saber reaccionar de otra manera–. No lo puede saber nadie más, sólo tú y yo–añadí. 

Le conté de cabo a rabo toda la mecánica del infalible método de consecución de cosas inventado por mi madre, que siempre que se entraba en una iglesia que no hubieras pisado antes se podía pedir tres deseos y que uno de ellos se te cumplía al cabo de un tiempo de espera. Le expliqué que no todos los deseos se cumplían enseguida, unos eran casi instantáneos y otros no.

–por ejemplo las pequeñas cosas como sacar un sobresaliente en mates sólo hay que esperar veinticuatro horas, si se trataba de algo más importante como un  instrumento musical nuevo la cosa cambia pero merece la pena esperar – seguí argumentando el procedimiento con ejemplos. 

Le conté que el trombón King modelo Cleveland que mi padre me acababa de comprar, pues no era otra cosa sino el fruto de mi infalible sistema. Este caso fue difícil pues tuvo que realizarse en la “Basílica de la Virgen de Valencia” (La Mare de Deu dels Desamparats como se la conoce en la capital). Un día que mi padre me llevó a cambiar cromos a la plaza Redonda, fuimos después a oír misa a dicho templo y aproveché para poner en órbita celestial mi petición, sin duda la categoría de la iglesia era la adecuada a la de mi solicitud, pensé. 

Esta, hasta la fecha, había sido la de desenlace más rocambolesco.  Yo le insistía a mi padre que me comprara aquel instrumento para dar el salto del bombardino al más sutil y estilizado  trombón de varas Mi padre me respondía que no teníamos dinero para ese gasto superfluo (yo ya tenía un instrumento musical) pero que estuviera tranquilo que si le salía el cupón de la ONCE me lo compraría. Y así pasó. Un sábado por la mañana mi padre daba saltos de alegría porque le habían tocado sesenta y ocho mil pesetas en el sorteo.

 –Nos vamos a celebrarlo al chiringuito de San Vicente de Líria –gritó mi padre para hacerse oír en toda la casa. 

Ese era uno de los lugares de celebración de mi familia. Mientras degustamos unas sabrosas tapas de sepia y calamares especialidad de la casa recordé a mi padre su promesa. Promesa que el hombre cumplió a las pocas semanas de cobrar el boleto. De nuevo el método había funcionado. Se cumplió la petición.

Todo esto le contaba a mi amigo Alberto en la biblioteca con voz susurrante. A pesar de que estábamos solos no nos estaba permitido hablar y Ramona, la bibliotecaria, nos daba de vez en cuando un shhh! si se nos iba el tono. 

–Así que ahora necesito estudiar bien todos los templos, ermitas, santuarios, iglesias, hasta las catedrales más importantes que reservaré para las peticiones que a priori parezcan más difíciles de conseguir, ¿entiendes Alberto? –le pregunté para cerciorarme de que no estaba aturdido a juzgar por el careto que me puso, pensativo y contento a la vez.

–sí, sí ¿Y qué vas a pedir, tío?– Me preguntó con gran  curiosidad. 

–aquí tengo la lista–le dije y saqué un papel de cuadrícula como el que utilizábamos en clase de mates, ya esmirriado por el tiempo que lo llevaba guardado en el bolsillo del pantalón

–mira tengo anotadas la bici Orbea roja como la de Ricardo, ¿sabes cuál, no? Esta creo que la pediré en la catedral de Burgos, en León que también es catedral tengo el equipaje completo, con medias, botas y todo, del Valencia–le dije

 –joder tío qué guay–me iba diciendo Alberto

–esas son dos de las paradas más importantes del Camino, para las de tamaño mediano tengo cosas también de menor precio y más fácil consecución, por ejemplo para la catedral de Astorga que es más pequeña pues tengo un balón de cuero de los buenos, un Tango de Adidas como el del Mundial de Argentina–le detallé

– qué guapo tío– seguía apostillando Alberto a cada uno de mis objetivos. 

La lista ya cubría unas diez ciudades diferentes, contando la de inicio y la de final de camino, con diez objetivos muy claros escritos de mi puño y letra. 

