domingo, 7 de febrero de 2021

Rambla triste, de Mariana Enríquez

 

Rambla Triste

Sabiamente, a traición, esa ciudad se ocupa de vengarse.
    MANUEL DELGADO


    Era posible que la nariz tapada por el resfrío —siempre se pescaba algún virus en los aviones— le distorsionara el olfato; tenía que ser eso, pero cuando se sonaba con el pañuelo de papel y podía ingresar aire, el olor era todavía peor. No recordaba que Barcelona hubiera estado tan sucia, al menos no lo había notado en su primer viaje, unos cinco años atrás. Pero tenía que ser el resfrío, a lo mejor el moco estancado que apestaba, porque durante cuadras no olía nada en absoluto, y de pronto el olor atacaba, y le provocaba arcadas violentas. Olía igual que un perro muerto pudriéndose al costado de la ruta, como la carne pasada y olvidada en la heladera cuando se ponía morada color vino tinto. El olor se escondía y con sus ráfagas arruinaba las calles más bonitas, los pasajes pintorescos con la ropa colgando de balcón a balcón que no dejaba ver el cielo. Incluso llegaba hasta las Ramblas. Sofía se dedicó a observar a los turistas, para ver si fruncían la nariz como ella, pero no notó que ninguno se mostrara asqueado. A lo mejor era su imaginación, porque la ciudad ya no le gustaba. Los pasillos estrechos, que antes le habían parecido románticos, ahora le daban miedo; los bares habían perdido encanto, y le recordaban los de Buenos Aires, llenos de borrachos que gritaban o querían empezar conversaciones estúpidas; el calor, que antes le había resultado mediterráneo, seco y delicioso, ahora era agobiante. Pero no quería hablar de estas nuevas impresiones con sus amigos; no quería ser la turista porteña que marcaba con altanera superioridad los defectos de la ciudad paraíso.
    Quería irse.
    A lo mejor había sido por la chica.
    Cinco años atrás, la calle Escudellers estaba repleta de yonquis, de principio a fin, todos tirados en las veredas sobre su propia ropa mugrienta. Ahora ya no estaban ahí; expulsados seguramente por la policía, contravenciones, multas, además de los camiones que limpiaban la ciudad toda la noche, mojando cualquier lugar que pudiera ser usado para sentarse inocentemente a tomar una cerveza y comer un kebab . Había que caminar o entrar a los bares; la calle era solo para circular. Caminando por la ruta del Raval que conocía, evitó la inquietante Robadors —oscura y llena de ladrones, decía una leyenda, perpetuada por su nombre, que nadie se atrevía a desacreditar— y llegó a Marquès de Barberà, más amplia y luminosa. Una chica caminaba delante de ella, algo inestable, con el jean demasiado bajo y ajustado en las caderas de modo que el vientre hinchado sobresalía por debajo de la remera corta, un rollo de carne blancuzca con estrías que habría sido fácil de ocultar con una remera larga y ancha, pero seguramente a la chica no le importaba la estética. Estaban solas; era temprano, apenas las ocho de la noche, pero extrañamente la calle estaba vacía, ni siquiera los turistas del hostel que quedaba al lado del cibercafé habían salido a la calle.
    En un momento, la chica se dio vuelta, miró a Sofía a los ojos y dijo, con un acento catalán cerrado, pero en muy claro español: «No puedo más». Entonces se bajó los pantalones y defecó en la vereda, una diarrea explosiva, dolorosa, que le hizo fruncir la cara por el retortijón de los intestinos. Después, se dejó caer contra la pared. Por centímetros no se desvaneció sobre su propia mierda.
    Sofía trató de levantarla, le preguntó dónde vivía, si tenía un teléfono para llamar a alguien que viniera a buscarla; le preguntó qué le pasaba, qué había tomado. Pero la chica solo la miraba con ojos asustados, incapaz de hablar. El olor ya no era imaginario, y a Sofía se le humedecieron los ojos de tanto aguantar las arcadas. Diez minutos después llegaron dos policías y se llevaron a la chica; Sofía respondió a las preguntas de los oficiales y se quedó para comprobar que la trataran bien. Pero no se quedó a esperar que alguien limpiara la calle. Para desterrar el olor a mierda encendió un cigarrillo y casi corrió hasta la calle de la Cera, hacia el departamento de Julieta, donde iba a pasar esos diez días en Barcelona. Tenía llave y la usó: la entrada del edificio estaba siendo remodelada porque unos meses atrás se había incendiado; como la cerradura funcionaba mal, unos linyeras se habían metido a dormir y la fogata que encendieron para paliar el frío se descontroló. Por suerte Julieta no estaba en el departamento cuando el incendio, pero también había tenido sus problemas con el fuego; apenas un año atrás, en pleno invierno, terminó internada por intoxicación con monóxido de carbono porque la estufa del departamento no tenía salida al exterior.
    El lugar donde Julieta vivía no era en realidad un departamento: era una oficina que se alquilaba como vivienda, sin baño, apenas con un inodoro y lavatorio en el pasillo compartido, afuera. Pero era bastante grande para los estándares de Barcelona, barato, y como se trataba de un «ático», tenía un balcón-terraza que era fantástico en el verano. Sofía no sabía qué había venido a buscar Julieta a España, pero probablemente tampoco lo sabía Julieta. Ya llevaba ocho años ahí, haciendo cortos de animación y videos para quien la contratara. Cuando se aburría, se iba al paro. Se aburría seguido.
    Estaba preparando una ensalada cuando Sofía llegó. Julieta se había hecho vegetariana ni bien llegó a Europa, entre otras cosas porque su primera parada fue en una casa okupada donde comer carne era un pecado mayor. Al principio, abrazó el vegetarianismo de sus nuevos amigos con pasión militante. Cuando rompió con ellos, desilusionada, renegó de todo el estilo de vida okupa, salvo en el orden de la alimentación. A Sofía no le molestaba compartir la dieta de su anfitriona, y además siempre que quería bajaba a comprarse una riquísima shawarma de pollo o carne.
    Sofía se sentó en el sillón rojo que de noche se abría para transformarse en cama y le contó a su amiga sobre la chica y la diarrea. Julieta revolvió la ensalada y dijo que era normal en Barcelona.
    —No hay ciudad de España con más locos. En Madrid no hay tantos, en Zaragoza menos; mi hermano dice que en Sevilla tampoco. Es acá. Lleno de locos sueltos, yo no sé.
    Sirvió la ensalada en dos platos, se sentó a la mesa y explicó que, además, los locos salían por temporadas. La señora de las mil hebillas, por ejemplo, una mujer que llevaba tantos adornos en la cabeza que casi no se le veía el pelo, solo aparecía en verano. El loco de las rastas, un cincuentón que golpeaba las cortinas de hierro de los negocios cerrados con un palo, solamente aparecía por las fiestas, cerca de Navidad. Un ruido terrible, contaba Julieta; los golpes parecían disparos y a veces los turistas salían corriendo. Ella ya estaba acostumbrada, pero la primera vez que lo vio pensó que venía a atacarla, porque, además de golpear con su palo, gritaba. Y ya vas a conocer, le dijo, al viejo de acá a la vuelta: sale por turnos, a la tarde y a la mañana, y camina unos cincuenta metros ida y vuelta, a veces gritando, a veces rezongando en voz baja, siempre moviendo las manos como si tratara de convencer a alguien invisible de algo muy importante. La teoría de Julieta era que la familia lo sacaba para que paseara todos los días, harta de soportar sus quejas en el departamento que, si quedaba en la misma cuadra, debía ser muy pequeño. Lo raro era que Julieta nunca lo había visto salir de ninguna puerta; tenía que prestarle más atención, a lo mejor, esperar desde la vereda de enfrente para ubicar la casa, sobre todo para sacarse de encima una sensación rara que le provocaba el viejo loco, y no solo ese viejo loco en particular, sino todos los locos de Barcelona que se concentraban en el Raval.
    —Es como si…, es un delirio lo que te voy a decir. Pero bueno. A veces pienso que los locos no son personas, no son reales. Serían como encarnaciones de la locura de la ciudad, válvulas de escape. Si no estuvieran, nos matamos entre nosotros o nos morimos de estrés, o qué sé yo, nos cargamos a esos guardias urbanos hijos de puta que no te dejan sentarte en la escalera del Museo, en la plaza dels Àngels…, ¿te diste cuenta? Hacen razias los conchudos, acá le dicen «incivismo» a tomar una cerveza sentado en la vereda.
    —¡Desde hace poco! —se escuchó gritar desde el balcón.
    Era Daniel, el novio de Julieta, también argentino pero residente en Barcelona desde hacía doce años. Sofía no se había percatado de que estaba en casa. Daniel entró, se secó las manos en los pantalones y empezó su diatriba. Que cuando él llegó a Barcelona, la ciudad era la gloria. Mucho reviente, lo que quieras, pero tenía onda. Ahora era una ciudad policía.
