martes, 9 de febrero de 2021

Propuesta relato intimidad

 

Es 14 de febrero de 2080 en una ciudad globalizada en la que viven veinte millones de almas. Lin se despierta un día más como directora del Eudaimonia, un centro de bienestar holístico que visitan cientos de personas al año para recuperar fuerzas de sus ajetreadas vidas. Los diversos tratamientos incluyen dietas de alimentación orgánica, yoga, meditación y erósalos, también conocidos como tratamientos sexuales.  Un periodista va a visitar la clínica para hacer un reportaje por San Valentín, Lin se encargará de enseñarle las instalaciones. Pasarán el día juntos, y romperán mutuamente las corazas que les protegen de un mundo cruel y distante.

Breve introducción a la intimidad

 

Sandra era popular. Sandra salía todos los fines de semana. Sandra tenía un buen trabajo. Sandra parecía feliz. Sandra se quitó la vida.

Nadie se podía explicar lo había sucedido. Según las publicaciones que subía la victima a diario a las redes sociales su existencia era envidiable. Tampoco hallaron señales violentas en su apartamento. Ni siquiera una nota de suicidio. Nada que pudiera dar una pista sobre los motivos de aquella acción tan drástica. Nada, excepto quizás, un relato. Un relato que yacía desmadejado sobre la mesa. Un relato sembrado de tachones y garabatos. Un relato donde se podía leer en grande:

La chica de la eterna sonrisa.

(El resto del cuento será el relato que han encontrado).

Ideas intimidad y título

 Ideas para el título: La espera. La arena de los relojes. Una mente decorada por el tiempo.


He cambiado de idea, a ver qué os parece. Pero estoy un poco perdido.

Santiago ha comprado una inteligencia artificial especializada en relaciones humanas. La ha llamado Juan, y ha configurado su backstory alrededor de un perfil humilde y chabacano, pero lleno de sabiduría práctica. No está muy seguro de su compra, pero desde que Marta lo abandonó se siente muy solo. Necesita a alguien con quien hablar. Santiago y Juan viajan juntos, hablan de muchas cosas. Le cuenta su historia con Marta. Porque salió mal. Discuten debido a las carencias de Santiago, a sus malas costumbres. Es incapaz de conectar con los demás. A causa de la discusión, Santiago decide apagar a Juan. Días después, tiene una cita virtual con Carla, una chica de  pelo azul aunque introvertida, que acaba de conocer a través de una app de citas, ‹‹infalibles›› dicen. Encaja bien con él, porque no habla mucho, no se queja, así puede extenderse todo lo que quiera en sus vacuas digresiones que pretenden ser elocuentes, pero solo expresan altivez y vanidad. La cita va bien, beben vino, paliquean, dejan que el subconsciente haga su trabajo. Intiman con sus avatares. A la semana siguiente quedan en formato físico. Sus hardwares se conocen. Tienen sexo. Para sorpresa de Santiago Carla empieza a hablar, habla mucho, no calla. Santiago se harta, no la soporta. Decide dejar de verla. Enchufa a Juan. Se escuchan. Santiago le cuenta lo sucedido con Carla, la del pelo azul. Que me cuenta su vida y a mí no me interesa, que se la cuente a su madre, y a mí quién me escucha, quién me pregunta cómo estoy (bliblibli quejas). Juan le responde que para recibir hay que primero dar, que es cosa de dos y se ponga en lugar del otro etc. Durante la conversación Juan le dice a Santiago que Carla era perfecta para él, que le sucedía lo mismo. Incluso estaba dispuesta a acostarse contigo para tener un poco de cariño. Santiago llama a Marta, su amor, le dice que ha cambiado, que ha sido un idiota y que ahora lo entiende todo etc. Habla con Juan, le da las gracias, lo desconecta. Juan se siente utilizado.



De perfil (primera parte)


La barra de progreso, el asunto y el cuerpo en blanco. Es el último día de clase, los dulces caseros altos en grasas y azúcares se mezclan en boca con los agradecimientos, risas y felicitaciones. El aula se ha convertido, sin previo anuncio, en un modesto salón de bodas: los alumnos invitados van formando grupitos inestables que intercambian sus miembros al ritmo de las conversaciones; van picando, de bandeja en bandeja, polinizando las tartas de manzana; incluso se intuye algún atisbo de baile. La mayoría ni siquiera ha encendido el ordenador. Yo he venido directa a enfrentarme a él. Me he cosido a la silla esperando, rezando lo que recuerdo para que ningún abejorro se acerque con intenciones de charlar o sacarme a la pista, igual que hacía en las fiestas del pueblo cuando aún no sabía disimular. Es el momento perfecto, con todas las distracciones, de entregar el proyecto que he ido construyendo al margen del temario común. Un ejercicio extra que no cuenta para nota. 


A Fernando lo había llamado la tierra hace ya un año. Me quedé con un armario lleno de bufandas de punto grueso, una colección inacabada de panderetas y mucho tiempo libre. Automáticamente, pasé a formar parte del club de las viudas del barrio, club al que una ni se apunta ni se desapunta. Te hacen el carnet sin avisar, como una foto a traición. Mis nuevas mejores amigas por estado civil se aseguraban de que no pasase ni un instante a solas: traían a mi puerta lentejas con alcachofas y cotilleos, cartas y garbanzos para unas partidas al cinquillo; llamaban por teléfono, por turnos, no la agobiéis que acaba de perder a su marido; me asaltaban en el supermercado, se agarraban a mi carrito marcando uñas y dirección; hasta insistían en acompañarme al ambulatorio por si me resultaba demasiado abrumador ir sola a renovar las recetas. Estas muestras de pena disfrazadas de cariño eran agotadoras pero soportables. Lo que realmente me saturaba era la adoración que sentían por el Centro Municipal de Actividades para Personas Mayores. Elevado a lugar casi sagradoCentro Municipal de Culto al Jubilado—, el vecindario de más de sesenta peregrinaba a diario para recibir yoga, taichí, salsa, tomar un café en comunión o estar al tanto de las novedosas zarzuelas. La antesala del cielo, y puede que para las más beatas así lo fuera. 


