El olor a lulo
recién exprimido se extendía por la calle sobre las seis de la tarde. Al
anochecer, las muchachas comenzaban a preparar el jugo para la cena, olía a
fritanga, y los niños corrían de vuelta, persiguiendo los últimos rayos de sol.
Ramira estaba sentada en el balcón mientras escuchaba a Gardel “acaricia en
mi ensueño, el suave murmullo, de tu suspirar”. Tenía los ojos cerrados,
apretaba con fuerza la medallita de la Virgen de los Remedios, con sus dedos
elegantes, morenos y fuertes para una señora de su edad. Su voz entremezclaba
el canto con el rezo: Todo, todo se olvida. Dios, padre, todopoderoso. Las
voces de aquellos niños se confundían con la memoria de las de sus propios
hijos, en los pocos años que fue feliz en aquella casa, cuando la pintura de la
fachada aún era blanca. En Cali en los años sesenta era seguro hacerlo todo en
la calle. Sus tiernos hijos jugaban entre ellos, y con los vecinos. En el 54
hicieron concurso de Mises, las mayores convocaron a las vecinas y con clara
ventaja, su hija mediana, Luciana, ganó la competición y fue coronada Miss
Miraflores. Cabía cualquier excusa para una celebración, y enseguida, la casa
se llenó de las madres de las perdedoras, luego de los maridos, que se vieron
arrastrados por Santiago hasta el jardín con una botella recién comprada de
guarito. En el 56, los tres mayores se aventuraban en el descampado de detrás
de la casa, en la búsqueda de culebras, y otros animalejos. En el 58 nació el
pequeño, y de ahí en adelante, todo se fue corrompiendo.
Aquella sería la
última noche en su casa, donde habían crecido sus cinco hijos, donde había
velado a su hija durante los veintitrés días que duró su búsqueda hasta que
encontraron los restos de la avioneta en la que se había estrellado, junto a su
zapato rojo. Ramira aún le rezaba a Dios para que apareciera algún día por la
puerta. Su hija pequeña, y su adorado Carlos Gardel, los dos muertos mientras
volaban. Ya no quedaba nadie, había querido pasar la noche sola en el viejo
hogar, vacío; que limpió, aireó, cultivó y reparó por más de treinta años. Siempre
pensó que se moriría allí, más viejita, con el pelo aún más blanco, rodeada de
sus hijos.
Sobre esa
hora, su Cali bella se inundaba con una brisa bien rica, que atravesaba toda la
casa, si se la dejaba, arrastrando el calor del día, secando el sudor
acumulado, el polvo, el humo de los coches que recorrían la ciudad a todas
horas. Era inevitable que buenos y malos recuerdos se le fueran presentando,
tímidos, y temerosos de despertar su tristeza, Ramira tenía el corazón
delicado. No pues, aquella casa había visto demasiado. Agarró con delicadeza la
baranda de metal cuya pintura se caía a pedazos. Se lo había pedido a Santiago
hasta que se marchó. Y así quedó, desaliñada, ya la pintarán los nuevos, se
dijo Ramira, mientras acariciaba el metal desvalido. Aquella tarde no había
acudido a jugar cartas a donde Melany, como era costumbre. Casi no le avisó, pero, en el último momento,
le dio pena con ella y le dejó una nota con la muchacha, comprendería, se dijo.
Mucha gente no comprendía; una pareja mayor, cristiana, cómo era posible. Y aun
sabiéndolo, le había ido contando poquitico a poquitico a algunas amigas, y a amigos
de su parroquia. Ramira y Santiago Giraldo se divorciaban.
Ramira se
levantó lentamente y entró a la casa, apagó la música y se hizo el silencio. Bajó las escaleras y se dirigió a la cocina.
Había comprado un tentempié un par de calles más abajo del que pensaba hacer
uso, le había entrado el hambre. La casa estaba a oscuras, pero ella no tenía
miedo, la conocía palmo a palmo. Su olfato delicado parecía recoger los olores
heredados de aquella cocina: sancochos de pescado fresco los domingos, que
Santiago traía junto a Nicolás, el primogénito, después de jornadas intensivas de
pesca en el río Pance; los huevos pericos del desayuno, la leche fresca de cena
en las noches más calurosas, los frijoles, el mango, las fritadas, la carne,
todo. Era como si sus papilas olfativas estuvieran revueltas y lo mezclaran
todo, los sabores con los recuerdos.