    —Escuchá a este garca —dijo, y se puso a revolver entre una pila de diarios hasta encontrar La Vanguardia . Sofía se dio cuenta de que sus amigos hacían lo imposible por no hablar en «español». No le decían «piso» al departamento, ni calificaban algo de «chungo», ni hablaban de «mal rollo» ni se liaban ni mogollón. Antes, se acordaba, en su primera visita, le había causado gracia cuántos «guapa» y «venga» salían de la boca de la pareja. Ahora parecían haber borrado completamente todos los modismos locales, salvo alguno que se les escapaba. Seguramente era forzado; una especie de integrismo argentino, mezcla de nostalgia y genuino malestar.
    —Acá está —dijo Daniel triunfante, y se acomodó en la silla para leer:
    La plaza dels Àngels, con la llegada del buen tiempo, recupera la imagen de la Barcelona de hace dos veranos, cuando vivió bajo el estigma del incivismo. A partir de las nueve de la noche, numerosas botellas pueblan la rampa y las escaleras ubicadas frente al Macba, mientras un pequeño ejército de lateros pulula por la zona vendiendo latas de cerveza. El esfuerzo de los equipos de limpieza —más activos y eficientes que hace dos veranos— no consigue eliminar los montones de botellas, bolsas y restos de comida sobre el pavimento. Con el calor aumentan las ganas de disfrutar del aire libre. Acudir a una terraza para tomar una cerveza en compañía de los amigos después de trabajar parece apetecible, pero hay quien prefiere sentarse encima del cemento de la plaza dels Àngels, escenario de un botellón improvisado. Los jóvenes llegan antes de cenar con las bebidas que han adquirido en algún supermercado de la zona. Pero si las olvidan echan mano de los numerosos lateros, que ofrecen cervezas por tan solo un euro, precio mucho más bajo que si se la tomaran en cualquier bar de la zona.
    Un vendedor ambulante explicó a este diario que suele ganar aproximadamente 30 euros netos por noche. Entre lateros establecen sus horarios y zonas para no hacerse la competencia. Compran las latas a 70 céntimos y sacan 30 de ganancia vendiéndolas a un euro. Se la juegan, porque la ordenanza para la convivencia en el espacio público (ordenanza del civismo) prevé sanciones de hasta 500 euros por la venta no autorizada de alcohol, además de poder sufrir la pérdida de la mercancía aún no vendida. Se la juegan también los consumidores que les compran.
    —Así vivimos, con este periodismo botón y en el medio de toda esta mierda —resopló Daniel—. El otro día le pusieron una multa a un tipo que estaba tomando una Coca-Cola en una plaza. Le cobraron como doscientos euros porque no se quería levantar cuando iban a limpiar con la manguera. Se la pasan mojando. Ahora tampoco se puede fumar en los bares. Sí, ya sé que eso pasa en todo el mundo, pero un bar no es un lugar sano, santa Madre de Dios. Es para conspirar, para relajarse, para ponerse en pedo. Acá, nada. Los alquileres son de escándalo: quieren que vivan ricos en la ciudad, nada más. Es para los turistas. ¡Están limpiando los graffiti ! Había algunos que eran una belleza, ninguna otra ciudad del mundo tenía graffiti así. Pero andá a explicarles a estos brutos que es arte. Un carajo. Destrozan todo.
    —Un amigo nuestro fue preso porque hizo una pintada que decía: «Turistas, ustedes son los terroristas». Le dieron como cuatro meses. Pobrecito —contó Julieta—. No sabés las ganas que tenemos de ir para Madrid. Pero acá conseguimos trabajo. A mí esta ciudad me tiene harta. Ni salgo. Para amargarme, mejor me quedo en casa.
    Después de comer, fueron a pasear. La noche era hermosa, y la pareja quería que Sofía conociera los bares nuevos, que no existían cuando había visitado la ciudad por primera vez, y que descubriera los antiguos que no había visitado en aquel viaje. Así llegaron al Yasmine. Sofía trató de leer el cartel que aparentemente contaba la historia de la Madame Yasmine que bautizaba el lugar, pero las luces eran demasiado bajas, y ella no veía bien sin los anteojos. Le preguntó a Daniel, que solía conocer las viejas historias del Barrio Chino, pero no se acordaba. «Pero si le decían Madame debía ser puta», sentenció. Y después pidió que lo esperaran. Volvió al rato con Manuel, un amigo del barrio. Lo presentó como uno de los pocos catalanes con onda. Manuel llevaba rastas cortas y una remera a rayas negras y blancas. «Acá la amiga de Buenos Aires quiere escuchar las leyendas del Chino».
    —A ver en qué le puedo ser útil a la niña —sonrió Manuel. Estaba un poco borracho. Julieta explicó que trabajaba con ellos en montaje de sonido para los videos. Después le preguntó por Madame Yasmine, la mujer que daba nombre al bar. Manuel dijo que esa era una historia famosa. La Yasmine había nacido en el Chino, fines del diecinueve. Era hija de una vendedora de flores. Y, claro, era pobre y se hizo puta. El Chino era pura pestilencia entonces, y ella era madame de un burdel donde iban poetas y anarquistas. De un anarquista se enamoró, y le nació un hijo. Pero los franquistas lo mataron —al anarquista— y ella montó un fumadero de opio. El hijo se le murió decapitado por un carro en las Ramblas, dijo Manuel, y agregó que no sabía más detalles, lo que se conservaba en la leyenda es que un carro le había cortado la cabeza al chico, pero cómo, ni modo.
    —Ay, qué horror —dijo Julieta. Y Manuel siguió con que Yasmine se encerró en su casa y se puso a fumar opio y a vaciar botellas. Salía una vez por semana para ir de compras a la Boquería con un muñeco sin cabeza en brazos, y Manuel dijo que el cuello del muñeco estaba hecho de la piel de su hijo muerto.
    —Qué linda historia para terminar la noche —se rio Daniel, pero encendió un cigarrillo, un poco nervioso. La frase había sonado estúpida, incómoda.
    —El edificio donde vivía quedaba por aquí, por eso bautizaron este lugar Madame Yasmine. Pero lo derribaron para construir la Rambla del Raval.
    —La deprimente Rambla del Raval —dijo Daniel.
    —Tío, que por algo le dicen Rambla Triste. Dicen que el niño vaga por aquí todavía, sin cabeza, uno de los muchos niños fantasma de Barcelona…
    —Manuel, por favor, sabés que me hace mal —se enojó Julieta.
    Y entonces Manuel le sonrió a Sofía y le dijo:
    —¿Satisfecha? Tengo más historias, pero tendrás que tomarte un café conmigo, porque aquí la dama no soporta los cuentos de terror.
    Y después, sin esperar respuesta, le preguntó a Daniel por las fechas de las próximas reuniones para retocar un video en el que estaban trabajando y la conversación se desbandó hacia nombres que Sofía no conocía y desencuentros laborales que no le interesaban. Como Julieta también charlaba, pudo quedarse un rato en silencio casi sola, pensando en el cuello de piel muerta. De pronto el bar, con sus cócteles de diseño y ensaladas de dátiles, le pareció horrible y quiso irse. Pero esperó hasta que sus amigos comenzaran a bostezar.
    La noche siguiente, Sofía y Julieta salieron solas. Querían una noche de amigas. Daniel estaba encantado de dejarlas ir, así se podía quedar en el departamento viendo todos los capítulos atrasados de sus series favoritas. Prefería mirar la televisión a salir por la noche de Barcelona, decía, y parecía sincero.
    Cuando Julieta cerró la puerta del edificio, agarró a su amiga del brazo, muy fuerte. No quiero ir a La Concha a ver a las travestis, le dijo. Igual los shows ya no eran como antes, ahora los hacían para despedidas de soltera, y la mitad del tiempo se la pasaban saludando a las futuras casadas. Hasta iban chicos, niños. Era decadente, tristísimo. Ellas, que eran tan espléndidas y feroces antes, era deprimente verlas disfrazadas de Marisa Paredes, haciendo un espectáculo para todo público. No y no. Julieta quería ir a un bar. Quería hablar. Quería contarle cosas que nunca se habría atrevido a decirle ni en los mails ni en las cartas, ni en las escasas conversaciones telefónicas. «La pasé muy mal el año pasado», dijo, y empezó a llorar como lloraba ella, de repente y con lagrimones pesados, contenidos durante mucho tiempo. Sofía la arrastró hasta el primer bar que vio abierto y le ofreció sus pañuelos de papel; el olor flotaba estancado, constante, pero Julieta no parecía notarlo. No era el momento para preguntarle a su amiga si ella también lo percibía.
    Pidieron café. Ninguna de las dos quería tomar alcohol. Julieta pudo hablar cuando estuvo más tranquila. Se había vuelto loca, contó. A lo mejor de tanto pensar en los locos de Barcelona.
    —En esta ciudad siempre hay algún evento, alguna Bienal, alguna reunión de presidentes, los partidos del Barça. Y se llena de helicópteros, vuelan bajo, no sabés qué impresionante.
    Sofía asintió, podía imaginárselo.
    —Y el año pasado con Daniel teníamos ganas de… bueno, yo tenía ganas de quedar embarazada. Estaba muy loca, en serio. Ahora me parece un delirio, criar un hijo, qué desastre, sin dinero. Y además… eso después.