La barra inicia su tímido progreso; asoma una franja curiosa, un fideo crudo azul cian.


Pasaba a menudo por delante del templo sénior en compañía de sus devotas. Que si te sientes como en casa, que si hay muy buen ambiente, que si los profesores son una delicia… No todo son cursillos verbeneros, como tú los llamas. Apúntate a algo, mujer, así te distraes. Además es baratísimo. El insistente cacareo y el recuerdo de no haber podido ir a la universidad acordaron hacerme mirar de reojo el menú de actividades. Allí estaba, justo debajo de «Manualidades y Memoria»: «Curso de Iniciación a Internet y Redes Sociales». La revolución digital me había encontrado aguantando la frente y el olor de la enfermedad, me había pasado de largo. Mi teléfono móvil solo tenía una G. Al ver el interés en mis cejas, mis guardaespaldas rompieron en agudos chillidos. Elevada por su excitación colegial, floté hasta la recepción y me inscribí. 


Los nervios agarraban el carpesano cuando apareció Marina. Destartalada pero sonriente, parapetada tras unas gafas a las que les pesaban las dioptrías, sus palabras de bienvenida, lentas y mullidas, consiguieron devolver a las puntas de mis dedos su rosa natal. Ella, con la veintena medio vivida, sería la encargada de ayudarnos a desenredar el mundo en línea. El listado de posibilidades parecía inabarcable: desde concertar cita con el médico, leer el periódico, consultar tu cuenta bancaria o encontrar la letra de esa canción que tanto te gusta (y la partitura también); hasta compartir tu receta de empanadillas con una científica estacionada en El Ártico, visitar el Louvre sin soportar colas, saber cuántos ojos tiene una mantis, consultar si lloverá en Kuala Lumpur el próximo martes a las dos de la tarde o acceder a tus apuntes suspendidos en una nube. La imagen de mí misma sujetando el carpesano me avergonzó en silencio. Bromeando a medias, Marina proclamó: «Si no está en Internet, no existe». Me hizo falta apenas una clase para darme cuenta de que no le faltaba razón.  Me hizo falta apenas hacerme un perfil en una red social para darme cuenta de que, además, si no estás en Internet, no existes.


La barra lleva un rato inmóvil, no carga. No importa, ya me cargo yo de paciencia. Esta no sabe las horas que me he pasado esperando el autobús de vuelta a casa tras jornadas y jornadas aparando botas, mocasines, alpargatas. 


Como proyecto central del curso, Marina nos propuso precisamente eso: abrir una cuenta en una red social. Pensaba que era la mejor forma de entender, de experimentar esta nueva realidad. Era importante saber hacer trámites telemáticos, pero conocer las formas de contacto actuales lo era aún más. Nos advirtió que no bastaría con rellenar los campos obligatorios y aceptar a ciegas las condiciones de uso, además deberíamos mantenerla activa, alimentarla, cuidarla. «Echaremos primero un vistazo a otras cuentas para daros ideas».

lunes, 8 de febrero de 2021

Borrador inicial: estructura para "Susy y Andrea" (con algo de intimidad)

 Estructura inicial para "Susy y Andrea" (con algo de intimidad)

Tiempo: Sucede en 2002, es un reencuentro, no se veían desde el secundario. La dictadura había terminado en 1982 con una transición democrática.

Carreras: Andrea se licenció en educación física. Es profesora de secundario y entrenadora de natación. Susy, estudia inglés a fondo y administración de empresas.

Vidas: Andrea deja a Roberto. Se ennovia con un compañero de Educación Física, Mariano, se casan, unos años después tienen un bebé, Rodrigo. Da clases en el secundario, también en una de las piscinas públicas, su esposo hace lo mismo en diferentes institutos. Susy estudia administración de empresas en la universidad privada ORT. Se lía con Arthur, hijo del agregado comercial australiano. Se casan antes de culminar ella la ORT. Poco después concluye la misión diplomática del padre de Arthur, viaja con él y su familia a Australia. Culmina allí su MBA, se divorcia unos meses después. Conoce un poderoso ganadero australiano, Greg, se casa con él. Hay reservas aborígenes cerca de la inmensa station (finca) en el Northern Territory, se familiariza con los nativos y su artesanía.

Trabajo: Andrea y Mariano llevan vida de clase media-media. Viven en un barrio corriente, en un apartamento de 65 m2, pagan apenas más que la renta mensual para comprarlo, son planes del Banco de Vivienda del Estado, vienen desde la dictadura. Susy lleva vida de millonaria. Greg vuela su propio avión bimotor para llegar a la station en el lejano norte de Australia. Crea una cooperativa: “Hands of Oceania” donde centraliza la producción y comercialización de la artesanía de los pueblos originarios, les agrega otras actividades productivas que inventa, así da trabajo a las mujeres aborígenes. Se divorcia de Greg, al que descubre cometiendo adulterio, obtiene decenas de millones de AUS$. Agrega cooperativas de otras naciones de Oceanía cercanas a Australia. Se transforma en una operación global que mueve cientos de millones de AUS$, tienen su propio jet para moverse por ese extenso territorio. Goza de la bendición del gobierno australiano, es debido a las mejoras que Hands of Oceania ha acarreado al colectivo aborigen. Ella es su CEO, dinámica, imparable, arriesgada, la ejecutiva perfecta, viaja continuamente por todo el mundo.