–¿y qué vas a pedir en la catedral de Santiago?–Alberto me preguntó al ver  en el papel que yo había garabateado tan solo unas letras: un b. de M. 

–me da vergüenza decírtelo tío, guárdame el secreto, un beso de María–le confesé

–buaaa, qué bueno tío– se alegró Alberto por todos y cada uno de mis deseos y siguió enfrascado en Tintín y El Templo del Sol.

Llegó el ansiado verano y fuimos siguiendo los planes tal cual los habíamos diseñado en paralelo. La ruta de mi padre indicaba lugares que íbamos a visitar y sitios donde pernoctar. Yo guardaba en secreto mi lista de deseos. 

Todo fue sobre ruedas hasta que llegamos a nuestra última etapa: Santiago de Compostela. 

Mi padre nos explicó justo la noche antes de llegar a Santiago que Compostela tenía un significado mágico. Mis hermanos y yo habíamos retirado ya los platillos metálicos y los cubiertos de la cena y los habíamos fregado en las pilas públicas del camping, al regresar a nuestra tienda mi padre había preparado la linterna pequeñita de gas, la colgó en uno de los salientes del avance y nos pidió que nos sentáramos alrededor.

–esta noche vamos  a hacer fuego de campamento–dijo con entusiasmo

Olía a Nesquik con leche caliente que había preparado mi madre. Ella misma nos repartió las tazas humeantes a cada uno de los hermanos.

–Campus Stelae–prosiguió– significa campo de estrellas, todo el camino está lleno de símbolos y marcas que nos explican el significado de la creación, del bien y del mal, de la existencia de los ángeles y también la del… 

–demonio–contesté sin pensar

–en efecto Jaime, bien dicho. Sabéis que había doce apóstoles y que la leyenda dice que uno de ellos, Santiago el grande, fue ejecutado por el rey Herodes Agripa en la ciudad de Jerusalén. Santiago, a quien en la Biblia llaman Jacobo, conocía muy bien a Jesús porque eran primos. –¿Qué le pasó a Santiago?–preguntó mi hermano pequeño con cara de susto

–pues que Herodes le cortó la cabeza –respondió mi padre y siguió explicando –.  Y según cuenta la leyenda sus restos mortales llegaron hasta Galicia y por eso en la catedral está la cripta donde fue enterrado el santo apóstol. 

El ambiente en la tienda se había ido transformando. Pasó de ser algo divertido a una secuencia de película de terror. Nuestras caras proyectaban sombras chinescas deformes en la lona de la tienda y mi padre decidió que era la hora de dormir. Esa noche tuve pesadillas. No podría deciros con exactitud lo que soñé pero no pegué ojo pensando en todas las gárgolas, las estatuas de santos, cuadros oscuros, lápidas de mármol heladas, esculturas retorcidas, vidrieras, cruces de todo tipo de materiales, y un sinfín de objetos pequeños como relicarios, medallitas, piedras, más crucifijos para collares que nos habíamos estado encontrando a lo largo de la ruta desde Roncesvalles. 

Al día siguiente llegamos a la meta y nos adentramos en la catedral. Había mucha gente y mi madre nos pidió que no nos separásemos para no perdernos. Vimos el “Botafumeiro” balanceándose como un cohete de lado a lado de la nave transversal delante del altar mayor. Un fuerte olor a incienso envolvía toda la estancia con su aroma inconfundible a resina recién quemada. Yo estaba ya pensando en mi último y más importante deseo. Estaba nervioso. Mi madre volvió a recordarme lo de los tres deseos pero en esta ocasión añadió algo que me dejó sin habla.

–Te acuerdas que te dije que no había que abusar de las peticiones así que ten mucho cuidado con lo que pides no vayas a recibir un castigo de Dios.

Hubiera jurado que aquello no me lo había advertido. Empecé a sudar. Las imágenes de la noche anterior me habían dejado una impronta difícil de borrar y a eso había que añadir las explicaciones de mi padre sobre cómo se dio muerte y posterior sepultura al pobre de Santiago. Mi mente hervía. Caminaba como a la deriva por dentro de la catedral  pensando en qué momento y qué lugar serían los adecuados para realizar mi última petición del viaje, poder besar a María. 

