lunes, 15 de marzo de 2021

Sentimentalismos caseros

 

El olor a lulo recién exprimido se extendía por la calle sobre las seis de la tarde. Al anochecer, las muchachas comenzaban a preparar el jugo para la cena, olía a fritanga, y los niños corrían de vuelta, persiguiendo los últimos rayos de sol. Ramira estaba sentada en el balcón mientras escuchaba a Gardel “acaricia en mi ensueño, el suave murmullo, de tu suspirar”. Tenía los ojos cerrados, apretaba con fuerza la medallita de la Virgen de los Remedios, con sus dedos elegantes, morenos y fuertes para una señora de su edad. Su voz entremezclaba el canto con el rezo: Todo, todo se olvida. Dios, padre, todopoderoso. Las voces de aquellos niños se confundían con la memoria de las de sus propios hijos, en los pocos años que fue feliz en aquella casa, cuando la pintura de la fachada aún era blanca. En Cali en los años sesenta era seguro hacerlo todo en la calle. Sus tiernos hijos jugaban entre ellos, y con los vecinos. En el 54 hicieron concurso de Mises, las mayores convocaron a las vecinas y con clara ventaja, su hija mediana, Luciana, ganó la competición y fue coronada Miss Miraflores. Cabía cualquier excusa para una celebración, y enseguida, la casa se llenó de las madres de las perdedoras, luego de los maridos, que se vieron arrastrados por Santiago hasta el jardín con una botella recién comprada de guarito. En el 56, los tres mayores se aventuraban en el descampado de detrás de la casa, en la búsqueda de culebras, y otros animalejos. En el 58 nació el pequeño, y de ahí en adelante, todo se fue corrompiendo.

Aquella sería la última noche en su casa, donde habían crecido sus cinco hijos, donde había velado a su hija durante los veintitrés días que duró su búsqueda hasta que encontraron los restos de la avioneta en la que se había estrellado, junto a su zapato rojo. Ramira aún le rezaba a Dios para que apareciera algún día por la puerta. Su hija pequeña, y su adorado Carlos Gardel, los dos muertos mientras volaban. Ya no quedaba nadie, había querido pasar la noche sola en el viejo hogar, vacío; que limpió, aireó, cultivó y reparó por más de treinta años. Siempre pensó que se moriría allí, más viejita, con el pelo aún más blanco, rodeada de sus hijos.

Sobre esa hora, su Cali bella se inundaba con una brisa bien rica, que atravesaba toda la casa, si se la dejaba, arrastrando el calor del día, secando el sudor acumulado, el polvo, el humo de los coches que recorrían la ciudad a todas horas. Era inevitable que buenos y malos recuerdos se le fueran presentando, tímidos, y temerosos de despertar su tristeza, Ramira tenía el corazón delicado. No pues, aquella casa había visto demasiado. Agarró con delicadeza la baranda de metal cuya pintura se caía a pedazos. Se lo había pedido a Santiago hasta que se marchó. Y así quedó, desaliñada, ya la pintarán los nuevos, se dijo Ramira, mientras acariciaba el metal desvalido. Aquella tarde no había acudido a jugar cartas a donde Melany, como era costumbre.  Casi no le avisó, pero, en el último momento, le dio pena con ella y le dejó una nota con la muchacha, comprendería, se dijo. Mucha gente no comprendía; una pareja mayor, cristiana, cómo era posible. Y aun sabiéndolo, le había ido contando poquitico a poquitico a algunas amigas, y a amigos de su parroquia. Ramira y Santiago Giraldo se divorciaban.

Ramira se levantó lentamente y entró a la casa, apagó la música y se hizo el silencio.  Bajó las escaleras y se dirigió a la cocina. Había comprado un tentempié un par de calles más abajo del que pensaba hacer uso, le había entrado el hambre. La casa estaba a oscuras, pero ella no tenía miedo, la conocía palmo a palmo. Su olfato delicado parecía recoger los olores heredados de aquella cocina: sancochos de pescado fresco los domingos, que Santiago traía junto a Nicolás, el primogénito, después de jornadas intensivas de pesca en el río Pance; los huevos pericos del desayuno, la leche fresca de cena en las noches más calurosas, los frijoles, el mango, las fritadas, la carne, todo. Era como si sus papilas olfativas estuvieran revueltas y lo mezclaran todo, los sabores con los recuerdos. 

Calentó en una cazuelita el guiso, ya quedaban pocas, todas para tirar. Allí donde iba necesitaba bien poquito, un piso en el centro, con la mitad de la mitad de espacio, menos que limpiar, menos donde guardar. Tampoco echaría de menos los últimos meses. La casa no se pagaba sola, y el exmarido pagaba tarde y mal. Primero alquiló la casita de la muchacha, donde se habían engendrado los otros cinco. Un amigo de un amigo de Nicolás la ocupó por unos meses, un estudiante de la Universidad del Valle, educado, de buena familia, lamentablemente, otro marxista más, un joven echado a perder. Ay, Diosito. Ramira amaba a sus hijos, pero todos le habían hecho sufrir mucho en algún momento, y ella sabía ser una buena madre, penitente por los pecados ajenos. Nunca lo hubiera descrito así, con aquel vocabulario tan rudo, hasta que en una discusión con Luciana ella misma se lo expuso: había parido dos marxistas, dos guerrilleras, y un borracho. Los pecados de sus vástagos habían quedado expuestos sin piedad. De nada habían servido sus rosarios, sus velitas encendidas, sus padres nuestro y ave maría. Las ramificaciones de una familia cristiana en aquello solo podía ser un castigo por los pecados del padre. Sabía bien Dios que nada se le podía reprochar a Ramira.

El guiso estaba salado, y por cada bocado, bebía un sorbito de agua. El tic tac del reloj la puso nerviosa, aunque sonrió al recordar cómo Luciana y Patricia le habían insistido en que no pasara la noche sola; pero Ramira se mantuvo firme, y se sentía orgullosa. Dios, ella y la casa, no hacía falta más. Era el silencio lo que estaba llamando la melancolía a gritos, así que puso radio Colombia Vallenata, justo lo que necesitaba. En su boda se abusó del vallenato, cuyas letras pesarosas hacían vibrar los cuerpos al ritmo de la guacharaca.  Ramira se casó con 19 años, 18 menos que su entonces futuro marido. La boda fue todo lo sencilla que pudo ser; y su noche de bodas, corta.

Ramira acabó de comer y en seguida fue a limpiar el plato y los cubiertos que había utilizado. Era como si poco a poco se fuera desprendiendo de la casa. La intimidad se había roto. La casa ya no era hogar. Se sentaba en la silla, pero sin acomodarse. Comía sin estar tranquila.  Levantaba los pies de más al caminar sobre las baldosas blancas, como si no quisiera gastar el suelo.  Pero de poco servía, aquel suelo tenía memoria, y aún retumbaba al ritmo de la salsa, y de las rumbas que allí se habían celebrado. Cuando Santi fue ganando más y más con el negocio de la lotería, se habían mudado de una casa más pequeña, y las fiestas se habían hecho más numerosas, y se escatimaba cada vez menos en los gastos. Por los quince de Luisa Fernanda se trajo una orquesta que ya comenzaba a ser famosa, y que en la actualidad sonaba por todo el mundo. Luciana era la más bailarina, y siempre andaba con cualquier excusa para organizar algo, invitaba a las primas de Ramira y algún amigo relajado del papá, para ganarse el permiso. León, el más pequeño, fue el que siguió organizando rumbas cuando ya todos se habían ido, hasta que Nicolás, el único que quedó con autoridad, por hombre y por primogénito, le dijo basta.

La casa de Miraflores tenía tres plantas, jardín, y una casita para la empleada. La planta baja era en realidad un garaje que quedaba desnivelado, por algo se cantaba Cali es Cali y lo demás es loma. Por allí pasaron dos carros. El Chevrolet del 54, que paseaba el padre orgulloso, con los vástagos y la esposa apelotonados por los costados y por atrás. Y otro del que ya nadie se acordaba y que nunca pudo sustituir el estatus ni las emociones que despertaba el primero. La planta primera tenía el salón, la cocina, una segunda salita – para las mujeres, decía Santiago – y el único baño de toda la casa. Las habitaciones se encontraban todas en la segunda planta.