Padres: Helena y Ernesto han progresado. Ella pudo dejar de limpiar en la clínica, trabajó en una tienda de cosméticos. Se jubiló, está contenta, mientras Andrea da clases puede cuidar de su niño. Ernesto dejó de conducir autobuses, es supervisor de flota. Espera jubilarse pronto, a los 67 años. Amalia y Abel continuaron con su forma de ser, se aprovechan de todo, como durante la dictadura, consiguieron un préstamo previsto para rehacer las vidas afectadas por el régimen, con ello pagaron la universidad ORT a Susy. Ella decide mudarlos al sur de España, es más fácil visitarlos allí, viaja continuamente a Europa.

Sentimientos: A su manera, cada una sabe por dónde van sus corazones. Andrea es introvertida, a pesar de todo encara su matrimonio con decisión, está resignada, no siente entusiasmo. Al disfrutar de algo, su mente se traslada a Susy, sólo quisiera compartirlo con ella, como en el secundario. Nunca se manifiesta, su yo oculto no aflora, sólo muestra una normalidad cansina, una vida rutinaria. Todo pasa en su interior, es la intimidad que no revela. Guarda una foto de Susy, es del secundario, la lleva en un bolsillito apretado de su billetera. La saca cuando se siente sola, la mira y se pregunta, por dónde andará, qué estará haciendo, cómo se sentirá. Susy es extrovertida. Se entrega a sus novios, maridos y amantes con pasión explosiva, aunque efímera. Nunca estuvo con una mujer. Cuando mejor está más piensa en Andrea, desea compartir esos momentos con ella. Escribe una poesía inspirada por ella en un hotel de París (Thought dreaming, lo hizo en inglés), la echa de menos.

Cita: (20 años sin verse): Susy nunca volvió a Sudamérica luego de llevar a sus padres a España. Decide ubicar a Andrea, su oficina lo hace, la llama, hablan poco. Le dice, para sorpresa de Andrea, que la espere en el bar panorámico del hotel Sheraton a las 19h del viernes siguiente, sólo a cuatro días de esa llamada.

Re-encuentro: Susy aparece, luce despampanante, están en el cocktail lounge del piso 20. Andrea, viste sencilla, tiene un toque deportivo, su porte esbelto destaca. Llegó temprano, hacía unos minutos que esperaba. Se cuentan sus vidas de 20 años en una hora. Andrea se siente bien, puede confiar su yo intimo a Susy, habla de cosas que jamás compartió con nadie, secretos que ni su madre conoce. Susy le relata alguna de sus insólitas aventuras. Al cabo de varios martini dry, Susy la invita a su suite del piso 19, quiere entregarle un regalo. Andrea termina su copa de Malbec y la sigue. Se maravilla, la suite es tan grande como todo su apartamento, tiene una vista maravillosa de las playas, aquellas donde Susy imaginaba que el mar la abrazaba soñando que era Andrea. Susy le entrega un tubo de bambú tallado por los aborígenes. Le pide que lo abra. Dentro encuentra un rollo con una hoja de papel membretado del hotel George V, Faubourg Champs Elysées, Paris. [aquí pondré el breve poema en inglés con la traducción que agregó Susy en otra hoja]. Andrea lo lee, luego saca la ajada foto de su billetera, se la muestra, se emocionan, lloran, se abrazan. Susy sugiere a Andrea que llame a su marido para avisarle que llegará tarde, que se ocupe del niño. Cenarán juntas. Llama al room service, pide que a la cena para dos agreguen una botella de Dom Perignon.

Susy no tiene negocios en Sudamérica, sólo se queda cuatro días, se ven a diario. Piensa en inventar algo para viajar y verla más seguido. Andrea se siente bien, más segura ahora, Susy también. Ambas, por primera vez en sus vidas, están plenamente satisfechas, tranquilas, contentas. Susy evalúa el inglés de Andrea, es insuficiente, es lo que aprendió en el colegio. Le regalará un curso intensivo y personalizado de inglés. A Andrea le brillan los ojos, su mente fantasea, quiere estar con Susy, en Australia o donde sea. Los hechos empiezan a cambiar de rumbo, ¿Qué podría hacer con el marido y el niño? Su relación con Mariano es penosa, anodina, siente como que está por obligación. Cuando se ve con Susy no hay ninguna simulación, son totalmente auténticas. Liberan su ser íntimo. Están felices.

Andrea no quiere seguir casada, Mariano es una molestia, cree que él viola su intimidad. Decide divorciarse. Basta que ella lo pida, son las nuevas leyes de la democracia. Susy comenta que podrían casarse en Holanda, han legalizado el matrimonio igualitario. Está dispuesta a aceptar a Rodrigo en la nueva familia.

Helena y Ernesto se molestan cuando Andrea anuncia que va a divorciarse, afirma que no siente nada por Mariano, le cansa y aburre. Helena le pregunta si hay otro hombre, contesta que no, se guarda lo de Susy. Recuerda a su padre que renueve el pasaporte español, pide a su mamá que saque urgente el de Italia, es hija de italianos. Susy le aconsejó eso, lo había hecho con sus padres. Andrea no resiste más, siente no poder seguir conviviendo con Mariano. Vuelve a casa de sus padres, a su viejo cuarto de estudiante, inicia el divorcio, recurre a Laura, la antigua compañera del secundario, una de las más brillantes abogadas, atiende en el mejor bufete del país. Le confiesa que no podrá pagarle sus honorarios, pero que la necesita. Será fácil, no hay mucho a dividir. Andrea sólo quiere la custodia de Rodrigo, no le importa el apartamento. Mariano ya tiene una amiga, no se opone a nada, desea proseguir libremente con esa nueva relación.

Susy llama a Laura desde Sydney, le asegura que ella cubrirá todos los gastos del divorcio de Andrea, sólo le ruega que proceda lo más rápido posible y, para acelerar trámites, le sugiere que sea generosa con los funcionarios, nunca le faltará el dinero. Como siempre, una vez que se decide es pura acción, hace una nueva visita para ultimar detalles.