Calentó en una
cazuelita el guiso, ya quedaban pocas, todas para tirar. Allí donde iba
necesitaba bien poquito, un piso en el centro, con la mitad de la mitad de
espacio, menos que limpiar, menos donde guardar. Tampoco echaría de menos los
últimos meses. La casa no se pagaba sola, y el exmarido pagaba tarde y mal.
Primero alquiló la casita de la muchacha, donde se habían engendrado los otros
cinco. Un amigo de un amigo de Nicolás la ocupó por unos meses, un estudiante
de la Universidad del Valle, educado, de buena familia, lamentablemente, otro
marxista más, un joven echado a perder. Ay, Diosito. Ramira amaba a sus
hijos, pero todos le habían hecho sufrir mucho en algún momento, y ella sabía
ser una buena madre, penitente por los pecados ajenos. Nunca lo hubiera descrito
así, con aquel vocabulario tan rudo, hasta que en una discusión con Luciana
ella misma se lo expuso: había parido dos marxistas, dos guerrilleras, y un
borracho. Los pecados de sus vástagos habían quedado expuestos sin piedad. De
nada habían servido sus rosarios, sus velitas encendidas, sus padres nuestro y
ave maría. Las ramificaciones de una familia cristiana en aquello solo podía
ser un castigo por los pecados del padre. Sabía bien Dios que nada se le podía
reprochar a Ramira.
El guiso estaba
salado, y por cada bocado, bebía un sorbito de agua. El tic tac del reloj la
puso nerviosa, aunque sonrió al recordar cómo Luciana y Patricia le habían
insistido en que no pasara la noche sola; pero Ramira se mantuvo firme, y se
sentía orgullosa. Dios, ella y la casa, no hacía falta más. Era el silencio lo
que estaba llamando la melancolía a gritos, así que puso radio Colombia
Vallenata, justo lo que necesitaba. En su boda se abusó del vallenato, cuyas
letras pesarosas hacían vibrar los cuerpos al ritmo de la guacharaca. Ramira se casó con 19 años, 18 menos que su
entonces futuro marido. La boda fue todo lo sencilla que pudo ser; y su noche
de bodas, corta.
Ramira acabó
de comer y en seguida fue a limpiar el plato y los cubiertos que había
utilizado. Era como si poco a poco se fuera desprendiendo de la casa. La
intimidad se había roto. La casa ya no era hogar. Se sentaba en la silla, pero
sin acomodarse. Comía sin estar tranquila. Levantaba los pies de más al caminar sobre las
baldosas blancas, como si no quisiera gastar el suelo. Pero de poco servía, aquel suelo tenía
memoria, y aún retumbaba al ritmo de la salsa, y de las rumbas que allí se
habían celebrado. Cuando Santi fue ganando más y más con el negocio de la
lotería, se habían mudado de una casa más pequeña, y las fiestas se habían
hecho más numerosas, y se escatimaba cada vez menos en los gastos. Por los
quince de Luisa Fernanda se trajo una orquesta que ya comenzaba a ser famosa, y
que en la actualidad sonaba por todo el mundo. Luciana era la más bailarina, y
siempre andaba con cualquier excusa para organizar algo, invitaba a las primas
de Ramira y algún amigo relajado del papá, para ganarse el permiso. León, el
más pequeño, fue el que siguió organizando rumbas cuando ya todos se habían
ido, hasta que Nicolás, el único que quedó con autoridad, por hombre y por
primogénito, le dijo basta.
La casa de
Miraflores tenía tres plantas, jardín, y una casita para la empleada. La planta
baja era en realidad un garaje que quedaba desnivelado, por algo se cantaba Cali es Cali y lo demás es
loma. Por allí pasaron dos carros. El Chevrolet del 54, que paseaba el padre
orgulloso, con los vástagos y la esposa apelotonados por los costados y por
atrás. Y otro del que ya nadie se acordaba y que nunca pudo sustituir el
estatus ni las emociones que despertaba el primero. La planta primera tenía el
salón, la cocina, una segunda salita – para las mujeres, decía Santiago – y el
único baño de toda la casa. Las habitaciones se encontraban todas en la segunda
planta.
Eran los años
80, ya nada era igual en aquella casa, en la vida de Ramira, en Cali. La ciudad
vivía acosada por el drama de la cocaína y la guerra. León había empezado a
consumir. Primero fue la marihuana, pero enseguida, intrépido como era, probó
aquel polvo blanco. Luisa Fernanda ya no estaba, en cuerpo, aunque Dios la
tendría en su gloria. Desde su muerte, Ramira había rezado un extra diario,
para asegurarse de que sus pecados serían perdonados. Había muerto a sus 33
años, la edad de Jesús. Y, aunque de esto su madre no estaba orgullosa, había
sido de las pocas mujeres con cargo de oficial superior en El Eme o M19.