Eran los años 80, ya nada era igual en aquella casa, en la vida de Ramira, en Cali. La ciudad vivía acosada por el drama de la cocaína y la guerra. León había empezado a consumir. Primero fue la marihuana, pero enseguida, intrépido como era, probó aquel polvo blanco. Luisa Fernanda ya no estaba, en cuerpo, aunque Dios la tendría en su gloria. Desde su muerte, Ramira había rezado un extra diario, para asegurarse de que sus pecados serían perdonados. Había muerto a sus 33 años, la edad de Jesús. Y, aunque de esto su madre no estaba orgullosa, había sido de las pocas mujeres con cargo de oficial superior en El Eme o M19. Luciana se dedicaba a las artes, al teatro en aquel momento, y andaba por ahí disfrazada, pero más sonriente que nunca. Patricia, refugiada en París, ya solo daba lecciones telefónicas. Y Nicolás, ay, Nicolás, andaba por ahí organizándole la vida a la mamá divorciada, cuando el que más ayuda necesitaba era él mismo. Eran tiempos convulsos. Entre la sangre, y el polvo, quizás pasaba más desapercibido, pero eso del divorcio era más bien cosas de ricos ricos, o de raros. Ramira a veces se arrepentía, sin el apoyo de Luciana y Luisa Fernanda no hubiera sido posible. Quizás ellas pensaran que la habían empoderado, y que ya se sentía bien sola, podía vivir sin él. Pero no era así. Por un lado, estaba la vergüenza, Ramira sabía lo de los otros cinco, cocinados los sábados por la mañana, las madrugadas en las que sus propias sábanas se quedaban frías, engendrados y paridos a escondidas, como ratones que se iban apareciendo como si nada. Pero de esto los hijos no sabían. Por otro, los hijos, ya estaban mayores, menos León, pero León aguantaría, se decía Ramira, y en cualquier caso la casa ya no era hogar sino cuatro paredes. Para las mujeres de su edad, la casa lo era todo. El tamaño indicaba lo alto o bajo del salario del marido. La limpieza indicaba lo mismo, en base a la ratio de muchachas por hijo, pero también de la diligencia de la esposa. La decoración, las imágenes religiosas, algo decían de tu calidad cristiana. Y ahora se despedía, como si los últimos treinta años de convivencia entra la casa y ella se pudieran reducir a esa noche, cuando ya los vecinos dormían, los coches por fin callaban, la brisa se adormecía.

Ramira se alejó a oscuras de la cocina, no sabía muy bien hacia donde ir, podría ir al salón, pero allá no quedaba ni televisor, podría salir al jardín, pero no quería resfriarse, o irse directa a la cama, aunque no tenía sueño. Optó por lo último. Ya había pasado por todos los cuartos, había bendecido cada uno de ellos, para dejarlos igual de livianos que estaban cuando ella los estrenó, sin la pesadez de los inquilinos que los había ocupado en los últimos meses. Ya había limpiado. No quedaba nada por hacer. Su habitación de matrimonio poco había cambiado, Santi y ella habían sido poco extravagantes con la decoración del lecho conyugal, que habían compartido hasta que se fue de la casa.

Ramira se quitó su vestido poco a poco, frente al espejo. Tenía 64 años y aún se veía bonita. Siempre había sido una mujer elegante, con vestidos alegres y regios que se confeccionaba en el centro, con peinados vistosos, y joyas atrevidas. Las varices y la artritis la molestaban, pero su piel morena envejecía bien, y en la semi oscuridad de su habitación se sintió viva, como quien respira profundamente al borde de un precipicio. No estaba segura si era una mujer nueva, pero era una mujer menos mal acompañada. Escribiría más poesía que nunca, se decía, aprendería a tocar el acordeón, para así homenajear a Gardel, hasta se podría volver a enamorar. Quizás iría a París, y viajaría por Europa, pudiendo elegir a dónde ir, qué hacer, cuánto quedarse en cada sitio, sin tener que seguir el ritmo de Santiago, quizás más bien el ritmo de Patricia, pero seguro que era más considerada. Ramira se puso el camisón rosa que le había regalado sus hijos en las últimas navidades. Se metió poco a poco en la cama, para ir calentándola. Volvió a rezar, sí, de nuevo, para calmarse. Su corazón noble le había impedido enfadarse con Él por aquella perdida del hogar original, ya habría tiempo para rendirse cuentas.

A la seis de la mañana amanecía en Cali, aunque Ramira ya llevaba al menos una hora despierta. No había querido moverse, medio fingiendo que seguía dormida, y retrasando el momento de salir de la cama y enfrentarse al día. Ya no habría otra noche, la casa ya no era hogar, eran cuatro paredes de recuerdos que se llevaría su última dueña, dejando una nada a llenar por los siguientes. En la intimidad de su hogar Ramira había sufrido en silencio, ya no sabía cuánto quedaba de aquella Ramira y cuánto era una nueva.

Ramira murió en Europa a los 74 años. La casa sigue viva.


martes, 9 de marzo de 2021

IDEAS TÍTULO DEL LIBRO: PLUJA D'IDEES

  •  cuando todo esto pase
  • mientras se reproducen las hormigas
  • mientras mueren las neuronas
  • esperas colectivas
  • lo que no será cuando todo esto acabe/termine
  • la huelga de las luciérnagas
  • cuando las bocas...
  • cuando se hielen las bocas
  • una espera en 8 bocas
  • burbujas/ el tiempo que tardan las burbujas en romper/ lo que tarda....
  • estatuas de sal
  • mientras /hasta que se enfríe el café
  • huelga
  • última ronda
  • algo congelado
  • mientras se hielan las bocas
  • arderá en domingo
  • asma en domingo
  • morir en domingo
  • morir a tiempo
  • donde crecen los domingos

Relato musarañas requetecorregido

 

Una hora y media al día, 45 horas en un mes, 540 horas cada año, 18.900 horas en mis 35 años de vida. Ese es el tiempo que he gastado esperando, pero he tomado una decisión: no voy a volver a esperar nunca más.

Confieso que plantearme este cambio de hábitos no ha sido el resultado de un proceso intelectual, sino que, como tantas otras cosas, proviene de un calentón. Tuve una incidencia con mi compañía telefónica. Decidí intentar solventarla llamando al centro de atención al cliente. Craso error. Dos horas después, colgaba el móvil. Por supuesto, mi problema no estaba solucionado y había pasado la tarde escuchando odiosas melodías mientras los diferentes departamentos se transferían mi llamada en un juego desesperante. A ellos poco les importaba. Total, cobran por hacernos perder el tiempo, pero yo había malgastado la tarde entera. Mi tarde. Las únicas horas de tranquilidad que tengo a lo largo del día.

Por eso mismo decidí calcular, aunque fuera aproximadamente, todo el tiempo vacío, desperdiciado, pasado en suspenso, a la espera de que algo sucediera. Sabía que iba a ser mucho, pero nunca hubiera imaginado que más de dos años de mi vida habían transcurrido en stand by. Esto era intolerable. He vivido inmerso en una sensación de improductividad eterna. Siempre estirándole horas al día, por ello no podía permitirme ese derroche y tuve que ponerle una solución.

 

Lo primero de todo fue definir qué es esperar, o más bien, delimitar la espera que deseaba eliminar. Pensé en escribirle un tweet a Pérez Reverte, para que me ayudase a clarificar el término, pero claro, habría de esperar una respuesta que, seguramente y con razón, nunca llegaría. Por ello, decidí saltarme a los intermediarios y me dirigí directamente al diccionario de la RAE. En él, figuraban seis definiciones diferentes para la acción de esperar. Sin embargo, solo una se ajustaba a lo que yo estaba buscando: no comenzar a actuar hasta que suceda algo.