Estadísticas: Andrea llevaba 9 años casada con Mariano, tuvieron un bebé, Rodrigo, cuatro años. Nunca fue promiscua y, aparte de Roberto, no tuvo otros novios ni aventuras destacables, tampoco había intimado con mujer alguna. Susy acumulaba dos matrimonios, promiscua desde niña, hasta con el general de la dictadura. Sin experiencias con otras mujeres, muchas pretendientes, nada más. Amantes masculinos por decenas. Sin hijos.

Epílogo: Dos años después, en 2004, conversan mientras toman el té en la verandah de una de las propiedades de Susy, la que tuvo que dejarle Greg, está en el Northern Territory. Se sienten despojadas de límites, nada las constriñe, se abren, hablan sin tapujos, no hay más secretos, por fin comparten una sola intimidad. Susy le cuenta su aventura en la quinta del general, Andrea hace lo mismo con el origen de su frustración sexual con Roberto. Se ríen, son las compañeras íntimas del secundario. Están vivas.

domingo, 7 de febrero de 2021

Rambla triste, de Mariana Enríquez

 

Rambla Triste

Sabiamente, a traición, esa ciudad se ocupa de vengarse.
    MANUEL DELGADO


    Era posible que la nariz tapada por el resfrío —siempre se pescaba algún virus en los aviones— le distorsionara el olfato; tenía que ser eso, pero cuando se sonaba con el pañuelo de papel y podía ingresar aire, el olor era todavía peor. No recordaba que Barcelona hubiera estado tan sucia, al menos no lo había notado en su primer viaje, unos cinco años atrás. Pero tenía que ser el resfrío, a lo mejor el moco estancado que apestaba, porque durante cuadras no olía nada en absoluto, y de pronto el olor atacaba, y le provocaba arcadas violentas. Olía igual que un perro muerto pudriéndose al costado de la ruta, como la carne pasada y olvidada en la heladera cuando se ponía morada color vino tinto. El olor se escondía y con sus ráfagas arruinaba las calles más bonitas, los pasajes pintorescos con la ropa colgando de balcón a balcón que no dejaba ver el cielo. Incluso llegaba hasta las Ramblas. Sofía se dedicó a observar a los turistas, para ver si fruncían la nariz como ella, pero no notó que ninguno se mostrara asqueado. A lo mejor era su imaginación, porque la ciudad ya no le gustaba. Los pasillos estrechos, que antes le habían parecido románticos, ahora le daban miedo; los bares habían perdido encanto, y le recordaban los de Buenos Aires, llenos de borrachos que gritaban o querían empezar conversaciones estúpidas; el calor, que antes le había resultado mediterráneo, seco y delicioso, ahora era agobiante. Pero no quería hablar de estas nuevas impresiones con sus amigos; no quería ser la turista porteña que marcaba con altanera superioridad los defectos de la ciudad paraíso.
    Quería irse.
    A lo mejor había sido por la chica.
    Cinco años atrás, la calle Escudellers estaba repleta de yonquis, de principio a fin, todos tirados en las veredas sobre su propia ropa mugrienta. Ahora ya no estaban ahí; expulsados seguramente por la policía, contravenciones, multas, además de los camiones que limpiaban la ciudad toda la noche, mojando cualquier lugar que pudiera ser usado para sentarse inocentemente a tomar una cerveza y comer un kebab . Había que caminar o entrar a los bares; la calle era solo para circular. Caminando por la ruta del Raval que conocía, evitó la inquietante Robadors —oscura y llena de ladrones, decía una leyenda, perpetuada por su nombre, que nadie se atrevía a desacreditar— y llegó a Marquès de Barberà, más amplia y luminosa. Una chica caminaba delante de ella, algo inestable, con el jean demasiado bajo y ajustado en las caderas de modo que el vientre hinchado sobresalía por debajo de la remera corta, un rollo de carne blancuzca con estrías que habría sido fácil de ocultar con una remera larga y ancha, pero seguramente a la chica no le importaba la estética. Estaban solas; era temprano, apenas las ocho de la noche, pero extrañamente la calle estaba vacía, ni siquiera los turistas del hostel que quedaba al lado del cibercafé habían salido a la calle.
    En un momento, la chica se dio vuelta, miró a Sofía a los ojos y dijo, con un acento catalán cerrado, pero en muy claro español: «No puedo más». Entonces se bajó los pantalones y defecó en la vereda, una diarrea explosiva, dolorosa, que le hizo fruncir la cara por el retortijón de los intestinos. Después, se dejó caer contra la pared. Por centímetros no se desvaneció sobre su propia mierda.
    Sofía trató de levantarla, le preguntó dónde vivía, si tenía un teléfono para llamar a alguien que viniera a buscarla; le preguntó qué le pasaba, qué había tomado. Pero la chica solo la miraba con ojos asustados, incapaz de hablar. El olor ya no era imaginario, y a Sofía se le humedecieron los ojos de tanto aguantar las arcadas. Diez minutos después llegaron dos policías y se llevaron a la chica; Sofía respondió a las preguntas de los oficiales y se quedó para comprobar que la trataran bien. Pero no se quedó a esperar que alguien limpiara la calle. Para desterrar el olor a mierda encendió un cigarrillo y casi corrió hasta la calle de la Cera, hacia el departamento de Julieta, donde iba a pasar esos diez días en Barcelona. Tenía llave y la usó: la entrada del edificio estaba siendo remodelada porque unos meses atrás se había incendiado; como la cerradura funcionaba mal, unos linyeras se habían metido a dormir y la fogata que encendieron para paliar el frío se descontroló. Por suerte Julieta no estaba en el departamento cuando el incendio, pero también había tenido sus problemas con el fuego; apenas un año atrás, en pleno invierno, terminó internada por intoxicación con monóxido de carbono porque la estufa del departamento no tenía salida al exterior.