Luciana se dedicaba a las artes, al teatro en aquel momento, y andaba por ahí
disfrazada, pero más sonriente que nunca. Patricia, refugiada en París, ya solo
daba lecciones telefónicas. Y Nicolás, ay, Nicolás, andaba por ahí
organizándole la vida a la mamá divorciada, cuando el que más ayuda necesitaba
era él mismo. Eran tiempos convulsos. Entre la sangre, y el polvo, quizás
pasaba más desapercibido, pero eso del divorcio era más bien cosas de ricos
ricos, o de raros. Ramira a veces se arrepentía, sin el apoyo de Luciana y
Luisa Fernanda no hubiera sido posible. Quizás ellas pensaran que la habían
empoderado, y que ya se sentía bien sola, podía vivir sin él. Pero no era así.
Por un lado, estaba la vergüenza, Ramira sabía lo de los otros cinco, cocinados
los sábados por la mañana, las madrugadas en las que sus propias sábanas se
quedaban frías, engendrados y paridos a escondidas, como ratones que se iban
apareciendo como si nada. Pero de esto los hijos
no sabían. Por otro, los hijos, ya estaban mayores, menos León, pero León
aguantaría, se decía Ramira, y en cualquier caso la casa ya no era hogar sino
cuatro paredes. Para las mujeres de su edad, la casa lo era todo. El tamaño
indicaba lo alto o bajo del salario del marido. La limpieza indicaba lo mismo,
en base a la ratio de muchachas por hijo, pero también de la diligencia de la
esposa. La decoración, las imágenes religiosas, algo decían de tu calidad
cristiana. Y ahora se despedía, como si los últimos treinta años de convivencia
entra la casa y ella se pudieran reducir a esa noche, cuando ya los vecinos
dormían, los coches por fin callaban, la brisa se adormecía.
Ramira se
alejó a oscuras de la cocina, no sabía muy bien hacia donde ir, podría ir al
salón, pero allá no quedaba ni televisor, podría salir al jardín, pero no
quería resfriarse, o irse directa a la cama, aunque no tenía sueño. Optó por lo
último. Ya había pasado por todos los cuartos, había bendecido cada uno de
ellos, para dejarlos igual de livianos que estaban cuando ella los estrenó, sin
la pesadez de los inquilinos que los había ocupado en los últimos meses. Ya
había limpiado. No quedaba nada por hacer. Su habitación de matrimonio poco
había cambiado, Santi y ella habían sido poco extravagantes con la decoración
del lecho conyugal, que habían compartido hasta que se fue de la casa.
Ramira se
quitó su vestido poco a poco, frente al espejo. Tenía 64 años y aún se veía
bonita. Siempre había sido una mujer elegante, con vestidos alegres y regios
que se confeccionaba en el centro, con peinados vistosos, y joyas atrevidas.
Las varices y la artritis la molestaban, pero su piel morena envejecía bien, y
en la semi oscuridad de su habitación se sintió viva, como quien respira
profundamente al borde de un precipicio. No estaba segura si era una mujer
nueva, pero era una mujer menos mal acompañada. Escribiría más poesía que
nunca, se decía, aprendería a tocar el acordeón, para así homenajear a Gardel,
hasta se podría volver a enamorar. Quizás iría a París, y viajaría por Europa,
pudiendo elegir a dónde ir, qué hacer, cuánto quedarse en cada sitio, sin tener
que seguir el ritmo de Santiago, quizás más bien el ritmo de Patricia, pero
seguro que era más considerada. Ramira se puso el camisón rosa que le había
regalado sus hijos en las últimas navidades. Se metió poco a poco en la cama,
para ir calentándola. Volvió a rezar, sí, de nuevo, para calmarse. Su corazón
noble le había impedido enfadarse con Él por aquella perdida del hogar
original, ya habría tiempo para rendirse cuentas.
A la seis de
la mañana amanecía en Cali, aunque Ramira ya llevaba al menos una hora
despierta. No había querido moverse, medio fingiendo que seguía dormida, y
retrasando el momento de salir de la cama y enfrentarse al día. Ya no habría
otra noche, la casa ya no era hogar, eran cuatro paredes de recuerdos que se
llevaría su última dueña, dejando una nada a llenar por los siguientes. En la
intimidad de su hogar Ramira había sufrido en silencio, ya no sabía cuánto
quedaba de aquella Ramira y cuánto era una nueva.
Ramira murió
en Europa a los 74 años. La casa sigue viva.
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