Esa inacción, esa pausa forzada y pegajosa como tela de araña, era contra la que debía luchar. Pero, al reflexionar sobre el tema, me di cuenta de que mientras esperamos, no permanecemos estáticos. Una persona puede estar esperando un tren, a que termine una caída, que se suba un archivo a Internet o el regreso de una hija y, por el contrario, no parar de hacer cosas. Ahí está el quid de la cuestión. Hacemos cosas que no haríamos si no estuviéramos esperando, cosas cuya finalidad no es otra que la de matar el tiempo. Expresión que, por otra parte, siempre me ha resultado irónica, pues en realidad es el tiempo el que nos acaba matando a todos.

Ahí lo vi claro. Tenía que lograr rellenar los huecos de mis días con actividades que me aportaran algo, que yo realmente quisiera hacer. Aquellos actos para los que nunca encontraba el momento y que me frustraba no poder realizar iban a ser el cemento que cubriera mis esperas, dando consistencia  a mi vida. No parecía tan difícil, solo era cuestión de organizarse y planificar.

Estaba tan emocionado que, en cuanto Clara entró por la puerta, fui directo a decírselo.

—Me parece muy bien, a ver si así dejas de perder el tiempo en el sofá y podemos hacer más cosas juntos. Pero, por favor, ¿me permites ir al baño y quitarme el abrigo? Luego me lo cuentas tranquilamente.

Ya acomodada, se sentó a mi lado. Tras explicarle a grandes rasgos mi plan, llegamos a la conclusión de que lo mejor era hacer una lista con las esperas evitables. Además, debía identificar las actividades que realizaba cuando esperaba y buscar otras compatibles que me aportaran valor. Mientras debatíamos sobre el tema, me sentí como un visionario. Cuando mi plan funcionara debería de escribir un libro de autoayuda y hacerme rico. ¡Cuánta soberbia cabe en la estupidez! Unas horas después, recabando información para mi gran proyecto, me topé con unas palabras que me pusieron los pies en el suelo: “Obra así, querido Lucilio: reivindica para ti la posesión de ti mismo, el tiempo que hasta ahora se te arrebataba, se te sustraía o se te escapaba recupéralo y consérvalo.”  Era el inicio de las Epístolas morales a Lucilio escritas por Séneca hace casi dos mil años. Yo no había inventado nada, pero como entonces aún no lo sabía, levanté mi autosatisfecha mirada hacia Clara y continué la conversación.

—El ascensor y el transporte público se van a acabar, a partir de ahora subiré y bajaré por las escaleras.  Gastaré más el coche. Se terminó helarme de frío mientras el autobús decide si le apetece llegar a la hora.

—Y también podrías hacer la cena, así te ahorras estar esperando mientras yo la preparo.

—O aprovecho ese ratito para meter en mi bandolera las cosas del trabajo, así no voy tan apurado por la mañana —dije sonriéndole.

—¡Qué morro tienes!

Tras un amplio análisis, logré elaborar un listado de aquellas actividades cotidianas que me forzaban a esperar. De esta manera, me di cuenta de que, tanto el transporte, como los anuncios televisivos, eran los principales problemas a solucionar, seguidos, muy de cerca, por las colas y los trámites, tanto telefónicos como presenciales. Ya tenía identificado al enemigo, a los vampiros que me succionaban la vida, o el tiempo; en el fondo es lo mismo. Sólo me quedaba elaborar un plan para vencerlos.

No se puede acudir a una batalla sin armas ni aliados y, si quería lograr mi propósito, debía encontrarlos. Por suerte, existen muchos recursos con los que, si eres previsor y vas preparado, ser capaz de aprovechar tu tiempo. Siempre que pudiera trabajar, leer o escuchar algo de mi interés transformaría la espera en utilidad. Por ello, decidí sacarle todo el partido a mi móvil, un centro de operaciones portátil que, bien gestionado, me permitía acceder, en cualquier sitio, a una cantidad de información casi infinita. A pesar de todo, le faltaba el tacto y el encanto necesarios para leer textos largos. Para ese fin concreto siempre iba a preferir el papel. También estimé imprescindible comprar unos auriculares bluetooth a través de Internet con los que poder escuchar mis podcasts favoritos en cada momento de pausa. A la mañana siguiente los tenía en casa, y junto a un libro como mínimo y el teléfono, se unieron a mi aventura, convirtiéndose en una extensión de mi mismo.

Los próximos días pude ceñirme al plan bastante bien. El uso de las escaleras me activaba y en el coche sonaba siempre un podcast sobre productividad al que estaba enganchado. Así, en vez de perder el tiempo en cada semáforo, aprovechaba para aprender sobre cómo volverme más eficiente. La lectura de la novela de Michael Ende,  Momo, me acompañó cada vez que tuve una pausa medianamente larga. Eso sí, siempre que el sonido ambiente no fuera excesivo y me impidiera concentrarme. El ruido también era un problema en los momentos en los que decidía contestar desde el móvil los correos del trabajo. Muchas veces me era imposible prestar atención. Uno no se da cuenta de lo que las personas gritan hasta que intenta ignorarlas activamente. Por fortuna, todo tiene solución. Con mis nuevos y nada baratos auriculares, me aislaba del mundo escuchando chill out (¿en cursiva?), hecho en base a la música de Star Wars. Sí, parece un poco friki, lo sé, pero al cabo de unos pocos segundos el bullicio de mi alrededor se había convertido en la arena del planeta Tatooine, y yo ya estaba listo para sumergirme en mis tareas. Por desgracia, no siempre podía privarme completamente del oído. En los casos en que debía escuchar al mundo exterior, aunque fuera de fondo, rompía mi burbuja quitándome un auricular y volvía a reproducir mis podcasts. Todo parecía controlado, pero no lo estaba.

Tenía la sensación de que mi dependencia del teléfono móvil se había incrementado. Lo usaba constantemente, como había previsto, pero en la mayoría de casos acababa atrapado, consumido en tonterías sin interés que no me aportaban nada. Alguien se estaba apropiando de mis esperas, y no hacía falta ser muy listo para darse cuenta de que ese alguien eran las redes sociales.

                              

Me acosté rumiando aquello. Sabía que aquel universo paralelo de likes y fotos ejercía demasiada atracción sobre mí, pero en el mundo actual, son el medio para proyectar tu imagen y relacionarte.

Podría decirse que las redes sociales fueron herramientas destinadas a acabar con la espera. En un primer momento, su uso se limitaba a espacios vacíos en los que no teníamos nada mejor que hacer que consultar esa ventana por donde espiábamos las vidas de otros. No obstante, eso fue solo el comienzo, porque a través de la pantalla también éramos observados. Poco a poco, todo lo que veíamos se fue modificando con un solo propósito: atrapar nuestra atención. Empezó a alimentarse de nuestro tiempo, induciéndonos a encontrar cada vez más momentos en los que usarlas. Momentos que se llenaban, a su vez, de nuevas esperas: a ver si gusta nuestra última foto o tweet, si responden a nuestros comentarios o a la opinión de nuestro vecino sobre una noticia. De esta manera, han conseguido mantenernos en espera cada vez más y más tiempo, pasando de ser una posible solución a agrandar el problema.

Esta evolución me recuerda a un parásito nematodo que infecta a saltamontes y mantis religiosas. Cuando estos insectos beben aguas contaminadas, en ocasiones, consumen las larvas del parásito. Una vez en su interior, este gusano comienza a crecer entre los recovecos que deja el cuerpo de su hospedador, pero no le vale solo con crecer. El gusano se expande hasta convertirse en adulto, y en ese instante necesita regresar al agua para reproducirse. Esto lo consigue emitiendo sustancias que afectan al cerebro de su “casero”, produciéndole una intensa sed. Cuanto mayor es el parásito, más sed produce. Al final, su portador es solo un recipiente relleno por el nematodo. Un recipiente con una sed tan terrible que acaba saltando y muriendo ahogado en el primer charco que encuentra. Ahí es cuando, del cadáver, emerge un gusano mucho más largo que el despojo que deja atrás. De una forma muy similar nos tratan estas redes. Nos generan una necesidad de consumirlas cada vez mayor. Esto nos obliga a pasar más y más tiempo conectados, hasta que, finalmente, frente a la pantalla solo queda el reflejo de personas vacías, ahogadas en un mar de likes, viviendo solo para y a través de sus perfiles. Mientras, otros se lucran a su costa, sin pensar en lo que pueda suceder con los seres a los que han infectado y dejan atrás, abandonados a su suerte.