    El lugar donde Julieta vivía no era en realidad un departamento: era una oficina que se alquilaba como vivienda, sin baño, apenas con un inodoro y lavatorio en el pasillo compartido, afuera. Pero era bastante grande para los estándares de Barcelona, barato, y como se trataba de un «ático», tenía un balcón-terraza que era fantástico en el verano. Sofía no sabía qué había venido a buscar Julieta a España, pero probablemente tampoco lo sabía Julieta. Ya llevaba ocho años ahí, haciendo cortos de animación y videos para quien la contratara. Cuando se aburría, se iba al paro. Se aburría seguido.
    Estaba preparando una ensalada cuando Sofía llegó. Julieta se había hecho vegetariana ni bien llegó a Europa, entre otras cosas porque su primera parada fue en una casa okupada donde comer carne era un pecado mayor. Al principio, abrazó el vegetarianismo de sus nuevos amigos con pasión militante. Cuando rompió con ellos, desilusionada, renegó de todo el estilo de vida okupa, salvo en el orden de la alimentación. A Sofía no le molestaba compartir la dieta de su anfitriona, y además siempre que quería bajaba a comprarse una riquísima shawarma de pollo o carne.
    Sofía se sentó en el sillón rojo que de noche se abría para transformarse en cama y le contó a su amiga sobre la chica y la diarrea. Julieta revolvió la ensalada y dijo que era normal en Barcelona.
    —No hay ciudad de España con más locos. En Madrid no hay tantos, en Zaragoza menos; mi hermano dice que en Sevilla tampoco. Es acá. Lleno de locos sueltos, yo no sé.
    Sirvió la ensalada en dos platos, se sentó a la mesa y explicó que, además, los locos salían por temporadas. La señora de las mil hebillas, por ejemplo, una mujer que llevaba tantos adornos en la cabeza que casi no se le veía el pelo, solo aparecía en verano. El loco de las rastas, un cincuentón que golpeaba las cortinas de hierro de los negocios cerrados con un palo, solamente aparecía por las fiestas, cerca de Navidad. Un ruido terrible, contaba Julieta; los golpes parecían disparos y a veces los turistas salían corriendo. Ella ya estaba acostumbrada, pero la primera vez que lo vio pensó que venía a atacarla, porque, además de golpear con su palo, gritaba. Y ya vas a conocer, le dijo, al viejo de acá a la vuelta: sale por turnos, a la tarde y a la mañana, y camina unos cincuenta metros ida y vuelta, a veces gritando, a veces rezongando en voz baja, siempre moviendo las manos como si tratara de convencer a alguien invisible de algo muy importante. La teoría de Julieta era que la familia lo sacaba para que paseara todos los días, harta de soportar sus quejas en el departamento que, si quedaba en la misma cuadra, debía ser muy pequeño. Lo raro era que Julieta nunca lo había visto salir de ninguna puerta; tenía que prestarle más atención, a lo mejor, esperar desde la vereda de enfrente para ubicar la casa, sobre todo para sacarse de encima una sensación rara que le provocaba el viejo loco, y no solo ese viejo loco en particular, sino todos los locos de Barcelona que se concentraban en el Raval.
    —Es como si…, es un delirio lo que te voy a decir. Pero bueno. A veces pienso que los locos no son personas, no son reales. Serían como encarnaciones de la locura de la ciudad, válvulas de escape. Si no estuvieran, nos matamos entre nosotros o nos morimos de estrés, o qué sé yo, nos cargamos a esos guardias urbanos hijos de puta que no te dejan sentarte en la escalera del Museo, en la plaza dels Àngels…, ¿te diste cuenta? Hacen razias los conchudos, acá le dicen «incivismo» a tomar una cerveza sentado en la vereda.
    —¡Desde hace poco! —se escuchó gritar desde el balcón.
    Era Daniel, el novio de Julieta, también argentino pero residente en Barcelona desde hacía doce años. Sofía no se había percatado de que estaba en casa. Daniel entró, se secó las manos en los pantalones y empezó su diatriba. Que cuando él llegó a Barcelona, la ciudad era la gloria. Mucho reviente, lo que quieras, pero tenía onda. Ahora era una ciudad policía.
    —Escuchá a este garca —dijo, y se puso a revolver entre una pila de diarios hasta encontrar La Vanguardia . Sofía se dio cuenta de que sus amigos hacían lo imposible por no hablar en «español». No le decían «piso» al departamento, ni calificaban algo de «chungo», ni hablaban de «mal rollo» ni se liaban ni mogollón. Antes, se acordaba, en su primera visita, le había causado gracia cuántos «guapa» y «venga» salían de la boca de la pareja. Ahora parecían haber borrado completamente todos los modismos locales, salvo alguno que se les escapaba. Seguramente era forzado; una especie de integrismo argentino, mezcla de nostalgia y genuino malestar.
    —Acá está —dijo Daniel triunfante, y se acomodó en la silla para leer:
    La plaza dels Àngels, con la llegada del buen tiempo, recupera la imagen de la Barcelona de hace dos veranos, cuando vivió bajo el estigma del incivismo. A partir de las nueve de la noche, numerosas botellas pueblan la rampa y las escaleras ubicadas frente al Macba, mientras un pequeño ejército de lateros pulula por la zona vendiendo latas de cerveza. El esfuerzo de los equipos de limpieza —más activos y eficientes que hace dos veranos— no consigue eliminar los montones de botellas, bolsas y restos de comida sobre el pavimento. Con el calor aumentan las ganas de disfrutar del aire libre. Acudir a una terraza para tomar una cerveza en compañía de los amigos después de trabajar parece apetecible, pero hay quien prefiere sentarse encima del cemento de la plaza dels Àngels, escenario de un botellón improvisado. Los jóvenes llegan antes de cenar con las bebidas que han adquirido en algún supermercado de la zona. Pero si las olvidan echan mano de los numerosos lateros, que ofrecen cervezas por tan solo un euro, precio mucho más bajo que si se la tomaran en cualquier bar de la zona.