    Julieta miró hacia atrás, como si intuyera una presencia. Suspiró aliviada, y siguió hablando.
    —La cuestión es que el año pasado yo quería tener un hijo a toda costa. Pero cuando empezamos a probar se me ocurrió que los helicópteros venían a buscarme. Que volaban solamente para vigilarme a mí.
    —Ay, Julieta.
    —Ya sé, no me tenés que decir nada, estaba paranoica. Recién el mes pasado dejé de tomar los estabilizadores de humor. Los extraño un poco, pero tengo que aguantar. En fin: creía que me venían a buscar para llevarme a mí y al bebé para experimentos, un delirio ciencia ficción. O para robarme el bebé. Eran, cómo explicarlo, como un comando secuestraniños de la ciudad de Barcelona. Así de importante el tema. Daniel se enteró muy tarde. Trabajaba todo el día en esa época, ya no me acuerdo ni qué estaba haciendo, un video importante. Yo me escondía de los helicópteros debajo de la cama. O me hacía carpas con las sábanas. No quería salir a la calle. Daniel me encontró escondida una vez y, bueno, me llevó al psiquiatra. Se asustó mucho el pobre.
    —¿Quedaste embarazada?
    —No. Raro, porque no nos cuidamos como seis meses. A lo mejor alguno de los dos no puede tener hijos. Igual cuando empecé el tratamiento tuve que parar de intentarlo, porque las pastillas están contraindicadas con el embarazo. Además me di cuenta de que las ganas de tener hijos eran parte de la locura.
    Julieta le dio el último sorbo al café y bajó la voz.
    —No hay que tener hijos en Barcelona. ¿Viste lo que nos contó Manuel anoche? No hay que tener hijos acá.
    —¿Qué cosa?
    —¡Eso! ¿Te pensás que ese bebé de la Yasmine es el único nene así que anda por Barcelona? Manuel te lo dijo.
    Los ojos de Julieta estaban completamente opacos, y la sonrisa se le había congelado con una rigidez que estaba en el extremo opuesto de la alegría. Sofía pensó que su amiga seguía loca, que tenía que hablar con Daniel ni bien volvieran al departamento. Julieta le tomó la mano por encima de la mesa. Tenía los dedos fríos, y temblaba.
    —Vos ya te diste cuenta —le dijo.
    —De qué, Juli, por Dios.
    —Vos ya sentiste el olor. El olor de los chicos. Te vi frunciendo la nariz.
    Sofía tembló. Julieta le dijo que tenía que saber todo. Le contó que cuando Daniel y ella llegaron al Raval en 1997 el barrio estaba alteradísimo. La red de pedofilia más importante de Europa tenía uno de sus tentáculos principales ahí, y se hablaba de niños fotografiados en habitaciones, entregados por sus madres prostitutas, dejados en manos del pedófilo Xavier Tamarit Tamarit por mujeres pobres. Niños que los pedófilos iban a cazar a Plaza Negra. Se desmontó un asilo, no se sabía quiénes eran los niños; los curas y las monjas rompieron las fichas. Navajeros, estaban de cola, bandas de niños sin escolarizar. Uno de los niños apestaba, apestaba porque su propia y única ropa le servía de colchón. Ese chico anda por toda la ciudad, llena de olor la ciudad, para que no se olviden de él. Dicen que los asistentes sociales no le podían sacar la ropa porque la tenía pegada al cuerpo, por la mugre. Dicen que tenía piojos pero también gusanos blancos en el cuero cabelludo, y llagas debajo de los brazos, por la mugre; nunca lo habían bañado, un animalito, de miedo se hacía caca encima y no se limpiaba. Es el nene que más gente ve, el fantasma popular, el que te toca con sus manos negras, el que te deja la campera colgada de la silla en los bares llena de olor a carne muerta cuando la roza. Niños que se caían de balcones, dejados allí por madres yonquis. Que se colgaban las llaves del cuello a los tres, cuatro años. Que mataban a taxistas y morían de sobredosis, estaban de cola, iban solo por la pasta. Les dieron cuarenta mil pesetas para que dejaran los pisos. Era el barrio más poblado a nivel mundial, detrás de uno de Calcuta. Las casas se caían, no había luz, el que tenía cuarto de baño era un afortunado, no había agua corriente. Erradicar físicamente el Barrio Chino. Operación Illa Negra: calles Nou, Sant Ramon, Marquès de Barberà. Un graffiti decía «acumulando rabia». El caso del Raval fue una criminalización del movimiento vecinal por los responsables de la reforma de Ciutat Vella. Tamarit no es agresivo, mi exploración con el paciente demuestra que tiene capacidad de inhibición, justifica su pedofilia pero ha recibido tratamiento de castración química para bajar los niveles de su libido, disminución anatómica del tamaño del pene, retracción, fibrosis, estenosis uretral, varias operaciones .
    El caso había sido una emboscada, le explicó Julieta, un fraude. Se usó para echar a un montón de gente, para limpiar el barrio. Unos eran de un partido vecinal, otros de otro, no lo entendía muy bien, pero eran problemas de la Generalitat, de la Intendencia, argentinizó, para que Sofía entendiera. Un caso político.
    Pero nadie hablaba ya del caso del Raval. ¿Y por qué? Julieta lo sabía. Porque si se volvía a hablar, había que hablar de los chicos. No de los chicos violados, porque aparentemente no había habido chicos violados, puro chantaje. De los otros chicos. Los que no están vivos.
    —Hay uno que camina siempre por Tallers diciendo: «Lo juro por mis muertos». Yo pensé que era de verdad, al principio, pero no, porque siempre camina a la misma hora y no lo ve todo el mundo. Terrible guacho, esa es una calle preciosa, con todas las disquerías… A veces no me animo a ir. Además está fuera de su territorio, eso es el Gótico.
    —Nena, tendrías que…
    —No me trates de loca . En esta ciudad todo el mundo lo sabe y se hacen los idiotas. Pero vos ya te diste cuenta, te lo veo en la cara. ¿A cuál viste?
    Sofía miró la taza de café, ya helado. Después levantó la mirada, y recorrió las otras mesas. Dos altísimos escandinavos tomaban cerveza al lado, hablando un extraño idioma lleno de aes. En la máquina de cigarrillos, dos catalanes metían monedas en la ranura. En las paredes, anuncios de shows en el Sidecar, muestras en el Museo de Arte Contemporáneo. Los ingleses cimentaban su mala fama gritando por la calle, quizá cantando algún clásico que no podía distinguirse en las voces borrachas. Parecía normal, una ciudad con bares exclusivos, como aquel donde solo se servían jugos de fruta natural y licuados, con tiendas de ropa de diseño, con turistas maravillados por la arquitectura modernista y chicas que disfrutaban del mar en la Barceloneta. Sofía tenía miedo de estar sugestionada, de dejarse llevar por la paranoia de su amiga que venía a confirmar su incomodidad. ¿Y si la aprehensión tenía que ver nada más que con una antipatía profunda por la orgullosa Barcelona? ¿Si era una fobia de turista provinciana? Había decidido callarse cuando el olor le inundó la nariz como un picante, como menta fuerte, haciéndole llorar los ojos; un olor claramente palpable, negro, de cripta.
    —Yo no vi nada —dijo Sofía. Decía la verdad. Pero le creía. Creía que pronto iba a ver.
    Julieta pareció decepcionada, asustada. Pero su amiga la tranquilizó apretándole la mano, y continuó:
    —Pero olí. Huelo.
    Sofía tuvo arcadas. Las reprimió respirando hondo, y usó la servilleta para obturar, un poco, el olor.
    —¿Oliste dónde? —murmuró Julieta.
    —En todas partes. Ahora.
    —¿Sabés lo que hacen? No te dejan salir.
    —¿Qué cosa?
    —Los chicos no te dejan salir. No podemos irnos del Raval. Los chicos fueron infelices, no quieren que nadie se vaya, quieren hacerte sufrir. Te chupan. Cuando querés irte, te hacen perder el pasaporte. O perdés el avión. O choca el taxi que va al aeropuerto. O te ofrecen un trabajo al que no podés negarte porque es mucha plata. Son como esos duendes de los cuentos, los que cambian cosas de lugar en la casa a la noche, pero mucho peores. Todos los que dicen que no se quieren ir del Raval mienten. No pueden salir. Y aprenden a soportar todo.
    Sofía cerró los ojos. Creyó escuchar los pasos veloces de chicos corriendo descalzos por los departamentos reciclados del Raval, y se imaginó a un niño con su ropa mugrienta que le servía de colchón, tan enojado, tan infeliz. Casi pudo verle la boca sin dientes y la miseria vieja. No quería verlo de verdad, sentado en alguno de los umbrales de Escudellers, ocupando la vieja manta de un yonqui. No quería ver la ronda nocturna que armaba con sus amigos en Plaza Negra.
    —Te vas mañana —le dijo Julieta, ahora seria, y protectora—. Cambiamos el pasaje. Yo te ayudo. Vos estás de visita. A los visitantes no los pueden atrapar.
    Y después, siguiendo las luces de un helicóptero que atravesaba el cielo, hacia el norte, murmuró:
    —Volvé a casa. Dejanos solos. Y no te preocupes. Nos vamos a escapar algún día. Pronto.