De repente me vi solo en una pequeña escalinata que conducía a la cripta. Mis pies se movían con autonomía y llegué hasta el lugar más oscuro de la catedral. La humedad se percibía en el aire. Me costaba respirar y hacía mucho frío. La luz de las bombillas que había en la zona del ábside se perdió. En su lugar una luz tenue se desprendía temblorosa de unos cirios casi consumidos. Fue entonces cuando un hombre envuelto en una túnica con un sombrero muy grande de fieltro y ala ancha  doblada que se ayudaba para caminar de un bastón de madera apareció. 

–Iacobus! –dijo dirigiéndose a mí utilizando unas palabras me sonaron muy raras, como en latín. 

Yo estaba aterrorizado. Me sorprendió que me llamara con ese nombre como si me conociera. La figura siguió dando pequeños pasos a mi alrededor, su aspecto era fantasmagórico. Nunca llegué a verle el rostro, al menos en ese momento. Noté que no podía moverme. Intentaba ver por dónde se podía salir de la cripta pero ni mis ojos eran capaces de ver la salida, ni mis piernas, paralizadas, acertaban a coordinarse mínimamente para correr sino todo lo contrario. 

La voz del fantasma siguió hablándome. 

–Nunc prohibere, petitiones non ultra–me soltó con voz grave de ultratumba

Entendí no sé muy bien cómo que debía parar de inmediato mi método de obtención de cosas de los tres deseos si no quería ser arrastrado de este mundo hasta el de Compostela. Entendí que o paraba el jueguecito de las peticiones o era niño muerto. 

Ego sum gentium apostolus ministerium  Iacobi–soy el apóstol Santiago y a ti me dirijo

La cabeza no se la vi. Como se la cortó Herodes Agripa  tal vez cuando lo enterraron en Galicia se les quedó por allí por Jerusalén. Me dijo también, que los sobresalientes, la bici, el trombón, incluso el balón de cuero de reglamento estaban muy bien pedidos. Lo del equipaje del Valencia le había sentado un poco mal teniendo en cuenta que él era del Compostela Fútbol Club, al menos eso entendí, y que de ninguna manera le parecía aceptable que pidiera un beso de María en su catedral, que eso se lo tendría que pedir directamente a mi amiga del pueblo. 

–Ah, y una cosa más –me dijo muy enfadado –. Dile a tu amigo Alberto que pare de una vez, mis superiores lo tienen entre ceja y ceja. Su lista de deseos es … digamos que no tiene ...“Gracia”.

De repente una corriente de aire apagó las llamas de las velas y la cripta se quedó a oscuras. Yo seguía inerte. Súbitamente se encendieron unas bombillas indirectas y apareció una guía japonesa con un banderín blanco con círculo rojo en el centro hablando a toda pastilla a la que le seguía un escuadrón de compatriotas armados hasta los dientes con cámaras Nikon. 

En el centro de la estancia, había un sepulcro. El mismo hombre que me había estado hablando yacía ahora sobre una gran tumba de piedra tallada. En ese momento le vi la cabeza. 

–¡Jaime, te he dicho que no te separaras!–gritó mi madre al verme subir las escaleras de la cripta

–Mamá, mamá, se me ha aparecido el Apostol Santiago ahí abajo en la cripta cuando me perdí.

Mi madre dirigiéndose a mi padre le espetó:

–te dije que no le dejaras probar el orujo al chico, no tiene la edad.





Pájaros a-cero

 

I

Muerde mi mano la palanca de cambios. Se confunden la línea de la vida y la quinta velocidad. Se sintoniza mi respiración con el gris oscuro del concreto de los puentes, con el ritmo que sobre mi cuerpo imprime cada agujero en el pavimento. 

Quien sea capaz de ver el destino en un pedazo de piel de la mano tiene toda mi admiración. Siempre he tenido cierta envidia de la certeza de los adivinos y los creyentes, esa capacidad implacable de aferrarse a la fe, de enceguecerse frente a una realidad que indica todo lo contrario. Es como una especie de terquedad mística la de esa gente, un agarrarse al futuro a cualquier precio, como si todos estuviéramos destinados a llegar al final del camino.

