lunes, 15 de marzo de 2021

Sentimentalismos caseros

 

El olor a lulo recién exprimido se extendía por la calle sobre las seis de la tarde. Al anochecer, las muchachas comenzaban a preparar el jugo para la cena, olía a fritanga, y los niños corrían de vuelta, persiguiendo los últimos rayos de sol. Ramira estaba sentada en el balcón mientras escuchaba a Gardel “acaricia en mi ensueño, el suave murmullo, de tu suspirar”. Tenía los ojos cerrados, apretaba con fuerza la medallita de la Virgen de los Remedios, con sus dedos elegantes, morenos y fuertes para una señora de su edad. Su voz entremezclaba el canto con el rezo: Todo, todo se olvida. Dios, padre, todopoderoso. Las voces de aquellos niños se confundían con la memoria de las de sus propios hijos, en los pocos años que fue feliz en aquella casa, cuando la pintura de la fachada aún era blanca. En Cali en los años sesenta era seguro hacerlo todo en la calle. Sus tiernos hijos jugaban entre ellos, y con los vecinos. En el 54 hicieron concurso de Mises, las mayores convocaron a las vecinas y con clara ventaja, su hija mediana, Luciana, ganó la competición y fue coronada Miss Miraflores. Cabía cualquier excusa para una celebración, y enseguida, la casa se llenó de las madres de las perdedoras, luego de los maridos, que se vieron arrastrados por Santiago hasta el jardín con una botella recién comprada de guarito. En el 56, los tres mayores se aventuraban en el descampado de detrás de la casa, en la búsqueda de culebras, y otros animalejos. En el 58 nació el pequeño, y de ahí en adelante, todo se fue corrompiendo.

Aquella sería la última noche en su casa, donde habían crecido sus cinco hijos, donde había velado a su hija durante los veintitrés días que duró su búsqueda hasta que encontraron los restos de la avioneta en la que se había estrellado, junto a su zapato rojo. Ramira aún le rezaba a Dios para que apareciera algún día por la puerta. Su hija pequeña, y su adorado Carlos Gardel, los dos muertos mientras volaban. Ya no quedaba nadie, había querido pasar la noche sola en el viejo hogar, vacío; que limpió, aireó, cultivó y reparó por más de treinta años. Siempre pensó que se moriría allí, más viejita, con el pelo aún más blanco, rodeada de sus hijos.

Sobre esa hora, su Cali bella se inundaba con una brisa bien rica, que atravesaba toda la casa, si se la dejaba, arrastrando el calor del día, secando el sudor acumulado, el polvo, el humo de los coches que recorrían la ciudad a todas horas. Era inevitable que buenos y malos recuerdos se le fueran presentando, tímidos, y temerosos de despertar su tristeza, Ramira tenía el corazón delicado. No pues, aquella casa había visto demasiado. Agarró con delicadeza la baranda de metal cuya pintura se caía a pedazos. Se lo había pedido a Santiago hasta que se marchó. Y así quedó, desaliñada, ya la pintarán los nuevos, se dijo Ramira, mientras acariciaba el metal desvalido. Aquella tarde no había acudido a jugar cartas a donde Melany, como era costumbre.  Casi no le avisó, pero, en el último momento, le dio pena con ella y le dejó una nota con la muchacha, comprendería, se dijo. Mucha gente no comprendía; una pareja mayor, cristiana, cómo era posible. Y aun sabiéndolo, le había ido contando poquitico a poquitico a algunas amigas, y a amigos de su parroquia. Ramira y Santiago Giraldo se divorciaban.

Ramira se levantó lentamente y entró a la casa, apagó la música y se hizo el silencio.  Bajó las escaleras y se dirigió a la cocina. Había comprado un tentempié un par de calles más abajo del que pensaba hacer uso, le había entrado el hambre. La casa estaba a oscuras, pero ella no tenía miedo, la conocía palmo a palmo. Su olfato delicado parecía recoger los olores heredados de aquella cocina: sancochos de pescado fresco los domingos, que Santiago traía junto a Nicolás, el primogénito, después de jornadas intensivas de pesca en el río Pance; los huevos pericos del desayuno, la leche fresca de cena en las noches más calurosas, los frijoles, el mango, las fritadas, la carne, todo. Era como si sus papilas olfativas estuvieran revueltas y lo mezclaran todo, los sabores con los recuerdos. 