martes, 2 de febrero de 2021

viernes, 29 de enero de 2021

Once letras

 

    En mi pecho, el reloj de sangre mide el temeroso tiempo de la espera.

Jorge Luis Borges

No me esperes - me dijo Laura, poco antes de que las puertas del Caledonian Sleeper se cerraran a las 23 horas 04 minutos. Había comprado un sándwich de jamón con mayonesa y mostaza, unas chocolatinas y una Coca-Cola en el Tesco Express de al lado de la estación central; tenía ocho horas de viaje por delante. Lo intenté, pero no pude recordar el número de veces que había hecho aquel trayecto. Debían de haber renovado el tren recientemente ya que las paredes y los asientos aún tenían olor a nuevo. Por suerte, ahora incluía cargadores USB donde conecté mi teléfono nada más sentarme. Escribí y borré más de cincuenta veces las primeras líneas de un mensaje que no le llegué a enviar. No se me daba muy bien expresar mis sentimientos, y menos por escrito.

Mi primera vez en Glasgow no tuvo nada que ver con ella. Fue en el verano de 2007, mientras trabajaba de camarera en un Holiday Inn en la campiña inglesa. Nunca había ganado tanto dinero, y lo (mal)gastaba todo en sushi y viajes en los pocos fines de semana que me quedaban libres. Desde el primer instante, me sentí como en casa en aquella ciudad tan tristona, desconocida en comparación con su vecina, Edimburgo: la ciudad de los castillos, los empedrados y la magia. Quizás, eran los camareros, que se bebían tan alegremente los tragos a los que les invitaban los clientes más fieles, como en el D.F.; o aquella vibra tan liberal de unos, y campechana – por no decir, pueblerina – de otros, que solo había sentido en Berlín, la ciudad que me vio besar a una mujer en público por primera vez.  En esta visita - ¿la última? -, la ciudad me daba una despedida fría y acelerada.

Eran las 3h 17 minutos. La parte baja de la espalda me dolía por mi postura imposible, el aire acondicionado estaba al máximo, y no sentía los pies. Lamenté no haberme comprado el billete en la cabina con litera, solo hubiera costado veinticinco libras más, pero yo, pobre y pendeja, no me lo podía permitir.  A las 4h33 conseguí dormirme.

Conocí a Laura en una fiesta de Halloween para lesbianas de color en el Soho. Ella recién empezaba su doctorado en sociología, y como yo, exploraba la capital con ojos ávidos y bragueta ligera. La tensión sexual fue inmediata, el que fuéramos las únicas en nuestros círculos que hablaran español facilitó la creación de una canal de comunicación intransferible, e impenetrable por nuestra amigas haitianas, portuguesas y caribeñas. Nos besamos sudorosas en medio de la pista de baile, la arrastré al baño y la toqueteé toda, hasta que me dijo que se tenía que ir o perdería su último tren. Llegué a Londres a las 7h07.

El metro de la capital provoca en los usuarios asiduos una serie de automatismos que no llevan a error, pim, pam, pum: tres libras menos en mi ya famélica cuenta bancaria. Me dejé llevar por el tumulto matutino, olvidándome de mi boca, que pedía a gritos un poco de agua, y del sándwich aplastado que empezaba a manchar mis bolsillos.  Al menos había conseguido no llorar en el trayecto, y así ahorrarles un espectáculo a mis no-compatriotas, pasajeros del tren.

Como de costumbre no libraba los lunes después de visitarla, e iba directa a trabajar tras mi viaje nocturno; arrepintiéndome cuando mi jefe me miraba con recelo al tomarme el tercer americano. Trabajaba por las mañanas en un café en Brixton. Lady B era uno de los nuevos sitios hípsters del barrio que gritaba gentrificación. Aquellos lunes de infierno, mis compañeros solían cubrirme para escapar antes de que mi turno acabara. Roberto, italiano de 39 años, se dedicó a liarme un cigarrillo tras otro en los descansos - mamma mia -, repetía a cada poco, conforme le iba contando detalles de los sucesos del fin de semana. Mentiría si dijera que me pilló por sorpresa. Laura y yo llevábamos saliendo tres años, dos de los cuales habíamos estado a distancia, ella en Glasgow y yo en Londres, esperando a que alguna se decidiera por fin a mudarse, y claramente esa era yo: la pluriempleada, mal pagada; ¿qué más me podía ofrecer Londres? Me preguntaba Laura cuando caíamos en la tentación de analizar el porqué de nuestro presente en pausa. Las rupturas no eran, desde luego, un lugar bonito. Sentía que ya había pasado por eso antes, pero se me había olvidado de alguna forma, qué sabia es la mente.

En los siguientes días, repetí aquellas once letras en mi cabeza una y otra vez. No me esperes ¿Acaso la dejada, en este caso yo, tenía opción de esperarla? ¿Era una espera física, psicológica, total? Yo, Jimena Sánchez de los Santos, nunca había esperado a nadie. Me sentía, como una Mrs. Potato a la que le quitaban las piernecitas, y la dejaban sentada sin chance de salir corriendo. Es curioso el poder de las palabras, a veces pueden sentenciarte, y yo me revolvía ante esa sentencia injusta. Ni quería esperarla, ni quería no esperarla, en cualquier caso, era un imperativo odioso, ya que la decisión la tenía que tomar yo solita.

Era otoño, y a parte de las botas y las cazadoras de cuero, los bares en Brixton se llenaban de músicos, groupies, fanáticos y amateurs. Aquel viernes tocaban “Ese & The Vooduu People” en el Rebel Inn, un bar a veinte minutos de mi casa. Habían pasado cuatro días desde que Laura me había dejado. Me pagarían por tomar fotos de aquella banda del sur de Londres, luego tendría que seleccionarlas, retocarlas y subirlas a su página web; cincuenta libras, no estaba mal. Era camarera por las mañanas, y fotógrafa por las noches.

En realidad, mis dos trabajos se parecían mucho, eran coreográficos: mi cuerpo se deslizaba y contorsionaba entre las mesas y la gente. Había cierto juego de seducción, los hombres solían entrarme, yo solía entrar a las mujeres. Aquella noche llevaba mis medias de rejilla y una minifalda de cuero negro, de segunda mano. La camiseta de los Ramones estaba rota por los costados, dejando ver las tiras de mi único sujetador de encaje - la mayoría de las veces simplemente no llevaba-. El sonido de los acordes del guitarrista me erizó la piel. Mientras la música sonaba, cámara en mano, me acercaba y alejaba del escenario, encuadrando la foto, con la vista fija en la pantalla. Clic. Clic. Me balanceaba siguiendo el compás. Noté algunas miradas de interés, quizás mi atuendo estaba teniendo el resultado esperado; aunque otras eran de fastidio, cuando les tapaba la vista sobre la maravillosa Ese. Su piel negra brillaba en contraste con la camisola blanca y arrugada que le llegaba hasta el cuello, llevaba unos pendientes de hojalata con forma de ancla, la correa con la que sujetaba su guitarra tenía un estampado de cebra. Podría intentar seducirla.