El intelecto acaba siendo una trampa para los otros, para los ateos, para gente como yo. Acá estoy pasando mecánicamente de segunda a tercera, atento como un imbécil a las revoluciones del motor, el ronroneo contaminante de la velocidad. Sin nadie a quien rezar.

Ahora que lo pienso tenía dos ángeles de la guarda cuando era chico. Mariano se llamaba uno, como mi abuelo. Creer en Dios siempre fue mucho para mí, pero podía creer perfectamente que los ángeles de la guarda existían y que podían ser como a mí se me diera la gana. Esa ilusión que uno tiene cuando es chico de que va a crecer y las cosas van a ser como a uno le dé la gana. En fin, Mariano, le monté un departamento en mi imaginación y le puse una pecera a la que mandaba a parar a los peces que se me iban muriendo a mí. Al final Mariano se sintió solo, y le inventé otro ángel, pero ese ya no me acuerdo cómo se llamaba. Hubo un tiempo en que cerraba los ojos y me entretenía hasta dormirme hablando con ellos, haciendo que ellos hablaran. No sé cuándo dejé de visitarlos. Me pregunto si seguirán viviendo en el mismo lugar.

Al final uno no cree en nada, yo no creo en nada, y ahora, viendo las luces verdes, amarillas y rojas de estas calles que me sé de memoria, ya no creo ni en mí mismo.

Todos los días hago el mismo camino: salgo de casa con sabor a café y dentífrico. Antes le doy un beso a mi mujer. Un beso trámite, un beso burocrático, es como tener que pasar por el banco todas las mañanas, pero un poco más breve y húmedo. Le doy un beso a mis hijos cuando se dejan y medio a la fuerza. Todavía estarán unos años jugando a ser unos adolescentes insoportables antes de convertirse en ratones que giran en una rueda sin llegar a ningún lado, hasta cansarse y morir.

Uno tiene hijos para eso, para enseñarles a participar en el mundo. Hay que domesticarlos para que estudien, para que busquen trabajo, para que tengan destellos de felicidad que al final de sus vidas puedan contar con los dedos de una mano, y tengan hijos a su vez, y hagan lo mismo con ellos.

Miro mi vida y no tengo claro en qué momento decidí cada cosa, creo que en realidad no decidí nada, es como si el tiempo hubiera hecho conmigo lo que yo hice con Mariano y con el otro: ponerme ahí, darme un departamento y una pecera, darme una mujer y unos hijos, y después desaparecer y dejarme olvidado, sin más remedio que repetir una y otra vez lo mismo, el mismo camino a casa, los besos sin ganas, el ronroneo del motor, el sexo los viernes a la noche.

II

Hoy es viernes. No quiero llegar, me voy a poner a la derecha para ir más despacio, quien tenga prisa que me pase por al lado, o que se aguante, tengo derecho a no querer llegar. No sé cómo es que quieren llegar ellos. De pronto me pregunto qué fue lo que hice mal, si es que hay algo de la vida que no entendí bien, o alguna instrucción de esas sabias que me dio mi madre que no escuché del todo, porque veo a la gente desesperada con ganas de llegar y yo no quiero.

Por más que fuerce en mis manos el recuerdo no consigo acariciar a mi mujer y sentir algo que trascienda la costumbre. Supongo que a ella le pasará lo mismo, que será igual de triste para los dos ese desencuentro carnal de manos que se posan sobre un cuerpo como quien intenta acariciar un objeto de plástico, sin curiosidad por la textura ni ánimo de descubrimiento. Se impregna la funda del nórdico con los olores ácidos propios de la quinta década, el ácido de tantos guisos con cebolla, el aceite, la gasolina y la tinta, el olor a plomo de las paredes de una oficina en la que siempre está nublado, pero nunca llueve.

He pensado en comprarme un automático, pero creo que pasar los cambios es lo más parecido a un deporte que hago. En cierto sentido es como bailar: escucho el motor y le contesto, veo gente cruzando y me detengo, y bajo a segunda y a primera y él responde, y si lo toco mal, si me salgo del tiempo, entonces se ofusca y se apaga y no me queda más remedio que volver a empezar.