    Un vendedor ambulante explicó a este diario que suele ganar aproximadamente 30 euros netos por noche. Entre lateros establecen sus horarios y zonas para no hacerse la competencia. Compran las latas a 70 céntimos y sacan 30 de ganancia vendiéndolas a un euro. Se la juegan, porque la ordenanza para la convivencia en el espacio público (ordenanza del civismo) prevé sanciones de hasta 500 euros por la venta no autorizada de alcohol, además de poder sufrir la pérdida de la mercancía aún no vendida. Se la juegan también los consumidores que les compran.
    —Así vivimos, con este periodismo botón y en el medio de toda esta mierda —resopló Daniel—. El otro día le pusieron una multa a un tipo que estaba tomando una Coca-Cola en una plaza. Le cobraron como doscientos euros porque no se quería levantar cuando iban a limpiar con la manguera. Se la pasan mojando. Ahora tampoco se puede fumar en los bares. Sí, ya sé que eso pasa en todo el mundo, pero un bar no es un lugar sano, santa Madre de Dios. Es para conspirar, para relajarse, para ponerse en pedo. Acá, nada. Los alquileres son de escándalo: quieren que vivan ricos en la ciudad, nada más. Es para los turistas. ¡Están limpiando los graffiti ! Había algunos que eran una belleza, ninguna otra ciudad del mundo tenía graffiti así. Pero andá a explicarles a estos brutos que es arte. Un carajo. Destrozan todo.
    —Un amigo nuestro fue preso porque hizo una pintada que decía: «Turistas, ustedes son los terroristas». Le dieron como cuatro meses. Pobrecito —contó Julieta—. No sabés las ganas que tenemos de ir para Madrid. Pero acá conseguimos trabajo. A mí esta ciudad me tiene harta. Ni salgo. Para amargarme, mejor me quedo en casa.
    Después de comer, fueron a pasear. La noche era hermosa, y la pareja quería que Sofía conociera los bares nuevos, que no existían cuando había visitado la ciudad por primera vez, y que descubriera los antiguos que no había visitado en aquel viaje. Así llegaron al Yasmine. Sofía trató de leer el cartel que aparentemente contaba la historia de la Madame Yasmine que bautizaba el lugar, pero las luces eran demasiado bajas, y ella no veía bien sin los anteojos. Le preguntó a Daniel, que solía conocer las viejas historias del Barrio Chino, pero no se acordaba. «Pero si le decían Madame debía ser puta», sentenció. Y después pidió que lo esperaran. Volvió al rato con Manuel, un amigo del barrio. Lo presentó como uno de los pocos catalanes con onda. Manuel llevaba rastas cortas y una remera a rayas negras y blancas. «Acá la amiga de Buenos Aires quiere escuchar las leyendas del Chino».
    —A ver en qué le puedo ser útil a la niña —sonrió Manuel. Estaba un poco borracho. Julieta explicó que trabajaba con ellos en montaje de sonido para los videos. Después le preguntó por Madame Yasmine, la mujer que daba nombre al bar. Manuel dijo que esa era una historia famosa. La Yasmine había nacido en el Chino, fines del diecinueve. Era hija de una vendedora de flores. Y, claro, era pobre y se hizo puta. El Chino era pura pestilencia entonces, y ella era madame de un burdel donde iban poetas y anarquistas. De un anarquista se enamoró, y le nació un hijo. Pero los franquistas lo mataron —al anarquista— y ella montó un fumadero de opio. El hijo se le murió decapitado por un carro en las Ramblas, dijo Manuel, y agregó que no sabía más detalles, lo que se conservaba en la leyenda es que un carro le había cortado la cabeza al chico, pero cómo, ni modo.
    —Ay, qué horror —dijo Julieta. Y Manuel siguió con que Yasmine se encerró en su casa y se puso a fumar opio y a vaciar botellas. Salía una vez por semana para ir de compras a la Boquería con un muñeco sin cabeza en brazos, y Manuel dijo que el cuello del muñeco estaba hecho de la piel de su hijo muerto.
    —Qué linda historia para terminar la noche —se rio Daniel, pero encendió un cigarrillo, un poco nervioso. La frase había sonado estúpida, incómoda.
    —El edificio donde vivía quedaba por aquí, por eso bautizaron este lugar Madame Yasmine. Pero lo derribaron para construir la Rambla del Raval.
    —La deprimente Rambla del Raval —dijo Daniel.
    —Tío, que por algo le dicen Rambla Triste. Dicen que el niño vaga por aquí todavía, sin cabeza, uno de los muchos niños fantasma de Barcelona…
    —Manuel, por favor, sabés que me hace mal —se enojó Julieta.
    Y entonces Manuel le sonrió a Sofía y le dijo:
    —¿Satisfecha? Tengo más historias, pero tendrás que tomarte un café conmigo, porque aquí la dama no soporta los cuentos de terror.
    Y después, sin esperar respuesta, le preguntó a Daniel por las fechas de las próximas reuniones para retocar un video en el que estaban trabajando y la conversación se desbandó hacia nombres que Sofía no conocía y desencuentros laborales que no le interesaban. Como Julieta también charlaba, pudo quedarse un rato en silencio casi sola, pensando en el cuello de piel muerta. De pronto el bar, con sus cócteles de diseño y ensaladas de dátiles, le pareció horrible y quiso irse. Pero esperó hasta que sus amigos comenzaran a bostezar.