Laura odiaba aquellos estampados de animal print. Mi estómago se retorció. Salí un momento al patio trasero, y me fumé un cigarro; miré el móvil, no me había escrito desde el suceso, ni siquiera para saber si había llegado bien al trabajo, como solía hacer. Aquella noche me tomé un Diazepam. Mi compañero de piso, Carlitos, un peruano medio dealer, me había dado sus últimas pastillas contra la ansiedad, era un tesoro.

Mi relación con Londres había sido de amor-odio. Tras mi primera incursión para aprender inglés, llegué triunfante con una beca del gobierno, dinero de mis papás en los bolsillos y ganas de cambiar el mundo. No sabía cómo lo haría exactamente, pero quería contar historias, y las imágenes me ayudarían a ello. Me gradué de un máster en Comunicación, con honores, pero mi inglés mediocre, y mi acento latino demasiado obvio, e incorregible, no ayudaban. Una mujer de Bermudas, Denise, me ofreció trabajo en su galería de arte. La conocí a través de unas amigas activistas, y aunque ninguna de las dos pensábamos que aquello funcionaría, nos necesitábamos con urgencia. Su talento descomunal y olfato artístico habían sido ignorados durante veinte años, lo que me producía escalofríos, pero su oportunidad había llegado y había abierto las puertas de una pequeña galería para apoyar a artistas de color e inmigrantes; “las miradas ignoradas”, había escrito un dominical con razón de la inauguración. Los turnos se alargaban fácilmente diez de horas. Por suerte, los jueves, viernes, y sábados, tras cerrar las puertas, nos servíamos un par de vasos de buen ron caribeño, que a veces Denise aliñaba con ingredientes secretos que guardaba en un rincón de la cocinilla, en la parte trasera de la galería. Nos sentábamos en el banco de madera roída que quedaba en la entrada, contándonos la vida, fue de las primeras personas a las que hablé de Laura. A los seis meses, sin embargo, Denise me dijo que la situación económica no le permitía mantener mi sueldo así que mudé con Laura, dejando mi preciado piso de estudiante, y aun sabiendo que pronto se marcharía a seguir su doctorado en la Glasgow Caledonian University. En retrospectiva, todo se torció.

La última vez que la había visitado – antes del suceso - había sido bonito, esos románticos últimos días de verano. La lluvia nos acompañó durante todo el fin de semana, sorpresa. El sábado visitamos con unos amigos de Laura el campamento de paz de Faslane, a unos veinticinco kilómetros de Glasgow, al lado de una base naval donde se custodiaban armas nucleares, y que activistas de todo el mundo habían ocupado intermitentemente desde 1982. Dan, un chico local que había organizado la excursión había participado en las protestas pacifistas en la región desde que tenía uso de razón; conocía a Ruth, la más veterana – y única en aquel momento - de los habitantes del campamento que no era más que un montón de chatarra. Autobuses, tractores, coches con colchones podridos dentro, casetas de madera pintadas de colores, y una zona común con una cocina básica.  La única fuente de calor en todo el complejo era una estufa de hierro, del siglo pasado, probablemente. Ruth nos recibió en la entrada, justo a un metro de la carretera, lo que hacía que parar con el autobús allí fuera extremadamente peligroso. Llevaba dos chaquetas - hacía mucha humedad -, y unos calcetines gordos con chanclas. Su pelo blanco y grasiento se escondía debajo de un gorrito marrón y unas gafas empañadas.  Nos guio hasta la zona común, donde nos estuvo contando cómo era su vida allí, mientras Sean, un chico pelirrojo y tímido de Inverness, que la visitaba cada poco tiempo, nos preparaba un té.

Tengo que admitir que, a pesar de lo honorable de la lucha, me sentí intimidada por las condiciones en las que vivía aquella mujer. Incluso las inmigrantes pobres de las barriadas londinenses apreciábamos una cama limpia y una calefacción centralizada. Miré a Laura fijamente mientras ésta escuchaba los últimos escándalos de la carrera armamentística del gobierno británico; cuando se concentraba fruncía el ceño y se mordía el labio inferior. Llevaba su melena oscura recogida en una coleta baja, sus ojos negros estaban despiertos, se notaba que le gustaba estar allí. Ruth esperaba que, con su presencia, jóvenes de todo el mundo siguieran peregrinando al campamento, y así revitalizar la lucha pacifista. Yo creo que se había vuelto un poco loca, aunque la policía la vigilaba, la dejaban pasearse por los alrededores de la base con total libertad. Laura esperaba acabar su doctorado el año próximo, sería libre de ir a donde quisiera, habíamos hablado de Senegal e incluso de Asia, por fin estaríamos juntas en el mismo lugar. Aquel fin de semana, nuestro último como pareja, follamos durante todo el domingo. Por la mañana, en su cocina, mientras el café salía poco a poco. Chup. Chup. En la ducha. En su cama, y en el sofá. Benditos domingos, compartidos.

Los domingos que no compartíamos, solía trabajar para ganarme unas horas aquí y allá, y canjearlas más adelante.  Si no, probablemente, me pasaba la mañana durmiendo. Tuviera o no resaca, siempre me levantaba sobre las 12 h30, me hacía unos huevos con unas tostas de pan de molde – oh dios mío - ya ni hacía el esfuerzo de hacer mis huevos rancheros. Siempre me arrepentía de fumar de más, la flema se posaba en mi garganta y no me dejaba durante un par de días. A veces, me adentraba en el mundo tenebroso de los portales online de trabajo, y exorcizaba mi CV antes de darle a enviar. Tenía veintisiete años, cuando muchos a mi edad se quitaban la vida, yo sentía que no había empezado a vivirla. Me la pasaba esperando una próxima oportunidad, un evento próximo, una futura visita, pero ¿qué pinche vida era ésta?

Algún domingo de los que libraba, hacía Skype con mi mamá. Pocos meses atrás había salido del armario, y le había presentado a Laura. Ja. Justo a tiempo. Lo mío – mi sexualidad - había sido algo fluido, aunque siempre me rodeé de lesbianas, alguna vez había probado varón. Ja.

El domingo después del suceso, mi mamá no me llamó. Mi hermano andaba en problemas, aun no sabíamos de qué tipo. Aquel drama familiar disfrazaba mi drama personal, pero no aguanté más, y a los 7 días, 2 horas y 35 minutos de que las puertas del Calendonian Sleeper se cerraran, le confesé, en medio de un ataque feroz de insomnio, que estaba sola. Muchos amigos me habían felicitado: uf, qué bien, te libraste de esa doctora; era una soberbia, ahora eres libre de hacer lo que te dé la gana; ya no tendrás que gastarte una libra más en trenes mi Jime, J, Xi, tenían mil maneras de llamarme. Lo cierto es que estaba perdida. Los cimientos de mi vida se basaban en la espera de un futuro trabajo que no llegaba, de una vida en pareja que ya no iba a tener, y de una estabilidad emocional que no hacía nada por alcanzar. Era una enferma del futuro, con un pasado que ya no me interesaba, y un presente del que no era consciente. Aquella noche Laura tampoco me escribió.

***

Abrí los ojos en cuanto los primeros tonos de mi alarma sonaron. Los nervios no me habían dejado dormir, llevaba cuarenta días sin verla. Encendí la radio, pero enseguida cambié a Spotify, los ingleses amaban la música de los 70s los sábados por la mañana, yo no la soportaba. Cuando visitaba a Laura, sacaba mi latinidad, no es que en mi día a día la escondiera, pero lo cierto era que aparte de ella y Carlos no hablaba español con nadie más. Me apetecía escuchar una cumbia con tintes electrónicos, me ponía de buen humor. Me miré al espejo, de cerca, mis cejas estaban hechas un desastre, mi piel mulata se veía seca y descuidada, el año que viene me cuidaría más, me dije. Normalmente hubiera viajado el viernes por la noche, un jueves con suerte, pero Laura estaba ocupada escribiendo un artículo que tenía que presentar en una conferencia. Bueno, en realidad, ya habíamos acordado “hablar” de “nuestra relación”, por lo que aquello, pensaría más adelante, era una sentencia de muerte. En la duración del trayecto que separaba la capital de la periferia solía dormir, escuchar música o leer algún libro. En aquel momento, me estaba leyendo un libro de Lucía Berlín, una mujer reloca pero maravillosa, alcohólica, sufridora. Era un libro deprimente, pero vivo, la tipa me daba un poco de envidia, para bien o para mal vivía todo con intensidad, y no creo que supiera lo que era esperar, aunque solo fuera porque estaba etílica. Envié un mensaje a Laura a mitad de camino - ya llego- le escribí junto a un Emoji.