 

Al cabo de dos semanas eché cuentas de mis progresos. En la mayoría de las jornadas había logrado reducir la hora y media de espera diaria inicial a tan solo 15 minutos. Me había costado alguna pequeña renuncia, como distanciarme de aquellas amistades  egoístas que siempre llegaban tarde. Sin embargo, no era suficiente. Había una serie de actividades que se me resistían. Una eran los anuncios de la tele y las plataformas de audio, especialmente si estaba con Clara. Por una parte, me parecía feo ponerme los auriculares en cada pausa publicitaria. Por otra, en la mayoría de ocasiones no hablábamos ni hacíamos nada más que ver la pantalla o el móvil. Pensé que debía ponerme de acuerdo con ella para solucionarlo, planificar de antemano en qué paradas hablar y en cuáles centrarnos en nuestros asuntos. De todas formas, preferí esperar unos días para plantear esa charla porque Clara estaba un poco de uñas desde la última discusión.

No fue nada grave, un desencuentro sin importancia. Todo empezó cuando le sugerí que debíamos empezar a hacer la compra online, así podríamos ahorrarnos esperar turno para que nos prepararan la carne y el pescado, además de la cola para pagar.

      ¿Y el pastón que te cobran por llevártelo a casa qué? Ya sabes que no vamos bien de dinero.

      No es demasiado caro, y si tanto te molesta pagar unos pocos euros porque nos traigan la compra quizás deberías hacerla tú, así solucionamos el problema y encima gratis —le repliqué molesto.

      ¡Qué vaya yo! Ya me tienes harta. Al final soy yo quien acaba sufriendo esta tontería que te ha dado ahora. ¡Uy, esto me obliga a esperar, no pasa nada, pagamos para que nos lo haga alguien o ya se ocupa Clara! Cada vez que requiero tu atención me toca esperar a que el niño termine lo que esté haciendo. Al final todo el tiempo que ganas tú lo acabo perdiendo yo. ¿Es qué no te das cuenta? No es sano tener todos los instantes ocupados y planificados, no lo es. Las parejas también viven de las esperas compartidas. Ahí surgen conversaciones, se expresan los miedos, la impaciencia, la complicidad o, simplemente, se disfruta de la compañía del otro sin un propósito concreto. Esos son los instantes que dan magia a la vida.

      Pensé que me apoyabas en esto —le repliqué dolido.

      Lo he intentado, pero no sabía que fueras a ser tan tremendamente egoísta. Y una cosa más te voy a decir: todos tenemos un límite y yo estoy llegando al mío. —Dicho esto se fue dando un portazo.

Definitivamente, no era una buena idea tratar el tema hasta que se calmasen las aguas. Tampoco importaba, se le pasaría, siempre se le pasaba. Cuando entrara en razón podríamos solucionarlo, estaba seguro. Mientras tanto, decidí retomar el problema de escapar de los hilos de las redes sociales. Las migajas de conocimiento que me aportaban se deshacían entre el océano de tiempo que me obligaban a consumir, o peor aún, me hacían querer desperdiciar.

Aun así, cuando finalmente me decidí a desaparecer del mundo virtual, no pude evitar echar una última ojeada. Entre fotos de gatitos y vidas perfectas, vi una publicación que podía ser interesante. Era un artículo de una revista de ciencia que me gustaba seguir. Su título: “Pensando en las musarañas”. En él descubrí que este curioso animal había logrado, por necesidad, lo que yo intentaba conseguir por orgullo: Vencer a la espera.

Las musarañas parecen pequeños ratones narigudos, pero muchos de sus rasgos son poco usuales. El que más me llamó la atención es que siempre están a un máximo de cuatro horas de morir de hambre. Su metabolismo es tan rápido que necesitan alimentarse constantemente. Viven solo un paso por delante del fin. Si se alimentaran de plantas, podría ser un problema menor pero, para su desgracia, son carnívoras. Ello implica la necesidad de estar matando sin parar, cazando cada dos o tres horas, sea de día o de noche, invierno o verano, estén sanas o enfermas. No pueden esperar, no pueden tener un momento vacío. Esta es su maldición y, a la vez, consigue dotar a su existencia de una intensidad que yo envidio. Son incapaces de vivir cada día como si fuera el último, un día es una eternidad.  Para ellas, cada hora podría ser la última. Se han librado de toda espera, hasta de la espera de la muerte. Incluso sus agonías son fugaces, pues la pérdida, las desilusiones o el fracaso pasan frente a ellas a gran velocidad, como coches en una autopista. Lo tuve claro, había encontrado a mi daimonion, a mi animal totémico, y pensaba ser digno de él. Cerré la ventana y me dispuse a borrar mis cuentas. No me paré un instante a reflexionar sobre ello o lamentarme. No sería propio de mí.

Desde ese instante sigo perfeccionando mi rutina. Eliminar la espera es ahora el único pensamiento que ronda mi cabeza. Conseguir rellenar cada instante de tu vida es como una droga. Te vuelves adicto. Cada vez necesitas más y más. Pierdes tolerancia a cualquier pausa. Desarrollas aversión a los instantes vacíos. Muchas actividades que antes te llenaban las descubres ahora veteadas de microparéntesis. Te molestan las conversaciones con los demás. Lo que tardan en responder a tus frases o, lo que es peor, a terminar de hablar. No nos engañemos, en la mayoría de conversaciones nos limitamos a esperar a que la otra persona se calle para hablar nosotros. Por suerte, en esto también es capaz de ayudarnos la tecnología. He descubierto que es posible acelerar la velocidad de reproducción de podcasts y audiolibros. Se oyen las voces un poco como si fueran pitufos, pero vale la pena.

Todo mi entorno está cambiando. Elaboro interminables listas de tareas por hacer. La casa brilla, todo está limpio, los agujeros de la pared tapados, las puertas lacadas. Hasta he colgado unas estanterías suecas con forma de cubo que llevaban años en sus cajas. Al poco tiempo, la perfección inunda cada esquina, empero, no es suficiente. Aún puedo mejorar los muebles, cambiar baldas, moverlos de sitio... Ese criterio estético fluido, en el que nada se queda igual, encaja perfectamente con mi nueva vida. A veces pienso que a Clara le encantaría, pero la verdad es que últimamente no nos vemos casi y hablamos todavía menos.

Las cosas no solo van bien en el ámbito doméstico. En la oficina nunca he sido tan productivo. Creo que están pensando en ascenderme. Me parecería justo. Saco mucha más faena en mis horas laborables, y cada rato libre lo aprovecho para teletrabajar desde casa, así adelanto y llego a mi puesto con todo preparado. Solo me detengo para observar a la gente a través de la ventana de mi despacho. He de confesar que a veces los miro por encima del hombro, pero es que no son miembros de mi club, son como niños jugando a vivir, derrochando su tiempo sin ser conscientes de ello. Como diría la Reina Roja de Lewis Carroll, corren a toda velocidad para quedarse en el mismo sitio. Por suerte, estas reflexiones son fugaces. No debo permitírmelas. Me he dado cuenta de que 8 horas de trabajo no son suficientes. Si quieres rendir, rendir de verdad, necesitas un empujón extra y no distraerte con tonterías.

Pero no todo son ventajas. Estoy acumulando estrés. Nada que no pueda manejar. Antes de iniciar mis quehaceres salgo a correr. No mucho, 40 minutos. No aguanto más a buen ritmo, pero me activa y voy alargando los tiempos poco a poco. También me he instalado una barra para hacer dominadas en la pared de mi despacho. Una serie de 10 cada vez que entro o salgo. A veces finjo haber olvidado algo en esa habitación solo para ejercitarme un poco más. Antes de cenar hago bodycombat en el salón. Me pongo unas clases en la tele. Mejor que ir al gimnasio, aprieto un botón y ya estoy en medio del entrenamiento. Es genial. La verdad es que me encuentro bien. Me miro al espejo y me veo sano, fibroso. ¡Joder, nunca había estado tan bueno! A veces me aparece un tic en el ojo. Se me abre y cierra el parpado rápido, como con una pulsión. Si ese es todo el peaje a pagar por ser el dueño de mi vida me parece barato. No le doy más importancia.