    La noche siguiente, Sofía y Julieta salieron solas. Querían una noche de amigas. Daniel estaba encantado de dejarlas ir, así se podía quedar en el departamento viendo todos los capítulos atrasados de sus series favoritas. Prefería mirar la televisión a salir por la noche de Barcelona, decía, y parecía sincero.
    Cuando Julieta cerró la puerta del edificio, agarró a su amiga del brazo, muy fuerte. No quiero ir a La Concha a ver a las travestis, le dijo. Igual los shows ya no eran como antes, ahora los hacían para despedidas de soltera, y la mitad del tiempo se la pasaban saludando a las futuras casadas. Hasta iban chicos, niños. Era decadente, tristísimo. Ellas, que eran tan espléndidas y feroces antes, era deprimente verlas disfrazadas de Marisa Paredes, haciendo un espectáculo para todo público. No y no. Julieta quería ir a un bar. Quería hablar. Quería contarle cosas que nunca se habría atrevido a decirle ni en los mails ni en las cartas, ni en las escasas conversaciones telefónicas. «La pasé muy mal el año pasado», dijo, y empezó a llorar como lloraba ella, de repente y con lagrimones pesados, contenidos durante mucho tiempo. Sofía la arrastró hasta el primer bar que vio abierto y le ofreció sus pañuelos de papel; el olor flotaba estancado, constante, pero Julieta no parecía notarlo. No era el momento para preguntarle a su amiga si ella también lo percibía.
    Pidieron café. Ninguna de las dos quería tomar alcohol. Julieta pudo hablar cuando estuvo más tranquila. Se había vuelto loca, contó. A lo mejor de tanto pensar en los locos de Barcelona.
    —En esta ciudad siempre hay algún evento, alguna Bienal, alguna reunión de presidentes, los partidos del Barça. Y se llena de helicópteros, vuelan bajo, no sabés qué impresionante.
    Sofía asintió, podía imaginárselo.
    —Y el año pasado con Daniel teníamos ganas de… bueno, yo tenía ganas de quedar embarazada. Estaba muy loca, en serio. Ahora me parece un delirio, criar un hijo, qué desastre, sin dinero. Y además… eso después.
    Julieta miró hacia atrás, como si intuyera una presencia. Suspiró aliviada, y siguió hablando.
    —La cuestión es que el año pasado yo quería tener un hijo a toda costa. Pero cuando empezamos a probar se me ocurrió que los helicópteros venían a buscarme. Que volaban solamente para vigilarme a mí.
    —Ay, Julieta.
    —Ya sé, no me tenés que decir nada, estaba paranoica. Recién el mes pasado dejé de tomar los estabilizadores de humor. Los extraño un poco, pero tengo que aguantar. En fin: creía que me venían a buscar para llevarme a mí y al bebé para experimentos, un delirio ciencia ficción. O para robarme el bebé. Eran, cómo explicarlo, como un comando secuestraniños de la ciudad de Barcelona. Así de importante el tema. Daniel se enteró muy tarde. Trabajaba todo el día en esa época, ya no me acuerdo ni qué estaba haciendo, un video importante. Yo me escondía de los helicópteros debajo de la cama. O me hacía carpas con las sábanas. No quería salir a la calle. Daniel me encontró escondida una vez y, bueno, me llevó al psiquiatra. Se asustó mucho el pobre.
    —¿Quedaste embarazada?
    —No. Raro, porque no nos cuidamos como seis meses. A lo mejor alguno de los dos no puede tener hijos. Igual cuando empecé el tratamiento tuve que parar de intentarlo, porque las pastillas están contraindicadas con el embarazo. Además me di cuenta de que las ganas de tener hijos eran parte de la locura.
    Julieta le dio el último sorbo al café y bajó la voz.
    —No hay que tener hijos en Barcelona. ¿Viste lo que nos contó Manuel anoche? No hay que tener hijos acá.
    —¿Qué cosa?
    —¡Eso! ¿Te pensás que ese bebé de la Yasmine es el único nene así que anda por Barcelona? Manuel te lo dijo.
    Los ojos de Julieta estaban completamente opacos, y la sonrisa se le había congelado con una rigidez que estaba en el extremo opuesto de la alegría. Sofía pensó que su amiga seguía loca, que tenía que hablar con Daniel ni bien volvieran al departamento. Julieta le tomó la mano por encima de la mesa. Tenía los dedos fríos, y temblaba.
    —Vos ya te diste cuenta —le dijo.
    —De qué, Juli, por Dios.
    —Vos ya sentiste el olor. El olor de los chicos. Te vi frunciendo la nariz.
    Sofía tembló. Julieta le dijo que tenía que saber todo. Le contó que cuando Daniel y ella llegaron al Raval en 1997 el barrio estaba alteradísimo. La red de pedofilia más importante de Europa tenía uno de sus tentáculos principales ahí, y se hablaba de niños fotografiados en habitaciones, entregados por sus madres prostitutas, dejados en manos del pedófilo Xavier Tamarit Tamarit por mujeres pobres. Niños que los pedófilos iban a cazar a Plaza Negra. Se desmontó un asilo, no se sabía quiénes eran los niños; los curas y las monjas rompieron las fichas. Navajeros, estaban de cola, bandas de niños sin escolarizar. Uno de los niños apestaba, apestaba porque su propia y única ropa le servía de colchón. Ese chico anda por toda la ciudad, llena de olor la ciudad, para que no se olviden de él. Dicen que los asistentes sociales no le podían sacar la ropa porque la tenía pegada al cuerpo, por la mugre. Dicen que tenía piojos pero también gusanos blancos en el cuero cabelludo, y llagas debajo de los brazos, por la mugre; nunca lo habían bañado, un animalito, de miedo se hacía caca encima y no se limpiaba. Es el nene que más gente ve, el fantasma popular, el que te toca con sus manos negras, el que te deja la campera