De manera excepcional, Laura me estaba esperando en la estación, la vi más delgada, nerviosa, más bonita de lo normal – me tendría que haber depilado las cejas, mierda-. Nuestros primeros besos fueron tentativos, hasta que yo la paré y la abracé con fuerza, como de despedida. Fuimos a comer a un restaurante vegano, paseamos por el centro, entramos en el Centro de Arte Contemporáneo, mi sitio favorito de Glasgow, y bebimos cerveza hasta que no nos apeteció beber más. Caminamos en silencio, cogidas de la mano, por aquellas calles húmedas y grises. Nos cruzamos con un par de corredores, que enfrentaban la bajada de temperaturas con una malla corta y una camiseta de promoción – sangre fría la de los escoceses.

Llegamos a casa, la calefacción estaba encendida. La regla número uno de las relaciones a distancia era tener sexo en los días compartidos, a veces se sentía una obligación, mentira, recientemente se sentía una obligación, así que cuando llevaba diez minutos entre sus piernas, sabía perfectamente que no le iba a hacer venirse. Dormimos abrazadas, pero un manto de pesadumbre se cernía sobre nuestros cuerpos, la noté insomne, pero me hice la dormida.

En la madrugada, por fin, me lo dijo: No quiero más. Yo solo lloré. En la mañana, me hizo el desayuno, peló un mango y un plátano, los mezclo con kéfir y añadió unos cereales con virutas de chocolate. Mis lágrimas caían solas mientras me esforzaba por tomar una cucharada tras otra. Sentí que me había quedado muda. Aproveché mientras Laura fregaba los platos y ponía una lavadora, y miré el móvil: Roberto me había escrito para explicarme los doscientos WhatsApp del chat del Lady B, una compañera había renunciado, levantando una polvareda a su marcha. Martina, una italiana muy linda con la que me escribía de vez en cuando, me había comentado una de las fotos que había subido de un concierto en Facebook. Le di a me gusta. Mi mamá me había enviado una foto del amanecer desde la terraza de la ciudad que me vio nacer. No le respondí. Entre lloros y silencios, casi pierdo el tren. Laura me acompañó, corrimos calle abajo Hope Street, ja, entré en Tesco y me compré un kit de supervivencia. Me acompañó a la puerta del tren, allí no había ni puesto de seguridad, ni guardias checando, aquella ciudad no podía ser más provinciana. Jime, no me esperes, me dijo. Yo no sabía que no sabía hacer otra cosa.

FIN


domingo, 24 de enero de 2021

Vita Suite –sinfonía de una noche de verano–

 


“Vita Suite” 

–sinfonía de una noche de verano– 

Por Vicen Tormo © 2021




Celia tenía dieciséis y salía todas las putas noches en verano. Lo de putas en sentido cuantitativo, como diría la mismísima Celia, en plan, sin saltarse ni una sola. Dicho esto, de lo que Celia hacía gala y reafirmaba su calidad de festera número uno, me referiré a quienes formaban su séquito. Salía con sus amigas, Best Friends Ever, las autodenominadas Perritas. Se habían tatuado la expresión en los antebrazos. Sus amigas eran esa especie de aspirantes a ministras cuyo objetivo era vivir sin pegar palo al agua pero con diversión, por supuesto. Eran un ejemplo de “ninis”, ni estudiaban ni tenían un trabajo. Enrique, su padre, las llamaba “minis” por lo de la vocación de ministra. Aquella noche no fue una excepción y Celia volvió a pedirle a su padre lo habitual cada tres o cuatro días.

–¿papá puedes llevarnos? Venga, por favor–preguntó a su padre con voz angelical y envuelta en dos toallas recién salida de la ducha–los otros padres no pueden hoy–añadió

–¿con quién vas?–preguntó él desde el salón con voz enérgica.

–pues con mis amigas ¿con quién va a ser?–respondió ella.

–no quiero sorpresas, ¿entendido?–preguntó él retóricamente. Siempre había sorpresas.

–Ah y necesito cincuenta euros, le debo dinero a Tiza Roja–soltó Celia a quemarropa.

–¿Qué?, pero si ya te di tu paga, no me digas que te la has gastado–replicó el padre con sorpresa.

–te lo devolveré, te lo juro–explicó ella con poca credibilidad. Volvió a sonar su vocecita de no haber matado una mosca en la vida.

–¿quién coño es Tiza Roja?–preguntó el padre sulfurado.

–Un colega de Lorraine, de Mislata también, toca la trompeta ¿sabes?, tranquilo es un buen tío–mintió ella.

      

       Para empezar: la trompeta no era suya. Este “buen tío” había pasado una noche por el bar del centro musical de su pueblo para pedir unas litronas. Sobre las sillas que estaban junto a la puerta se amontonaban varios estuches de instrumentos. Los músicos de la banda de Mislata tenían ensayo. El bueno de Tiza Roja cambió de idea y en lugar de conseguir las cervezas agarró uno de los estuches como si fuera el suyo propio y se lo llevó directamente a casa con la naturalidad de un experimentado ladrón. Al abrirlo vio que en su interior había un bonito objeto plateado. En realidad no distinguía un saxo de un clarinete y por supuesto que no sabía lo que había robado. Buscó imágenes de instrumentos musicales en su móvil–hasta ahí llegaba su intuición– y descubrió la foto de un tipo negro tocando uno de esos. La foto era de Freddie Hubbard. En la portada del disco ponía Red Chalk. Lo puso en el traductor y obtuvo su nuevo nick sin el permiso de Freddie claro. Desde entonces se hizo llamar Tiza Roja y empezó a intentar hacer sonar aquella trompeta ajena. 


      Celia llamó a Lorraine. Lorraine era la mejor amiga de Celia y una grandísima irresponsable. Digamos que estaba pasando por una fase de furor que le impedía decir no a cualquier desconocido que quisiera follársela. Así, algunas noches, lo había hecho varias veces con distintos tíos. Un día incluso amaneció en el piso de un tipo de Benimámet al que por supuesto no había visto en la vida. Se asustó bastante. No lo suficiente como para dejar sus hábitos o colgarlos. La de monja no era su vocación. Quedaron pronto para ir a pillar alcohol barato, iban cortas de pasta y ninguna de sus abnegadas madres les había suministrado provisiones de calidad. Algunas madres hacían esto compraban personalmente el vodka y la ginebra prémium a sus hijas, pensaban que así por lo menos lo que fueran a ingerir sería de calidad óptima para sus delicados estómaguitos. Enrique siempre se negó a esta práctica. Simplemente no podía evitar que fueran de botellón. Que se apañaran. 

 

       Padre, hija y “minis” quedaron a las doce de la noche. Él sacó el coche del garaje. Fuera le esperaba el grupo. Parecían salidas de la película The Vampire Lovers de Roy Ward Baker. Esa noche se habían puesto de acuerdo y vestían de blanco como las vampiresas del largometraje de terror erótico. Buscad las imágenes en google.

Enrique se sabía el camino a la Joy, también conocida como Oh! Valencia, de memoria. Un antro en el sentido más cutre de la palabra. 

–Déjame que ponga yo la música papá, por favor, por favor, que queremos ir calentando motores en el coche, no nos cortes el rollo-insistió Celia desde el asiento del copiloto.

–Lo siento, la música la pongo yo, ¿no os gusta Bitter Sweet Symphony? Seguro que no sabéis ni quién es Richard Ashcroft, menuda panda de indocumentadas–replicó él llenándose la boca.

Llegaron en cuestión de quince o veinte minutos. Lo que duraron tres canciones de The Verve que sonaron directamente de Spotify

Hasta la una de la mañana no querían entrar. La estampa de la rotonda que daba acceso a la discoteca en el polígono industrial de Albal era también de terror. Un mar de adolescentes armados con botellas de alcohol. El desfile de coches de padres dejando a sus hijas era incesante. El desfile lo completaban taxis y algún que otro autobús que hacía el servicio de lanzadera desde el centro de Valencia. También había coches ya aparcados con las ventanillas bajadas y la música a toda ostia. La mezcla de las canciones de reguetón, en el mejor de los casos, y de trap le daba una cariz apocalíptico al párquin. Como un gran hormiguero desorganizado–sin ánimo de faltar al respeto a las hormigas en la comparación–se hacinaban en supuestas colas de entrada al edificio.

–Déjanos aquí papá–indicó Celia

–Quedamos a las cuatro–aclaró el padre

–Ni de coña papá, te vienes a las seis, cierran a esa hora así que nos esperas aquí, en este mismo sitio, ¿vale papi? Te quiero–le soltó la retahíla 

Se apearon todas del coche. Se despidieron  muy amablemente. 