Calentó en una cazuelita el guiso, ya quedaban pocas, todas para tirar. Allí donde iba necesitaba bien poquito, un piso en el centro, con la mitad de la mitad de espacio, menos que limpiar, menos donde guardar. Tampoco echaría de menos los últimos meses. La casa no se pagaba sola, y el exmarido pagaba tarde y mal. Primero alquiló la casita de la muchacha, donde se habían engendrado los otros cinco. Un amigo de un amigo de Nicolás la ocupó por unos meses, un estudiante de la Universidad del Valle, educado, de buena familia, lamentablemente, otro marxista más, un joven echado a perder. Ay, Diosito. Ramira amaba a sus hijos, pero todos le habían hecho sufrir mucho en algún momento, y ella sabía ser una buena madre, penitente por los pecados ajenos. Nunca lo hubiera descrito así, con aquel vocabulario tan rudo, hasta que en una discusión con Luciana ella misma se lo expuso: había parido dos marxistas, dos guerrilleras, y un borracho. Los pecados de sus vástagos habían quedado expuestos sin piedad. De nada habían servido sus rosarios, sus velitas encendidas, sus padres nuestro y ave maría. Las ramificaciones de una familia cristiana en aquello solo podía ser un castigo por los pecados del padre. Sabía bien Dios que nada se le podía reprochar a Ramira.

El guiso estaba salado, y por cada bocado, bebía un sorbito de agua. El tic tac del reloj la puso nerviosa, aunque sonrió al recordar cómo Luciana y Patricia le habían insistido en que no pasara la noche sola; pero Ramira se mantuvo firme, y se sentía orgullosa. Dios, ella y la casa, no hacía falta más. Era el silencio lo que estaba llamando la melancolía a gritos, así que puso radio Colombia Vallenata, justo lo que necesitaba. En su boda se abusó del vallenato, cuyas letras pesarosas hacían vibrar los cuerpos al ritmo de la guacharaca.  Ramira se casó con 19 años, 18 menos que su entonces futuro marido. La boda fue todo lo sencilla que pudo ser; y su noche de bodas, corta.

Ramira acabó de comer y en seguida fue a limpiar el plato y los cubiertos que había utilizado. Era como si poco a poco se fuera desprendiendo de la casa. La intimidad se había roto. La casa ya no era hogar. Se sentaba en la silla, pero sin acomodarse. Comía sin estar tranquila.  Levantaba los pies de más al caminar sobre las baldosas blancas, como si no quisiera gastar el suelo.  Pero de poco servía, aquel suelo tenía memoria, y aún retumbaba al ritmo de la salsa, y de las rumbas que allí se habían celebrado. Cuando Santi fue ganando más y más con el negocio de la lotería, se habían mudado de una casa más pequeña, y las fiestas se habían hecho más numerosas, y se escatimaba cada vez menos en los gastos. Por los quince de Luisa Fernanda se trajo una orquesta que ya comenzaba a ser famosa, y que en la actualidad sonaba por todo el mundo. Luciana era la más bailarina, y siempre andaba con cualquier excusa para organizar algo, invitaba a las primas de Ramira y algún amigo relajado del papá, para ganarse el permiso. León, el más pequeño, fue el que siguió organizando rumbas cuando ya todos se habían ido, hasta que Nicolás, el único que quedó con autoridad, por hombre y por primogénito, le dijo basta.

La casa de Miraflores tenía tres plantas, jardín, y una casita para la empleada. La planta baja era en realidad un garaje que quedaba desnivelado, por algo se cantaba Cali es Cali y lo demás es loma. Por allí pasaron dos carros. El Chevrolet del 54, que paseaba el padre orgulloso, con los vástagos y la esposa apelotonados por los costados y por atrás. Y otro del que ya nadie se acordaba y que nunca pudo sustituir el estatus ni las emociones que despertaba el primero. La planta primera tenía el salón, la cocina, una segunda salita – para las mujeres, decía Santiago – y el único baño de toda la casa. Las habitaciones se encontraban todas en la segunda planta.