colgada de la silla en los bares llena de olor a carne muerta cuando la roza. Niños que se caían de balcones, dejados allí por madres yonquis. Que se colgaban las llaves del cuello a los tres, cuatro años. Que mataban a taxistas y morían de sobredosis, estaban de cola, iban solo por la pasta. Les dieron cuarenta mil pesetas para que dejaran los pisos. Era el barrio más poblado a nivel mundial, detrás de uno de Calcuta. Las casas se caían, no había luz, el que tenía cuarto de baño era un afortunado, no había agua corriente. Erradicar físicamente el Barrio Chino. Operación Illa Negra: calles Nou, Sant Ramon, Marquès de Barberà. Un graffiti decía «acumulando rabia». El caso del Raval fue una criminalización del movimiento vecinal por los responsables de la reforma de Ciutat Vella. Tamarit no es agresivo, mi exploración con el paciente demuestra que tiene capacidad de inhibición, justifica su pedofilia pero ha recibido tratamiento de castración química para bajar los niveles de su libido, disminución anatómica del tamaño del pene, retracción, fibrosis, estenosis uretral, varias operaciones .
    El caso había sido una emboscada, le explicó Julieta, un fraude. Se usó para echar a un montón de gente, para limpiar el barrio. Unos eran de un partido vecinal, otros de otro, no lo entendía muy bien, pero eran problemas de la Generalitat, de la Intendencia, argentinizó, para que Sofía entendiera. Un caso político.
    Pero nadie hablaba ya del caso del Raval. ¿Y por qué? Julieta lo sabía. Porque si se volvía a hablar, había que hablar de los chicos. No de los chicos violados, porque aparentemente no había habido chicos violados, puro chantaje. De los otros chicos. Los que no están vivos.
    —Hay uno que camina siempre por Tallers diciendo: «Lo juro por mis muertos». Yo pensé que era de verdad, al principio, pero no, porque siempre camina a la misma hora y no lo ve todo el mundo. Terrible guacho, esa es una calle preciosa, con todas las disquerías… A veces no me animo a ir. Además está fuera de su territorio, eso es el Gótico.
    —Nena, tendrías que…
    —No me trates de loca . En esta ciudad todo el mundo lo sabe y se hacen los idiotas. Pero vos ya te diste cuenta, te lo veo en la cara. ¿A cuál viste?
    Sofía miró la taza de café, ya helado. Después levantó la mirada, y recorrió las otras mesas. Dos altísimos escandinavos tomaban cerveza al lado, hablando un extraño idioma lleno de aes. En la máquina de cigarrillos, dos catalanes metían monedas en la ranura. En las paredes, anuncios de shows en el Sidecar, muestras en el Museo de Arte Contemporáneo. Los ingleses cimentaban su mala fama gritando por la calle, quizá cantando algún clásico que no podía distinguirse en las voces borrachas. Parecía normal, una ciudad con bares exclusivos, como aquel donde solo se servían jugos de fruta natural y licuados, con tiendas de ropa de diseño, con turistas maravillados por la arquitectura modernista y chicas que disfrutaban del mar en la Barceloneta. Sofía tenía miedo de estar sugestionada, de dejarse llevar por la paranoia de su amiga que venía a confirmar su incomodidad. ¿Y si la aprehensión tenía que ver nada más que con una antipatía profunda por la orgullosa Barcelona? ¿Si era una fobia de turista provinciana? Había decidido callarse cuando el olor le inundó la nariz como un picante, como menta fuerte, haciéndole llorar los ojos; un olor claramente palpable, negro, de cripta.
    —Yo no vi nada —dijo Sofía. Decía la verdad. Pero le creía. Creía que pronto iba a ver.
    Julieta pareció decepcionada, asustada. Pero su amiga la tranquilizó apretándole la mano, y continuó:
    —Pero olí. Huelo.
    Sofía tuvo arcadas. Las reprimió respirando hondo, y usó la servilleta para obturar, un poco, el olor.
    —¿Oliste dónde? —murmuró Julieta.
    —En todas partes. Ahora.
    —¿Sabés lo que hacen? No te dejan salir.
    —¿Qué cosa?
    —Los chicos no te dejan salir. No podemos irnos del Raval. Los chicos fueron infelices, no quieren que nadie se vaya, quieren hacerte sufrir. Te chupan. Cuando querés irte, te hacen perder el pasaporte. O perdés el avión. O choca el taxi que va al aeropuerto. O te ofrecen un trabajo al que no podés negarte porque es mucha plata. Son como esos duendes de los cuentos, los que cambian cosas de lugar en la casa a la noche, pero mucho peores. Todos los que dicen que no se quieren ir del Raval mienten. No pueden salir. Y aprenden a soportar todo.
    Sofía cerró los ojos. Creyó escuchar los pasos veloces de chicos corriendo descalzos por los departamentos reciclados del Raval, y se imaginó a un niño con su ropa mugrienta que le servía de colchón, tan enojado, tan infeliz. Casi pudo verle la boca sin dientes y la miseria vieja. No quería verlo de verdad, sentado en alguno de los umbrales de Escudellers, ocupando la vieja manta de un yonqui. No quería ver la ronda nocturna que armaba con sus amigos en Plaza Negra.
    —Te vas mañana —le dijo Julieta, ahora seria, y protectora—. Cambiamos el pasaje. Yo te ayudo. Vos estás de visita. A los visitantes no los pueden atrapar.
    Y después, siguiendo las luces de un helicóptero que atravesaba el cielo, hacia el norte, murmuró:
    —Volvé a casa. Dejanos solos. Y no te preocupes. Nos vamos a escapar algún día. Pronto.

martes, 2 de febrero de 2021

A mos redó - Na Jordana (alternativa, hasta con 3 adjetivos, para el ej. Nº12)

  A mos redó - Na Jordana Los veo, ¿me veo?, casi todas las mesas de la terraza ocupadas, son vecinos del barrio, aquí es raro ver turista...