–Gracias Quique–dijeron a coro

Enrique llamó a su mujer con su teléfono móvil y le dijo que se iba a tomar una copa con Momparler a su apartamento de la playa, que no le esperase despierta. Ella le insistió en que no bebiera ni fumara y él la tranquilizó. 

      Era la noche de San Juan y el amigo de Enrique le había dicho que se pasara un rato por allí que habría fiesta. Enrique llamó a Momparler a continuación y le dijo que si le preguntaban algo que había estado con él toda la noche. 

–¿Vale hermano? –le dijo en sentido figurado, en la realidad no eran hermanos. Solo putativos. Le entendió perfectamente. Enrique dio media vuelta al coche y se dirigió a casa de Desiré.


Tiza Roja solía envolver la farlopa que pasaba en papel de color rojo. Era ese tipo de papel de estraza que se usa para envolver regalos y por lo visto formaba parte de su márquetin al hacer la entrega de las dosis que le encargaban. En la Joy tenía muchas clientas. Se cuidaba mucho de vender exclusivamente a chicas. Ya había tenido más de un susto con algunos tíos que querían partirle las piernas y pensó que ninguna chica sería tan fuerte como para rompérselas.

–Tengo lo tuyo–apareció el mensaje de Tiza Roja en el WhatsApp de Celia

–¿Dónde estas tío? Aquí hay un lío de peña que flipas–preguntó ella

–Sal al párquin, por la parte lateral de la Joy, tengo el coche aquí, así no nos puede ver la madera, te espero dentro–le contestó Tiza Roja

–Vale, voy a ponerme el cuño, pero que sepas que me va a costar diez euros, son unos hijos de puta, te cobran por salir y volver a entrar.

–Lo sé no te preocupes.

Lorraine y las otras dos vampiresas ya estaban de lío y Celia no pudo dar con ellas antes de salir.

–Tías, estoy en el párquin, he quedado con Tiza Roja, no os vayáis sin decirme nada, ¿ok? Esperadme dentro, vuelvo en seguida–escribió en el WhatsApp del grupo “las perritas”.

No obtuvo respuesta.


Desiré vivía en Silla y era fotógrafa. Hacía trabajos en bodas y comuniones. Enrique la conoció por casualidad en una de esas últimas, la cena de comunión de una de las amigas de Celia. Tenían algún amigo común que los presentó. Él le pidió su número por si necesitaba un reportaje del bufete de abogados para el que trabajaba en Valencia. Así fue como iniciaron su relación. Al poco tiempo se estábamos acostando de manera esporádica y sin compromiso alguno. 

      Esa noche habían quedado. Su franja de tiempo era limitada hasta el cierre de la Joy así que cuando llegó a su casa apenas disponía de tres horas. Le sirvió un Cutty Sark con vichy catalan  y mucho hielo. A ella no le gustaba beber. Prefería un buen canuto de maría y una Heineken

–Hoy me ha dejado colgada mi novio ¿sabes? –le confesó

–¿y cómo ha sido eso?–preguntó Enrique sin mucho interés

–el muy cabrón me ha dicho que tenía una fiesta de San Juan en la playa con sus amigos y que sólo iban tíos–le contó con algo de enfado

–Puede que luego te llame–le dijo

–¡Qué va! Seguro que se buscará algo con sus amigotes, algo de pago

–Joder, cómo está el nivel de los jóvenes, en mi época había más seducción y flirteo hasta que caía algo. Ahora no hay espera–se atrevió a sentenciar Enrique

Se desnudaron e hicieron el amor apasionadamente.

Mientras tanto Celia no contestaba ni a las llamadas ni a los whatsapps de Virginia, su madre.  

Como madre era de las sufridoras en casa. Cuando salía la hija, la hija única, no podía conciliar el sueño hasta su regreso. Siempre pensaba que le habría podido pasar lo peor. 

          Entonces sonó el móvil de Enrique.

–¿Puedes estar pendiente por favor? A ver si se emborracha y se queda por ahí tirada, o le hacen algo–dijo Virginia por teléfono 

–Todo está bien, no te preocupes, estoy aquí con Momparler, llevo el móvil cargado y ahora luego la llamo–intentó tranquilizarla él.

–No sé cómo puedes mantenerte impasible, desde luego que no estamos hechos de la misma pasta. No puedo dormir ¿sabes? Le he llamado y no me lo coge. Le he escrito varios mensajes y tampoco me contesta. ¿Qué pasa que te da igual esto? Eres un padre ausente ¿sabes? No te importa nuestra hija, pasas de todo y sólo te importa tu oficina y tus amigotes. Eres un puto egoísta. Me tienes harta ya. Luego te llamo otra vez–le soltó Virginia de un tirón, sin dejarle hablar y con el ímpetu de un tifón.

–Yo también te quiero cariño–le dijo él y colgó

Después de vestirse, Desiré le sirvió otro whisky y él intentó liarle un porro que salió bastante torcido.

–Ja, ja, ja ese porro me recuerda a una cosita que me gusta mucho- se rió escandalosamente.

–Ya te vale, pues ahora te lo haces tu solita–le contestó él

Al llegar al párquin Celia localizó el coche de Tiza Roja, abrió la puerta como si entrara en su habitación de casa y se aposentó en la parte delantera derecha. La música estaba muy alta.

–¿Qué estas escuchando, tío?–le preguntó ella

–Es Freddie, nana, mi nuevo ídolo, ni Bad Bunny ni ostias, Freddie Hubbard–le replicó–trompetista de jazz, un master 

–Me vas a decir que ahora te has aficionado al jazz, ya te vale

–Estoy aprendiendo a tocar la trompeta, se me da de puta madre. Ya sé tocar la escala de do, me pongo tutoriales de youtube ¿sabes Celín?

–No me llames así, por qué me dices Celín, tío, ni se te ocurra, ¿tienes eso?

–Te invito yo, pinto dos, una para cada uno

–Guay

Tiza Roja sacó su tubito metálico dorado y lo dejó en la bandeja de la guantera. Tenía también un vaso de cubata con vodka con limón y una tablilla como las que se usan para poner el sushi, de pizarra negra. Sobre ella colocó la cocaína.

–¿Has traído la pasta de lo del otro día?–preguntó Tiza roja

–Sí pesado, sí, aquí tienes tus cincuenta pavos–contestó Celia y le entregó un billete de los grandes.

Tiza Roja preparó las rayas. Celia cogió torpemente el tubito y esnifó media. Luego él se hizo la suya en dos esnifadas, una por cada orificio nasal. Se pusieron cómodos y hablaron de los efectos que producía la droga y de cuánto tardaba en subir. De por qué se le llamaba la madera a la poli, Tiza Roja sabía que era por el color marrón de los uniformes a principios de la democracia. Ella no estaba acostumbrada, a decir verdad era la segunda vez que lo hacía. Como ella se había dejado la mitad de la suya se la esnifó él la que quedaba. Después le dio unos lametones a la bandejita que quedó reluciente como una patena.

–Yo ya voy ciega tío, ¿no me pegará un subidón de esos to chungos? ¿no?–le preguntó 

–Tranqui, está todo bajo control–dijo él.

–¿Cuántas rayas salen de un gramo?–le preguntó ella.

–Unas quince, más o menos, depende de lo tochas que te las prepares

–Pues a nosotras nos salieron unas treinta la semana pasada del gramo que te compramos, ja, ja, pero las pintábamos finísimas, ya sabes, y éramos cuatro tías a repartir. Por cincuenta pavos esta bien, nos sale a menos de dos euros la raya.

–Yo la vendo a sesenta pero a vosotras más barata–le aclaró él.

El tema Red Chalk sonaba en estéreo por los altavoces del Ford. La trompeta de Hubbard con sus trémolos inconfundibles producía una atmósfera de excitación y paranoia dentro del vehículo.

–Estás muy buena ¿sabes?–le dijo él.

–Sí claro, con estas pintas que llevo, hoy nos hemos disfrazado en plan Ibiza party, ha sido idea de Lorraine, ponernos de blanco todas–contestó ella.

–Vamos un ratito a mi casa y escuchamos un poco de música, la que tu quieras

–Corta el rollo tío, estoy de fiesta con estas, me están esperando dentro–dijo Celia con la voz más alta.

–Venga no seas estrecha, pegamos un polvo aquí mismo–le propuso Tiza Roja con una expresión salvaje en la cara.

–Ni lo sueñes tío, me largo–dijo Celia tajante.

Entonces Tiza Roja bajó los seguros con el botón del cierre centralizado de su destartalado Ford Fiesta y se abalanzó sobre ella besándola en los labios.