Me pesa el pie derecho todas las noches en el periférico. Cada día tengo que luchar contra la fuerza de gravedad del barranco que me activa el cuerpo, como la quinta velocidad, como la palpitación en el corazón del volantazo. El último baile y los dos volando.

III

La primera vez que volé tenía dieciocho años. También fue dentro de un auto, un Fiat Duna azul tipo camioneta. En esa época que los asientos de atrás se plegaran era casi un milagro de la tecnología. Mi pueblo y las montañas, la cordillera desnuda por el verano. En mi vida ha habido pocos milagros, pero ese fue uno, que mi amigo se olvidara de dejarme las llaves de su casa y ella, mi uno de enero. El último año nuevo que he tenido.

Si lo pienso bien la primera vez que la besé fue la única vez que he besado nunca. Quisiera volver a esa noche y que este asiento de piel se convierta de nuevo en el bordillo blanco de la jardinera de La Toldería, que la sorpresa de la química nos deje pasmados otra vez en ese verano burbuja que duró tan poco tiempo. Quisiera volver a sentir el vértigo de poner el Duna casi en el borde de todos los precipicios, solamente para provocarle miedo y que me abrace. 

Fuimos por hamburguesas y vino a la tanguería donde nos habíamos conocido en noche vieja. Sentí al camino de ripio para llegar del otro lado del lago como se siente el juego de las tazas giratorias de los parques de diversiones, pero esta vez era mejor, porque las piedras marcaban el compás que se sintonizaba con los huesitos que daban ritmo a sus caderas. No eran mariposas, eran colibríes danzarines lo que nos sobrevolaba en el estómago, eran ruiseñores picoteándonos las piernas, era el bosque con todas las semillas del mundo que entraba por la ventanilla para perfumarla.

Dimos vuelta los asientos con hambre, con sed, con los nervios en la sangre, en la lengua. Me quité la ansiedad junto con la camisa y la desnudé como supe, con la prisa del adolescente que era, con la intuición de la fiebre. Sus pezones duros se pegaron a mi pecho patagónico y con eso se me deshizo el mundo. La burbuja de los besos voraces crecía, brillaba húmeda y viscosa entre sus piernas. Éramos dos pulpos colisionando en un festival de tentáculos y descargas eléctricas, éramos como esos dioses indios llenos de brazos y de ojos, llenos de bocas, cubiertos por una capa de sudor espeso, meciéndonos azules, impregnados, apretándonos la carne de los muslos, de la espalda, mordiéndonos el cuello, las orejas y el alma, gimiendo como dos gigantes heridos, como dos gladiadores, bailando al ritmo de un cardumen de peces. Se nos desbordaba el cuerpo en los dedos, se nos multiplicaban las vértebras, se nos volvían líquidos el amor y el asombro. Abandoné mi vida tibia en su vientre esa noche y no la recuperé jamás.

IV

Cuando ella se fue yo me gradué de cobarde.

V

A falta de valor, vértigo. Son las del motor las únicas revoluciones de las que he formado parte. Ahora veo los diarios y resulta que estaba mal cómo tratábamos a las mujeres, estaba mal tirar la basura en cualquier lado, estaba mal torturar a un compañero en la escuela, estaba mal darles patadas a los perros, comer mucha carne roja, estaba mal fumar, abusar de los carbohidratos, estaba mal comer huevos todos los días, bueno, aunque después eso estuvo bien de nuevo, estaba mal emborrachar a una mujer para llevarla a la cama.

Resulta que el sexo no era como en el porno, resulta que el amor no triunfa como en las películas, resulta que no existe el destino, que no hay solamente buenos y malos porque únicamente las monedas tienen dos caras. Resulta ahora que yo tendría que haber sido más listo, que tendría que haber sido más valiente, que tendría que haber sido mejor hombre y mejor persona, resulta ahora que la vida no iba de sufrimiento y abnegación, resulta que el aborto no estaba tan mal después de todo, que era todavía peor tener un hijo a los diecinueve años y dejar ir al amor de tu vida porque ser un hombre era hacer lo responsable y casarse para ser infeliz y que el único momento de alivio en todo el día fuera el viaje en auto de vuelta a tu abismo de repeticiones.