 

 

Hace días que no veo a Clara. Creo que ha salido de viaje. Probablemente me lo dijo mientras tenía la cabeza en otra parte. Últimamente lo hace mucho y me irrita. Siempre me habla cuando estoy haciendo algo. En realidad no le dejo otra opción. Aunque también podríamos programar los momentos para conversar con antelación. Si me aclara por la mañana, o después de comer, en qué anuncios de la serie estaría bien hablar, yo lo organizaría O si prefiere antes de la ducha, o cuando ella quiera. Solo le digo que sea previsora. Creo que no es pedir demasiado.

 

 

Ya ha pasado toda la semana y no he tenido noticias suyas. Le he escrito whatsapps. La he llamado varias veces y eso que odio esperar a que la otra persona conteste. Hasta he contactado con sus padres. Estuvieron muy secos conmigo. Solo dijeron que no sabían nada de su hija. Que debería saberlo yo. No le di más vueltas, seguro que volvía.

 

 

Esta tarde, limpiando debajo del zapatero, he visto una nota. Debía de llevar tiempo ahí. Probablemente se voló al abrir la puerta de la calle. Al cogerla, compruebo que está marcada con cinco palabras, cinco palabras con la caligrafía sencilla, casi infantil de Clara, cinco palabras con un mensaje: Me he cansado de esperar.

¿Qué quería decir con eso? Yo también estoy harto de esperar. Por eso he decidido cambiar mi vida. Nuestra vida. Bueno, mi vida. No, nuestra vida. Si ella hubiera querido… En fin, no pasa nada. No voy a perder el tiempo lamentándome, tengo mucho que hacer. Así habrá menos distracciones. Quizás ahora pueda lograr mi objetivo.

 

He de reconocerlo. Desde que se fue Clara, me he vuelto un poco obsesivo. Tal vez demasiado. He dejado de ver películas. ¿Cómo podía disfrutar con Lars Von Trier o Kurosawa? Con ellos, te pasas horas esperando a que algo suceda. Me cambié a las series, luego a las sitcoms de 20 minutos por capítulo. Puedes verte dos o tres episodios en vez de uno, es mucho más productivo. Al final veo vídeos de Youtube. Aprendo y son puro contenido. No dejan un segundo hueco. Algo parecido me ha pasado con la lectura. De las novelas, he pasado a los ensayos, luego a las noticias y, finalmente, me conformo con los titulares. He llegado a un estado en el que me molestan los puntos y aparte. Me horrorizan esos espacios en blanco, esas esperas entre párrafos, ese vacío existencial literario. Incluso los puntos y seguido me empiezan a parecer desagradables y, debido a ello, he decidido pasar también de las noticias y releer una novela, la única que conozco que me sigue pareciendo medianamente soportable, y no es otra que Los santos inocentes, obra cumbre de la literatura, escrita por el gran Miguel Delibes, con solo seis puntos, una virguería, la misma que estoy hojeando ahora mismo mientras cuento mi historia y camino hacia el trabajo, y reto a cualquiera a que me defienda que los hombres no somos capaces de hacer dos cosas al mismo tiempo, podemos hacer incluso tres, y esta es la prueba de ello, solo hace falta planificarse y no desperdiciar ni una micra de tu tiempo, especialmente si…

Un crujido viscoso me saca de la espiral de mis pensamientos. Un sonido desagradable, en realidad no lo oigo, lo siento a través de los huesos, como si algo se hubiera roto dentro de mí. Acabo de pisar algo, algo vivo y que probablemente ya no lo está. Noto el bulto bajo la planta del pie. No es un insecto, es algo más grande. En este preciso instante soy consciente, por primera vez en mucho tiempo, del mundo que me rodea, la gente que pasa a mi lado ajena al pequeño drama que estoy viviendo, las hojas marrones en los árboles como funambulistas condenados, la brisa sucia de la ciudad, la casa perfectamente vacía que me espera. Con un movimiento de cabeza me sacudo aquellos pensamientos. Bajo la vista y, sin casi atreverme a mirar levanto mi Martinelli para descubrir, aplastada contra la acera, una musaraña. Tiene el cuerpo destrozado, sufre convulsiones y espasmos, o quizás puede que no sean movimientos involuntarios. Parece que con su pata fracturada, intenta arrastrarse para alcanzar un trocito de hamburguesa caída junto a su costado.

Ella no puede esperar.

martes, 2 de marzo de 2021

Relato final sobre la espera...

 

I

Muerde mi mano la palanca de cambios. Se confunden la línea de la vida y la quinta velocidad. Se sintoniza mi respiración con el gris oscuro del concreto de los puentes, con el ritmo que sobre mi cuerpo imprime cada agujero en el pavimento.  

Quien sea capaz de ver el destino en un pedazo de piel de la mano tiene toda mi admiración. Siempre he tenido cierta envidia de la certeza de los adivinos y los creyentes, esa capacidad implacable de aferrarse a la fe, de enceguecerse frente a una realidad que indica todo lo contrario. Es como una especie de terquedad mística la de esa gente, un agarrarse al futuro a cualquier precio como si todos estuviéramos destinados a llegar al final del camino.

El intelecto acaba siendo una trampa para los otros, para los ateos, para gente como yo. Acá estoy pasando mecánicamente de segunda a tercera, atento como un imbécil a las revoluciones del motor, el ronroneo contaminante de la velocidad. Sin nadie a quien rezar.

Ahora que lo pienso tenía dos ángeles de la guarda cuando era chico. Mariano se llamaba uno, como mi abuelo. Creer en Dios siempre fue mucho para mí, pero podía creer perfectamente que los ángeles de la guarda existían y que podían ser como a mí se me diera la gana. Esa ilusión que uno tiene cuando es chico de que va a crecer y las cosas van a ser como a uno le dé la gana. En fin, Mariano, le monté un departamento en mi imaginación y le puse una pecera a la que mandaba a parar a los peces que se me iban muriendo a mí. Al final Mariano se sintió solo, y le inventé otro ángel, pero ese ya no me acuerdo cómo se llamaba. Hubo un tiempo en que cerraba los ojos y me entretenía hasta dormirme hablando con ellos, haciendo que ellos hablaran. No sé cuándo dejé de visitarlos. Me pregunto si seguirán viviendo en el mismo lugar.

Al final uno no cree en nada, yo no creo en nada, y ahora, viendo las luces verdes, amarillas y rojas de estas calles que me sé de memoria, ya no creo ni en mí mismo.

Todos los días hago el mismo camino: salgo de casa con sabor a café y dentífrico. Antes le doy un beso a mi mujer. Un beso trámite, un beso burocrático, es como tener que pasar por el banco todas las mañanas, pero un poco más breve y más húmedo. Le doy un beso a mis hijos cuando se dejan y medio a la fuerza. Todavía estarán unos años jugando a ser unos adolescentes insoportables antes de convertirse en ratones que giran en una rueda sin llegar a ningún lado, hasta cansarse y morir.

Uno tiene hijos para eso, para enseñarles a participar en el mundo. Hay que domesticarlos para que estudien, para que busquen trabajo, para que tengan destellos de felicidad que al final de sus vidas puedan contar con los dedos de una mano, y tengan hijos a su vez, y hagan lo mismo con ellos.

Miro mi vida y no tengo claro en qué momento decidí cada cosa, creo que en realidad no decidí nada, es como si el tiempo hubiera hecho conmigo lo que yo hice con Mariano y con el otro: ponerme ahí, darme un departamento y una pecera, darme una mujer y unos hijos, y después desaparecer y dejarme olvidado, sin más remedio que repetir una y otra vez lo mismo, el mismo camino a casa, los besos sin ganas, el ronroneo del motor, el sexo los viernes a la noche.