–Aparta guarro–le gritó Celia e intentó abrir la puerta del coche con ímpetu.

–No intentes escapar, venga que sé que te va a gustar–le soltó Tiza Roja con una mueca lasciva.

–Abre la puerta ahora mismo gilipollas–gritó ella.

El tipo sujetó los brazos de Celia que sin apenas fuerza no pudieron desasirse de su agresor que deliraba agresivamente. Ella comenzó a gritar más fuerte. Él le bajó la falda y la ropa interior y se puso encima en el asiento del copiloto. Ella gritó aún más para que parase, decía no una y otra vez. Lloraba, gritaba e intentaba librarse de ese monstruo. Intentó agarrarle la polla pero no pudo y se vio impotente ante el violador que además la golpeó varias veces en la cara para que se callara mientras perpetraba su fechoría. Tras dejarla inconsciente abrió la puerta del coche y la dejó en el suelo. Acto seguido se dio a la fuga a toda velocidad.


A las seis de la mañana Enrique estaba ya en la rotonda, esperando. La mayoría de padres regresaban a por sus hijas. Y esperaban en sus coches. Conectó la radio. Sintonizó las noticias. Sacó una manzana y la peló con su navaja suiza y se comió los cuatro trozos que recortó tras quitarle la parte central de la pepitas. Se hicieron las seis y media y Celia no aparecía. No contestaba, ni las “minis” tampoco. Tenía los móviles de todas ellas. Siguió en el interior del coche escuchando un programa de deportes que estaban repitiendo de la noche anterior. Habló con su mujer varias veces. Ella seguía esperando como todas la noches de aquel fatídico verano. Con la verborrea del presentador se quedó dormido. A las siete le despertaron las señales horarias con sus seis pitidos inconfundibles, el último más largo, y se dio cuenta de que estaba amaneciendo. El espectáculo dantesco se repetía. Esta vez como la parada de los zombies. Ahora no parecían hormigas parecían gusanos saliendo de un estercolero. Le recordó un documental de National Geographic sobre orugas. Bajó del coche y se encendió otro cigarrillo. Pensó en su hija. No fumaba nunca delante de ella. Se fumó varios antes de que aparecieran a las ocho de la mañana. Lorraine y sus amigas llevaban agarrada por los brazos a Celia que casi no podía andar. Tenía la cara llena de magulladuras. Casi balbuceando se lo dijo con un llanto roto.

–Me han violado, papá.


Con lágrimas en los ojos y maldiciendo al hijoputa que hubiese hecho semejante crimen Enrique llevó a su hija al hospital para que la reconocieran y que los médicos pudiesen curarle las heridas y tranquilizarla pues se hallaba en estado de shock. Cuando llamó a Virginia  para decirle lo que había pasado casi le da un desvanecimiento. Mientras se ocupaba de Celia se fue a poner la denuncia a la comisaría. No sabía qué hacer si matar a las “minis” o irse por su cuenta a la caza del violador. Pero por dónde podía empezar. Llamó a Momparler y le dijo que necesitaba su pistola. Este se asustó mucho al oírlo hablar así. Su furia era la de un búfalo herido por la flecha de un piel roja. Antes de marcharse a recoger el arma habló con Lorraine y con las otras “minis”. Confesaron que Celia había estado con un tal Tiza Roja de Mislata. 


La pistola de Momparler no era un arma reglamentaria en realidad pero lo parecía. Se trataba de una pistola de aire comprimido de balines. Una réplica de las que fabrican de verdad en Hartford, Connecticut. Un Colt. Enrique la recogió. Pensó en que los asesinos suelen volver al lugar del crimen y que quizás los violadores también pudieran hacerlo. Se dirigió con su coche al polígono industrial. Llegó en quince minutos y ya no quedaba nadie. Ni una sola persona, ni un solo coche. Era un mar de vasos de cubata, botellas de cristal, bolsas de plástico, condones usados, restos de papel, colillas y demás desperdicios humanos bajo el sol de junio. Entonces decidió ir directamente a Mislata. Aparcó el coche y anduvo por sus calles durante horas tratando de que se produjera el milagro de encontrarse con Tiza Roja cara a cara. Preguntó en los parques, quioscos, baretos de mala muerte y nada. Estaría escondido, pensó, en su casa. Las “minis” le aseguraron que no tenían ni idea de dónde vivía ni cuál era su verdadero nombre o apellido. Se sentó en un banco de la alameda central que atraviesa Mislata de norte a sur. 

      Esperó. 

  Estaba exhausto pero tenía la corazonada que de alguna manera iba a dar con él. Siguió esperando varias horas. Se acabó el paquete de Marlboro. Se estaba haciendo de noche y pensó en regresar a casa. Fue entonces cuando escuchó una notas desafinadas. Venían de lo alto. Salían de un balcón. Se dirigió hacia el lugar desde donde salían esos berridos emitidos por una especie de tubería sonora. A escasas callejuelas localizó la vivienda. Los sonidos ahora eran más nítidos. Parecían de un estudiante que repasara una escala, un principiante, pero mucho peor que eso. Un cretino, pensó. Entonces recordó que Celia le había dicho que Tiza Roja tocaba la trompeta y se le iluminó la mente. Tenía que ser él. Aprovechó que una vecina entró en el portal. 

–Buenas noches–la saludó.

–Hola buenas–contestó ella al saludo.

–Soy el profesor de música del chico de la trompeta–improvisó como si el mismísimo diablo le dictara las palabras justas para conseguir su objetivo.

–¿En qué puerta vive? es que no lo recuerdo–preguntó a la mujer.

–¿Rafaelito? En la puerta 25, el sexto piso–dijo ella confiada.

–Muchas gracias señora–le dijo.

Subió los seis pisos como si le fuera la vida en ello. Las notas de la escala seguían saliendo de la trompeta como una serie disonante inclasificable. Se detuvo delante de la puerta. Respiró profundamente y la golpeó con el puño tres veces. Luego gritó.

–Abre Rafael.

–¿Quién me llama?–preguntó Tiza Roja con sorpresa.

–Soy el padre de Celia–contestó Enrique sin dudar. 

Su intención no era descubrirse. Una fuerza sobrenatural guiaba sus actos. Era él fuera de si la que le manejaba. 

–¿Qué quiere?–preguntó él.

–He venido a matarte, ya lo sabes–contestó Enrique sin pensar como si no fuera él mismo quien hablara.

–Yo no he hecho nada, ella fue la culpable–se excusó él.

–Tengo una pistola–le aseguró.

–Está usted loco–dijo él.

–Abre, Tiza Roja, voy a borrarte del mapa, hijo de puta–le dijo en tono amenazante.

–No pienso abrir–replicó él con nerviosismo.

–Estoy llamando a la policía, así que tú mismo, si no quieres abrir, esperaremos los dos a que vengan a arrestarte. Aunque también puedes saltar por el balcón si tienes cojones para intentar escapar. Yo te espero aquí por si quieres abrir y acabamos antes, te disparo, te mato, me quedo tranquilo, tu te vas para el otro barrio y yo iré a la cárcel en tu lugar–añadió Enrique.

Entonces se produjo un silencio. 

Enrique esperó a ver qué hacía. 

Al no oír nada pensó que estaba intentando escapar. Se habrá visto acorralado. Salió a la calle. Miró hacia el balcón del sexto piso. En efecto, Tiza Roja se había descolgado por la canaleta de la fachada y estaba intentando trepar al balcón de la finca contigua. Entonces sacó la pistola de aire comprimido, miró hacia lo alto y le apuntó entre las piernas. Era ya de noche y en ese barrio no había gente por la calle. Disparó varios tiros que llegaron certeros a impactar entre las ingles de Tiza Roja. Los balines fueron entrando por las perneras y la bragueta de sus pantalones. Las bolitas entraban como avispas mordedoras una tras otra. El dolor de los impactos lo desequilibró y no pudo aguantar sujeto por más tiempo. El golpe de su cuerpo al caer sobre la acera de la calle fue como el de un macetero que se desploma desde una terraza azotado por la fuerza huracanada del viento. La cabeza y el cuello se fracturaron en el acto. Sonó un crujido seco como el de una sandía al abrirse en dos mitades. Del bolsillo del tipo salió un tubito metálico dorado.








(borrador 24 de enero de 2021 / 3817 palabras)





 

A mos redó - Na Jordana (alternativa, hasta con 3 adjetivos, para el ej. Nº12)

  A mos redó - Na Jordana Los veo, ¿me veo?, casi todas las mesas de la terraza ocupadas, son vecinos del barrio, aquí es raro ver turista...