Quien iba a decir que el infierno era esto. Una calma absurda de días que se repiten y besos sin ganas. Esperar al viernes para no querer que llegue el domingo, pararse cada tanto en mitad de las montañas a beber de ahí un poco de belleza y que se te llenen los ojos de nostalgia, porque alguna vez fuiste feliz, porque eso es lo que llamás vacaciones, porque toda tu vida es una implacable plancha de concreto con líneas blancas y amarillas. Tan fácil sería ponerse en mis zapatos:

“Visualice usted que está en la sala de espera en el consultorio del dentista.

¿Qué siente?

ahora imagine que así son todos sus instantes”

Tantas mierdas que hay dando vueltas sobre bienestar y vegetarianismo, mindfulness y autoestima, meditación y budismo, y yo tan básico, tan mecánico, con esta existencia de cámara lenta, de fideos sin sal, de caricias al plástico y la cebolla, de hijos que se multiplicaron como una raza particular de hormigas perezosas a las que hay que enseñar que la vida se puede convertir en una cantidad de esperas sucesivas cuyos desenlaces no producen jamás ninguna bifurcación.

VI

Mi padre siempre me decía “la vida es como la bicicleta, si no se aprende de niño de mayor te llevas los golpes”. No sé si era más inocente yo, por pensar que si aprendía a montar en bicicleta sabría vivir, o mi padre por pensar que se aprende a vivir antes de los diez años. El asunto es que ni él supo vivir nunca, ni yo andaba muy bien en bicicleta.

Subirme a la bicicleta era siempre un presagio de mi cuerpo volando, golpes, raspones, un estallido de llanto y la letra “A” del final de la palabra “mamá” extendida proporcionalmente a la gravedad de la caída.

No sabía girar ni frenar, no sabía cambiar de dirección ni parar, lo único que sabía hacer era pedalear, era seguir, era decir que sí al peso que les imponía a las plantas de mis pies la bicicleta sin cuestionamientos ni placer. Ahora que lo pienso quizás mi padre en algún sentido sí tenía razón.

Empezaba a pedalear sabiendo lo súbito y doloroso de la frenada impuesta por el piletón de lavar la ropa. Era una carrera contra el piletón que perdí siempre. Cuando faltaban unos metros para el estrepitoso choque cerraba los ojos y pedaleaba más rápido, era lo más valiente que podía hacer, apurar el final, acortar la espera. Mis únicos actos de valentía consistieron en eso, en apurar lo inevitable del dolor de rodillas y manos raspadas, en dejarme sorprender por el piletón de lavar la ropa que cada vez parecía llegar antes, gris y mal hecho, con sus asperezas de cemento, piedritas y arena y las ondulaciones sobre las que la ropa moría cada vez un poco, en una fiesta de panes de jabón y vino blanco.

VII

Esta vez no voy a cerrar los ojos.

Piso el acelerador con la misma fuerza con la que pisaba los pedales, giro de nuevo el manubrio de la bicicleta a la derecha, piso el acelerador y me abro paso por el arcén

Se me quita el miedo cuando rompo el guardarraíl con lo impostergable de este calor que me sale del pecho agosto de mi cobardía el vacío brota azul como la noche del lago que se quedó en mi garganta por donde ahora no pasan mis respiraciones entrecortadas este cuerpo flotando en esta caja de acero ronroneante que se precipita hacia la nada de la espera pegada al techo esta corona de plásticos grises cemento piedritas onduladas que se tiñen de rojo con esta sangre espesa del invierno que sabe a metal de auto colesterol del bueno para una larga vida de proteína humana parásita del mundo de los bosques los recuerdos que no vienen en cadena a galopar sobre mi frente envuelta en los instintos de mis brazos tejidos de pelos grises lunares dudosos fibras nerviosas serpenteando la carne compacta la grasa flotante de la piel se necrosa mi cinismo abatido color gris violeta en la punta de mis dedos acariciando este último vuelo

 

A mos redó - Na Jordana (alternativa, hasta con 3 adjetivos, para el ej. Nº12)

  A mos redó - Na Jordana Los veo, ¿me veo?, casi todas las mesas de la terraza ocupadas, son vecinos del barrio, aquí es raro ver turista...