II

Hoy es viernes. No quiero llegar, me voy a poner a la derecha para ir más despacio, quien tenga prisa que me pase por al lado, o que se aguante, tengo derecho a no querer llegar. No sé cómo es que quieren llegar ellos. De pronto me pregunto qué fue lo que hice mal, si es que hay algo de la vida que no entendí bien, o alguna instrucción de esas sabias que me dio mi madre que no escuché del todo, porque veo a la gente desesperada con ganas de llegar y yo no quiero.

Por más que fuerce en mis manos el recuerdo no consigo acariciar a mi mujer y sentir algo que trascienda la costumbre. Supongo que a ella le pasará lo mismo, que será igual de triste para los dos ese desencuentro carnal de manos que se posan sobre un cuerpo como quien intenta acariciar un objeto de plástico, sin curiosidad por la textura ni ánimo de descubrimiento. Se impregna la funda del nórdico con los olores ácidos propios de la quinta década, el ácido de tantos guisos con cebolla, el aceite, la gasolina y la tinta, el olor a plomo de las paredes de una oficina en la que siempre está nublado pero nunca llueve.

He pensado en comprarme un automático, pero creo que pasar los cambios es lo más parecido a un deporte que hago. En cierto sentido es como bailar: escucho el motor y le contesto, veo gente cruzando y me detengo, y bajo a segunda y a primera y él responde, y si lo toco mal, si me salgo del tiempo, entonces se ofusca y se apaga y no me queda más remedio que volver a empezar.

Me pesa el pie derecho todas las noches en el periférico. Cada día tengo que luchar contra la fuerza de gravedad del barranco que me activa el cuerpo, como la quinta velocidad, como la palpitación en el corazón del volantazo. El último baile y los dos volando.

III

La primera vez que volé tenía dieciocho años. También fue adentro de un auto, un Fiat Duna azul, de esos tipo camioneta. En esa época que los asientos de atrás se plegaran era casi un milagro de la tecnología. Mi pueblo y las montañas, la cordillera desnuda por el verano. En mi vida han habido pocos milagros pero ese fue uno, que mi amigo se olvidara de dejarme las llaves de su casa y ella, mi uno de enero. El último año nuevo que he tenido.

Si lo pienso bien la primera vez que la besé fue la única vez que he besado nunca. Quisiera volver a esa noche y que este asiento de piel se convierta de nuevo en el bordillo blanco de la jardinera de La Toldería, que la sorpresa de la química nos deje pasmados otra vez en ese verano burbuja que duró tan poco tiempo. Quisiera volver a sentir el vértigo de poner el Duna casi en el borde de todos los precipicios, solamente para provocarle miedo y que me abrace. 

Fuimos por hamburguesas y vino a la tanguería donde nos habíamos conocido en noche vieja. Sentí al camino de ripio para llegar del otro lado del lago como se siente el juego de las tazas giratorias de los parques de diversiones, pero esta vez era mejor, porque las piedras marcaban el compás que se sintonizaba con los huesitos que daban ritmo a sus caderas. No eran mariposas, eran colibríes danzarines lo que nos sobrevolaba en el estómago, eran ruiseñores picoteándonos las piernas, era el bosque con todas las semillas del mundo que entraba por la ventanilla para perfumarla.

Dimos vuelta los asientos con hambre, con sed, con los nervios en la sangre, en la lengua. Me quité la ansiedad junto con la camisa y la desnudé como supe, con la prisa del adolescente que era, con la intuición de la fiebre. Sus pezones duros se pegaron a mi pecho patagónico y con eso se me deshizo el mundo. La burbuja de los besos voraces crecía, brillaba húmeda y viscosa entre sus piernas. Éramos dos pulpos colisionando en un festival de tentáculos y descargas eléctricas, éramos como esos dioses indios llenos de brazos y de ojos, llenos de bocas, cubiertos por una capa de sudor espeso, meciéndonos azules, impregnados, apretándonos la carne de los muslos, de la espalda, mordiéndonos el cuello, las orejas y el alma, gimiendo como dos gigantes heridos, como dos gladiadores, bailando al ritmo de un cardumen de peces. Se nos desbordaba el cuerpo en los dedos, se nos multiplicaban las vértebras, se nos volvían líquidos el amor y el asombro. Abandoné mi vida tibia en su vientre esa noche y no la recuperé jamás.

IV

Cuando ella se fue yo me gradué de cobarde.

V

A falta de valor, vértigo. Son las del motor las únicas revoluciones de las que he formado parte. Ahora veo los diarios y resulta que estaba mal cómo tratábamos a las mujeres, estaba mal tirar la basura en cualquier lado, estaba mal torturar a un compañero en la escuela, estaba mal darle patadas a los perros, comer mucha carne roja, estaba mal fumar, abusar de los carbohidratos, estaba mal comer huevos todos los días, bueno aunque después eso estuvo bien de nuevo, estaba mal emborrachar a una mujer para llevarla a la cama.

Resulta que el sexo no era como en el porno, resulta que el amor no triunfa como en las películas, resulta que no existe el destino, que no hay solamente buenos y malos porque únicamente las monedas tienen dos caras. Resulta ahora que yo tendría que haber sido más listo, que tendría que haber sido más valiente, que tendría que haber sido mejor hombre y mejor persona, resulta ahora que la vida no iba de sufrimiento y abnegación, resulta que el aborto no estaba tan mal después de todo, que era todavía peor tener un hijo a los diecinueve años y dejar ir al amor de tu vida porque ser un hombre era hacer lo responsable y casarse para ser infeliz y que el único momento de alivio en todo el día fuera el viaje en auto de vuelta a tu abismo de repeticiones.

Quien iba a decir que el infierno era esto. Una calma absurda de días que se repiten y besos sin ganas. Esperar al viernes para no querer que llegue el domingo, pararse cada tanto en mitad de las montañas a beber de ahí un poco de belleza y que se te llenen los ojos de nostalgia, porque alguna vez fuiste feliz, porque eso es lo que llamás vacaciones, porque toda tu vida es una implacable plancha de concreto con líneas blancas y amarillas. Tan fácil sería ponerse en mis zapatos:

“Visualice usted que está en la sala de espera en el consultorio del dentista.

¿Qué siente?

ahora imagine que así son todos sus instantes”

Tantas mierdas que hay dando vueltas sobre bienestar y vegetarianismo, mindfulness y autoestima, meditación y budismo, y yo tan básico, tan mecánico, con esta existencia de cámara lenta, de fideos sin sal, de caricias al plástico y la cebolla, de hijos que se multiplicaron como una raza particular de hormigas perezosas a las que hay que enseñar que la vida se puede convertir en una cantidad de esperas sucesivas cuyos desenlaces no producen jamás ninguna bifurcación.

VI

Mi padre siempre me decía “la vida es como la bicicleta, si no se aprende de niño de mayor te llevas los golpes”. No se si era más inocente yo, por pensar que si aprendía a montar en bicicleta sabría vivir, o mi padre por pensar que se aprende a vivir antes de los diez años. El asunto es que ni él supo vivir nunca, ni yo andaba muy bien en bicicleta.

Subirme a la bicicleta era siempre un presagio de mi cuerpo volando, golpes, raspones, un estallido de llanto y la letra “A” del final de la palabra “mamá” extendida proporcionalmente a la gravedad de la caída.

No sabía girar ni frenar, no sabía cambiar de dirección ni parar, lo único que sabía hacer era pedalear, era seguir, era decir que sí al peso que le imponía a las plantas de mis pies la bicicleta sin cuestionamientos ni placer. Ahora que lo pienso quizás mi padre en algún sentido sí tenía razón.

Empezaba a pedalear sabiendo lo súbito y doloroso de la frenada impuesta por el piletón de lavar la ropa. Era una carrera contra el piletón que perdí siempre. Cuando faltaban unos metros para el estrepitoso choque cerraba los ojos y pedaleaba más rápido, era lo más valiente que podía hacer, apurar el final, acortar la espera. Mis únicos actos de valentía consistieron en eso, en apurar lo inevitable del dolor de rodillas y manos raspadas, en dejarme sorprender por el piletón de lavar la ropa que cada vez parecía llegar antes, gris y mal hecho, con sus asperezas de cemento, piedritas y arena y las ondulaciones sobre las que la ropa moría cada vez un poco, en una fiesta de panes de jabón y vino blanco.