Eran los años 80, ya nada era igual en aquella casa, en la vida de Ramira, en Cali. La ciudad vivía acosada por el drama de la cocaína y la guerra. León había empezado a consumir. Primero fue la marihuana, pero enseguida, intrépido como era, probó aquel polvo blanco. Luisa Fernanda ya no estaba, en cuerpo, aunque Dios la tendría en su gloria. Desde su muerte, Ramira había rezado un extra diario, para asegurarse de que sus pecados serían perdonados. Había muerto a sus 33 años, la edad de Jesús. Y, aunque de esto su madre no estaba orgullosa, había sido de las pocas mujeres con cargo de oficial superior en El Eme o M19. Luciana se dedicaba a las artes, al teatro en aquel momento, y andaba por ahí disfrazada, pero más sonriente que nunca. Patricia, refugiada en París, ya solo daba lecciones telefónicas. Y Nicolás, ay, Nicolás, andaba por ahí organizándole la vida a la mamá divorciada, cuando el que más ayuda necesitaba era él mismo. Eran tiempos convulsos. Entre la sangre, y el polvo, quizás pasaba más desapercibido, pero eso del divorcio era más bien cosas de ricos ricos, o de raros. Ramira a veces se arrepentía, sin el apoyo de Luciana y Luisa Fernanda no hubiera sido posible. Quizás ellas pensaran que la habían empoderado, y que ya se sentía bien sola, podía vivir sin él. Pero no era así. Por un lado, estaba la vergüenza, Ramira sabía lo de los otros cinco, cocinados los sábados por la mañana, las madrugadas en las que sus propias sábanas se quedaban frías, engendrados y paridos a escondidas, como ratones que se iban apareciendo como si nada. Pero de esto los hijos no sabían. Por otro, los hijos, ya estaban mayores, menos León, pero León aguantaría, se decía Ramira, y en cualquier caso la casa ya no era hogar sino cuatro paredes. Para las mujeres de su edad, la casa lo era todo. El tamaño indicaba lo alto o bajo del salario del marido. La limpieza indicaba lo mismo, en base a la ratio de muchachas por hijo, pero también de la diligencia de la esposa. La decoración, las imágenes religiosas, algo decían de tu calidad cristiana. Y ahora se despedía, como si los últimos treinta años de convivencia entra la casa y ella se pudieran reducir a esa noche, cuando ya los vecinos dormían, los coches por fin callaban, la brisa se adormecía.

Ramira se alejó a oscuras de la cocina, no sabía muy bien hacia donde ir, podría ir al salón, pero allá no quedaba ni televisor, podría salir al jardín, pero no quería resfriarse, o irse directa a la cama, aunque no tenía sueño. Optó por lo último. Ya había pasado por todos los cuartos, había bendecido cada uno de ellos, para dejarlos igual de livianos que estaban cuando ella los estrenó, sin la pesadez de los inquilinos que los había ocupado en los últimos meses. Ya había limpiado. No quedaba nada por hacer. Su habitación de matrimonio poco había cambiado, Santi y ella habían sido poco extravagantes con la decoración del lecho conyugal, que habían compartido hasta que se fue de la casa.

Ramira se quitó su vestido poco a poco, frente al espejo. Tenía 64 años y aún se veía bonita. Siempre había sido una mujer elegante, con vestidos alegres y regios que se confeccionaba en el centro, con peinados vistosos, y joyas atrevidas. Las varices y la artritis la molestaban, pero su piel morena envejecía bien, y en la semi oscuridad de su habitación se sintió viva, como quien respira profundamente al borde de un precipicio. No estaba segura si era una mujer nueva, pero era una mujer menos mal acompañada. Escribiría más poesía que nunca, se decía, aprendería a tocar el acordeón, para así homenajear a Gardel, hasta se podría volver a enamorar. Quizás iría a París, y viajaría por Europa, pudiendo elegir a dónde ir, qué hacer, cuánto quedarse en cada sitio, sin tener que seguir el ritmo de Santiago, quizás más bien el ritmo de Patricia, pero seguro que era más considerada. Ramira se puso el camisón rosa que le había regalado sus hijos en las últimas navidades. Se metió poco a poco en la cama, para ir calentándola. Volvió a rezar, sí, de nuevo, para calmarse. Su corazón noble le había impedido enfadarse con Él por aquella perdida del hogar original, ya habría tiempo para rendirse cuentas.

A la seis de la mañana amanecía en Cali, aunque Ramira ya llevaba al menos una hora despierta. No había querido moverse, medio fingiendo que seguía dormida, y retrasando el momento de salir de la cama y enfrentarse al día. Ya no habría otra noche, la casa ya no era hogar, eran cuatro paredes de recuerdos que se llevaría su última dueña, dejando una nada a llenar por los siguientes. En la intimidad de su hogar Ramira había sufrido en silencio, ya no sabía cuánto quedaba de aquella Ramira y cuánto era una nueva.

Ramira murió en Europa a los 74 años. La casa sigue viva.


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