VII

Esta vez no voy a cerrar los ojos.

Piso el acelerador con la misma fuerza con la que pisaba los pedales, giro de nuevo el manubrio de la bicicleta a la derecha, piso el acelerador y me abro paso por el arcén

Se me quita el miedo cuando rompo el guardarraíl con lo impostergable de este calor que me sale del pecho agosto de mi cobardía el vacío brota azul como la noche del lago que se quedó en mi garganta por donde ahora no pasan mis respiraciones entrecortadas este cuerpo flotando en esta caja de hojalata ronroneante que se precipita hacia la nada de la última espera pegada al techo esta corona de plásticos grises cemento piedritas onduladas que se tiñen de rojo con esta sangre espesa del invierno que sabe al metal del auto colesterol del bueno para una larga vida de proteína humana parásita del mundo de los bosques los recuerdos que no vienen en cadena a galopar sobre mi frente envuelta en los instintos de mis brazos tejidos de pelos grises lunares dudosos fibras nerviosas serpenteando la carne compacta la grasa flotante de la piel

 .

De perfil (un poquito más)



La barra de progreso, el asunto y el cuerpo en blanco. Es el último día de clase, los dulces caseros altos en grasas y azúcares se mezclan en boca con los agradecimientos, risas y felicitaciones. El aula se ha convertido, sin previo anuncio, en un modesto salón de bodas: los alumnos invitados, todos con los los sesenta en la distancia, van formando grupitos inestables que intercambian sus miembros al ritmo de las conversaciones; van picando, de bandeja en bandeja, polinizando las tartas de manzana; incluso se intuye algún atisbo de baile. La mayoría ni siquiera ha encendido el ordenador. Yo he venido directa a enfrentarme a él. Me he cosido a la silla esperando, rezando lo que recuerdo para que ningún abejorro se acerque con intenciones de charlar o sacarme a la pista, igual que hacía en las fiestas del pueblo cuando aún no sabía disimular. Es el momento perfecto, con todas las distracciones, de entregar el proyecto que he ido construyendo al margen del temario común. Un ejercicio extra que no cuenta para nota. 


A Fernando lo había llamado la tierra hace ya un año. Me quedé con un armario lleno de bufandas de punto grueso, una colección inacabada de panderetas y mucho tiempo libre. Automáticamente, pasé a formar parte del club de las viudas del barrio, club al que una ni se apunta ni se desapunta. Te hacen el carnet sin avisar, como una foto a traición. Mis nuevas mejores amigas por estado civil se aseguraban de que no pasase ni un instante a solas: traían a mi puerta lentejas con alcachofas y cotilleos, cartas y garbanzos para unas partidas al cinquillo; llamaban por teléfono, por turnos, no la agobiéis que acaba de perder a su marido; me asaltaban en el supermercado, se agarraban a mi carrito marcando uñas y dirección; hasta insistían en acompañarme al ambulatorio por si me resultaba demasiado abrumador ir sola a renovar las recetas. Estas muestras de pena disfrazadas de cariño eran agotadoras pero soportables. Lo que realmente me saturaba era la adoración que sentían por el Centro Municipal de Actividades para Personas Mayores. Elevado a lugar casi sagradoCentro Municipal de Culto al Jubilado—, el vecindario de más de sesenta peregrinaba a diario para recibir yoga, taichí, salsa, tomar un café en comunión o estar al tanto de las novedosas zarzuelas. La antesala del cielo, y puede que para las más beatas así lo fuera. 


La barra inicia su tímido progreso; asoma una franja curiosa, un fideo crudo azul cian.


Pasaba a menudo por delante del templo sénior en compañía de sus devotas. Que si te sientes como en casa, que si hay muy buen ambiente, que si los profesores son una delicia… No todo son cursillos verbeneros, como tú los llamas. Apúntate a algo, mujer, así te distraes. Además es baratísimo. El insistente cacareo y el recuerdo de no haber podido ir a la universidad acordaron hacerme mirar de reojo el menú de actividades. Allí estaba, justo debajo de «Manualidades y Memoria»: «Curso de Iniciación a Internet y Redes Sociales». La revolución digital me había encontrado aguantando sola el olor y la frente de la enfermedad, me había pasado de largo. Mi teléfono móvil solo tenía una G. Al ver el interés en mis cejas, mis guardaespaldas rompieron en agudos chillidos. Elevada por su excitación colegial, floté hasta la recepción y me inscribí. 


Los nervios agarraban el carpesano cuando apareció Marina. Destartalada pero sonriente, parapetada tras unas gafas a las que les pesaban las dioptrías, sus palabras de bienvenida, lentas y mullidas, consiguieron devolver a las puntas de mis dedos su rosa natal. Ella, con la veintena medio vivida, sería la encargada de ayudarnos a desenredar el mundo en línea. El listado de posibilidades parecía inabarcable: desde concertar cita con el médico, leer el periódico, consultar tu cuenta bancaria o encontrar la letra de esa canción que tanto te gusta (y la partitura también); hasta compartir tu receta de empanadillas con una científica estacionada en El Ártico, visitar el Louvre sin soportar colas, saber cuántos ojos tiene una mantis, consultar si lloverá en Kuala Lumpur el próximo martes a las dos de la tarde o acceder a tus apuntes suspendidos en una nube. La imagen de mí misma sujetando el carpesano me avergonzó en silencio. Bromeando a medias, Marina proclamó: «Si no está en Internet, no existe». Me hizo falta apenas una clase para darme cuenta de que no le faltaba razón.  Me hizo falta apenas hacerme un perfil en una red social para darme cuenta de que, además, si no estás en Internet, no existes.


La barra lleva un rato inmóvil, no carga. No importa, ya me cargo yo de paciencia. Esta no sabe las horas que me he pasado esperando el autobús de vuelta a casa tras jornadas y jornadas aparando botas, mocasines, alpargatas. 


Como proyecto central del curso, Marina nos propuso precisamente eso: abrir una cuenta en una red social. Pensaba que era la mejor forma de entender, de experimentar esta nueva realidad. Era importante saber hacer trámites telemáticos, pero conocer las formas de contacto actuales lo era aún más. Nos advirtió que no bastaría con rellenar los campos obligatorios y aceptar a ciegas las condiciones de uso, además deberíamos mantenerla activa, alimentarla, cuidarla. «Echaremos primero un vistazo a otras cuentas para daros ideas».


Todavía sigo buscando al ser humano capaz de echar solo «un vistazo» en la red, sería una pieza de museo, y a aquella persona que la bautizó como tal para darle mi enhorabuena. Ofrecidos mis datos, mi voluntad se perdió enlazando imágenes y textos, atardeceres saturados y citas resobadas, sonrisas al borde de la contractura y reflexiones dislocadas. La sensación de estar viendo vidas editadas no frenó, sin embargo, el desfile: cruasanes encerados, un chihuahua desayunando en su avión privado, «Feliz Juernesss!!», un pezón tachado, bodas, cumpleaños, bautizos, elegías, cafés superficialmente decorados, consejos, proclamas, insultos, rebajas, sorteos, aparatosos posados, ¿cómo había acabado viendo las fotos del fin de semana en la nieve de una abogada danesa madre de tres niñas y una chinchilla? Red. Red de arrastre.


Rendida a los estímulos planos, esperaba que alguien viniera a rescatarme sin emitir grito de socorro alguno. Solo un hueco milimetrado logró frenarme. Hueco que despedía una familiaridad que me escaló por la espalda. Surgía, en lugar de hundirse, entre dos palas que formaban parte de una sonrisa pasada. @mummy_carm. Carm, Carmen, Carmela, Carmelita. “Preferiría ser huérfana”, fueron las últimas palabras que había oído salir, despedidas, por ese hueco. Ahora me retaba, brillante y oscuro, a lanzarme de cabeza en él. 

 

Mirada fija en la barra, brava. Avanzó en un despiste. Parecemos enzarzadas en una tensa partida de pollito inglés en la que no corremos apenas riesgos. Tarda. Tenía que haberlo cortado.

 

Conseguí llegar a casa, preparar un té, no desparramarlo y no quemarme con la ansiedad. Carm, Carmelita, existía. Sus reproches, desprecios, agresiones y burlas existieron, existían. El día que Fernando y yo, con un diagnóstico indescifrable en una mano y agotamiento en la otra, fuimos recibidos en casa por aquella última frase, más dolorosa que el diagnóstico, y despedidos con un portazo puntiagudo existió, existía. Cálmate. Existe en el ordenador. Solo existe en la clase. Decidí no volver a buscarla, centrarme en mí, en mi perfil. Hice un pacto conmigo misma, quizás el más débil de todos los tipos de pactos. 

 

Mis nietos tenían caras pecosas, orejas de ciervo y ojos de corazones. Eran veganos, practicaban yoga cada mañana y existían. Dos y cinco. Nico y Sei. Nico, porque fue concebido en Nicosia; Sei, porque significa vida, nacer, en japonés. O porque es el diminutivo de seitán. O vete tú a saber por qué. Descubrí que era abuela en la sala multiusos donde se impartía el curso, mi particular sala de espera, mi sala multiespera. El pacto me había durado un estornudo. Escudriñaba el perfil de Carmelita religiosamente. 


 

 


lunes, 22 de febrero de 2021

No es de los relatos, pero me salió solo, lo comparto por aquí por si alguien quiere reírse un rato

 To es sagrao, niño. Tierra y sielo. Anda corre vesten a por la Lluisa queztá pastando junto al rio y a ver si sen va a perder.

Fui a por la lluisa que pastaba junto al rio con la cabeza gacha. Estaba triste porque le habían robao a la cría. Labuelo decía que no, pero yo lo sabía que sí, que estaba triste por eso. La Lluisa tenía el pellaje suave y hermoso, era ya una burra con unos tantos inviernos, pero era una burra fuerte. Cuando era chica saltaba por los praos verdes de amarillas azucenas. Mugía siempre a la misma hora sobre el mar verde y la tierra asul. Cuando dejó de pastá, me miró y la cogí de las forejas y larrastré hasta labuelo.

Hijo, ayuda a levantarse a este viejo.

Labuelo se puso de pie y se aseó el sombrero de paja. Le faltaba un diente asinque podía beber de la bota con una sonrisa. Despué de bebé se lio un pitillo de fumá y le pegó un lametón con la lengua duna vaca. Cuando sea ma' mayor labuelo me dijo que menseñaría a fuma, pero que ahora soy chico y no puedo.

Vamo' hijo, que te vo a seguir contando listoria de cuando era jovensuelo, asin como tú. El tito Federico, la tita margarita y yo queríamo ir a festeja a las fiestas del pueblo de Salaquesa, er pueblo de al lao, ya sabe tú. Que eran las mejore fiestas de to la contorná, y aún lo siguen siendo, eso lo sabe tor mundo. En esa fiesta conosí a labuela, pero esa e otra historia que ya te contaré otro dia. El asunto esque ibamo a ir los tre a pasar tre día y tre noche a la casa de tita Encarna. -Tú no la conosiste a la pobre muje, se quedó sin estrenar y murió por secarse por dentro. Una lastimika en verdá. Labuelo se santiguó. Pero la vida es muy puta hijo y no se puee haser mucho más. Hay arguno que nasen como estrellas y otros nasen estrellaos y la tita Encarna era de los segundo. Bueno, pue eso, que fuimos pallí con otra burrica, el Federico iba montao el primero porque era el chico, y no íbamos turnando cada ratico pa ir descansaos porque el viaje eran do o tre horas y ante no era como e ahora que hay carretas pa ir y venir, ante era to prao y mala yerba. La mare no había puesto, en las alforjas de la burrica, unos panes con unos chorisos mojaos en aceite doliva pal camino, y esta bota de vino que aquí tengo io.

Ame un poquillo de vino.

Tira pallá niño del demonio que esto no es patí y labuelo me pegó un galletón que se me movieron las muelas de lao a lao y se me cayeron los moco' de la naris.

Sentate ahí callaico que labuelo está contando su historia y tienes que aprendé tú a esto del arte de contá historias, porque es muy importante, ¿Tú sabe hijo?

Cogiéndome de la' frentes le dije que sí.

Mi bien, ere' un buen chico. Bueno pue cuando ya habíamo comío y bebío a mita' camino y la Margarita había meao medio bosque, ya verá de mayor que la mujere siempre están meando y tardan mucho en meá, y no paran dablá tol día, tu tita es mas trabajadora que tu tito y yo juntos, pero to lo hase hablando la jodía.

Abuelo, me va a contar ya la historia o qué?

Coño con er niño que genio tiene ezte miraloo, si vale pa mandá. Voy su majestá, y le pegó otro estrujón a la bota. Como te desia, el Federico iba en el burrico otra ves cuando caminabamo por los praos amarillo' del secano, la chespa estaba ya pa cortá, pero eran tiempo de guerra hijo y to los varone estaba muertos, presos o escapaos porai en er monte. Cuando llegamo' al paso de la rochas, ahí, donde se colgó el Jezú dun olivo poque la mujé le pillo con una puta. Que panzá de reí no echamo tus titos y yo, bueno, y to er pueblo, cuando salió de la casa con el caracolillo al aire gritando que lo mataran, que ya no quería vivir ma'. Y como nadie lo hiso pues, lo hiso él, ea, un hombre de prinsipio el Jezú.

ABUELOO

Que zí, que te calle ya! Anda subete ahi a lo alto de la higuera y bájate unos higos que están ya pa come, mientras el abuelo te espera aqui a la frejca. Dun sarto magarré ar árbol como un gato con la uñas bien afilás. Labuelo me contaba que atravesaron los praos del señorito de armas Don Ramiro del Valle, que despué de la guerra dejó de ser Don pa pasar a ser un muerto y su familia ahora lleva el nombre manchao de mala sangre, desa que no se va aunque le frote bien fuerte. La finca de Don Ramiro estaba en la vereda der camino pa ir a Salaquesa, por ai, crusaban los bigotudos y demases gentes. Ya no quedaba mucho, una hora andado ma o meno. El burrico estaba ya cansao de llevarno' a todo' y sobre to al Federico que se durmió medio camino. Los higos estaban ya moraos como los deos cuando hase frio y yo me cogí una docena pa mi y pa labuelo. Como ya estabamo cerca el camino estaba mejo y el burrico podia anda más tranquilo pero duna de aquellas, un carro tirao por do' caballo de buena raza a toa pastilla encarrilaron el camino directo hacia nosotro. Iban tan rápido quel burrico sasusto y tiro a corre po el campo con el Federico encima agarrao como una garrapata al cuello del animalico. Tu tita y yo salimo' corriendo detra' pero el jodio animal corría que se las pelaba. Salió disparao y el Federico brincaba a los lomos del burro con una pata ya en el suelo y la otra mirando pal sielo. El caso es que al final de la carrera, el Federico se las vio contra el suelo duna ves y tal fue la castaña que se dio que se le rasgaron los pantalones e iba con el pito al aire como dios lo trajo al mundo. Asín fue el resto del camino, desnuico perdío como alma en pena hasta llegar a casa la tita Encarna. Tol mundo le vió el colibrí a tu tío. el pobrecico iba subío al burro y se tapaba el culo pa que no lo vieran lo' dema' niños que se reían de él y te tiraban piedra y escupitajos.

JAJAJAJAJAJAJAJAJJA labuelo comensó a reí poseído por un mal demonio. Tanto rió que se le saltaron lo lagrimone de lo ojos.

Esa es la historia abuelo? vaya mierda dhistoria!


Continuará.

A mos redó - Na Jordana (alternativa, hasta con 3 adjetivos, para el ej. Nº12)

  A mos redó - Na Jordana Los veo, ¿me veo?, casi todas las mesas de la terraza ocupadas, son vecinos del barrio, aquí es raro ver turista...